Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Epílogo
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Epílogo

Epílogo

Un mes más tarde .

H elena bordaba sentada a la sombra de la galería delantera, era su rutina cada siesta, cuando el calor agobiaba.

Esperaba que Viktor volviera del embarcadero con sus padres.

Hacía muchos meses que no los veía y la ansiedad le revolvía el estómago.

Además, estaba embarazada y la alegría no le entraba en el cuerpo.

El malestar y las náuseas la tenían sufriendo cada mañana, Julio le había dicho que pasarían al entrar al segundo trimestre de embarazo.

Todo había pasado tan rápido que Helena todavía creía que estaba soñando.

Después de que Viktor fuera por ella a la ciudad y confesara su amor, regresaron a la estancia.

El cambio era palpable en Santa Teresa, las dinámicas de la familia eran diferentes ahora.

Aurelia dejaba muchas cosas en manos de su nuera.

Hanna participaba mucho más de las decisiones y actividades, la escuela con la que tanto soñaba comenzaba a ser real.

En contraste, Erika, cuya presencia era antes tan notoria, se mantenía retraída.

Era como si las gemelas hubiesen intercambiado personalidades: Hanna era ahora la chispeante y Erika la sosegada.

Estaban preocupados por la joven, pero tras insistir sin éxito entendieron que lo mejor era dejar espacio para que sane.

Helena creía que el tiempo sanaba todo o casi todo .

La pérdida de Miguel seguía siendo una herida desgarradora para los habitantes de la estancia.

Ver al pequeño Abel contenido y mimado era un constante recordatorio del paso del hombre por las vidas de cada uno.

Carmen había asumido su nuevo rol en la casa y la sola existencia del niño había impedido su derrumbe por la muerte de su compañero.

Poco a poco la luz volvería a sus ojos también.

Al poco tiempo de regresar, Helena comenzó a sentirse mal por las mañanas.

Viktor asustado la había arrastrado a la ciudad para visitar a Julio Tonelli en su consulta médica.

Aurelia, risueña, como buena madre se había dado cuenta de la situación sin necesidad de confirmación por parte de un doctor.

Su esposo estuvo aterrado temiendo que estuviera enferma, pero no fue eso.

Era su pequeño bebe haciéndole saber que allí estaba, minúsculo en su vientre.

Estaba emocionada y ansiosa, quería gritarlo y que todos lo supieran, pero también tenía miedo de contárselo a su madre. Todavía le dolían los extremos a los que había llegado para protegerla, ¿cómo reaccionaría al enterarse que estaba embarazada?

Su marido pese a que no había dejado de ser el hombre serio y responsable que la había cautivado, estaba feliz y eso se notaba.

No pasaba un día sin que le dijera que la amaba, como si quisiera recuperar el tiempo perdido.

Era tan tierno verlo enamorado, parecía más joven, menos preocupado.

Cuando el embarazo se confirmó, entró en pánico.

Helena tuvo que hablar seriamente con él para evitar que terminara actuando como sus padres por los siguientes meses.

Al enterarse, habían celebrado con sus amigos posadeños: los Bermúdez y los Tonelli.

Victoria organizó una cena en su casa para festejar el anuncio.

Susana también tenía buenas noticias así que la alegría fue por partida doble.

Era tan bueno tener amigos y compartir las cosas cotidianas con ellos.

Para Helena era la vida que nunca soñó tener, las experiencias simples que le habían sido negadas, el mundo al que por tantos años no había podido acceder y que ahora disfrutaba a pleno.

Seguía esperando impaciente que Viktor regresara del pequeño puerto.

A lo lejos escuchó el ruido de los caballos y los carros, pronto la caravana que traía a sus padres y sus pertenencias se hizo visible desde la casa.

La ansiedad agitó su vientre, los había extrañado tanto.

Cuando llegaron, bajó corriendo las escaleras.

