3 — La firma humana
La firma humana
Holm llegó más de cuatro horas tarde.
Una avería de catenaria en la línea de Karlsruhe paró su tren —el de las dos y diez de Múnich, con llegada prevista a Heidelberg a las cinco y media— durante dos horas y media en Vaihingen. Cuando por fin se movió, Holm había perdido la conexión y tuvo que esperar en el andén el siguiente regional.
Le mandó tres mensajes a lo largo de la tarde.
El primero, a las seis: «Retraso. Llegaré a las nueve».
El segundo, a las siete y media: «Sigo en Vaihingen.
No sé cuándo. Espérame en el laboratorio».
El tercero, a las ocho y veinte: «Tren en marcha.
Heidelberg a las nueve y media. Voy directo».
Daniel contestó a cada uno con un escueto «de acuerdo» y siguió esperando.
Las horas de espera fueron de las peores que Daniel había pasado en su vida adulta.
Era un tiempo en el que ya no quedaba nada por hacer y en el que faltaba todo por suceder.
Intentó leer el correo. No pudo concentrarse.
Intentó adelantar la corrección del artículo de Journal of Virology.
No pudo concentrarse. Bajó a la cantina a las siete, pidió un plato de pasta, lo dejó sin terminar.
A las siete y media volvió al despacho. Sacó la libreta azul.
Releyó las siete páginas que llevaba escritas.
Y se dio cuenta de algo que no había notado mientras escribía: que no había firmado nada.
Las anotaciones estaban en su letra, sí, pero no llevaban su nombre, ni la fecha en cada página, ni ningún tipo de identificación que vinculara la libreta con una persona concreta.
Daniel no había escrito así nunca en su vida. En toda su carrera había firmado siempre con sus iniciales y la fecha, incluso las listas de la compra del laboratorio.
Pasó las páginas hacia atrás, hasta la primera entrada del lunes. AWI-NM-241. Allan Hills. 4.000 ma. 2 ma exposición. Marta. 9 de febrero. Cogió un bolígrafo. Y, debajo, en la siguiente línea libre, escribió por primera vez su firma:
D. Ahren.
Después la rodeó con un pequeño marco rectangular, también a bolígrafo. Cerró la libreta y volvió a guardársela.
* * *
Inés lo llamó a las ocho y diez.
La videollamada le entró cuando estaba intentando, sin éxito, leer un correo de la administración del centro. Algo sobre el calendario de defensa de tesis del semestre. Daniel vio el nombre de su hija en la pantalla del móvil, dudó dos segundos, y aceptó.
La cara de Inés apareció en pantalla. Estaba en su habitación de la casa de Bärbel Bühler.
Detrás de ella se veía la pared azul claro con el póster del sistema solar que Daniel le había regalado para su décimo cumpleaños.
Llevaba el pijama de los pingüinos, y tenía el pelo recogido con una pinza torcida que su madre nunca le habría dejado ponerse así.
—Hola, hija.
—Hola, papá.
Hubo una pausa pequeña. Inés tenía la cara que ponía las pocas veces que iba a decir algo que llevaba un tiempo guardándose.
—Papá, ¿está pasando algo?
—¿Qué quieres decir?
—Mamá ha estado rara todo el día.
—¿Rara cómo?
—Rara. Esta mañana cuando me ha llevado al colegio no me ha dicho casi nada.
Y a mediodía, cuando hemos comido, le ha sonado el móvil dos veces y ha mirado quién era y no ha contestado.
Y eso ella nunca lo hace. Y cuando le he preguntado quién era, me ha dicho «nadie» y ha cambiado de tema. Y mamá no cambia nunca de tema.
Daniel se quedó callado. Bärbel Bühler, médica, jefa de pediatría, no cambiaba nunca de tema. Su hija de once años acababa de describir, sin entenderlo, a una mujer alarmada.
—Y luego —siguió Inés— le he preguntado si tú estabas bien. Y se ha quedado callada un momento. Y después me ha dicho que sí. Pero como cuando me dice que sí y en realidad no sabe.
—Inés.
—Dime.
—No está pasando nada. Estoy trabajando mucho. Llamé a tu madre anoche para decirle algo del viernes y la desperté sin querer. Estará cansada.
Inés lo miró un momento sin decir nada. La cara se le puso un instante triste, después seria, después casi adulta.
—Papá.
—Dime.
—Mientes muy mal.
Daniel tardó en contestar, y esa demora fue el resto de la respuesta.
—No te pregunto más —dijo Inés—. Pero, papá, si necesitas hablar de algo con alguien, cuenta conmigo. Yo ya soy mayor, aunque mamá no lo piense.
A Daniel le salió la voz más ronca de lo que esperaba.
—Vale, hija.
—Y el viernes a las cinco, papá.
—Te lo juro por la abuela.
—Te quiero.
—Yo también.
Inés colgó. Daniel se quedó mirando la pantalla apagada del móvil durante un buen rato. Después lo dejó sobre la mesa, boca abajo, y se pasó las dos manos por la cara.
* * *
Holm entró al despacho de Daniel a las nueve y cuarenta y dos de la noche.
Traía el abrigo gris que se ponía siempre para viajar en invierno y una pequeña maleta de mano negra que dejó junto a la puerta. No se quitó el abrigo. Tenía la cara cansada y la barba mal afeitada.
—Daniel.
—Markus.
