Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

«Un territorio para amar»

C atorce días», gruñó Viktor para sí mismo.

¿Es que su mujer no pensaba volver? Eran días difíciles.

Tratar de volver a la normalidad ya había sido duro.

pero, ¿hacerlo sin Helena?, no sabía cómo.

«Se había acostumbrado a ella», reconoció a regañadientes.

No dormía mucho, la quería a su lado en la cama.

Se encontró añorando su presencia en la mesa, toparse con ella en la galería o en la biblioteca.

Extrañaba su alegría cada vez que le traía periódicos, aunque estos fueran de hace varios días; el semblante serio que ponía al concentrarse, como fruncia el ceño cuando se frustraba porque algo no le salía.

Veía las botas de goma que le había dado olvidadas a un lado del cuarto y extrañaba salir a explorar con ella; quería mostrarle todo, continuar con las clases de equitación, llevarla a la ciudad…

Por otro lado, estaba muerto de miedo. No quería volver a sentir la desesperación que sufrió al ver a Ramírez apuntarle o al recibir la nota de secuestro; no quería volver a ser el responsable de poner en peligro su vida.

«¿Y si hacía otros enemigos?», ese pensamiento lo paralizaba.

Por eso no corrió a buscarla. En su cabeza ella estaba más segura lejos de él.

―Viktor ―La voz de su madre lo sacó de sus pensamientos oscuros. Alzó la vista de los papeles que tenía sobre el escritorio y que había pasado media hora mirando sin leer.

―¿Sí? ―respondió .

―Ha llegado un barco de Posadas, Erika ha vuelto. Y ha llegado un telegrama de Buenos Aires, de tus suegros.

―¿Han vuelto? ―indagó esperanzado, ignorando el resto de lo dicho por su madre.

―Solo Erika.

―Oh. Ya veo.

Su madre lo miro un tanto exasperada, que ciego estaba su niño. Tan serio y responsable era su Viktor, que no era capaz de reconocer sus propios sentimientos.

―Yo creo que no estás viendo nada hijo ―lo reprendió―. ¿No crees que es hora de buscar a tu esposa?

―Yo…, no lo sé. Ella parecía decidida a alejarse.

―¡Ay, Viktor! ―exclamó Aurelia―. Esa jovencita te quiere, ¿es que no lo ves?

―¿A mí?

―¿A quién más? Y tú la quieres. Lo sé.

―Yo no la quiero. Es decir. Sí la quiero; claro que le tengo cariño…

―Oh hijo. Solo deseo que aclares tus sentimientos antes de que sea tarde ―Dicho esto Aurelia salió de la biblioteca dejando a su hijo más confundido de lo que había estado en todos sus veintisiete años de vida.

«Dieciocho», pensó Helena. Dieciocho días sin él, no es que los contara.

El ajetreo y la vida social que tenía en la insipiente ciudad litoraleña la mantenía ocupada durante la mayor parte del día, pero cada noche volvía al hotel y lo añoraba.

Cuatro días atrás su cuñada regresó a la estancia dejándola sola y sin la distracción que le brindaba ocuparse de la muchacha.

Desde entonces no había recibido noticias de Santa Teresa.

Su corazón esperanzado y optimista esperaba que su esposo la buscara.

Soñaba que Viktor llegaba para declararle su amor, rogándole que vuelva, reconociendo que no podía vivir sin ella.

«Tonta y patética Helena», se reprendió.

Cómo se despreciaba a sí misma por no perder la esperanza, cuan inútil era la ilusión de ser apreciada y querida.

Salió del hotel y atravesó la plaza, caminó sin rumbo por las calles, escuchando la música de la ciudad en movimiento.

La cacofonía de pregoneros, coches, animales y gente que iba y venía haciendo sus cosas la mecía como una canción de cuna mientras sus pensamientos giraban en torno a una sola cosa, «Oh Viktor», pensó.

Como puso todo su mundo de cabeza en un puñado de meses, nunca se había sentido más viva y más desolada a la vez.

Después de dar vueltas por las calles céntricas, se encontró parada delante de la tienda de helados.

Que felices fueron ese día recordó. ¿Sería tan terrible volver a él?

, ¿podría vivir una existencia sin su amor?

Estaba segura de que no, pero al menos tendría su compañía.

Hasta ahora estar alejada no había sanado su corazón ni calmaba el ansia que le provocaba. Quizá necesitaba más tiempo.

Estaba parada frente a la tienda cerrada, mirando sin ver el escaparate que prometía todo tipo de delicias heladas cuando alguien le habló.

―Nunca voy a olvidar la primera vez que te vi probar los helados.

Sobresaltada, se negó a girarse. No quería romper la ilusión de sentirlo cerca, no quería escuchar lo que él tenía para decir y a la vez, era lo único que deseaba.

―Esa forma que tienes de disfrutar las cosas ―continuó la voz tras ella―, la manera en que todo es tan nuevo para ti, me recuerda un poco a mí. Antes… ya sabes, antes de que todo se pusiera oscuro. Cuando mi padre todavía estaba conmigo y mi hermana compartía mis tardes de juego .

