Heredarán el silencio 5 — Madrid #3
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5 — Madrid #3

Daniel dejó el trozo de pan que llevaba diez minutos deshaciendo entre los dedos.

Vega asintió. Volvió a la libreta. Daniel pensó por un momento que la conversación había terminado ahí. Pero un minuto después, sin levantar la vista de las notas, Vega le preguntó:

—¿Cómo se gestiona?

—¿El qué?

—El que no haya despedida.

Daniel tardó en contestar. Pensó. Bebió un poco de agua.

Pensó otra vez. Por primera vez desde el lunes, la imagen que se le puso en la cabeza no fue ni la cápside del meteorito ni la cara de Holm en el sillón de la Bergheimer Strasse.

Fue la imagen de un sótano de Alcalá de Henares con olor a madera vieja y sudor seco, y un hombre delgado de cuarenta y pocos años con una camiseta gris diciéndole que respirara más despacio.

—No se gestiona —dijo Daniel—. Se aprende a vivir con ello. En mi caso, con disciplina. Cuando murió mi padre, lo único que me sostenía era una cosa que él me había hecho empezar dos años antes.

—¿Cuál?

—Kung-fu. Wing Chun. Mi padre era militar.

Después de los atentados de Atocha me llamó por teléfono.

Yo estaba haciendo prácticas en el CSIC y vivía en Alcalá de Henares.

Me dijo que aprendiera a defender mi cuerpo.

La semana siguiente entré en una escuela cerca de la calle Mayor.

Mi maestro se llamaba David Núñez. Dos años con él, hasta que volví a Heidelberg.

Allí busqué otra escuela. No he dejado de entrenar desde entonces.

—¿Por qué te dijo eso justo entonces?

—Nunca se lo pregunté. La mañana siguiente a su muerte, lo único que se me ocurrió fue ir al gimnasio. Estuve allí cuatro horas. No lloré. Solo entrené. Mi maestro de aquí, en Heidelberg, no me preguntó nada. Cuando salí del vestuario me dio un té y se fue. Eso es lo que me sostiene.

Vega no contestó. Mario volvió del baño en ese momento. Se sentó. Daniel dio la conversación por terminada.

Pero Vega, sin mirar a Mario y sin mirar a Daniel, mientras anotaba algo en la libreta, preguntó:

—¿Tenía alguna frase tu maestro? Una de esas que se quedan.

Daniel sonrió un poco.

—Una. Una sola. Tardé como diez años en entenderla.

—¿Cuál?

—No hay distancia segura.

Hubo un silencio. Mario, que acababa de coger la caña, la dejó otra vez sobre la mesa. Vega cerró el cuaderno un momento. Lo abrió. Volvió a cerrarlo.

—Bueno —dijo Mario por fin—. A lo práctico.

Hablaron de logística durante los siguientes minutos. Mario dijo que tenía que llevar la muestra a la mensajería esa misma tarde. Vega tomó notas sobre los pasos siguientes. En algún momento, retomando la conversación de antes, Mario le hizo a Daniel la pregunta práctica que le quedaba pendiente:

—¿Y físicamente, entonces, sabes defenderte?

—Algo. No mucho. Lo justo para escapar una vez.

—¿Llevas algo encima?

—Una navaja pequeña en la mochila. Nada más. Si me cogen con un cuchillo serio, dejo de ser un científico atacado y me convierto en un científico armado. Diferencia jurídica importante.

—Inteligente —dijo Mario.

—Y mientras tanto —dijo Daniel volviendo al hilo principal—, ¿qué hacemos?

Vega levantó la vista de la libreta.

—Mientras tanto, hacemos algo arriesgado.

*  *  *

La idea era de Vega. La explicó masticando una croqueta.

—Si tu mentor está esperando a que tú aparezcas esta tarde a las ocho en Heidelberg, eso significa que la red espera dos cosas: una, que vayas a aceptar la cátedra; dos, que si no la aceptas, ellos tendrán todavía el control sobre la información mientras tú estés solo.

En el momento en que sospechen que has hablado conmigo, todo cambia.

Pero todavía no lo sospechan. Tú llamaste anoche desde un prepago y viniste hasta Madrid sin avisar a nadie.

Que estás en la ciudad lo saben, eso seguro.

Lo que no tienen es un solo rastro que les diga que estás conmigo en este bar.

—Eso no va a durar.

—Exacto. Pero podemos aprovechar el margen.

Lo que vamos a hacer es publicar un artículo críptico esta noche, en mi medio.

Sin nombres. Sin detalles científicos completos.

Solo los suficientes para que cualquier persona de la red que lo lea entienda inmediatamente de qué estamos hablando, y para que, en el momento en que reaccionen, ellos mismos confirmen al resto del mundo lo que vamos a contar después.

—Un cebo.

—Eso es. Si reaccionan, los grabamos reaccionando.

Llamadas a tu universidad, presiones a mi medio, intentos de retirar el artículo antes de las veinticuatro horas.

Cualquier cosa que hagan se convierte en prueba de la red.

Mientras tanto, Lisboa nos confirma la firma genética.

En cuanto Lisboa conteste publicamos la pieza completa, con tu nombre, con las pruebas, con la cronología.

Con suerte el lunes. La red ya no puede detenerlo, y tú estás respaldado por pruebas confirmadas.

