Heredarán el silencio 2 — Estructuras imposibles #2
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2 — Estructuras imposibles #2

A media mañana, Daniel bajó a la cafetería del centro. Holger ya estaba allí, sentado a una mesa junto a la ventana, con un café y un periódico.

Tenía cincuenta y siete años, era de un pueblo pequeño cerca de Bremen, llevaba siete años trabajando con Daniel y veintidós antes de eso con otro virólogo de la planta de arriba.

Era el tipo de técnico de laboratorio que ya casi no se formaba: meticuloso, callado, con manos que conocían los aparatos por dentro mejor que muchos doctorandos.

Holger no preguntaba lo que no le concernía. Holger no contaba lo que veía.

Daniel se sentó frente a él con una taza de café y una rebanada de pan integral.

—Buenos días.

—Buenos días, Daniel.

Holger plegó el periódico despacio. Daniel bebió un sorbo de café. Holger esperó.

—Holger, necesito que me hagas un favor.

—Dime.

—Lo que estoy secuenciando esta mañana. La muestra del meteorito antártico. Necesito que los datos no salgan del laboratorio.

Holger lo miró durante un par de segundos sin decir nada.

—¿No salgan en qué sentido?

—No salgan en ningún sentido. No quiero que se suban a los servidores compartidos del centro. No quiero que se incluyan en los informes mensuales del Illumina. No quiero que los vea nadie más que tú y yo, hasta que yo decida lo contrario.

—Eso es contrario al protocolo del centro.

—Lo sé.

—Si me lo pidiera Reinhardt o cualquier otro, te diría que no.

—Lo sé.

Holger se quedó mirando un momento la taza de café. Después levantó la vista.

—¿Es importante?

Daniel pensó la respuesta.

—No lo sé. Creo que sí.

Holger asintió despacio. Volvió a desplegar el periódico. Bebió un sorbo de café.

—Está bien. Hablo con el equipo del Illumina y digo que la última secuenciación ha tenido problemas de calibración y que hay que repetirla. Eso justifica borrar los datos de los servidores compartidos durante setenta y dos horas. Pasado ese tiempo, tendrás que decirme qué hacemos.

—Gracias, Holger.

—No me las des. No has dicho qué es.

—No.

—Mejor así.

Daniel se levantó. Le puso a Holger la mano en el hombro al pasar y subió al despacho.

Antes de que Holger borrara nada de los servidores compartidos, Daniel volcó los datos brutos del Illumina —las lecturas, los controles, las tablas de coincidencia— en un disco USB pequeño que cifró con una contraseña de veinte caracteres.

Lo guardó en el bolsillo interior del abrigo, junto a la libreta azul.

Nunca en su vida había sacado datos de un centro de investigación sin autorización.

Tardó cuatro minutos en hacerlo y no volvió a pensar en ello hasta mucho después.

*  *  *

La decisión la tomó a las once de la mañana.

Llevaba una hora intentando trabajar en otra cosa —corrigiendo un artículo pendiente para Journal of Virology, una tarea mecánica que en cualquier otro momento le habría llevado treinta minutos— y no había avanzado más allá del segundo párrafo.

La cabeza se le iba sola al meteorito. A las regiones de coincidencia con el genoma humano.

Al número de ochenta ceros que había escrito de su puño y letra en el reverso del formulario, doblado en cuatro y guardado en la cartera.

A la libreta azul que llevaba encima como si fuera un objeto contaminante.

Y a Markus Holm.

Holm era el virólogo más respetado de Heidelberg. Holm era su mentor. Holm era la única persona del mundo, aparte de él mismo, capaz de evaluar correctamente lo que Daniel acababa de descubrir.

Holm, además, sabía algo. Había algo en el almuerzo del lunes —la pregunta sobre Marta Encinas, la frase sobre dónde se estaba metiendo Marta— en lo que Daniel había estado evitando pensar desde el día anterior y que ahora, en la luz gris de la mañana del martes, tenía que afrontar.

Si Holm sabía algo, había dos posibilidades. La primera, la más evidente, era que lo supiera porque la comunidad académica internacional ya había detectado algo similar antes y existía un protocolo informal para gestionar este tipo de hallazgo. Eso era lo que Daniel quería creer.

La segunda posibilidad era peor y Daniel apenas se permitió formularla.

Si Holm sabía algo, podía no saberlo en virtud de un protocolo profesional, sino en virtud de algo más oscuro.

