2 — Estructuras imposibles
Estructuras imposibles
La verdad de las muestras imposibles no le llegó a Daniel de golpe, sino a trozos, a lo largo de las dieciocho horas siguientes.
El primero llegó el martes a las nueve y cuarenta y ocho de la mañana, en el laboratorio de la unidad de virología emergente.
Daniel había entrado al centro a las ocho y cuarto, había avisado a Petra de que cancelaba todas las reuniones del día por motivos personales, había pedido a Holger —el técnico de laboratorio más veterano de la planta, un hombre callado y discreto que trabajaba con él desde hacía siete años— que preparase el equipo de secuenciación de nueva generación.
Había bajado a la cámara fría a recoger el termo.
Lo había llevado, con las mismas pinzas refrigeradas del día anterior, a la antecámara estéril.
Había colocado el segundo fragmento, intacto, bajo la campana de flujo laminar.
Esta vez no se conformó con un microscopio óptico. Esta vez fue a por todo.
Extrajo, con una micropipeta de cinco microlitros, una muestra del agua de fusión del fragmento.
La introdujo en un cartucho de secuenciación.
Inició el protocolo. El equipo —un Illumina NovaSeq de la generación más reciente, comprado tres años atrás con fondos europeos, capaz de leer fragmentos de ARN y ADN con resolución de pares de bases individuales— arrancó con su habitual zumbido suave.
Mientras el secuenciador trabajaba, Daniel preparó tres muestras de control.
Agua estéril del propio laboratorio. Una muestra anónima del banco de ADN del centro, perteneciente a un voluntario sano del estudio de población general que la unidad mantenía desde hacía cuatro años.
Y su propio epitelio bucal, raspado con un hisopo y diluido en tampón.
El tercero no era rutina. El tercero era la factura del lunes por la tarde.
Si su ADN aparecía en las lecturas de la muestra dos —intacta, manipulada esta vez con el protocolo entero—, entonces era él, y había contaminado también el termo, y todo el material estaba perdido.
Si no aparecía, la muestra dos estaba limpia y lo del lunes se quedaba en un susto y en una alícuota quemada.
Daniel hizo lo que hace un científico que ha metido la pata y sabe medir el tamaño del daño: buscar su propia huella para poder restarla.
El secuenciador tardó cuarenta y dos minutos en producir los resultados preliminares.
Daniel los pasó sentado en un taburete junto a la pantalla auxiliar del equipo, sin moverse, sin mirar el móvil, sin contestar al correo.
Holger entró tres veces a comprobar parámetros.
Las tres veces lo miró con esa atención mínima y profesional con la que un técnico veterano evalúa a un jefe que está siendo raro, y las tres veces se marchó sin preguntar nada.
A las nueve y cuarenta y ocho, la pantalla auxiliar emitió el primer pitido.
Daniel se acercó.
* * *
La pantalla mostraba un histograma de calidad de lectura, una columna de cifras de cobertura, y, en el panel central, las primeras secuencias preliminares del material extraído del agua de fusión.
Lo primero que vio Daniel —y le llevó tres segundos confirmar que estaba viendo lo que estaba viendo— fue que las secuencias eran limpias.
No eran ruido. No eran fragmentos degradados.
Eran lecturas largas, de alta calidad, con el tipo de coherencia interna que cualquier secuenciador de aquella generación habría producido para una muestra biológica fresca.
Pero la muestra no era fresca. La muestra tenía cuatro mil millones de años —la edad del propio meteorito— y llevaba dos millones enterrada en el hielo antártico.
Las secuencias largas y limpias no aparecen ni siquiera en muestras de dos millones de años.
Las moléculas de ácido nucleico se degradan exponencialmente con el tiempo, incluso en condiciones criogénicas.
La vida media de un fragmento de ADN es de quinientos veintiún años: cada quinientos veintiún años se rompe la mitad de los enlaces que quedan.
Los modelos más optimistas situaban el horizonte absoluto —el punto en que no queda intacto ni un solo enlace— en unos seis millones ochocientos mil años, y eso a menos cinco grados, en condiciones ideales.
Más allá de un millón y medio de años el ADN ya deja de ser legible.
Lo que Daniel tenía en la pantalla superaba incluso el horizonte absoluto por un factor de casi seiscientos.
Lo segundo que vio fue la composición.
Las secuencias mostraban una densidad de bases nitrogenadas de tipo nucleotídico estándar. Adenina, citosina, guanina, timina, uracilo, distribuidas en patrones que podrían haber salido de cualquier genoma terrestre. No había bases exóticas. No había nucleótidos inéditos.
Si lo que Daniel estaba mirando era vida extraterrestre, era una vida sospechosamente parecida a la terrestre.
Y lo tercero que vio fue lo que le trastocó la mañana.
