Heredarán el silencio 5 — Madrid
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5 — Madrid

Madrid

Pasó la noche en un hotel barato a quince minutos del aeropuerto de Frankfurt.

Daniel no se desnudó. Se quitó solo los zapatos y el abrigo, dejó la libreta azul y el sobre acolchado con la tarjeta Whatman bajo la almohada del lado izquierdo, y se tumbó en la cama vestido.

Eran las once y media de la noche del miércoles.

El vuelo a Madrid salía a las ocho y media de la mañana y tenía que estar en la terminal a las siete menos diez. Le quedaban siete horas escasas.

No durmió. Durante la primera hora intentó lo de siempre —respiración profunda, contar hacia atrás desde mil, repasar mentalmente la lista de la compra del laboratorio— y no funcionó nada.

La cabeza no se le apagaba. Volvía sin permiso a Holm en el sillón del piso de la Bergheimer Strasse, a la libreta verde de Wolfgang sobre la almohada de su propia cama, a la risa de Inés bajo el castaño, a la voz al otro lado de la línea cuando había llamado a Vega Castiñeira aquella misma tarde.

Volvía a todas esas cosas y volvía a ninguna.

Era el tipo concreto de insomnio que Daniel solo había tenido tres veces en su vida adulta: la noche en que su padre murió, la noche en que firmó los papeles del divorcio, y aquella.

A las dos de la mañana se levantó. Encendió la luz pequeña de la mesilla. Sacó la libreta azul de debajo de la almohada y, sentado en el borde de la cama, escribió durante una hora sin parar.

No escribió sobre el descubrimiento. Esa parte ya estaba documentada.

Escribió a mano y, por algún motivo, en español en vez de en alemán, que era su idioma de trabajo: una carta dirigida a Inés.

Una carta de tres páginas que su hija no debía leer hasta que tuviera diecisiete años, o veinte, o veinticinco, o nunca.

Le explicaba lo que había encontrado en el meteorito antártico.

Le explicaba por qué se había ido sin despedirse.

Le explicaba que la había visto el miércoles por la tarde detrás de un castaño cubierto de nieve, riéndose con sus amigas, y que esa imagen la iba a llevar consigo pasara lo que pasara.

Le pedía perdón por todo lo demás, sabiendo que el perdón no servía de nada y diciéndolo igualmente.

Cuando terminó la carta, arrancó las tres páginas de la libreta —con cuidado, por las muescas de la encuadernación—, las dobló en cuatro, las metió en un sobre de los que había comprado en la estación de Heidelberg antes de coger el tren, y escribió en el sobre solo dos palabras: PARA INÉS. Lo selló.

Después abrió otra vez la libreta. Apuntó, en la página siguiente a la que había arrancado, una sola línea:

«Carta a I. — escrita Frankfurt, 12 feb, 02:43. Custodia: Marta Encinas o C. Ahren si no».

Cerró la libreta. Apagó la luz. Se tumbó otra vez. Y entonces sí durmió, durante exactamente tres horas, el sueño desordenado y sin imágenes de los cuerpos demasiado cansados para soñar.

*  *  *

A las siete menos diez del jueves estaba en la Terminal 1 del aeropuerto de Frankfurt.

Hizo el check-in con el pasaporte verdadero —no había modo de viajar a Madrid con pasaporte falso, los controles biométricos europeos eran demasiado finos para eso— y pasó el control con la mochila pequeña como equipaje de mano.

Compró un café y un pretzel en una cafetería junto a la zona de embarque.

Se sentó en una mesa alta junto a la cristalera, desde donde se veían la pista y los aviones rodando despacio bajo una niebla baja que no terminaba de levantar.

Daniel sabía que la red lo había localizado.

Lo sabía porque era imposible que no lo hubiera localizado: si Klein y Vogt habían venido al laboratorio el miércoles a las once y media a buscar las muestras, era porque ya tenían informados a sus superiores sobre el envío de Marta.

Y si lo estaban, alguien estaría siguiendo desde el miércoles por la noche el rastro digital de Daniel Ahren.

El billete de tren a Frankfurt comprado con su tarjeta personal —una decisión que había tomado deliberadamente, asumiendo el coste, porque cancelar ese billete y comprar otro en efectivo habría sido demasiado evidente—, el hotel pagado en efectivo aunque el pasaporte que registró era el suyo verdadero, el vuelo a Madrid comprado la noche anterior con la misma tarjeta.

Cualquiera con acceso a los sistemas de movimiento europeos sabía a estas alturas que Daniel iba a llegar a Barajas a las once y veinte.

La pregunta no era si lo estaban siguiendo. La pregunta era cuántos.

Daniel los empezó a buscar a las siete y veinte, después de la primera taza de café.

No hizo nada llamativo. Simplemente, mirando hacia la pista a través de la cristalera, fue catalogando con la visión periférica las personas que tenía alrededor.

