6 — Cabestreros #3
Le pidió al taxista que parara dos calles antes de la entrada principal de la estación. Pagó. Bajó. Se quedó un momento parado en la acera, frente a la estación, ajustándose la mochila, mirando con la visión periférica el ambiente de los accesos.
Y lo vio.
Estaba a unos cincuenta metros, junto a uno de los accesos laterales de la estación, al lado de un quiosco.
Hombre de cuarenta y pocos, abrigo azul marino largo, bufanda gris, las manos enlazadas detrás de la espalda en la postura clásica de los que esperan a alguien sin saber exactamente cuándo va a llegar.
No miraba la entrada de la estación. La cubría de reojo mientras fingía mirar el escaparate del quiosco.
Daniel lo supo al verlo, antes de pensarlo, por el mismo mecanismo automático con el que había visto al de Embajadores, con el que había visto a la mujer del andén.
Algo se había despertado en él en los últimos días: veintidós años entrenando aquello en salas cerradas, sin haberlo necesitado nunca en la calle, y ahora el cuerpo lo sacaba solo.
La capacidad de distinguir, en una calle cualquiera, los cuerpos que esperaban de los cuerpos que pasaban.
La distancia entre las dos cosas era enorme y al mismo tiempo casi invisible. Daniel la veía ya.
La red había ido un paso por delante. No solo tenían cubierto Méndez Álvaro, la ruta obvia hacia Portugal: habían previsto también que Daniel probaría el canal menos vigilado, el tren, y estaban allí, en Príncipe Pío, esperándolo. Lo habían cubierto todo.
Daniel sintió, otra vez, la sensación física debajo de las costillas.
Más apagada esta vez, porque el cuerpo llevaba dos días quemando adrenalina y empezaba a acostumbrarse al miedo, pero igual de nítida.
No podía quedarse quieto pensándolo en la acera de una calle que no era segura. Tenía que decidir caminando.
Echó a andar despacio en dirección contraria a la estación, alejándose.
Sin mirar al hombre del abrigo azul marino.
Sin acelerar. Había dos cosas que sabía sobre Príncipe Pío, dos cosas que sabía de los años de Alcalá, cuando bajaba a Madrid los fines de semana y aquella estación era el sitio por el que entraba y salía mil veces —el metro, las cercanías, el intercambiador, las salidas de noche—: la primera era que los billetes de media distancia se sacaban en las máquinas del vestíbulo, en efectivo, sin nombre y sin pasar por las taquillas atendidas.
La segunda era que a los andenes se bajaba por accesos laterales que se confundían con los de cercanías y que apenas distinguía quien no conociera la estación.
Entró por el lateral opuesto. Tardó cuatro minutos en dar con las máquinas de venta. Compró, con efectivo, un billete para el regional de media distancia a Salamanca de las once y veinte. La máquina lo imprimió sin pedirle un nombre. Se lo guardó en el bolsillo interior y volvió a salir a la calle.
Comprobó la hora. Las diez y treinta y dos. Casi una hora de espera.
Esperó en una cafetería pequeña frente a la estación, sentado en un taburete de espaldas al ventanal.
Pidió un café con leche y un sándwich vegetal.
Se comió la mitad. Pagó en efectivo. A las once y diez volvió a entrar por el acceso lateral, bajó al andén ocho y subió al tren en cuanto se abrieron las puertas, en un vagón intermedio, mostrando el billete a un revisor que asintió sin mirarle la cara.
Un asiento junto a la ventanilla, en el lado opuesto al andén. El sitio que Daniel había aprendido hacía años a elegir siempre porque era el menos visible.
El tren salió de Príncipe Pío a las once y veintitrés, con tres minutos de retraso. Enfiló hacia el noroeste y dejó atrás los últimos edificios de la ciudad.
A los cinco minutos del trayecto, ya fuera de la ciudad, Daniel sacó el móvil prepago y miró las llamadas perdidas otra vez. Las tres seguían siendo de Mario. Ninguna de Vega.
