7 — Lisboa
Lisboa
Lisboa lo recibió a las tres y veintidós de la madrugada del sábado con una llovizna tibia que olía a Atlántico y a mimosa.
La estación de autobuses de Sete Rios estaba prácticamente vacía.
Tres taxistas medio dormidos junto a la salida, una mujer mayor con un perro pequeño esperando a alguien que no había llegado, un guardia de seguridad bostezando detrás de un mostrador iluminado por un fluorescente que parpadeaba cada cinco segundos.
Daniel bajó del autobús con la mochila al hombro y los huesos doliéndole de un modo que no recordaba haber sentido nunca.
Llevaba dieciséis horas seguidas en transportes distintos —el tren a Salamanca, una espera de dos horas en Salamanca, el autobús regional hasta Vilar Formoso ya entrada la tarde, el cambio a un autobús portugués en la frontera, el viaje nocturno con tres paradas técnicas en Guarda y Coimbra— y no había dormido más de cuarenta minutos discontinuos en una butaca con la cabeza ladeada.
Tenía el cuerpo entero entumecido. Tenía la garganta seca.
Tenía un dolor sordo en la base de la nuca que no había sentido desde una infección de oído de hacía veinte años.
Pero tenía, sobre todo, la mochila al hombro con la libreta azul y la tarjeta Whatman dentro, y eso significaba que había llegado a Lisboa con todo lo que tenía que traer.
Caminó hasta una pensión que había visto desde el autobús al entrar a la ciudad, en una calle estrecha de Campolide a unos doscientos metros de la estación.
Hostal Maria. Treinta y dos euros la noche.
La recepcionista —una mujer mayor con bata de andar por casa, cara de no haber dormido nada y una telenovela brasileña funcionando en la salita junto a la recepción— apuntó a mano el nombre que Daniel le dio, Heinz Wagner, y no le pidió documento alguno.
Le dio una llave con un llavero de plástico amarillo y le señaló unas escaleras empinadas.
La habitación era una caja con una cama, una mesilla, una ventana que daba a un patio de luces.
El cuarto de baño, compartido, estaba al fondo del pasillo.
Olía a humedad antigua. Había una mancha de café en la pared, junto al cabecero, en forma vagamente parecida a la península ibérica.
Daniel cerró con llave. Dejó la mochila en el suelo. Se sentó a quitarse los zapatos.
Por primera vez en cuatro días, estaba solo en una habitación que nadie conocía, en una ciudad donde nadie lo esperaba todavía, en un país donde no era ciudadano y donde su nombre no aparecía en ningún registro fresco. Por primera vez en cuatro días, podía dormir.
Pero no se durmió enseguida. Sacó el móvil prepago.
Marcó el número que Mario le había hecho aprenderse de memoria en El Reloj, sin escribirlo en ninguna parte: un número portugués, fijo, con prefijo de Lisboa, que correspondía a una cabina pública de un café de Alfama llamado Chá Diário.
Mario le había dicho que llamara desde un prepago al llegar a Lisboa, sin importar la hora, y que esperara cinco timbrazos.
Si nadie contestaba al sexto, debía colgar y volver a llamar exactamente al cabo de una hora.
Daniel marcó. El número sonó tres veces. Una mujer contestó al cuarto.
La voz era femenina, joven, con un acento que Daniel no consiguió identificar al primer instante. No era portugués nativo. No era español. Tenía fondo francés, y bajo el francés otra cosa más antigua que Daniel no supo nombrar.
—¿Daniel? —dijo la voz.
—Sí.
—Bienvenido. ¿Estás solo?
—Sí.
—¿Has tenido problemas viniendo?
—En Madrid. Pero nadie me ha seguido hasta aquí.
—Bien. Escúchame. No salgas de la habitación esta noche. No bajes a desayunar. No abras la puerta a nadie. Mañana a las diez y media de la mañana voy yo a recogerte. Pediré tu llave en recepción. ¿Con qué nombre te has registrado?
—Heinz Wagner. Comerciante.
—Daniel.
—Dime.
—Mario está vivo. Si eso te importa saberlo.
Daniel cerró los ojos. Apretó el móvil contra la oreja sin decir nada durante varios segundos. La voz al otro lado de la línea esperó.
—¿Y Vega?
Hubo una pausa. La voz cambió ligeramente al contestar, perdió su cadencia profesional, se volvió más humana.
—De Vega no sabemos nada todavía, Daniel. Lo siento.
