1 — El meteorito #3
Durante los primeros treinta segundos no vio nada interesante.
Estructuras cristalinas normales. Fracturas de presión normales.
Microburbujas de aire normales atrapadas durante la formación.
Material polar estándar, antiguo y limpio, exactamente como lo había descrito Marta.
Daniel puso el objetivo de cuarenta aumentos.
Repasó sistemáticamente los cuatro cuadrantes de la muestra. Nada inusual.
Pasó a cien. Las microburbujas se volvieron grandes, claras. Algunas contenían rastros de gases —seguramente nitrógeno, oxígeno, dióxido de carbono atmosférico de la era de formación—.
Pasó a cuatrocientos. Empezó a ver las primeras irregularidades. Pequeñas inclusiones de polvo. Un cristal alargado que probablemente era un fragmento de silicato. La firma característica de una condrita carbonácea: previsible, ya descrita en literatura, sin novedad.
Ajustó el micrométrico. Fue entonces cuando lo vio.
No estaba seguro al principio de qué era.
Era una sombra distinta. Una geometría que el ojo, entrenado en veinte años de mirar campos microscópicos, registró como anormal antes de que el cerebro pudiera nombrar la anormalidad.
Daniel ajustó el foco un cuarto de vuelta hacia abajo.
La sombra se resolvió un poco. Ajustó otro cuarto. La sombra se hizo más nítida.
Daniel tragó saliva. Cambió al objetivo de inmersión y subió a mil aumentos: el techo de aquel equipo.
La sombra era una forma.
Una forma de aristas demasiado regulares.
De proporciones demasiado limpias. De simetría demasiado evidente.
En el interior de la lámina, dentro de una inclusión de unos cuatrocientos micrómetros, había una retícula: miles de unidades idénticas empaquetadas sin dejar un solo hueco, todas orientadas en la misma dirección, rompiendo la luz en los bordes con el mismo ángulo.
Daniel había visto aquel empaquetamiento muchas veces. Nunca dentro de una piedra.
Un cristal de cápsides víricas.
Daniel se separó del ocular. Parpadeó. Volvió a mirar.
El cristal seguía allí, atrapado en una inclusión sellada de cuatro mil millones de años.
Y eso era imposible.
Las cápsides víricas no se conservan cuatro mil millones de años.
La química no lo permite. Una proteína en hielo se desnaturaliza, se pliega mal, se rompe: en condiciones criogénicas perfectas, los modelos daban unos cuantos millones de años como techo, y eso siendo generosos.
Aquello llevaba entero mil veces más tiempo del que la química le permitía.
Con aquel equipo no podía llegar más lejos.
Para contar las subunidades y fijar la simetría exacta haría falta un electrónico, y el más cercano estaba en el sótano del edificio contiguo, con lista de espera de tres semanas.
Pero la forma de las caras y el ángulo con que se cortaban unas a otras no dejaban mucho margen: simetría icosaédrica, la más común y la más estable del mundo vírico.
Daniel dio un paso atrás. El corazón le latía a una velocidad que no recordaba desde hacía mucho tiempo. Miró el reloj del despacho de Holm. Las cuatro y treinta y dos.
Pensó: es una contaminación. Tiene que ser una contaminación. Algo del laboratorio. Mañana, con luz, con calma, repito el análisis, identifico la fuente, escribo el informe.
Pero una contaminación reciente no cristaliza dentro de una inclusión sellada de la roca.
Para estar ahí, aquello tenía que llevar dentro desde que la inclusión se cerró.
Es decir, desde que la roca se formó. El meteorito llevaba dos millones de años en la Tierra.
La roca, y lo que había dentro de ella, cuatro mil millones.
Y esa segunda cifra era un imposible.
Daniel apagó el Leica. Recogió la muestra.
La devolvió al contenedor refrigerado portátil.
Salió del despacho de Holm y cerró la puerta con su tarjeta.
Subió las escaleras al tercer piso. Devolvió el termo a la cámara fría y cerró con su tarjeta.
Se quitó la bata. Se lavó las manos durante el doble del tiempo que prescribía el protocolo.
Le temblaban un poco las manos, lo notó al cerrar el grifo.
* * *
Cogió el tren a Mannheim a las cinco y diez.
Dio la conferencia. Habló durante cincuenta minutos sobre evolución acelerada de coronavirus en huéspedes inmunodeprimidos, un tema sobre el que llevaba cuatro años trabajando y que conocía lo suficiente como para hablar de él sin pensar.
Contestó preguntas. Cenó con los anfitriones en un restaurante turco junto a la estación.
Bebió media copa de vino blanco. Sonrió cuando le tocaba.
Volvió a Heidelberg en el último tren. Llegó a casa a las once y media. Se metió en la cama. Apagó la luz.
No se durmió.
A las dos menos cuarto de la madrugada, con una urgencia que no supo explicarse, se incorporó en la cama, todavía a oscuras. Sin pensarlo demasiado —si lo hubiera pensado, no lo habría hecho—, cogió el móvil de la mesilla y marcó el número de la casa de Bärbel Bühler.
