Heredarán el silencio 1 — El meteorito #2
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1 — El meteorito #2

Llevó el termo personalmente a la cámara fría de la planta y lo colocó en la balda asignada a su unidad.

No lo abrió aquella mañana. Tenía la reunión del comité ético a las once y media, más tarde tres horas de papeleo administrativo, después una llamada con Hamburgo, luego una sesión de tutoría con dos doctorandas.

*  *  *

Al mediodía Daniel almorzó con Markus Holm, como casi todos los lunes.

Holm tenía setenta y un años y debería haberse jubilado hacía seis.

La universidad le había concedido sucesivas prórrogas de su cátedra emérita por motivos que en el departamento se daban por evidentes y nadie discutía.

La cantina del centro estaba llena. Comieron en una mesa pequeña junto a la ventana, con vista al patio nevado.

Holm pidió Maultaschen en caldo, una sopa muy contundente típica de Württemberg, la misma desde que Daniel lo conocía.

Daniel pidió ensalada y un trozo de Brot con queso curado.

Se conocían desde mucho antes de que Daniel fuera científico.

Holm y Wolfgang Ahren habían sido amigos durante años: dos hombres callados que se veían tres o cuatro veces al año, bebían una cerveza y no se contaban gran cosa.

Cuando Wolfgang murió, en la primavera de dos mil seis, fue Holm quien apareció en la cocina del piso del Neckar a la mañana siguiente, sin que nadie lo hubiera llamado.

Daniel tenía veintidós años y una carrera a medio terminar.

Holm no le dijo nunca lo que debía hacer con su vida: se limitó a abrirle la puerta de un laboratorio y a dejarla abierta.

Veinte años después, Daniel seguía dentro.

Hablaron de cosas sin importancia. Del invierno.

De una doctoranda compartida que no terminaba de defender la tesis.

De una conferencia en Heidelberg en marzo.

De la rodilla derecha de Holm, que llevaba dos meses haciéndole ruido al subir escaleras.

Hablaron de la jubilación de Holm, que llevaba años anunciándola para el año siguiente.

Pero, de algún modo, cuando llegaba ese año, volvía a quedar para el siguiente.

Cuando estaban terminando, Holm se limpió los labios con la servilleta, la dobló exactamente por la mitad, y dijo, mirando hacia el patio nevado en lugar de a Daniel, como quien menciona algo que acaba de recordar.

—Por cierto. ¿La doctora Encinas sigue trabajando en hielo polar?

Daniel levantó la vista del plato.

—Marta. Sí. ¿Por qué?

—Por nada. Vi su nombre la semana pasada en algún papel que pasó por mi mesa. Hace mucho que no coincidía con ella.

—Le mando recuerdos.

—Por favor.

Holm seguía sin mirarlo. Tenía la vista en el patio, en la nieve que caía despacio sobre los bancos vacíos. Un silencio breve. Después añadió, casi para sí mismo, en un tono distinto, más bajo:

—Es una buena científica. Espero que sepa dónde se está metiendo.

Daniel tardó un segundo en contestar.

—Marta es geóloga, Markus. ¿En qué se va a meter?

Holm volvió la cabeza despacio hacia él. Sonrió. Era la sonrisa que Daniel le había visto miles de veces a lo largo de veinte años: cálida, contenida, ligeramente irónica.

—Tienes razón, Daniel. Cosas mías. La edad. No me hagas demasiado caso.

Se levantó. Daniel también. Recogieron las bandejas. Holm le puso a Daniel la mano en el hombro al pasar y le dijo:

—Cuídate este invierno, Daniel. Está siendo largo.

—Tú también, Markus.

Salieron a pasillos distintos. Holm hacia su despacho del segundo piso.

Daniel hacia el suyo del tercero. Mientras subía las escaleras, Daniel pensó vagamente que a Marta Encinas no la conocía mucha gente en Heidelberg, y que era curioso que su nombre acabara de pasar por la mesa de Holm justo el mismo día en que había llegado su envío.

La idea le duró tres pisos de escalera. Para cuando llegó a su despacho ya se le había olvidado.

*  *  *

A las cuatro de la tarde, una de las citas terminó antes de lo previsto y Daniel se encontró con cuarenta minutos libres antes de tener que coger el tren a Mannheim para una conferencia que daba esa noche en la universidad de allí.

Cuarenta minutos. No alcanzaba para empezar un análisis serio, pero alcanzaba para hacer una preinspección. Un primer vistazo. Lo justo para saber con qué se enfrentaba al día siguiente.

*  *  *

Bajó a la cámara fría. Sacó el termo. Lo llevó a la antecámara estéril de la unidad, se puso el equipo de protección —bata blanca, guantes dobles, mascarilla N95, gafas, gorro—, no por lo que la muestra pudiera hacerle a él, sino por lo que él pudiera hacerle a la muestra: iba a analizar aquella roca en busca de rastros de materia orgánica de hace cuatro mil millones de años y una sola célula epitelial suya, un aliento, una mota de piel, lo habrían arruinado.

Abrió el termo, extrajo el contenedor interior, lo colocó bajo la campana de flujo laminar, y, con pinzas refrigeradas, sacó la primera de las tres muestras que Marta había incluido en el envío.