En la columna de comparaciones automáticas que el equipo iba haciendo en tiempo real con bases de datos públicas —GenBank, EMBL, DDBJ—, había una serie de coincidencias parciales con secuencias humanas conocidas.
No coincidencias completas: nadie estaba sugiriendo que el material del meteorito fuera ADN humano.
Pero había bloques. Fragmentos. Tramos de ciento cincuenta, doscientos, hasta trescientos pares de bases consecutivos que mostraban identidad casi perfecta con regiones del genoma humano clasificadas en la literatura como ADN no codificante.
Lo que durante décadas la biología llamó, con desprecio cariñoso, ADN basura.
Daniel se separó de la pantalla. Caminó hasta el otro extremo del laboratorio.
Bebió agua de un vaso que había dejado allí el día anterior.
El agua estaba caliente y tenía el sabor metálico de los vasos olvidados, y Daniel pensó, sin venir a cuento, en su padre.
Wolfgang Ahren había muerto a los cincuenta y ocho años de un infarto fulminante en la cocina del piso del Neckar, sin tiempo de decir nada a nadie.
Daniel tenía veintidós. En el cajón de la mesilla, en el apartamento de la Bergstrasse, guardaba todavía una libreta verde con anotaciones de su padre.
La había heredado al morir Wolfgang. Llevaba veinte años sin atreverse a leerla del todo ni a meterla en una caja al fondo del armario.
Volvió al equipo.
Las cifras seguían en la pantalla. No eran un parpadeo. No eran un artefacto. Eran datos.
Daniel ejecutó el análisis sobre los tres controles. Agua estéril: limpio, ninguna coincidencia. Su propio epitelio bucal: el genoma humano completo, como cabía esperar. Voluntario sano del banco: el genoma humano completo, como cabía esperar.
Los dos genomas humanos —el suyo y el del voluntario anónimo— se parecían lo bastante como para que Daniel pasara la página sin detenerse.
No comparó uno con otro. No tenía ningún motivo para hacerlo: los dos eran controles, y los dos habían dado lo que tenían que dar.
Lo que los separaba estaba en la pantalla, delante de él, a las diez y cuarto de la mañana de un martes de febrero. Todavía no significaba nada.
Volvió a la muestra del meteorito. Filtró por las regiones que coincidían con el ADN humano y le pidió a la estación de análisis la probabilidad de que aquello fuera casualidad.
El programa tardó cuatro segundos. Después escribió, en la columna de la derecha, el resultado:
E = 0.0
Daniel se quedó mirando el cero.
No significaba que la probabilidad fuera cero.
Significaba que era tan pequeña que no cabía.
El software escribía sus números en coma flotante, y por debajo de cierto umbral se quedaba sin decimales y devolvía simplemente un cero.
Daniel había visto ese cero otras veces, en alineamientos de genes muy conservados, y siempre le había hecho la misma gracia amarga: era la máquina rindiéndose.
Pero había una segunda razón para no fiarse, y esa no tenía ninguna gracia.
El modelo estadístico del programa daba por supuesto que la base de datos contra la que comparaba era ruido.
Aleatoria. Y Daniel, a las diez y veinte de la mañana de aquel martes, ya no estaba seguro de que el genoma humano lo fuera.
Así que lo calculó a mano.
Cogió un bolígrafo del bote y le dio la vuelta a un formulario de pedidos de reactivos que llevaba tres semanas encima de la mesa.
La cuenta era de servilleta, y la sabía hacer cualquier estudiante de segundo.
Un tramo de ciento cincuenta pares de bases admite cuatro elevado a ciento cincuenta secuencias distintas.
El genoma humano tiene tres mil doscientos millones de posiciones donde una de esas secuencias podría aparecer por pura suerte.
Las oportunidades, divididas entre las posibilidades.
Daniel escribió el resultado con una caligrafía que no reconoció como suya.
Uno entre seis por diez elevado a ochenta.
Y eso cogiendo el tramo más corto de todos los que había encontrado, y regalándole al azar el genoma entero como espacio de búsqueda. Los tramos de doscientos y de trescientos pares de bases ni se molestó en calcularlos.
Miró la cifra un rato largo. Ochenta ceros no le decían nada; era un número sin cuerpo, sin escala, sin nada en el mundo con lo que compararlo.
Y entonces se acordó, y fue un recuerdo desagradable, de un dato que había leído años atrás en una revista de divulgación, en la sala de espera de un dentista.
En el universo observable hay unos diez elevado a ochenta átomos. Contando todos. Los de todas las estrellas de todas las galaxias, y los del polvo que hay entre ellas, y los del bolígrafo que tenía en la mano.
La probabilidad de que aquellas coincidencias fueran azar era, más o menos, la de señalar a ciegas un átomo del universo entero y acertarlo a la primera.
No era azar.
Daniel se sentó en el taburete. Se quedó mirando la pantalla durante un tiempo que no supo medir.
* * *