6 — Cabestreros
Cabestreros
Daniel se despertó a las siete y veintidós de la mañana del viernes con la sensación física de que algo había salido mal mientras dormía.
No había sido un sueño placentero. Ya no lo era ninguno: dormía en tensión, con media conciencia puesta en la puerta, del modo en que se duerme en una casa que no es la propia cuando se está huyendo.
Y lo que lo sacó del duermevela no fue un ruido concreto, sino una voz.
La de Elena, al otro lado de la puerta cerrada, hablando por teléfono.
No entendió las palabras. No le hicieron falta.
Reconoció lo que va por debajo de las palabras: el tono rápido y bajo de quien acaba de recibir, de madrugada, una noticia que no esperaba.
Daniel abrió los ojos en la penumbra de la habitación de huéspedes y no se movió, escuchando esa energía a través de la madera, con el cuerpo despierto antes que la cabeza.
La voz se cortó. Elena había colgado. Dos segundos de silencio, después unos pasos rápidos por el pasillo, después los golpes en la puerta. No eran golpes tranquilos. Eran con el canto de la mano, seguidos, los de quien no se permite esperar.
—Daniel. Daniel, despierta. Por favor. Ábreme.
Daniel abrió. Elena estaba en el pasillo con una rebeca echada por encima del pijama, descalza, el móvil todavía en la mano como si acabara de apartárselo de la oreja. Tenía la cara blanca.
—Acaba de llamar Mario. Ahora mismo, desde un número que no conozco.
—Hablaba deprisa, comiéndose el final de las palabras—.
Me ha dicho que te despierte y que salgas de casa ya, que tú lo entenderías, que no te explicara nada, que él te llamaba luego.
Y ha colgado. Daniel, sonaba mal. Nunca lo he oído hablar así.
¿Qué está pasando? ¿Dónde está Mario? ¿Está bien?
Daniel cogió el móvil prepago de la mesilla.
La pantalla estaba negra. Muerta. Pulsó el botón y no pasó nada, y en ese momento, con un vuelco frío en el estómago, se acordó de la batería casi vacía de la noche anterior y de que se había dormido sin enchufarlo.
Se maldijo en silencio, con una rabia seca y precisa.
Un fugitivo con el móvil descargado. El error más de novato de todos.
Buscó el cargador en la mochila, lo conectó al primer enchufe que vio, junto a la mesilla, y esperó los segundos eternos que tarda un teléfono muerto en dar señales de vida.
Cuando la pantalla se encendió, entraron de golpe, apiladas, las alertas que llevaban horas sin poder llegar: tres llamadas perdidas y un mensaje.
Las tres llamadas, de Mario. El mensaje, de Mario.
Decía: Sal de casa. Cuanto antes. Te llamo desde otro número. Hora de envío: 06:14.
Llevaba más de una hora esperando en un teléfono apagado. Daniel entendió que Mario llevaba desde antes del amanecer intentando sacarlo de allí —primero al suyo, sin éxito, y al final, desesperado, al de Elena— y que él se lo había pasado durmiendo, con la batería agotada en la mesilla.
—Elena, dame un segundo —dijo, sin contestar todavía a ninguna de sus preguntas, porque no tenía respuesta que no fuera a asustarla más.
Abrió el navegador de Tor en el portátil, con las manos ya no del todo tranquilas, y buscó el medio digital con el que Vega colaboraba.
La portada del medio mostraba, en columna principal, un artículo firmado por Vega Castiñeira. Hora de publicación: 03:47 de la madrugada. Título: Cuarenta años de silencio: la red científica que oculta el origen extraterrestre de la vida humana.
Daniel cerró los ojos un momento.
Los abrió. Volvió a leer el titular. Leyó el primer párrafo.
Vega no había publicado el artículo cebo del que habían hablado en El Reloj.
Había publicado el artículo completo. Sin nombrar a Daniel directamente —decía solo un científico europeo de primer nivel—, sin precisar el centro ni la nacionalidad, pero con suficiente detalle técnico como para que cualquier persona de la red, y solo de la red, supiera de quién hablaba en menos de diez minutos.
Daniel cogió el móvil prepago. Marcó el número de Vega.
Buzón.
Marcó otra vez.
Buzón.
Marcó a Mario.
Buzón también.
Daniel dejó el móvil sobre la cama. Se quedó muy quieto durante un par de segundos.
La habitación de huéspedes de Embajadores, con su ventana al patio interior y su balda de quince libros, se le había vuelto pequeña de golpe.
Elena seguía en el umbral, sin entrar, las dos manos apretadas sobre el móvil contra el pecho, mirándolo.
Daniel pensó: Elena no lo sabe. Y es mejor que siga sin saberlo el mayor tiempo posible.
Recogió la mochila en menos de un minuto.
La libreta azul al bolsillo interior del abrigo.
La tarjeta Whatman, también. La carta para Inés, en el bolsillo interior, donde llevaba dos días.
La navaja pequeña, en el bolsillo del pantalón.
El móvil prepago, con lo poco que hubiera podido cargar en esos minutos enchufado.
El portátil, apagado y dejado sobre la cama: pesaba demasiado y a partir de aquí no iba a haber tiempo para portátiles.