Una red informal de los que sabían. Y si la frase de Holm había sido una advertencia, no era una advertencia para Daniel.

Era una advertencia para que Daniel se mantuviera al margen.

Daniel descartó la segunda posibilidad porque no tenía pruebas y porque le pareció una falta de respeto considerarla en serio. Cogió el móvil. Marcó el número directo de Holm.

Holm contestó al tercer tono.

—Daniel.

—Markus. ¿Tienes un momento?

—Tengo una reunión a las doce, pero ahora sí. ¿Pasa algo?

—Pasa algo, sí. La muestra que me llegó ayer. La de Marta Encinas.

Hubo una pausa al otro lado del teléfono. Una pausa breve, pero una pausa. Daniel la registró sin querer, la archivó como dato, y siguió hablando.

—He encontrado algo que no tiene explicación con los modelos actuales. He hecho los controles. Los tres están limpios. Las cifras son sólidas. Necesito que lo veas tú.

Otra pausa. Más breve esta vez. Cuando Holm habló, lo hizo con una voz distinta a la habitual.

—Daniel, escúchame. ¿Has compartido los resultados con alguien?

—Holger está al tanto del análisis técnico. No de lo que significa.

—¿Está en los servidores del centro?

—No. Lo hemos sacado por procedimiento de calibración.

—Bien.

Holm hizo una pausa más larga. Daniel escuchó, al otro lado de la línea, el ruido de una silla que se movía, una puerta que se cerraba.

—Daniel, voy a coger el primer tren que pueda a Heidelberg.

Salgo a mediodía. Con suerte llego a última hora de la tarde.

No hagas nada con la muestra hasta que yo llegue.

No envíes los datos a nadie. No menciones el hallazgo en ningún canal escrito, ni siquiera al CSIC, ni siquiera a Marta. ¿Me has entendido?

—Markus, ¿qué pasa?

—Pasa que llevo más de cuarenta años esperando que alguien me hiciera una llamada como esta y todavía no estoy seguro de cómo afrontarla. Eso pasa. Espera a que llegue.

Colgó.

Daniel tardó en soltar el móvil. Después abrió el cajón de la mesa. Sacó la libreta azul. La abrió por la última página escrita. Y anotó, debajo de las cifras del análisis de la madrugada, dos frases que copió textualmente de la conversación que acababa de tener:

«Llevo más de cuarenta años esperando que alguien me hiciera una llamada como esta y todavía no estoy seguro de cómo afrontarla.»

«Espera a que llegue.»

Después, debajo, sin saber por qué, anotó una tercera frase, propia, en mayúsculas:

HOLM LO SABÍA.

Cerró la libreta y se la guardó. Miró el reloj. Las once y veintitrés.

Salió al pasillo. Caminó hasta la ventana del fondo, la que daba al patio interior nevado del centro. Apoyó la frente contra el cristal. Estaba muy frío.

Pensó en Inés. En Bärbel Bühler. En su madre. En lo que iba a tener que decirles, antes o después, sobre lo que había encontrado en aquel hielo.

Por primera vez desde que tenía memoria, Daniel Ahren tuvo miedo de la ciencia.

*  *  *

A las dos de la tarde, Holger entró al laboratorio con un café y un sándwich envuelto en papel. Los dejó sobre la mesa de Daniel sin decir nada. Daniel se lo agradeció con un cabeceo. Holger se marchó.

A las cuatro de la tarde, Daniel había repetido el análisis con dos protocolos distintos.

Había usado un equipo distinto, un Oxford Nanopore prestado de la unidad de microbiología del piso de abajo, alegando un fallo de calibración del Illumina que era mentira.

Había procesado una segunda muestra del agua de fusión, extraída de otra zona del fragmento, para descartar inhomogeneidad.

Había hecho una digestión enzimática parcial para verificar que las cadenas tenían la estructura de fosfato esperada y no eran un artefacto inorgánico con apariencia de ácido nucleico.

Todos los resultados eran consistentes. Las secuencias eran reales. Las coincidencias con el genoma humano eran reales. El cálculo estadístico era correcto.

A las seis de la tarde, Daniel le envió un mensaje a Bärbel Bühler avisando de que esa noche no iba a poder ver a Inés, que se quedaba en el laboratorio. Bärbel le contestó: «¿Pasa algo?». Daniel le respondió: «No. Trabajo».

A las nueve de la noche, la planta entera estaba vacía excepto él.