Dejó sonar tres veces. Iba a colgar al cuarto. Bärbel contestó al quinto.
—Daniel.
La voz le sonó pastosa de sueño y, debajo, alarmada.
—Perdona la hora.
—Daniel, son las dos menos cuarto de la mañana.
—Lo sé. Perdona.
—¿Estás bien?
—Estoy bien.
—No pareces bien.
Daniel no contestó inmediatamente. Bärbel tampoco insistió. Se conocían lo suficiente como para saber cuándo el silencio del otro era información.
—Bärbel.
—Dime.
—Dile mañana a Inés que la quiero.
Pausa al otro lado de la línea. Una pausa larga. Daniel oyó, al fondo, el ruido de un grifo abriéndose en alguna parte de la casa de su exmujer. La cocina, probablemente. Bärbel siempre se servía un vaso de agua cuando algo la inquietaba.
—Daniel, ¿estás seguro de que estás bien?
—Sí.
—No lo pareces.
—Estoy cansado, Bärbel. Solo dile que la quiero. Mañana, cuando se despierte. Antes de que se vaya al colegio.
Otra pausa. Daniel oyó el grifo cerrarse. La voz de Bärbel volvió, más despierta esta vez, ya completamente alerta.
—Vale. Se lo digo. Pero mañana me llamas, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—Daniel.
—Dime.
—Si te pasa algo, llámame. A cualquier hora.
—Sí.
Colgó. Siguió tumbado en la oscuridad un rato indeterminado, sin conseguir dormirse.
A las cuatro de la mañana se rindió. Encendió la lámpara de la mesilla. Sacó del cajón la libreta de tapas azules. La abrió por la segunda página, después de la nota escueta de la mañana sobre Marta y el envío, y empezó a escribir.
Escribió todo lo que recordaba haber visto bajo el microscopio.
Las dimensiones aproximadas. El empaquetamiento del cristal.
El ángulo de las caras. El patrón de luz en los bordes.
La posición exacta dentro de la inclusión.
Escribió las hipótesis posibles, una por una, descartándolas con anotaciones al margen: contaminación reciente —descartada por posición—, artefacto del equipo —descartado por patrón—, inclusión mineral con simetría casual —descartada por dimensiones y aristas—.
Y entonces, con el bolígrafo todavía apoyado en el papel, se quedó quieto.
Contaminación reciente. Lo había escrito y lo había descartado por la posición del cristal, que estaba dentro de una inclusión de la roca y no en la superficie. El razonamiento era correcto. Pero había otra cosa, y no tenía nada que ver con la cápside.
Había manipulado el fragmento a mano descubierta.
No con las pinzas: la gota. La película de agua de fusión que le había mojado la yema del índice, en el despacho de Holm, mientras se inclinaba sobre el ocular.
Se había secado el dedo en la bata sin darle importancia —era agua, era una piedra, no era nada— y después había seguido trabajando y había cogido un tren a Mannheim y había dado una conferencia de cincuenta minutos sobre coronavirus sin volver a acordarse.
El agua de fusión de aquella muestra tenía ahora, con toda seguridad, células epiteliales de Daniel Ahren dentro.
Estuvo un rato mirando la pared del dormitorio con una sensación muy concreta y muy fea, la de haber hecho una cosa que un estudiante de segundo no habría hecho.
Repasó las consecuencias con frialdad, una por una, como si el que había metido la pata fuera otro.
La muestra uno estaba comprometida: cualquier lectura humana que saliera de ella era, por definición, sospechosa.
Las muestras dos y tres estaban intactas en el termo.
Mañana trabajaría con la dos, con el protocolo entero, y secuenciaría además su propio epitelio para poder restar su firma de todo lo que apareciera.
Era reparable. Era, técnicamente, reparable.
Lo que Daniel no se preguntó aquella madrugada —porque no se le ocurrió, porque no se le habría ocurrido a nadie, porque llevaba veinte años protegiendo muestras de los hombres y ni una sola vez le había hecho falta proteger a un hombre de una muestra— fue en qué dirección había cruzado la frontera aquella película de agua.
Escribió, al final, la única hipótesis que no podía descartar limpiamente, y la subrayó dos veces:
Conservación estructural anómala. Edad: indeterminada. Origen: indeterminado.
Llenó siete páginas. Cuando terminó, eran las seis y cuarto. Por la ventana del dormitorio se filtraba el primer gris del invierno alemán, esa luz que en febrero parece más una sugerencia de luz que una luz propiamente dicha.
Daniel cerró la libreta. La devolvió al cajón. Se levantó de la cama. Fue a la cocina. Se sirvió un vaso de agua. Lo bebió de un trago, frente a la ventana, mirando la ladera del Königstuhl que empezaba a recortarse contra el cielo.
Y comprendió, por primera vez en veinte años de carrera, que no quería ir al laboratorio.
Se vistió de todos modos. Salió a las siete. Cruzó el Alte Brücke con el viento de cara.
La nieve había vuelto a caer durante la noche.