Salió al pasillo con la mochila al hombro, descalzo, los zapatos en la mano. Elena lo acompañó hasta la puerta de la calle sin dejar de mirarlo, con la cara de quien acaba de comprender que hay cosas en su propia casa que no sabía y que no le iban a explicar.
Se puso los zapatos en el rellano, sin atárselos.
—Elena. Una cosa.
—Dime.
—Si la policía viene en las próximas horas, déjalos pasar y no les mientas en nada. No tienes nada que esconder. Tú no sabías. Yo me iba esta mañana de todas formas.
—Daniel.
—Dime.
—¿Mario está bien?
Daniel la miró. No había una respuesta correcta para esa pregunta. Le contestó la única que se le ocurrió:
—No lo sé.
Salió. Bajó los dos pisos en treinta segundos. En la entrada del portal, antes de abrir el portón a la calle, se detuvo un instante a respirar.
Era el último instante tranquilo que iba a tener en mucho tiempo.
* * *
Embajadores a las ocho menos cuarto de un viernes de febrero estaba empezando a despertarse despacio.
La calle no tenía el aspecto de una mañana laborable en el centro de Madrid: era un barrio de gente que trabajaba a deshoras, algún abuelo llevando temprano a un nieto al aula matinal, viejos con boinas que iban a comprar el periódico, una panadería con la persiana a medias.
Daniel salió del portal con la mochila al hombro, el abrigo abierto, los zapatos sin atar todavía.
Lo vio inmediatamente.
Estaba a unos veinte metros calle arriba, apoyado en un coche aparcado.
Hombre joven, treinta y pocos, vaqueros oscuros, anorak negro corto, gorra gris sin marca, las manos en los bolsillos.
El hombre lo había visto salir. Daniel notó cómo sus ojos se quedaron en él medio segundo más de lo que se quedan los de un peatón cualquiera, y cómo después miró rápidamente hacia el otro extremo de la calle, hacia el cruce con Sombrerete, donde —Daniel lo registró sin querer— había otro hombre apoyado en otra esquina, también demasiado quieto para una mañana de viernes.
Dos. Eran dos.
Daniel giró a la izquierda, hacia la calle Mesón de Paredes.
Caminó deprisa pero sin correr. Correr habría sido la peor decisión: en cuanto corriera, ellos correrían también, y correr en una calle de Lavapiés a las ocho menos cuarto era llamar la atención de cualquier vecino que estuviera tomando café junto a la ventana.
Daniel necesitaba mantener la apariencia de un hombre con prisa pero no en pánico, durante el tiempo justo para llegar a una bocacalle más estrecha donde un coche no pudiera seguirlo.
Oyó pasos detrás. Más rápidos que los suyos.
No miró atrás.
Aceleró un poco. Los pasos también. A unos veinte metros, en la siguiente bocacalle, había una calle estrecha que se llamaba Cabestreros y que Daniel había visto el día anterior yendo a El Reloj.
Era angosta, con balcones bajos, y estaba dentro de la zona de bajas emisiones: un coche no entraba allí sin autorización.
Si conseguía meterse allí, ganaba al menos el primer minuto.
Quince metros.
Diez.
Los pasos ganaron terreno. Daniel oyó la respiración del hombre acercándose.
Cinco metros.
La mano cayó sobre su hombro derecho a tres metros de la entrada de Cabestreros.
* * *
Lo que pasó después duró menos de tres segundos.
Daniel no pensó. No supo lo que hacía. Volvió, de golpe, veintidós años atrás: al sótano de Alcalá de Henares con olor a sudor seco y madera vieja, a la voz de David Núñez diciéndole no pienses, Ahren, ya pensarás luego.
El cuerpo de Daniel —cuarenta y dos años, virólogo, cansado, asustado, con una mochila al hombro y la cabeza llena de Vega y de Mario y de un artículo publicado a las cuatro de la madrugada— hizo lo único que el cuerpo de Daniel sabía hacer en aquella circunstancia.
Avanzó.
Avanzó contra la mano que le había caído sobre el hombro.
No retrocedió. Giró el torso un cuarto de vuelta hacia la izquierda, dejó pasar el brazo del hombre por delante de su cuerpo, y al mismo tiempo enganchó con su propia mano izquierda el codo del agresor mientras le clavaba con la mano derecha un golpe corto, no fuerte, en el lateral del cuello, justo debajo de la oreja.
Era el único golpe que Daniel sabía dar bien.
Lo había repetido tres mil veces en el sótano de Alcalá de Henares.
Lo había repetido mil veces más en un gimnasio de Heidelberg.
No vencía a nadie. Pero asustaba durante medio segundo.
En la fracción de tiempo en que el hombre se desestabilizó, Daniel lo vio.
Vio que el hombre tenía la otra mano —la libre, la que no le había agarrado a él— ya saliendo del bolsillo del anorak con algo dentro.
No llegó a verle la forma. No vio si era metal o tela o cualquier otra cosa.
Vio solo que la mano salía del bolsillo y que iba a llegar a algún sitio si Daniel se quedaba quieto medio segundo más.