Heredarán el silencio 5 — Madrid #2
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5 — Madrid #2

La reconoció antes de que ella lo viera.

Habían pasado tres años desde Bilbao y había cambiado poco: misma altura, mismo pelo castaño recogido, misma cicatriz finísima en el labio superior, ahora ligeramente más visible bajo una luz fluorescente que el cóctel de Bilbao no había tenido.

Llevaba un abrigo negro corto, unos vaqueros oscuros, deportivas, una bandolera de tela cruzada al pecho.

Estaba sentada en la terraza, en la mesa más pegada al paso, con un café con leche sin tocar delante y el móvil boca abajo sobre la mesa.

Cuando Daniel estuvo a quince metros, Vega lo vio.

Dejó dos monedas junto a la taza, se colgó la bandolera y salió a su encuentro sin prisa.

Se dieron la mano —sin abrazo, sin beso, dos profesionales que se reconocen de un congreso de hace tres años— y Vega le dijo, en español rápido y con el acento gallego suave que Daniel recordaba:

—Aquí no. —Echó a andar sin esperarlo, y Daniel la siguió—. Tengo el coche cerca. Hablamos dentro.

Caminaron. Vega no preguntó nada hasta que estuvieron en el aparcamiento de corta estancia. Subieron a un Renault Clio rojo de unos diez años y ella arrancó hacia la salida sin esperar a que Daniel se abrochara el cinturón.

—Cuéntame —dijo, mientras pagaba la salida del aparcamiento con tarjeta—. Pero dame la versión corta. La larga la cuentas en el café. Lo que necesito saber ahora son los riesgos.

Daniel se la dio. Cuatro frases. Que había encontrado en una muestra antártica algo que no debería existir.

Que su mentor sabía y le había ofrecido callar.

Que había rechazado la oferta y huido la noche anterior.

Que en Frankfurt esa misma mañana lo había seguido una mujer mayor que casi seguro había avisado a alguien en Madrid.

Vega escuchó sin interrumpir. Cuando Daniel terminó, asintió, y dijo:

—Vale. Cambio de plan.

Sacó el móvil del bolsillo del abrigo, marcó un número con una sola mano mientras conducía con la otra, esperó tres tonos, y dijo en español al otro lado:

—Mario. No vamos al sitio de siempre. Nos vemos donde ningún reloj da la hora. En veinte minutos. Sí. Sí. Sin preguntas, ya te explico.

Colgó. Daniel la miró.

—¿Quién es Mario?

—Un amigo. Periodista. De confianza. Tenía pensado que estuviera con nosotros en el café. El sitio que había elegido es demasiado conocido. Si te están siguiendo desde Frankfurt, lo van a tener fichado en quince minutos. Vamos a otro.

—¿Adónde?

Vega lo miró brevemente. Sonrió un poco. Era una sonrisa profesional, sin alegría, la sonrisa de alguien que lleva años haciendo este trabajo y todavía no ha perdido el gusto por hacerlo bien.

—A un sitio donde no nos esperan. Es la parte divertida del oficio.

*  *  *

El sitio era un bar en Lavapiés llamado El Reloj que llevaba allí desde antes de que Lavapiés fuera Lavapiés.

Era un local pequeño, en penumbra, con paredes forradas de madera oscurecida por décadas de humo, un suelo de baldosas hexagonales que en algunas zonas estaban rotas, y una colección de relojes antiguos colgados de las paredes, cada uno marcando una hora distinta.

El dueño, un hombre de unos setenta años que se llamaba Antonio y que había sido amigo del abuelo materno de Vega medio siglo atrás, los recibió con un saludo escueto y los llevó a una mesa del fondo.

La mesa estaba detrás de un biombo de cuero envejecido y no se veía desde la puerta principal.

En el bar, a esa hora —pasaban veinte minutos de la una— solo había otros tres parroquianos, todos hombres mayores, todos bebiendo cerveza en jarras de medio litro, todos visiblemente clientes habituales que llevaban años sentándose a las mismas mesas.

Mario llegó nueve minutos después. Cuarenta y pocos, calvo, gafas de pasta gruesa, una bolsa de cuero al hombro, un paraguas plegable en la mano izquierda aunque no estuviera lloviendo.

Saludó a Antonio con un cabeceo —se conocían también—, se sentó a la mesa con Vega y Daniel, y antes de presentarse miró a Daniel a los ojos durante dos segundos completos, como evaluándolo.

—Mario Trías. Ex-El País, ahora freelance. Hago lo que Vega no hace porque ella es demasiado conocida y yo no.

—Daniel Ahren.

—Te he buscado en internet en el coche viniendo. Tienes una carrera seria, publicaciones que se sostienen y nada feo detrás. Ni un escándalo, ni una historia antigua que te puedan sacar. Eso es bueno y es malo a la vez, pero principalmente es bueno. ¿Vega ya te ha contado cómo trabajamos?

—No.

—Bien. Te lo cuento yo. Vega y yo llevamos siete años haciendo cosas en pareja. Ella firma. Yo investigo. Cuando algo es muy grande, repartimos el riesgo: ella publica una versión, yo guardo la versión completa, y si pasa algo, el material sale por la otra vía. Hoy haremos eso. ¿Tienes miedo?

—Tengo bastante miedo, sí.

—Bien. Quien dice que no, miente. Vamos al grano. ¿Qué traes?