Era una lámina de roca oscura del tamaño de una nuez, cortada y pulida por ambas caras hasta dejarla lo bastante fina para que la luz la atravesara.

Al trasluz, se volvía casi transparente, de un gris azulado recorrido por vetas más claras.

Daniel había visto secciones así pocas veces en su vida, siempre en manos de geólogos: material casi tan antiguo como la Tierra, formado en escalas de tiempo que a un virólogo habituado a los minutos y las horas le producían siempre un pequeño vértigo.

La colocó en la cámara de observación a baja temperatura del microscopio óptico de su unidad, ajustó la lente a la potencia inicial, y miró.

Y el microscopio le devolvió un pitido seco de error.

Daniel parpadeó. Ajustó la rueda del enfoque. El pitido se repitió. La pantalla auxiliar mostró un mensaje que Daniel conocía de memoria por haberlo maldecido al menos cuarenta veces en los últimos dos años:

CALIbrACIÓN DEL SENSOR REQUERIDA. TIEMPO ESTIMADO: 18 MINUTOS.

Daniel maldijo primero en alemán y luego en español.

Dieciocho minutos para una calibración rutinaria.

Era exactamente el tipo de problema que la administración del centro llevaba dos años prometiendo solucionar.

El microscopio tenía catorce años y, una vez más, el presupuesto del semestre no había dado para sustituirlo.

Miró el reloj. Las cuatro y diecisiete. Le quedaban veintitrés minutos antes de tener que salir hacia la estación. No tenía tiempo para calibrarlo y echar un vistazo.

Pensó un momento, sin moverse, con la lámina todavía en la cámara fría del equipo averiado. Y entonces se le ocurrió.

Holm tenía un microscopio mejor en su despacho del segundo piso.

Un Leica DM6 B con automatización completa, que la universidad había comprado tres años atrás como parte del paquete de prórroga del catedrático emérito.

Holm lo usaba poco —llevaba años haciendo más trabajo de despacho que de laboratorio— pero el equipo estaba allí, montado, calibrado.

Daniel tenía tarjeta de acceso compartida con él desde hacía años.

Y Holm estaba esa tarde en una conferencia en Múnich.

Lo había mencionado antes del fin de semana.

Daniel dudó tres segundos. Hizo, mientras dudaba, la cuenta que hacen todos los que trabajan con material escaso: Marta había mandado tres fragmentos.

Con uno bastaba para una primera inspección.

Los otros dos quedarían intactos en el termo, dentro de la cámara fría, para el análisis serio del día siguiente, hecho como Dios manda, siguiendo el protocolo completo.

El primero era el que acababa sacrificándose.

En cualquier laboratorio del mundo hay siempre uno.

Era una decisión razonable. Daniel la habría defendido delante de cualquier comité. La siguió defendiendo, dentro de su cabeza, durante los cuatro años siguientes.

Recogió la muestra en el contenedor refrigerado portátil, lo cerró y se quitó los guantes, la mascarilla y el gorro antes de dejarlo todo en la antecámara. No iba a secuenciar nada. Solo quería poner un fragmento bajo el microscopio y observarlo durante treinta segundos.

El despacho de Holm no era precisamente una sala limpia: moqueta, calefacción, olor a pipa.

Equiparse allí habría servido de poco. El propio aire del cuarto bastaba para contaminar cualquier cosa que sacara del contenedor.

Según la documentación, la muestra era material inerte, sin riesgo biológico conocido.

No había ninguna razón para tratarla como otra cosa.

Nadie se pone guantes para mirar una piedra.

Salió al pasillo, bajó por las escaleras al segundo piso y abrió la puerta con su tarjeta.

El despacho estaba a oscuras. Olía vagamente al tabaco de pipa que Holm fumaba muy de tarde en tarde, en violación tácita de las normativas del centro, sin que nadie quisiera nunca llamarle la atención.

El Leica ocupaba la mesa de laboratorio bajo la ventana.

Junto a él, un cuaderno de notas abierto en una página con esquemas que Daniel reconoció como diagramas de fusión proteica.

Daniel encendió el Leica. El equipo arrancó con un zumbido suave. Calibración: cinco segundos. Listo para uso.

Sacó el fragmento del contenedor con las pinzas y lo notó distinto en cuanto salió al aire templado de la habitación.

En la cámara fría la lámina estaba seca y mate.

Aquí, sobre una mesa con calefacción central, empezó a brillar.

Sudaba. Cuatro mil millones de años quieta a ochenta bajo cero, y en medio minuto el agua de las inclusiones abiertas afloraba a la superficie pulida en una película finísima, la misma que empaña un vaso frío en verano.

Daniel lo colocó en la platina con las pinzas, sin tocarlo. Ajustó la lente. Y al inclinarse sobre el ocular, una gota se desprendió del borde inferior del fragmento, resbaló por el metal y le mojó la yema del índice, que tenía apoyada al lado.

Un frío mínimo. Húmedo. Nada.

Se secó el dedo en la bata sin mirárselo, y se inclinó sobre el ocular.

*  *  *