Heredarán el silencio 4 — Heinz Wagner, comerciante #3
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4 — Heinz Wagner, comerciante #3

Caminó hasta la estación principal con el paso de un hombre que lleva veinticuatro horas despierto y todavía no lo nota.

En un bazar junto a la estación compró un teléfono móvil prepago —veintinueve euros, marca china, tarjeta SIM con cien minutos— y lo activó con un nombre inventado.

Después buscó dónde meterse: una pensión pequeña a un par de calles de la estación —treinta y ocho euros la noche, un cuarto con una sola cama, una bombilla colgada del techo, un lavabo con agua fría— donde pagó en efectivo tres noches por adelantado con nombre falso: Heinz Wagner, comerciante.

La dueña no le pidió documentación. Dejó la mochila en la habitación.

A las dos de la tarde, Daniel llamó a su madre desde el móvil prepago.

Carmen Ahren contestó al cuarto tono.

—¿Sí?

—Mamá, soy yo.

—Hijo. ¿Por qué me llamas desde un número desconocido?

—Te lo explico luego. ¿Estás en casa?

—Estoy en casa. ¿Pasa algo?

—Mamá, escúchame con atención. Te va a llegar mañana o pasado un sobre acolchado por correo ordinario.

Sin remitente. Dentro habrá una pequeña tarjeta de plástico con un papel.

No la abras. No la enseñes a nadie. Métela en un sitio que solo tú sepas, donde no llame la atención.

Y si te mueves de Heidelberg, llévatela contigo. Que esté donde tú estés. ¿De acuerdo?

Hubo un silencio. Daniel oyó, lejos, la radio de su madre con el programa cultural que ella ponía cada tarde a la hora de la siesta.

—Daniel.

—Dime.

—¿Estás metido en algún lío?

Daniel apartó la vista.

—Mamá.

—Daniel, ¿estás metido en un lío?

—Sí, mamá. Estoy en un lío.

—¿Grave?

—Grave, mamá. No te puedo explicar nada por teléfono. Pero quiero que sepas tres cosas. ¿Me vas a escuchar las tres sin interrumpirme?

—Sí.

—La primera es que no he hecho nada malo. Estoy en un lío porque he descubierto algo, no porque haya cometido un error o un delito. ¿Me crees?

—Te creo.

—La segunda es que en los próximos días puede ser que dejes de tener noticias mías durante un tiempo. Si eso pasa, no te asustes. No llames a la policía. No llames a Bärbel Bühler. No llames a Inés. Quédate en casa, sigue tu vida, y espera. Yo te buscaré cuando pueda.

—Daniel—

—Mamá, prometiste no interrumpirme.

Carmen Ahren guardó silencio. Daniel oyó cómo respiraba al otro lado de la línea.

—La tercera —siguió Daniel, despacio— es que pase lo que pase, mamá, te quiero mucho. Y le quería mucho a papá. Y siento no haberle dicho a papá, a tiempo, lo que tendría que haberle dicho.

Hubo una pausa larga.

—Hijo.

—Dime.

—¿Es por algo del laboratorio?

—Sí.

—¿Algo importante?

—Sí, mamá.

—¿Más importante que tu vida?

Daniel tardó unos segundos en contestar.

—No lo sé, mamá. Eso es lo que tengo que decidir.

Su madre tampoco contestó inmediatamente. Cuando lo hizo, habló muy bajo, casi para sí misma:

—Haz lo que tu padre haría.

Y colgó.

Daniel siguió con el móvil prepago en la mano, sentado en el banco de un parque pequeño junto a la estación de Heidelberg. Pensó en lo que Wolfgang habría hecho en su lugar.

Lo supo sin esfuerzo. Wolfgang Ahren habría hablado.

*  *  *

A las cinco menos cuarto, Daniel hizo algo que no había planeado hacer.

Cogió un taxi en la rotonda de la estación.

Le dio al taxista la dirección del colegio de Inés —el Friedrich-Ebert-Gymnasium, en el barrio de Neuenheim, al otro lado del río— y le pidió que lo dejara en una calle paralela, a doscientos metros de la entrada principal.

Pagó en efectivo. Catorce con cincuenta.

Le dejó quince y le dijo que se quedara con el cambio.

Eran las cinco menos cinco cuando llegó a la calle paralela. Los miércoles Inés salía a las cinco. Bärbel Bühler la recogía tres días por semana y los miércoles era uno de ellos. Daniel lo sabía sin tener que comprobarlo.

Se acercó hasta ver la verja del colegio.

Pero no cruzó. Se quedó en la acera de enfrente, parcialmente oculto detrás de un castaño desnudo cuyas ramas, cubiertas de una nieve que no había terminado de caer del todo, le servían de pantalla razonable.

La acera estaba llena de padres y madres esperando.

A las cinco en punto sonó la campana.

Salieron primero los más pequeños. Daniel esperó. Después los de quinto curso. Después, en la misma marea, los de sexto, que era el curso de Inés.

La vio enseguida.

Salió con dos amigas que Daniel reconoció vagamente —una rubia que se llamaba Sophie, otra morena cuyo nombre Daniel no recordaba—.

Inés llevaba el abrigo azul oscuro que Bärbel Bühler le había comprado en otoño, una bufanda granate que le había tejido su abuela paterna, y la mochila descolgada de un solo hombro como ella siempre la llevaba a pesar de las protestas de su madre.

Las tres niñas hablaban de algo. Inés se rió. Daniel llevaba tres semanas sin verla en persona, y oyó aquella risa desde la otra acera con una claridad que el aire frío subrayaba.

Daniel cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, Inés se había quedado un poco rezagada de sus amigas y miraba un escaparate del otro lado de la calle.

La posición del cuerpo de su hija, parada en la acera con la cabeza ligeramente ladeada hacia el castaño donde Daniel estaba escondido, le hizo pensar por un segundo que ella lo había visto.

Daniel se quedó muy quieto. No respiró durante tres o cuatro segundos.

Pero Inés no lo había visto. Estaba mirando el escaparate de la papelería donde habían colocado un cuaderno nuevo de tapas amarillas con dibujos de planetas.

Sophie le dijo algo. Inés volvió la cabeza, le contestó, se rió otra vez.

Las tres niñas siguieron caminando hacia la rotonda donde Bärbel Bühler aparcaba siempre el coche.

Bärbel Bühler ya estaba allí. Daniel reconoció el Audi azul oscuro a treinta metros, con las luces de aviso encendidas.

Inés se despidió de sus amigas. Cruzó la calle.

Subió al coche. Bärbel Bühler también subió.

Cerró las puertas. Arrancó. El Audi desapareció por la Brückenstrasse en dirección al puente.