4 — Heinz Wagner, comerciante #2
No había vuelto a dormir en su casa aquella noche, ni volvería ninguna otra.
Había salido del apartamento de madrugada, cuando aún era noche cerrada, con una mochila pequeña hecha a toda prisa —una muda, el cepillo de dientes, el disco USB cifrado— y no había vuelto a pisarlo.
La mochila llevaba desde entonces guardada en su despacho, bajo la mesa.
La libreta azul iba con él, debajo de la bata.
Holger no llegaba al centro hasta las ocho. Daniel tenía media hora, y aún una cosa que hacer antes de que empezara la jornada.
Bajó a la cámara fría con su tarjeta. Sacó el termo criogénico AWI-NM-241.
Lo llevó a la antecámara estéril. Extrajo, una a una, las tres muestras que Marta Encinas había incluido en el envío.
Las trasladó a tres viales de transporte criogénico de emergencia.
Selló los viales. Los etiquetó con códigos falsos: BIOLOGÍA HUMANA REFERENCIA EXTERNA.
Si alguien revisaba el inventario superficialmente, parecerían muestras rutinarias del banco poblacional.
Subió a su despacho con los tres viales en una pequeña neverita portátil. La metió debajo de la mesa, oculta por el faldón. Cerró el despacho con llave.
Se sentó. Eran las ocho menos cinco.
A las ocho en punto entró Holger al pasillo de la planta. Daniel oyó sus pasos lentos, su saludo a Petra, su rutina de café y abrigo y bata. A las ocho y diez Holger entró al despacho de Daniel sin llamar, como siempre.
Daniel le contó lo justo. No los detalles del descubrimiento.
No la conversación con Holm. Solo dos cosas: que las muestras del meteorito habían dejado de estar en el termo donde tenían que estar; y que en algún momento de las próximas horas, alguien iba a venir al centro a buscar precisamente esas muestras.
Holger lo escuchó sin interrumpir. Cuando Daniel terminó, se quitó las gafas. Las limpió con un paño de microfibra que llevaba siempre en el bolsillo de la bata. Se las volvió a poner.
—¿Quién va a venir? —preguntó.
—No lo sé. Probablemente gente del propio centro. Quizá del comité de bioseguridad.
—¿Y qué quieres que haga?
—Nada. Si vienen, déjales que comprueben el termo. El termo está. Que lo abran. Que se lleven lo que hay dentro.
Holger asintió. Se quedó pensando un momento.
—Daniel.
—Dime.
—¿Me vas a contar algún día qué es esto?
—Cuando ya no pueda hacerte daño saberlo.
Holger se rió por primera vez en toda la conversación. Una risa breve, seca, sin alegría.
—Esa es la peor respuesta que un científico puede dar a otro, Daniel.
—Lo sé.
Holger se levantó. En la puerta del despacho, antes de salir, se volvió.
—Voy a comprar pastas a la cafetería de la esquina. Si necesitas usar el laboratorio principal en los próximos veinte minutos sin que nadie te vea, estaré fuera todo ese tiempo. Tardaré por algún motivo. Quizá la cafetería esté especialmente llena hoy.
—Gracias, Holger.
Salió. Daniel oyó sus pasos alejándose, después el ascensor, después el silencio.
* * *
Bajó al laboratorio principal. Sacó los tres viales criogénicos de la neverita portátil.
No iba a llevarse las muestras. Si lo paraban en cualquier control, los viales criogénicos serían lo primero que mirarían. Necesitaba algo más pequeño. Algo que cualquier persona pudiera transportar en un bolsillo sin levantar sospechas.
Daniel cogió uno de los tres viales. Lo abrió bajo la campana de flujo laminar.
Extrajo, con una micropipeta, exactamente diez microlitros del agua de fusión.
Aplicó la muestra a un papel de filtro Whatman tratado con FTA, uno de esos papeles que los biólogos forenses usaban para conservar ADN a temperatura ambiente durante años.
El papel absorbió la muestra. Daniel lo dejó secar dos minutos bajo el flujo de aire estéril.
Cuando estuvo seco, lo metió en una funda plástica del tamaño de una tarjeta de crédito y le pegó por encima una etiqueta inocua: TRABAJOS DE CAMPO – SEVILLA – 2024 – MUESTRA AMBIENTAL.
Después hizo lo mismo con el segundo vial. Y con el tercero.
Tres tarjetas Whatman. Tres copias independientes de la información genética completa de la muestra antártica, conservables durante años en un cajón, transportables en cualquier cartera, indistinguibles de cualquier muestra ambiental rutinaria.
Daniel selló dos de las tarjetas en sobres acolchados pequeños, para dirigirlas a destinatarios distintos, escribiendo las direcciones a mano.
La suya la preparó aparte: en vez de aplicar una sola gota, había aplicado la muestra sobre una tarjeta mayor, con margen de sobra, pensando en que tarde o temprano tendría que ir entregando fragmentos —a un laboratorio independiente, a la prensa, a quien hiciera falta— sin desprenderse nunca del original.
