6 — Cabestreros #2
Y vio la cara del hombre durante medio segundo, lo bastante para registrar dos cosas que no quería haber registrado: que tenía unos treinta años y los ojos claros, y que detrás de esos ojos claros había exactamente la misma sorpresa que Daniel sentía dentro del pecho.
Ninguno de los dos había esperado que aquello pasara así.
Por una décima de segundo se miraron como dos animales que se encuentran de pronto en un bosque.
Después Daniel ya estaba corriendo.
Corrió. Por primera vez en la historia de su vida adulta, corrió como un animal.
Entró en la callejuela Cabestreros, esquivó a una señora mayor con un carrito de la compra que le gritó algo que Daniel no oyó, dobló a la derecha, después a la izquierda, sin un plan, solo siguiendo el principio antiguo de cualquier persecución a pie en una ciudad densa: minimizar líneas rectas, maximizar esquinas, no mirar atrás hasta que el ruido de los pasos del perseguidor desapareciera del todo.
Oyó los pasos durante quizá quince segundos. Después no los oyó más.
Se metió en un portal abierto. Se apoyó contra la pared interior.
Respiró. El corazón le latía con una violencia que no había sentido nunca en su vida adulta, ni siquiera el día del divorcio, ni siquiera el día del entierro de su padre.
Era una violencia distinta: era el cuerpo entero recordándole, después de cuarenta y dos años de vida sedentaria de laboratorio, que también era un animal.
Horas más tarde, en el tren, Daniel iba a darse cuenta de que durante esos tres segundos en la calle Cabestreros no había estado peleando. Había estado a punto de morir. La diferencia era enorme y él, en el momento, no la había sabido nombrar.
Se asomó muy despacio antes de salir. La calle estaba vacía.
A unos cuarenta metros, en la entrada de Cabestreros, vio al hombre del anorak sentado en el bordillo de la acera.
Estaba encorvado, con los antebrazos sobre las rodillas y una mano metida dentro del anorak.
Daniel no llegó a saber, ni entonces ni nunca, qué tenía aquel hombre ahí dentro ni por qué se sujetaba a sí mismo con esa postura concreta.
Se forzó a no quedarse mirándolo más tiempo del necesario, dio media vuelta en el portal, y salió por la otra puerta del edificio que daba a una calle paralela.
Se quedó tres minutos en una esquina protegida de la calle paralela.
No salió a caminar hasta que oyó al cartero subir las escaleras de otro portal y al dueño del local de enfrente levantar la persiana metálica.
La mañana volvía a ser mañana. Madrid volvía a ser Madrid.
Pero Daniel ya no era el Daniel de quince minutos antes.
Se agachó a atarse los zapatos, y solo entonces cayó en la cuenta de que había corrido por medio Lavapiés con los cordones sueltos: había salido del piso de Mario tan deprisa que no se los había atado, y en la calle Cabestreros, esquivando a la señora del carrito, había estado a un tropiezo de que todo terminara ahí.
Un descuido de aficionado. Otro más. Eran las ocho y un minuto cuando empezó a caminar, ya sin prisa, con la mochila bien sujeta y los zapatos por fin atados, hacia la estación de metro de Tirso de Molina.
* * *
Bajó al andén de la línea 1, dirección Valdecarros, a las ocho y nueve.
El plan, lo que había de plan, era llegar hasta Atocha y desde allí, en Cercanías, hasta Méndez Álvaro, donde estaba la estación de autobuses interprovinciales con conexiones a Portugal.
Si conseguía coger un autobús a Lisboa antes del mediodía, tenía aproximadamente nueve horas de viaje sin controles fronterizos relevantes —España y Portugal eran Schengen, los controles de identidad en autobuses internos eran prácticamente inexistentes— y esa misma noche podía estar en Lisboa con la libreta azul en el bolsillo y la tarjeta Whatman intacta.
Era un plan razonable. Era el plan que cualquier persona racional haría en su lugar. Y por eso era exactamente el plan que la red iba a tener cubierto.
Daniel lo entendió mientras estaba esperando el metro en el andén, mirando los carteles de salidas y las cámaras de seguridad de la bóveda.
Si la red llevaba cuarenta años haciendo esto, sabía perfectamente cómo funcionaban las decisiones de un fugitivo amateur en estado de pánico controlado.
Sabían que iba a buscar autobuses. Sabían que iba a evitar trenes —demasiado controlados— y aviones —imposibles sin pasaporte e imposibles con pasaporte—.
Sabían que la frontera con Portugal era la opción más obvia.
Sabían que iba a ir a Méndez Álvaro.
Daniel permaneció inmóvil en el andén durante diez segundos.
Tenía el pulso todavía en la garganta. La camiseta interior, debajo del abrigo, estaba empapada de un sudor frío que se había helado en el aire del andén y le quemaba la piel de la espalda con un escalofrío continuo.
La mano izquierda le seguía temblando ligeramente.
