Heredarán el silencio 5 — Madrid #4
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5 — Madrid #4

Daniel asintió. Elena le dio la espalda y se fue a la cocina.

Daniel notó, durante un par de segundos en el pasillo, que la mujer de Mario era profesional en lo que hacía y que él no era para ella un gesto humanitario abstracto sino el cuarto huésped en cuatro años, y dos de los tres anteriores se habían portado bien.

Le pareció justo. Le pareció también incómodo.

La casa olía a garbanzos hechos a primera hora.

Y a libros: había libros en todas las paredes.

En el pasillo. En el salón. En el cuarto que Mario le enseñó como suyo, una habitación pequeña con una cama individual, una mesilla, una ventana que daba a un patio interior, y una balda con quince libros cuidadosamente seleccionados en español, inglés y portugués.

—Esta es la habitación de los huéspedes —dijo Mario—.

Por aquí pasan colegas de Vega o míos cuando hay problemas.

No todos los meses, pero cada año cae alguno.

La habitación es segura. La dirección no figura en mi nombre, está a nombre de mi suegra.

Si la red te busca a partir de mañana, este es probablemente el sitio menos rastreable de Madrid donde podrías estar.

—Te lo agradezco mucho.

—No hace falta. Es lo que hacemos. Acuéstate. Duerme. Cena con nosotros a las nueve. Hablamos del artículo después.

Daniel sacó del bolsillo interior del abrigo el sobre con la carta para Inés y se lo tendió.

—Una cosa. Guárdame esto.

Mario miró el sobre. Leyó el nombre escrito en el anverso. No lo cogió.

—Es para mi hija —dijo Daniel—. Si me pasa algo, si desaparezco, si dejo de dar señales más de una semana, quiero que llegue a ella. No antes. Solo si me pasa algo. Dentro va la dirección de a quién hacérsela llegar.

Mario negó despacio con la cabeza y le empujó suavemente hacia el pecho la mano que sostenía el sobre.

—Esa la llevas tú —dijo—. Si te pasa algo, dime dónde está y yo me encargo de que llegue. Pero mientras puedas llevarla encima, la llevas encima. Es de tu hija.

Mario salió. Cerró la puerta.

Daniel se sentó en la cama. Sacó la libreta azul. La abrió. Anotó:

«12 feb, 15:20 — Madrid, casa Mario Trías. V.C. frena el artículo cebo. Lisboa confirma firma el lunes. Carta para I. en sobre cerrado, la llevo yo. Mario sabe dónde.»

Cerró la libreta.

Por primera vez desde el lunes por la tarde —desde el momento exacto en que había abierto el termo criogénico de Marta Encinas en la antecámara estéril de su unidad—, Daniel Ahren se permitió cerrar los ojos sin tener miedo de quedarse dormido.

Durmió cuatro horas seguidas en una cama prestada de un periodista que no conocía hasta ese mediodía, en un barrio de Madrid en el que no había estado nunca, mientras del país que había dejado atrás solo le quedaban el pasaporte que llevaba en el bolsillo y la voz de su madre al otro lado de un teléfono prepago.

Cuando despertó, eran las siete y media de la tarde.

La luz se había ido casi del todo del patio interior.

En la cocina del piso, al otro lado de la puerta cerrada, se oían dos voces hablando en español rápido —Mario y Elena— y, mezclada con ellas, el ruido de algún utensilio metálico contra una sartén.

Daniel estuvo un momento sentado en la cama, escuchando aquellos sonidos cotidianos que le recordaron, sin esperarlo, a domingos lejanos en Heidelberg cuando Inés era pequeña y Bärbel Bühler y él aún preparaban la cena juntos en la cocina del piso de la Brückenstrasse, y Daniel pensó por primera vez en todo el día que había gente normal en el mundo.

Gente normal cocinando garbanzos un jueves por la tarde.

Gente normal hablando entre risas en cocinas pequeñas.

Gente normal cuya vida no acababa de torcerse el lunes pasado por una muestra antártica enviada por una geóloga del CSIC.

La gente normal no sabía. Y mientras pudiera, pensó Daniel, quizá fuera mejor que siguiera sin saber.

Después se acordó de su madre y de la frase que le había dicho aquella tarde: haz lo que tu padre haría.

Wolfgang Ahren no habría aceptado que la gente normal siguiera sin saber.

Daniel se levantó. Cogió la libreta azul. Salió de la habitación a cenar.

Cenaron los tres en la cocina. Daniel habló poco. A las once y media se retiró a la habitación de huéspedes, se tumbó vestido y apagó la luz.

No durmió, o no como debía. Había dormido de más por la tarde, y ahora el cuerpo, descansado a deshora, se negaba a soltarse: la cabeza se le iba sola al titular que Vega no iba a publicar, a la mesa del fondo de El Reloj, a la mirada que ella y Mario habían cruzado sin palabras.

Se dio la vuelta muchas veces. Dormitó a ratos y se despertó a ratos, con esa vigilia entrecortada de las noches en tensión, en las que uno no descansa pero tampoco se levanta.

El prepago se quedó en la mesilla con la batería casi vacía.

Daniel se dijo, en algún momento de la madrugada, que ya lo cargaría al levantarse.

Con la cabeza donde la tenía, se le pasó.

Fue el descuido más pequeño de la noche, y el que más iba a costarle.