No volvió a llamar a Vega. No tenía sentido. Vega estaba desaparecida. Con suerte viva, quizá contestando preguntas en alguna habitación en ese mismo momento. Daniel no quiso seguir por ahí, pero la otra posibilidad también existía, y Daniel lo sabía.
* * *
Madrid empezó a quedarse atrás por la ventana del tren. La meseta castellana se abrió pronto con su gris invernal, sus campos secos cubiertos de hielo, sus pequeños pueblos al borde de la autopista con los campanarios contra el cielo. Daniel apoyó la cabeza contra el cristal frío y cerró los ojos.
Pensó en Vega. En la cicatriz finísima del labio superior. En la arruga vertical entre las cejas que se le formaba cuando escuchaba. En la llamada del padre con Alzheimer en la residencia de Sanxenxo. En la libreta de bolsillo con la caligrafía pequeña que solo ella podría leer.
Pensó también, durante tres segundos de los que después se avergonzaría, que Vega se lo había buscado.
Que había sido imprudente. Que había roto el acuerdo de El Reloj.
Que cuatro días más, cuatro días que habían sido lo único que él le había pedido, era exactamente el tiempo que Vega no le había sabido dar.
Pensó eso durante tres segundos. Después se avergonzó. Pero ya lo había pensado.
Pensó que si Vega estaba muerta, alguien iba a tener que llamar a aquella residencia de Sanxenxo a explicarle a un hombre con Alzheimer, mañana o pasado, que su hija no iba a venir a verlo más.
Pensó que ese hombre no iba a entender la explicación.
Y que después se le iba a olvidar. Y que después iba a preguntar por su hija otra vez.
Y que alguien, día tras día, iba a tener que volver a explicárselo.
Pensó que esa era una de las definiciones de la maldad.
Pensó en David Núñez en el sótano de Alcalá de Henares hacía veintidós años, repitiéndole una frase.
No hay distancia segura. Daniel siempre la había interpretado físicamente, como técnica de combate: creías estar lejos del golpe y ya estabas dentro de él.
Aquella mañana, por primera vez, la había entendido de otro modo.
Vega había publicado el artículo a las cuatro de la madrugada precisamente porque no había distancia.
Y en aquel oficio la distancia era, quizá, lo único que te mantenía vivo.
Vega no había mentido. Y por eso, probablemente, ya no estaba viva.
Daniel siguió así mucho tiempo. El tren cruzó la sierra. Empezó a nevar fina y mansamente sobre los pinares. La luz se volvió gris.
A las dos de la tarde, en algún punto de la provincia de Ávila, sin haberse dormido, Daniel abrió la libreta azul. Sacó un bolígrafo. Y, con la mano todavía temblorosa, escribió en una página nueva una sola línea:
«Vega Castiñeira. 13 de febrero, 03:47 publicación. 06:14 mensaje Mario. Confirmar estado. Si muerta: avisar Sanxenxo.»
Cerró la libreta y se la metió dentro del abrigo. Apoyó otra vez la frente contra el cristal.
Salamanca quedaba a menos de una hora. Lisboa, a otras trece.
La madrugada del sábado todavía estaba lejos.
Daniel cerró los ojos. No durmió. Pero por primera vez en cuatro días no pensó en nada concreto durante un rato; solo escuchó el traqueteo del tren sobre las vías y la respiración del hombre mayor que iba sentado a su lado y que se había dormido ya con un libro de crucigramas a medio terminar abierto sobre las rodillas.
Era viernes 13 de febrero, las dos y media de la tarde, y Daniel Ahren había escapado de Madrid con vida por un margen más estrecho del que iba a permitirse pensar en los próximos días.
La frase del maestro le sonaba en la cabeza, ya con otro significado distinto del que había tenido nunca.
No hay distancia segura.
Daniel cerró los ojos y se permitió, durante un instante muy breve, no querer ser como Vega.
Después se dio cuenta de que ya era demasiado tarde para querer no serlo.