Daniel respiró hondo. Sacó del bolsillo interior del abrigo dos cosas: la libreta azul y la tarjeta Whatman protegida en su funda plástica. Las puso sobre la mesa.

Y empezó a hablar.

Habló durante una hora y diez minutos. No omitió casi nada.

Les contó el envío del lunes, el descubrimiento de la cápside, las treinta y seis horas de análisis, las coincidencias con el genoma humano.

Les contó la conversación con Holm, la confesión sobre Vasseur en 1981, los modelos sociales, las dos opciones, y los patrones periódicos en los desiertos génicos que había confirmado él mismo de madrugada, después de oír a Holm.

Les contó la libreta verde de su padre sobre la almohada.

Les contó la decisión, las precauciones, las copias enviadas a su madre y a Marta Encinas, la inspección de Klein y Vogt, la mujer que lo había seguido en Frankfurt.

Vega y Mario lo escucharon casi sin interrumpir.

Vega tomaba notas rápidas en una libreta de bolsillo con una caligrafía pequeña que solo ella podría leer.

Mario no tomaba notas: miraba a Daniel a los ojos, asentía cada cierto tiempo, y bebía despacio una caña que Antonio les había traído sin que la pidieran.

En algún momento Antonio se acercó a preguntar si querían algo de comer; Vega le pidió tres raciones distintas sin consultar con los demás y siguió escuchando sin levantar la vista.

A mitad de la conversación, cuando Daniel iba por la parte de los inspectores Klein y Vogt, le sonó el móvil a Vega en el bolsillo del abrigo. Lo sacó. Miró la pantalla. La cara se le ensombreció medio segundo, después se compuso. Levantó un dedo hacia Daniel para pedirle un momento.

—Perdona. Tengo que coger esta. Vuelvo en cinco minutos.

Salió a la calle. Desde su sitio del fondo, por la ventana —la mesa no se veía desde fuera, pero desde ella sí se veía la acera—, Daniel la vio caminar media manzana arriba con el móvil contra la oreja, gesticulando despacio, fumando un cigarrillo que se había encendido nada más salir.

La vio asentir varias veces, hablar muy poco, escuchar mucho.

Volvió siete minutos después, con la cara cansada y la nariz roja por el frío.

—Sigue —le dijo a Daniel sentándose otra vez—. Estabas con los inspectores.

—¿Todo bien? —preguntó Mario.

—Mi padre. Está en una residencia en Sanxenxo. Tiene Alzheimer. Llaman cuando ya no me reconoce, y eso pasa cada dos por tres. No es nada.

Lo dijo con esa voz neutra que la gente usa para las cosas que ya no consigue dramatizar porque las ha dramatizado demasiadas veces. Daniel asintió. No preguntó nada más. Vega cogió el bolígrafo y volvió a sus notas como si la llamada no hubiera ocurrido.

Pero Daniel no la olvidó. Una mujer de treinta y ocho años con un padre que la iba olvidando despacio en una residencia de un pueblo de la costa gallega era —en cualquier vida adulta razonable— una de esas cosas que pesan más que el oficio.

Vega lo había despachado en cuatro frases y se había vuelto a la libreta.

Daniel se preguntó cuántas llamadas de aquellas habría recibido durante reuniones importantes a lo largo de los últimos años. Probablemente muchas.

Siguió contando.

Cuando Daniel terminó, hubo un largo silencio en la mesa del fondo de El Reloj. Los relojes de las paredes seguían marcando horas distintas cada uno. Antonio, detrás de la barra, secaba vasos con la parsimonia de quien lleva en el oficio desde 1978.

Mario habló primero.

—Daniel.

—Dime.

—Lo que cuentas, si es cierto, es la noticia más grande del siglo. Más grande que cualquier cosa que vayamos a publicar tú, yo y Vega en lo que nos quede de carrera. ¿Eres consciente?

—Sí.

—Y la tarjeta Whatman, según tú, contiene la prueba bioquímica de todo lo que has dicho.

—La contiene. Una pequeña parte. Necesitarás un laboratorio independiente con un secuenciador moderno para confirmarla.

—¿Cuánto tiempo lleva confirmar la firma genética humana?

—Si tienes acceso a un equipo bueno, tres días.

—Tenemos uno. En Lisboa. Una bióloga molecular portuguesa que ya ha trabajado con Vega y conmigo en otros proyectos. Le mandamos la muestra hoy mismo por mensajería certificada. La tendrá mañana. Resultado el lunes.

—¿Y hasta entonces?

—Hasta entonces tú no estás en ninguna parte.

Daniel contestó a las preguntas que le fueron haciendo, muchas y muy concretas, pero por algún motivo durante el resto de la conversación no se le iba de la cabeza la imagen de Vega media manzana arriba, fumando bajo el frío de febrero, asintiendo despacio con el móvil contra la oreja.

Después las preguntas se acabaron. Mario se levantó un momento para ir al baño. Vega seguía con los ojos en el cuaderno, repasando notas. Daniel le habló sin levantar la vista del trozo de pan que se había quedado en su plato.

—Mi padre murió hace veinte años. Infarto en la cocina, sin tiempo para nada. No tuvimos despedida.

Vega levantó la vista del cuaderno y lo miró.

—Lo siento.

—Es distinto a lo tuyo, ya lo sé. Lo tuyo es peor de un modo. Va lento. El mío fue rápido. No sé cuál duele más.

—Los dos —dijo Vega.