Identificó treinta y siete personas en su radio de visión: pasajeros de varios vuelos esperando, personal de limpieza, dos camareras de la cafetería, un técnico de mantenimiento revisando una pantalla de información.

De esas treinta y siete, descartó treinta y tres en los primeros diez minutos por motivos circunstanciales —familias con niños, ancianos en silla de ruedas, parejas con itinerarios visiblemente distintos del suyo—.

Quedaban cuatro candidatos posibles. Dos hombres y dos mujeres.

El primero: un hombre de unos cuarenta años, traje gris, maletín pequeño, sentado a tres mesas de la suya leyendo un Financial Times. Sospechoso por la inmovilidad. Ningún ejecutivo real lee tanto rato un periódico financiero a esa hora del jueves.

La segunda: una mujer rubia, treinta y tantos, con cabello recogido en una coleta y una bolsa de deporte azul oscuro a sus pies.

Estaba bebiendo un té en una mesa cercana a la salida de la zona de embarque.

La había visto consultar tres veces el reloj en quince minutos sin que ningún anuncio justificara la consulta.

El tercero: un hombre joven, veintipocos, con sudadera roja, mochila grande, fingiendo dormir contra la cristalera. Demasiado joven probablemente. Daniel lo descartó después de cinco minutos de observación.

La cuarta: una mujer mayor, sesenta y tantos, con un abrigo de piel sintética marrón claro, algo apelmazado por los años, leyendo una novela de bolsillo en español.

Había llegado a la mesa diez minutos después de Daniel y no había ojeado ni una sola vez la pantalla de salidas.

La novela tenía las puntas de las páginas amarillentas: era un libro real, comprado años atrás, no un atrezo.

Pero seguir fingiendo lectura mientras se gira tres veces hacia la mesa de un desconocido en quince minutos era justo lo que un operador con cuarenta años de experiencia haría cuando le encargaran un trabajo de bajo riesgo.

Daniel apostó por la mujer mayor del abrigo marrón claro.

El hombre del Financial Times era demasiado obvio: probablemente un señuelo, alguien colocado allí para que él dedicara los primeros minutos a observarlo a él y se descuidara con el resto.

La rubia de la coleta era posible pero no encajaba: demasiado atlética, demasiado joven, se dijo Daniel, para el tipo de vigilancia silenciosa que él suponía que preferiría una red como aquella.

La mujer mayor era el patrón clásico: invisible por edad y aspecto, con una novela en español que justificaba cualquier prolongación de su estancia en una cafetería del aeropuerto.

Daniel terminó su café. Se levantó. Caminó hacia el aseo de caballeros que estaba al otro lado de la cafetería, en dirección opuesta a la zona de embarque.

No miró hacia atrás. Cuando llegó al aseo, entró en el primer cubículo y esperó dos minutos.

Después salió, se lavó las manos con calma, se miró un momento en el espejo —cara ojerosa, barba de día y medio, abrigo demasiado caliente para la temperatura interior del aeropuerto— y volvió por una ruta distinta hacia la zona de embarque, evitando pasar otra vez junto a la cafetería.

Cinco minutos después, mientras caminaba hacia la puerta C12, vio a la mujer mayor caminar exactamente diez metros detrás de él, en la misma dirección, con la novela ahora cerrada en la mano y el paso ligeramente acelerado.

La acababa de identificar.

Daniel sintió, otra vez, la misma sensación física debajo de las costillas que había sentido la noche del piso de Holm. Pero esta vez no le sorprendió. Esta vez la vio venir. Respiró despacio, como le habían enseñado a hacerlo, y siguió caminando hacia la puerta de embarque sin acelerar.

*  *  *

La mujer del abrigo marrón claro no embarcó en el mismo vuelo.

Daniel la perdió de vista al pasar el control de embarque, donde ella se desvió hacia un mostrador de información en lugar de hacia la cola.

La maniobra fue elegante: si embarcaba en el mismo vuelo, Daniel iba a tenerla sentada en la cabina durante dos horas y media y eso era operativamente inaceptable; si la perdía allí, Daniel iba a relajarse durante el vuelo creyendo que la había despistado.

Probablemente había un segundo vigilante esperándolo en Barajas.

O probablemente no había nadie y llevaba tres días viendo cosas donde no las había.

No tenía forma de saberlo. Decidió dar por hecho lo peor y no pensar más en ello durante el vuelo.

El Lufthansa LH1110 a Madrid salió con doce minutos de retraso por la niebla.

Aterrizó en Barajas a las once y treinta y dos.

Daniel salió de la zona de llegadas internacional —Schengen, sin control— con la mochila al hombro, el abrigo en el brazo, y el pasaporte ya guardado en el bolsillo interior.

Eran las once y cuarenta y uno cuando llegó a la zona de recepción de pasajeros de la T2.

Vega Castiñeira lo estaba esperando en la cafetería de la salida, treinta metros más allá del control.