―¡Mamá, papá, Vera! ―gritó al verlos. Con la ayuda de los empleados de la estancia, sus padres y su pequeña hermanita, bajaron del coche y corrieron a abrazarla.

―¡Mi chiquita! ¡Mi Lelé! ―decía su madre con lágrimas en los ojos, mientras la estudiaba mirando su rostro como hacía en su infancia para buscar signos y síntomas. Un escalofrío la recorrió, no dejó que ese recuerdo opacara la alegría que tenía por ver a sus padres, los había extrañado mucho.

―Estoy tan contenta de verlos ―admitió―. Estoy feliz de que estén aquí.

―Lelé. ¿cómo estás?, ¿cómo te sientes? ―preguntó Marie―. ¿No estás un poco desabrigada?, ¿te traigo algún abrigo? ―soltó más por costumbre que por verla mal.

Para Helena, esas preguntas traían recuerdos amargos. Viktor lo notó y, como el caballero de brillante armadura que era, intervino.

―No se preocupe señora Von Zeschau, estoy seguro de que Helena sabe cuándo tiene frio y cuándo, no.

Su madre se ruborizó. Helena lo miró con tanto amor que pensó que iba a explotar.

―Lo siento. Te ves espléndida ―admitió Marie―, yo solo… supongo que me cuesta aceptar que mi niñita ahora es una mujer casada.

A Helena el corazón se le infló de afecto. Su madre no dejaría de ser protectora con ella, eso lo sabía; veía el esfuerzo que hacía para no preocuparse y por eso amaba a su familia. Otto miró orgulloso a su mujer.

―¡Estamos tan felices de estar aquí! ―exclamó―. Te echamos de menos en Buenos Aires, si no vinimos antes fue por todo el asunto de Josefina ―agregó apesadumbrado―. Pero eso parece estar encaminado, ya te contaré.

―Toma ―dijo su madre extendiendo un sobre que sacó de su bolsito de viaje―, tu hermana te envía una carta.

Notó la tensión en sus padres. Ya encontraría el momento para hablar a solas con su madre y sacarle todos los detalles sobre su hermana. Notaba que aún se preocupaban por Jojo.

―Gracias, mutti ―dijo con una sonrisa, no veía la hora de estar sola para leerla―. Tenemos noticias para ustedes ―anunció Helena, tratando de alejar a sus padres por un momento de la tristeza que parecía embargarlos.

―¿Noticias? ―dijeron los dos a la vez.

―Si ―confirmó Viktor abrazándola―. Muy buenas noticias.

―Van a ser abuelos.

―¡Oh Helena! ―exclamaron al unísono. Pronto los abrazos y las felicitaciones se hicieron presentes.

Cuando el resto de la familia se acercó, fue el tiempo de las presentaciones y recorridos de rigor por la casa.

Serían unas semanas animadas con visitas en casa.

Bruno y Vera ya se habían escapado a jugar.

La niña seguía a Bruno con adoración quién, siendo casi dos años mayor, se comportó como el mejor anfitrión para la pequeña.

Mas tarde, sola en su dormitorio, mientras Viktor ejercía de anfitrión con sus padres y su hermana, Vera, recorría la estancia con Bruno, Helena por fin pudo leer la carta de su hermana. Abrió el sobre con dedos temblorosos; hacía tanto que no sabía de ella .

Querida Lelé:

Espero que al momento de leer estas líneas te encuentres bien. Te escribo esta carta antes de partir rumbo a Londres con mi esposo, como bien te contará nuestra madre.

Lamento mucho que mi fuga haya hecho que tuvieras que casarte con el señor Böhm. Aunque papá me aseguró que fue tu decisión, no puedo evitar sentirme culpable. Por favor si no eres feliz debes decirlo. Juro ayudarte a escapar de esa situación.

Quería escribirte antes, pero una serie de sucesos en mi vida han impedido que lo hiciera. Ahora veo lo egoísta de mis actos y espero que puedas perdonarme por solo pensar en mí. Pero, también espero que entiendas que no podía aceptar ese matrimonio.