Daniel se quedó callado un momento. Estaba pensando en una cosa concreta en la que ni Vega ni Mario podían pensar porque ninguno de los dos había estado el martes por la noche en el piso de la Bergheimer Strasse oyendo a Holm contar cómo Henri Vasseur, investigador posdoctoral del Pasteur, había muerto en 1983 en una salida de carretera sin testigos en la autopista A6 cerca de Beaune.

—Vega.

—Dime.

—El artículo críptico. ¿Bajo qué nombre lo firmas?

—Con el mío. ¿Por qué?

—¿Has hecho otros artículos sensibles antes con el medio?

—Varios.

—¿Te tienen identificada como periodista de investigación arriesgada?

Vega lo miró. Tardó dos segundos en contestar.

—Sí. Probablemente sí. ¿A qué quieres llegar?

—A que en el momento en que el artículo salga firmado por ti, tú dejas de ser una periodista anónima para ellos. Te vas a convertir en una de las personas que tienen que silenciar antes del lunes.

Vega no dijo nada.

Mario sí.

—Daniel tiene razón.

—Ya sé que tiene razón.

—Podríamos firmar el artículo yo, o un seudónimo, o sin firma.

—Si lo firmas tú, Mario, te pasa exactamente lo mismo. Y si no lo firma nadie, no sirve: una denuncia como esta, sin una firma con nombre y reputación detrás, no se la cree nadie. El medio no la publica sin alguien que la sostenga.

Daniel respiró hondo. Tenía treinta y seis horas de cansancio acumulado en el cuerpo, y sin embargo en aquel momento, sentado en la mesa del fondo de El Reloj, con los relojes de las paredes marcando cada uno una hora distinta, sintió por primera vez desde el lunes una claridad mental absoluta.

—Vega. No publiques el artículo.

—¿Cómo?

—No lo publiques. No esta noche. Esperemos a Lisboa. Cuatro días más. El lunes salimos con la pieza completa, con tu firma y la mía, con las pruebas confirmadas. No corras ningún riesgo extra mientras tanto.

—Daniel, si esperamos a Lisboa, nos pueden alcanzar antes.

—Nos pueden alcanzar igual. Pero al menos no le entregas tu cabeza a la red por un cebo que probablemente no vamos a necesitar.

Vega lo miró un momento. Cuando se concentraba en lo que escuchaba —Daniel se dio cuenta entonces, con esa clase de atención lateral con la que se registran detalles ajenos en momentos cargados— se le formaba una pequeña arruga vertical entre las cejas.

No la tenía cuando hablaba ella. Solo cuando atendía a otro.

Daniel no la había visto en aquella tarde lejana del cóctel de Bilbao, hacía tres años. La tenía ahora.

—Lo voy a pensar —dijo Vega—. Te contesto antes de la cena.

—De acuerdo.

Vega bajó la vista a la libreta. Anotó tres palabras que Daniel no llegó a leer.

Después levantó la vista hacia Mario solo un instante, una mirada brevísima de no más de medio segundo, y volvió a sus notas.

Mario no contestó la mirada. Pero algo se cruzó entre ellos —algo que dos profesionales que llevaban siete años trabajando juntos eran capaces de cruzar sin necesidad de palabras— que Daniel registró con la visión periférica sin poder interpretarlo del todo.

Mario miró el reloj de su muñeca, después uno de los relojes de la pared, después otro distinto. Sonrió por primera vez.

—Hora local de El Reloj, vete a saber. Hora real, las dos y media. Yo me llevo la muestra a la mensajería ahora mismo. Vega, te llamo cuando esté facturada. Daniel, voy a buscarte un sitio para que duermas esta noche, no en hotel. Vente conmigo.

Daniel sacó su tarjeta de la funda, cortó con cuidado un fragmento del papel —suficiente para secuenciar, poca cosa a la vista— y volvió a guardarse el resto en el bolsillo interior.

Le tendió el trozo a Mario, que lo metió en un sobre acolchado de su bolsa de cuero y le hizo un pequeño gesto con la cabeza.

—Andando. Tú y yo nos vamos. Vega se queda terminando las raciones.

—Como siempre —dijo Vega sin levantar la vista de la libreta donde seguía tomando notas.

*  *  *

Mario vivía en un piso de tres habitaciones en el barrio de Embajadores, en un segundo sin ascensor de un edificio de 1924 con escalera de mármol y un olor a cera que se conservaba en los rellanos desde hacía décadas.

Le abrió la puerta una mujer pequeña y morena, treinta y pocos, vestida con un jersey demasiado grande y unos calcetines de lana que la hacían parecer aún más pequeña.

—Es Daniel —dijo Mario—. Se queda esta noche.

—Hola, Daniel.

—Hola.

—Soy Elena. La mujer de Mario. Pasa, pasa, que se enfría la casa.

Daniel pasó. Elena cerró la puerta con un gesto firme y le pidió el abrigo. Mientras Daniel se lo quitaba, ella le dijo, en un tono cordial pero sin sonrisa:

—Una cosa, Daniel. Antes de que te instales.

En esta casa han pasado tres personas en los últimos cuatro años en circunstancias parecidas a las tuyas.

Dos de ellas se portaron bien. La tercera no.

Mario te ha invitado y yo respeto a Mario.

Pero la casa también es mía. Te pido que respetes los espacios comunes y que si necesitas hacer alguna llamada complicada, la hagas en la habitación con la puerta cerrada. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

—Bien. Cena a las nueve.