Helena continuó inmóvil. Temía que si se movía él dejaría de hablar; que desaparecería y descubriría que solo estaba soñando. Y necesitaba con su vida esas palabras.

―Yo no soy bueno en esto ―confesó―, las palabras no son lo mío. Quiero que sepas, que la estancia no es lo mismo sin ti. Eres…, importante.

Helena cerró los ojos, las palabras la alegraban y le dolían en partes iguales. Estaba tan feliz de escuchar su voz, pero sabía que no se contentaría con ese afecto menor, con esa especie de amistad y cariño. No cuando la pasión los encendía para después dejarla vacía.

―Te oí ―expreso ella una vez que pudo hablar.

―Oh, esa era la idea ―respondió él.

―No. No ahora, te oí hablar con Erika, aquel día ―explicó con el dolor desgarrándola por dentro, solo de recordarlo.

―Helena, yo… yo no quise…

―No me expliques, por favor ―suplicó―. Ya es lo suficiente vergonzoso así.

―No es así, estas equivocada ―continuó él―. Yo estaba equivocado, totalmente ciego. He sido el hombre más tonto que existe.

―No digas eso ―lo regañó ella.

―Lo fui. Te amo Helena ―declaró él con firmeza.

No se había girado para verlo, toda la declaración ocurría a sus espaldas. Las lágrimas corrían como riachuelos por sus mejillas, los sollozos contenidos pronto escaparían, convirtiéndola en un ser lloroso y ridículo.

―¿Cómo podría no amarte? ―siguió él―. He sido un estúpido arrogante al creer que podría estar contigo sin quererte.

―No hace falta que lo digas ―rogó ella―. No necesito que me mientas ―agregó con valentía. La verdad la destrozaría, pero prefería la fría verdad que un afecto actuado, no soportaría que entre ellos se alzara esa ficción .

―¿Mentiras? ―gruñó indignado―. ¿Cómo puedes creer que es mentira?

―Te oí decir a tu hermana…

―Y fui un estúpido ―la interrumpió―. Ya te lo he dicho, estaba ciego. Y aterrado, tú me aterrorizas, Helena.

―Pero…

―Por favor, deja que hable…

Entonces ella se giró, parado a unos pasos, estaba Viktor, su esposo.

Mas apuesto que nunca, a pesar de las ojeras bajo sus ojos.

Vestido de traje, como siempre que visitaba la ciudad.

Traía en sus manos media docena de periódicos apilados, que sujetaba como quién trae el ramo de las rosas más exquisitas. Se le hinchó el corazón de tanto amor.

―Estos son para ti. ―Extendió su ofrenda con una inseguridad que no era propia en él, como si realmente le importara mucho agradarla―. Llegaron hoy temprano en barco. Son de Buenos Aires, aunque ya tienen unos días ―explicó.

Ella los tomó y no existían flores que superaran la pila de diarios que Viktor le dio.

―Ibas a decirme algo ―reclamó ella, haciendo silencio para que él hablara.

―Te amo ―dijo Viktor―. Te amo tanto, que me asusta. Nunca pasé tanto miedo como cuando recibí la nota de tu secuestro, sentí que moría. Ahí estaba yo asegurando que el amor no existía para darme cuenta instantes después de que no solo te amaba, sino que no podría seguir sin ti.

―Viktor…

―Por favor, deja que termine ―suplicó―. Yo pasé la mitad de mi vida intentando hacer las cosas correctas, sin acercarme mucho a nadie.

Fui un mal tío con Bruno ―reconoció avergonzado―.

Que decepcionada estaría Sofía conmigo de saberlo.

Yo…, yo debí ad orar y mimar a su hijo, en cambio lo aparté; al igual que a mis hermanas. Y a ti.

―No digas eso. No eres un mal tío o un mal hermano. Te sacrificaste por tu familia, para que no les falte nada. Les diste seguridad ―recordó ella, ¿ahora estaba defendiéndolo de sí mismo?

―Y fui el peor esposo para ti. Pero si me dejas, si me das otra oportunidad, juro que voy a pasar mis días demostrando lo mucho que te amo.

―¡Oh Viktor! ―suspiró―. ¿Cómo podría no amarte yo a ti?, ¿si me traes algo mejor que las flores? ―sonrió al mirar los papeles que sujetaba―. Te amo desde hace mucho. Te amé cada vez que me creíste capaz de hacer cosas por mí misma y más aún cuando vi el cuidado que prodigas a todos.

Él se acercó a ella y la tomó de la cintura.

Levantó su rostro con una mano y besó sus labios.

Trataba de decirle con ese beso todo lo que ella significaba para él.

Las hojas de periódico volaron a su alrededor cuando ella las soltó para rodear su cuello con los brazos; ya las recogerían.

Ahora en lo único que pensaba era en abrazar a su esposa, su pequeña y valiente Helena.

Esa mujercita que en un solo acto de coraje cambió para siempre sus vidas al entrar decidida en una biblioteca para plantear la alianza más increíble de todas.

Fin