Heredarán el silencio 4 — Heinz Wagner, comerciante #4
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4 — Heinz Wagner, comerciante #4

Daniel siguió allí, solo en la acera, detrás del castaño, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo y la libreta azul presionando contra el pecho a través de la tela.

No se movió hasta las cinco y veinte. Después caminó despacio hacia la parada de autobús más cercana.

Cogió un autobús cualquiera que iba en dirección al centro.

Pensó, mientras cruzaba el puente sobre el Neckar, que aquella era la última risa normal que Inés iba a tener durante mucho tiempo. Y que él lo sabía. Y que ella no.

Bajó del autobús cerca de la estación. Eran casi las seis cuando volvió a la pensión.

*  *  *

Encerrado en la pequeña habitación de Heinz Wagner, comerciante, Daniel encendió el portátil viejo que había sacado del centro y abrió un navegador de Tor.

Necesitaba un periodista. Un periodista que cumpliera tres condiciones simultáneas: rigor demostrable en investigación científica complicada, independencia editorial real, y disposición a publicar material peligroso.

Descartó cuatro candidatos en la primera hora.

El veterano de Le Monde estaba bajo investigación judicial.

La freelance británica había publicado en septiembre un perfil elogioso de un alto cargo europeo que sugería compromisos editoriales.

El alemán y el italiano escribían bien pero no habían hecho nunca un trabajo realmente arriesgado.

Le quedaba una candidata. La había guardado para el final porque hacía tres años que no sabía nada concreto de ella.

Vega Castiñeira. Treinta y ocho años. Periodista de investigación gallega afincada en Madrid.

Trabajaba como freelance para varios medios independientes ibéricos, había publicado dos investigaciones serias sobre patentes farmacéuticas y conflictos de interés en la pandemia, y mantenía una columna mensual en una revista digital portuguesa.

Daniel la conocía. Hacía tres años, durante un congreso sobre transparencia en investigación pública en Bilbao, Vega había asistido como prensa a su panel sobre publicación abierta de datos epidemiológicos.

Le había hecho dos preguntas en el turno público.

Las dos preguntas habían sido las dos únicas preguntas inteligentes del turno.

Después, durante el cóctel, habían hablado quince minutos.

Vega tenía una cicatriz finísima en el labio superior, hablaba español rápido con un acento gallego suave, y tenía el tipo de paciencia profesional que Daniel reconocía en los buenos investigadores.

Habían intercambiado tarjetas. No habían vuelto a hablar.

Daniel buscó información sobre ella en redes públicas a través de Tor. Seguía activa. Había publicado un reportaje el mes anterior sobre la cadena de mando en una farmacéutica española. Su número de móvil profesional era recuperable con dos minutos de búsqueda cruzada.

Lo recuperó. Lo anotó en la libreta azul. Cerró el portátil.

Sabía que en el momento en que llamara a Vega Castiñeira, ya no habría vuelta atrás.

Cogió el móvil prepago. Marcó el número.

Sonó una vez, dos, tres veces. Al cuarto, contestó una voz de mujer, ronca por el invierno o por el cigarrillo o por las dos cosas:

—¿Sí?

—Vega. Soy Daniel Ahren. No sé si te acuerdas de mí. Te conocí hace tres años en Bilbao. Me hiciste dos preguntas que no me hizo nadie más.

Hubo una pausa.

—Daniel Ahren. El virólogo de Heidelberg.

—Sí.

—Me acuerdo perfectamente.

—Vega, necesito hablar contigo. Personalmente. Lo antes posible. Tengo una historia que necesita salir y no tengo a nadie más con quien pueda hablarla. Es importante. Es complicada. Y es peligrosa.

Otra pausa. Más breve esta vez.

—¿Cómo de peligrosa?

—Ya han ido a por alguien por esto. Una investigadora. No la han tocado, pero la han asustado lo suficiente para que lo deje y no vuelva a hablar del tema. Y a mí me están vigilando desde anoche.

Daniel oyó, al otro lado de la línea, el ruido de Vega apartándose del bar lleno de gente, saliendo a la calle, encendiendo un cigarrillo.

—¿Mañana en Madrid? Yo invito al café.

—Voy.

—¿Tienes pasaporte?

—Sí.

—Entonces coges un tren a Frankfurt esta noche y el primer vuelo a Madrid. Te recojo en Barajas. ¿Te parece bien?

—Me parece bien.

—Daniel.

—Dime.

—Si vienes, vienes con todo. No me hagas perder el tiempo.

—Es lo que digo que es. Y es peor.

—De acuerdo. Hasta mañana.

Colgó.

Daniel se quedó sentado en la cama de la pensión. Había cruzado el Rubicón. Holm, mañana a las ocho, no lo iba a encontrar en la Bergheimer Strasse.

Se levantó. Recogió la mochila. No pidió que le devolvieran las noches que había pagado por adelantado y no iba a usar: un huésped que reclama dinero es un huésped que la dueña recuerda, y que describe si alguien pregunta.

Salió a la calle. Caminó hasta la estación principal de Heidelberg con el viento de cara y la nieve fina cayendo otra vez sobre los tejados.

A las siete y catorce de la noche del miércoles, Daniel cogió el tren regional de Heidelberg a Frankfurt sin que nadie de la red supiera todavía que se había marchado.

Tenía hasta el día siguiente a las ocho de la tarde antes de que Holm se enterara.