Cuando volvamos a vernos voy a contarte todo y espero que a cambio me relates tu aventura.

Siempre supe que algún día dejarías de contentarte con vivir a través de las páginas de tus libros y periódicos y que saldrías a ver el mundo.

Me pone muy feliz que hayas encontrado tu fuerza, siempre estuvo allí. Estoy orgullosa de ti.

Tu hermana que te quiere:

Jojo.

Secó sus lágrimas con los dedos, dobló la carta y la dejó en el cofrecito donde guardaba sus joyas. Su hermana había vuelto y ahora estaba casada. Las palabras de reconocimiento de Josefina la habían emocionado, siempre había sabido leerla mejor que nadie.

Esa noche, abrazada a Viktor, Helena pensaba en los sucesos del día.

Había hablado con Marie, quién le había pedido perdón por interferir con su matrimonio el día de la boda.

Y Helena la entendió. Ahora que estaba embarazada comprendía la preocupación de su madre.

Si bien esperaba no llegar a mentir, no dudaba en que haría cualquier cosa por su bebe y no creía que el paso del tiempo cambiara eso.

Ahora entendía un poco más, solo la maternidad lograba que uno conociera completamente a sus padres, reflexionó.

También hablaron de la carta de Josefina, de su fuga, que los había unido.

Siempre le debería eso a su hermana; en un efecto dominó, su valentía al no aceptar el destino que le imponían, despertó la suya.

Esa misma tarde había respondido la carta de su hermana contándole todo, e instándola a su vez a relatar cómo había terminado casada con un inglés.

Quería los detalles de su huida, dónde estuvo, cómo conoció a Max.

Pero, sabía que, así como ella había guardado cosas de su vida con Viktor, Josefina se guardaría los aspectos más personales de su propia aventura.

Permanecieron en silencio por un rato. Viktor acariciaba el vientre de Helena, sin poder creer que allí dentro creciera su hijo o hija.

Quería besarla y cuidarla, protegerlos a ambos de todo.

Se sentía más protector de lo que nunca había sido.

Pero después del reclamo de su esposa, se contenía.

Sabía lo que a ella le provocaba la sobreprotección o que no la dejaran decidir y juró jamás hacerlo.

―Salió todo bien, ¿no crees? ―dijo al cabo de un rato.

―¿Te refieres a como mis padres tomaron la noticia? ―preguntó ella―. Creo que mucho mejor de lo que esperaba, sobre todo mi madre.

―Me refiero a todo, a nosotros, a nuestro trato.

―Oh ―susurró ella―. A ese trato.

―Si ―respondió―. El mejor trato de mi vida y de la tuya espero.

―Tenemos que agradecer a mi hermana por escapar de ti ―bromeó ella―. Podrías estar casado con Josefina ahora mismo ―agregó jocosa.

―No lo creo ―corrigió él―. Te hubiese visto y hubiese cambiado de novia.

―Que arrogante ―replicó ella―. Quien sabe que hubiera pasado, tal vez hubiese ido a otro con mi propuesta.

―Lo hubiese matado ―bramó él .

―¿Estas celoso?

―Siempre. Desde que eras la estrella del barco con todos esos muchachos detrás de ti.

Helena se reía a carcajadas. Secándose los ojos con una mano preguntó―: ¿Por eso estabas tan gruñón en ese viaje?

―Entre otras cosas ―respondió él―. Por eso y porque no podía tenerte.

―Si podías ―aseguró ella en voz baja.

―No me atrevía ―confesó él.

―Ahora sí puedes ―ronroneó ella.

―Si, ahora sí puedo ―dijo. Y procedió a demostrarlo. En retrospectiva, el pacto con el duende de ojos verdes de la biblioteca había sido el mejor negocio de su vida.

Fin.