Daniel asintió aunque la mujer no podía verlo. Le dio las gracias. Colgó.
Apagó la luz. Se metió en la cama con la ropa puesta. No tenía fuerzas ni para quitarse el abrigo.
Antes de cerrar los ojos pensó en Inés. Pensó que era sábado, que en Heidelberg eran las cuatro y veinte de la madrugada, que su hija dormiría con la luz pequeña de la mesilla encendida porque desde los siete años no soportaba la oscuridad total.
Pensó que Bärbel Bühler, en algún sitio de la casa de la Brückenstrasse, estaría también dormida, probablemente en bata, probablemente con un libro sobre la mesilla del lado izquierdo de la cama, uno de esos que se le caían con el sueño y que al día siguiente recogía sin haber leído más de medio párrafo.
Pensó que entre aquellos dos amaneceres —el de su hija a unos mil seiscientos kilómetros al norte, el suyo en una pensión de Campolide— había ahora una distancia que nada podría cerrar.
Después no pensó más. El cuerpo se le rindió de golpe.
Durmió seis horas seguidas, sin sueños, con la libreta azul debajo de la almohada y los zapatos junto a la puerta por si acaso.
* * *
La conoció a las diez y treinta y cuatro del sábado por la mañana.
Dieron dos golpes secos en la puerta, después una pausa, después un golpe más.
Daniel se levantó de la cama —llevaba ya media hora despierto, sin atreverse a salir de la habitación— y antes de que pudiera llegar al ojo de buey, oyó el chasquido suave de una llave girando en la cerradura.
La puerta se abrió por sí sola. Entró una mujer joven, sola, y cerró detrás de sí.
—Daniel.
—Sí.
—Disculpa que entre sin esperar respuesta. Hay prisa.
Era una mujer de unos treinta y pocos años, baja, delgada, con el pelo negro corto y ondulado que le caía justo por encima de los hombros, ojos oscuros muy grandes, piel mate.
Llevaba unos vaqueros negros, una sudadera gris con capucha, una chaqueta vaquera encima, y unas zapatillas deportivas de las que nadie se fija.
En la mano izquierda llevaba un casco de moto.
Sin más preámbulos, empezó a hablar.
—No tenemos mucho tiempo. Te voy a explicar tres cosas en cinco minutos y después salimos. Tú no contestas mientras hablo. Si tienes preguntas, las haces al final. Si tienes cosas que añadir, también. ¿Estamos?
—Estamos.
—Bien. Primera cosa. Yo soy Yusra Bencheikh.
Nací en Casablanca, criada en Lyon, residente actual en Lisboa desde 2019.
Soy la persona que va a estar contigo durante los próximos días, posiblemente semanas.
Hago seguridad informática y descifrado para un grupo que se llama Heliógrafos. Mario te habrá hablado de nosotros.
—No.
—¿Cómo que no?
—No me ha hablado. Yo llamé al número que él me dio. Tú contestaste anoche. Es lo único que sé.
Yusra lo miró un momento. Era una mirada profesional pero no fría: tenía el matiz de quien acaba de descubrir que la persona que tiene delante sabe menos de lo previsto y está calculando rápidamente qué consecuencias tiene eso.
—Vale. Entonces te lo cuento yo. Heliógrafos es una red de algo más de cuarenta personas en ocho países.
Lo formamos en 2011, después de un caso parecido al tuyo en Cambridge que terminó muy mal.
La idea original era construir una contrarréplica del grupo del que tu mentor Holm forma parte.
Ellos se llaman a sí mismos Custodios. Nosotros no nos llamamos a nosotros mismos de ninguna manera, pero los Custodios nos llaman Heliógrafos por una broma técnica que no merece la pena explicar ahora.
La diferencia entre los Custodios y nosotros es muy simple y al mismo tiempo enorme.
Los Custodios creen que la humanidad no debe saber nunca lo que tú has descubierto.
Nosotros creemos que la humanidad lo va a saber tarde o temprano, con o sin nosotros, y que nuestro trabajo es preparar el terreno para que cuando lo sepa no se mate a sí misma.
Daniel asintió.
—Segunda cosa. Lo que tú has descubierto no es lo que tú crees que has descubierto.
Ya hablaremos de eso. Pero ten preparada la cabeza para lo que vas a oír durante las próximas cuarenta y ocho horas, porque va a ser duro.
No para tu profesión. Para tu vida. Hemos visto venirse abajo a gente con menos información de la que tú vas a tener en unos días.
—Vale.