La metió en el bolsillo interior del abrigo, junto a la libreta azul. Las otras dos:
La primera: a su madre, Carmen Ahren, calle Rohrbacher, Heidelberg. Sin remitente.
La segunda: a Marta Encinas, doctora del Alfred-Wegener-Institut, Bremerhaven. Sin remitente.
Marta sabría qué hacer con la tarjeta cuando la recibiera. Su madre no, pero su madre era la última persona del mundo cuyo correo nadie iba a registrar.
Salió del laboratorio. Subió al despacho.
Devolvió los viales al termo de la cámara fría, con las tres láminas dentro y su etiqueta original.
Cuando vinieran a buscar las muestras, encontrarían la piedra.
Encontrarían AWI-NM-241, exactamente lo que constaba en el albarán.
No encontrarían lo que la piedra llevaba dentro, porque eso estaba ya en tres papeles de filtro secos del tamaño de una tarjeta de crédito.
A las ocho y treinta y cinco, Daniel tenía las cosas en su sitio.
A las ocho y cuarenta salió del centro con los dos sobres acolchados bajo el abrigo.
A las nueve menos cinco echó los dos sobres en un buzón ordinario de la estación de tren.
A las nueve y dos volvió al centro como si no hubiera salido.
Nadie podía saber todavía que aquella mañana entraba por última vez.
Holger ya estaba en el laboratorio. Lo saludó con un cabeceo. Daniel se lo devolvió. Ni el uno ni el otro mencionó nada de lo que acababan de hacer.
* * *
Llegaron a las once y treinta y cinco.
Petra los anunció por el interfono interno con la voz un poco más fría de lo habitual:
—Doctor Ahren. Hay aquí dos señores del comité interno de bioseguridad que dicen que tienen que hablar con usted.
—Hazlos pasar.
Eran dos hombres. Uno alto, calvo, alemán, de unos cincuenta y cinco años, con un traje gris sobrio y una corbata azul oscuro.
Otro más joven, treinta y pocos, también alemán, con una carpeta de cartón bajo el brazo.
Se identificaron como inspectores de bioseguridad del centro: Dr. Bernhard Klein y Dr. Stefan Vogt.
Daniel nunca había oído los nombres. Saludaron con la cortesía exacta que Daniel reconoció inmediatamente como cortesía profesional aprendida, no espontánea.
—Doctor Ahren, lamentamos la intromisión. Tenemos que comprobar el estado de un envío refrigerado que entró en su unidad el lunes por la mañana. Referencia AWI-NM-241.
—¿Hay algún problema con el envío?
—Se ha registrado una alerta automática en el sistema de logística. Necesitamos verificar la integridad de la cadena de custodia.
Daniel asintió. Se levantó. Los acompañó a la cámara fría.
Abrió con su tarjeta. Sacó el termo. Lo abrió delante de ellos, con sus propias pinzas refrigeradas, exactamente como lo haría un investigador honesto delante de inspectores de bioseguridad.
El termo contenía los tres viales. Los viales tenían los códigos correctos. La temperatura era la correcta.
—¿Quieren llevarse el material para análisis interno?
—Sí, doctor Ahren. Es procedimiento.
—Por supuesto.
Klein sacó un contenedor de transporte propio de su maletín. Trasladó los viales con sus propias pinzas. Cerró el contenedor. Le tendió a Daniel un papel para firmar.
Daniel firmó. Le devolvió el papel.
—¿Algo más?
—Una pregunta más, doctor Ahren. ¿Ha realizado análisis del material desde su llegada el lunes?
—Una preinspección óptica básica el lunes por la tarde. Ningún análisis completo.
—¿Tiene registros de esa preinspección?
—No. Fue solo un vistazo informal. Cinco minutos. No me pareció que justificara registros.
Klein lo miró un momento. Vogt anotó algo en la carpeta. Daniel sostuvo la mirada con la expresión exacta de un científico impaciente que considera la visita una pérdida de tiempo administrativa.
—Comprendido, doctor. Gracias por su colaboración.
—Para servirles.
Salieron. Daniel los acompañó hasta el ascensor. Cuando se cerraron las puertas, Daniel volvió al despacho. Cerró la puerta con llave. Se sentó en su silla. Y notó, por primera vez en la mañana, que tenía las manos completamente firmes. Ni un temblor.
* * *
Poco después del mediodía, cuando la planta ya tenía su ruido normal de bombas de vacío y conversaciones de pasillo, Daniel salió del centro por última vez.
Antes de salir cogió de un armario del laboratorio un portátil viejo, uno de los equipos de repuesto que nadie inventariaba, sin cuentas suyas abiertas ni conexión con los servidores del centro; lo metió en la mochila con el cargador.
Se marchó con la mochila al hombro y la tarjeta Whatman y la libreta azul en el bolsillo interior del abrigo.
Su teléfono de siempre seguía en el cajón del escritorio, apagado desde la noche anterior, junto a la tarjeta de acceso.
Los había dejado allí a propósito: un móvil quieto y una tarjeta sin usar dirían, a quien mirara, que el doctor Ahren seguía encerrado en su unidad, trabajando, sin salir a ninguna parte.