Daniel la metió en el bolsillo del abrigo.
Se forzó a respirar despacio por la nariz.
Una vez. Dos veces. Tres veces. Después miró hacia el otro extremo, hacia donde la gente esperaba el metro mirando el móvil o el reloj o las paredes.
Y la vio.
La mujer del abrigo marrón claro de Frankfurt.
Cuarenta metros más allá, sentada en uno de los bancos del andén, leyendo —exactamente igual que en la cafetería del aeropuerto el día anterior— una novela de bolsillo en español.
En el aeropuerto la había visto de reojo, una silueta inclinada sobre el libro que no llegó a mirar de frente.
Ahora le veía la cara: sesenta y muchos años, el pelo gris recogido en un moño bajo, la cara cuadrada y tranquila de las profesoras de instituto jubiladas.
No le había mirado a Daniel ni una vez. Estaba leyendo la novela con la atención de quien lee de verdad.
Y por eso Daniel supo, sin posible duda, que era ella la que estaba esperándolo.
El metro entró al andén con su frenazo metálico y su corriente de aire frío.
Las puertas se abrieron. Daniel subió al vagón —el central, no el del extremo donde estaba ella— y se sentó en un asiento individual junto a la puerta.
La mujer subió al vagón siguiente, sin mirar tampoco esta vez en su dirección, con la novela ahora cerrada en la mano.
El metro arrancó.
Tres paradas. Daniel iba a tener tres paradas hasta Atocha Renfe. Antón Martín, Estación del Arte, Atocha Renfe. Tres paradas para decidir qué hacer y para hacerlo.
En la primera parada, Antón Martín, no se movió. La mujer tampoco.
En la segunda, Estación del Arte, hubo un pequeño tumulto de pasajeros entrando y saliendo —era hora punta—.
Daniel se levantó, se acercó a las puertas como si fuera a salir, y volvió a sentarse en el último segundo, justo cuando las puertas se cerraban.
La mujer no se movió. No había mordido. Cualquier operadora con experiencia habría conocido ese truco.
En la tercera, Atocha Renfe, Daniel hizo algo distinto. Esta vez no fingió. Esperó a que la mujer hiciera el primer movimiento.
La mujer se levantó.
Daniel esperó medio segundo —lo justo para confirmar que era ella y no una casualidad— y se levantó también, esta vez a propósito: no huyendo de ella, sino acompasándose a su ritmo para bajar al andén a su misma altura.
Ambos salieron al andén. Daniel a tres metros de las puertas de su vagón. La mujer a tres metros de las puertas del suyo. Estaban a unos quince metros el uno del otro. No se miraron.
Daniel echó a caminar hacia las salidas, hacia los pasillos de transbordo con Cercanías.
Sin correr. Con paso firme. Como un hombre que tiene un tren que coger y que no va a permitirse perderlo.
La mujer le siguió a una distancia cuidadosamente mantenida, ocho o nueve metros por detrás, sin acelerar.
Daniel entró al pasillo de Cercanías. Era una mañana de viernes en Atocha, había mucha gente en los pasillos, gente con maletas, gente con prisa, gente que iba a coger trenes a Toledo o a Sevilla o a Cuenca.
Daniel se metió entre una familia turística y un grupo de estudiantes y giró bruscamente a la derecha por un pasillo lateral más estrecho que llevaba a una salida secundaria que él recordaba vagamente de los años en que vivía en Alcalá y cogía Cercanías por allí.
Cuando salió a la calle por la salida secundaria —una salida pequeña, con escaleras directas a un pasaje exterior cerca de la Glorieta de Atocha—, no había nadie detrás de él.
Caminó cien metros. Doscientos. Trescientos. No miró atrás ni una vez. Cuando estuvo a quinientos metros de Atocha, en una callecita lateral por la calle Argumosa, paró un taxi y le pidió al taxista, en español, que lo llevara a la estación de Príncipe Pío.
No a Méndez Álvaro.
No iba a Lisboa. Por lo menos, no directamente.
* * *
Las estaciones de autobuses interprovinciales serían lo primero que la red cubriría, Méndez Álvaro sobre todo, con sus servicios directos a Portugal.
El tren era otro canal, más lento de vigilar.
Príncipe Pío estaba al oeste de Madrid, junto al río, lejos de Méndez Álvaro, y de allí salían trenes de media distancia hacia el noroeste; los trenes de media distancia, a diferencia del AVE, no exigían billete nominativo ni control de documentación: se compraban en una máquina, en efectivo, y uno subía sin dar un nombre.
Si la red controlaba los movimientos hacia Portugal por el sur, no controlaría con tanta atención un regional a Salamanca por el noroeste.
Desde Salamanca podría coger después un autobús regional hacia Vilar Formoso, en la frontera portuguesa, y desde allí seguir hacia Lisboa.
Tardaría más. Mucho más. Pero rompía el patrón previsible.
Y romper el patrón previsible, en aquel momento, era lo único que Daniel tenía.