Se dieron la mano. La de Holm estaba fría. Daniel notó algo pequeño y ligero en el contacto: durante el apretón, Holm le había puesto un papel doblado en la palma.
Daniel cerró el puño sin mirar el papel. Holm le sostuvo la mirada un segundo de más.
—¿Has cenado? —preguntó Daniel.
—En el tren. Una cosa horrible de máquina. ¿Y tú?
—Algo.
—Ya.
Holm se sentó en la silla de las visitas. Daniel cerró la puerta del despacho. Discretamente, bajo la mesa, desplegó el papel. Era una nota manuscrita en el margen de un folleto de congreso, con letra pequeña y apretada:
«Aquí no podemos hablar. Ven a mi piso a las once. Sin móvil. Con los datos. Sal por atrás, que no conste.»
Daniel volvió a doblar el papel con dos dedos. Lo metió en el bolsillo del pantalón. Levantó la vista.
Holm había sacado del abrigo unas gafas de leer y un cuaderno pequeño. Estaba abriéndolo con calma, como si se preparara para una sesión de trabajo rutinaria, y dijo, en tono cordial y neutro:
—A ver, Daniel. Cuéntame qué has encontrado.
* * *
Durante los cincuenta minutos siguientes, Daniel y Holm sostuvieron, en voz alta, una conversación profesional perfectamente normal.
Daniel le mostró las secuencias en el monitor del despacho.
Holm se puso las gafas. Se inclinó sobre la pantalla.
Pidió ampliaciones, comparaciones, controles.
Repasó las cifras como cualquier revisor experimentado revisaría un manuscrito.
Hizo preguntas técnicas precisas. ¿Cuántas réplicas?
¿Qué controles negativos? ¿La pureza de la muestra?
¿Se había hecho la digestión enzimática?
Daniel contestaba. La conversación, vista desde fuera, era la típica entre un catedrático emérito y un jefe de unidad sobre un hallazgo inesperado. Sin urgencia. Sin emoción.
Pero por debajo, Daniel registraba otras cosas.
Holm, de vez en cuando, levantaba la mirada del monitor y la dirigía durante un segundo hacia la lámpara del techo. Era un gesto pequeño, casi imperceptible. La primera vez Daniel pensó que era casualidad. La segunda lo notó. La tercera lo entendió.
Holm también, de vez en cuando, ponía el dedo índice sobre alguna cifra y lo dejaba allí dos o tres segundos más de lo necesario.
Daniel registró exactamente sobre qué cifras posaba el dedo.
Eran tres: el número total de regiones genómicas humanas afectadas, la edad estimada del meteorito, y —esta no estaba en el monitor, sino en el papel que Daniel había desdoblado y dejado junto al teclado sin darle importancia— el uno entre seis por diez elevado a ochenta, escrito a bolígrafo.
Holm no preguntó qué era aquel papel. No preguntó de dónde salía el número, ni cómo lo había obtenido, ni si estaba seguro. Puso el dedo encima, lo dejó allí tres segundos, y siguió leyendo.
Daniel tardó un día entero en entender lo que aquello significaba. No era que Holm supiera lo que había dentro del meteorito; eso lo iba a descubrir aquella misma noche. Era algo mucho más pequeño y mucho peor. Holm no se había sorprendido del número.
Cuando Holm terminó la revisión, se quitó las gafas, se masajeó el puente de la nariz, y dijo, en voz alta:
—Daniel, esto necesita una segunda opinión cualificada antes de hacer nada. Yo no soy genetista de poblaciones. Necesitas a alguien que confirme la firma humana. Te recomiendo que mañana por la mañana le pases los datos a un genetista de Múnich con quien yo trabajaba antes, llamado Franz Vehring.
—De acuerdo —dijo Daniel.
—Mientras tanto, te recomiendo que dejes la muestra y los datos en custodia segura del centro. La muestra en la cámara fría. Los datos en los servidores institucionales. El protocolo estándar.
—De acuerdo.
—Y descansa esta noche. Pareces hecho polvo.
—Lo intento.
Holm cerró el cuaderno. Se puso de pie. Recogió la maleta. En la puerta, ya con la mano en el picaporte, se volvió y dijo, en el mismo tono cordial:
—Por cierto, ¿estás libre pasado mañana al mediodía? Podríamos comer juntos en la cantina.
—Sí.
—Bien. Hasta el jueves, Daniel.
—Hasta el jueves, Markus.
Holm salió. Cerró la puerta detrás de sí. Daniel oyó sus pasos alejándose por el pasillo.
Acababa de presenciar dos conversaciones simultáneas con el hombre que llevaba veinte años siendo su mentor. Una en voz alta, profesional, normal. Otra silenciosa, con el dedo índice sobre las cifras y la mirada hacia la luminaria del techo.
Una de las dos era mentira.
A las diez y media, Daniel apagó el móvil y lo dejó dentro del cajón superior del escritorio —sin móvil, había dicho Holm—, se guardó la tarjeta de acceso en el bolsillo del abrigo y salió por la puerta lateral del edificio, la que no dejaba registro de fichaje.
Veintitrés minutos a pie hasta Bergheimer Strasse.
* * *
Holm vivía, cuando estaba en Heidelberg, en un piso amplio y oscuro de la Bergheimer Strasse, en la tercera planta de un edificio de finales del siglo XIX que conservaba ascensor de hierro forjado y suelo de parqué crujiente.
Daniel llegó a las once en punto, con la libreta azul en el bolsillo interior del abrigo y un nudo en el estómago.