Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

«La huida»

L a última noche de Helena en Santa Teresa fue memorable.

Por la tarde comenzó a formarse una tormenta que explotó en la noche.

Después de una agradable cena de despedida en familia, se retiraron para dormir.

Su esposo habló poco durante la cena, así que se sorprendió cuando entró a la habitación con una mirada tan intensa que cortaba el aire.

―Helena ―clamó y comenzó a quitarse la ropa, sin dejar de mirarla.

Ella estaba en camisón, lista para acostarse. Mirándolo a los ojos dejo caer los breteles de la prenda, hasta que la blanca tela fue una mancha en el piso de mosaicos, dejándola totalmente expuesta a la avidez de su mirada.

En segundos, los dos estaban desnudos, mirándose como contrincantes en un duelo, separados aún por la cama que se extendía como un ring de boxeo entre ellos.

Sintiéndose valiente Helena subió a la cama y se puso de rodillas con las manos a los lados.

Él la imitó. Ahora estaban los dos enfrentados a pocos centímetros de distancia.

Viktor extendió una mano para acariciar el borde de sus senos con una suavidad exasperante.

Ella suspiró y posó sus manos sobre el ancho pecho de su marido.

El contacto visual no se cortó en ningún momento.

Se miraban a los ojos hasta la incomodidad, era como si cada uno quisiera memorizar al otro .

Viktor se inclinó para besarla mientras con sus brazos la envolvía y pegaba su cuerpo al de él; ella alzó el rostro para darle acceso a su boca, rodeándole el cuello con los brazos.

El beso fue profundo e intenso, los dos tenían un ansia que los consumía y los instaba a devorarse y depositar ese contacto todo aquello que no decían, toda la emoción que los embargaba.

―Eres tan suave ―susurró él sobre la piel de su hombro mientras depositaba tenues besos desde ese punto siguiendo la curva que terminaba en su cuello y mordía el lóbulo de la oreja al final del recorrido de sus labios.

Helena acarició su pecho y deslizó las manos por la piel suave que cubría sus músculos hasta llegar a su abdomen firme.

Bajó más sus palmas para acariciarlo, arrancándole un gemido por su osadía.

Sin aviso él la giró, pegando su espalda al pecho masculino.

Al levantar la vista, los vio reflejados en el espejo de pie: de rodillas en la cama con su esposo detrás de ella.

Sus manos bronceadas acariciaban su blanca piel; era una imagen decadente y lasciva, aunque extremadamente erótica.

Él se encontró con su mirada en el espejo, el calor creció mientras sentía las caricias sin dejar de mirarlo a los ojos.

―Tócate ―ordenó con voz profunda―. Quiero ver tus manos deslizarse sobre tu propio cuerpo.

El color tiñó sus mejillas, estaba excitada y un poco avergonzada.

¿Se animaría? La mirada de deseo que Viktor le dirigió la calentó y dotó de la audacia que necesitaba.

Quería atormentarlo, tener poder sobre él.

Necesitaba sentirse poderosa, inclinar la balanza a su favor.

Decidida, colocó las manos sobre sus propios pechos acariciándolos despacio, sin dejar de mirarlo ni un solo momento.

Lo retó en silencio, lo obligó a doblegarse a ella, a sentirse esclavizado, a adorar su cuerpo con la vista.

Quería atarlo, como ella se sentía atrapada por él en todos los demás aspectos .

Viktor emitió un gruñido. Hipnotizado seguía las manos de Helena en un sinuoso recorrido sobre su hermoso cuerpo.

Deslizó sus propias manos por su costado desde los senos a las caderas mientras ella se tocaba el pubis.

No iba a resistir esto ¿Qué diablos estaba pensando para sugerir esta seducción endiablada?

, ahora estaba preso de su propia trampa.

―Lelé ―gruñó. Luego apretó su cuerpo y cerró los brazos en torno a ella, ahora estaban pegados y su erección palpitaba entre los dos.

―¿No te gusta? ―preguntó ella con insolencia, sin dejar de mirarlo a través del espejo.

―Si me gustara más creo que moriría ―respondió mordiendo el lóbulo de su oreja.

Ella soltó una risita complacida.

―Entonces, muéstramelo ―exigió.

No faltaron más palabras, inclinando su torso hacia adelante la tomó así, sin dejar de mirarla embrujado.

Hicieron el amor como si fuera la última vez que estaban juntos.

Sus ánimos y el clima se complementaban a la perfección.

La ferocidad de Viktor fue igual o más intensa que la lluvia y ella se sentía tan fuerte como el viento que azotaba la estancia.

Él nada dijo ni intentó hacer que se quedara.

No insinuó que tuviera sentimientos por ella, no involucró las emociones y ella tampoco lo pidió.

No habían cambiado las cosas en ese aspecto.

Por la mañana ya no quedaba rastro de la tormenta; así como había llegado se había ido dando paso al calor y a la humedad de siempre.

Los preparativos no llevaron mucho tiempo.

El equipaje de Helena y de Erika estaba subido a los carros y camino al muelle.

En un pequeño coche, Viktor en persona, las llevaría hasta la orilla para subir a un barco rumbo a la ciudad.

Insistió en que las acompañara uno de los empleados, por lo tanto, el joven Juancito viajaría con ellas.

Helena intentó oponerse, él ganó la discusión.

Lo dejaba más tranquilo pensar que estarían acompañadas, sobre todo si aceptaban invitaciones a eventos nocturnos.

Posadas era una ciudad chica, todo quedaba cerca y en general no ocurrían robos o asaltos.

Pero la precaución no estaría de más, como tristemente había aprendido de los hechos recientes.

―Bueno… ―Helena balbuceó―. Ya estamos aquí.

―Así es, el barco no tardará en pasar. Helena, yo… ―agregó Viktor. La miró a los ojos, como si quisiera decirle algo, no llego a formular ninguna frase. La bocina ronca del vapor se escuchó a lo lejos y pronto la embarcación apareció en el pequeño puerto.

―El barco ―avisó Erika―. Es hora de partir, espero que en Posadas tengamos mejores días que los que aquí vivimos ―suspiró. Todos sabían que la joven seguía muy afectada por el engaño de Medrano, por ello trataban de distraerla.

―Nos divertiremos mucho, ya lo veras ―prometió Helena para evitar que su cuñada cayera en la melancolía.

―Cuídense ―exigió Viktor. Dirigiéndose a su esposa con una mirada intensa.

―Lo haremos, no te preocupes ―lo tranquilizó.

El equipaje ya estaba a bordo, solo faltaba que las dos muchachas subieran a la embarcación. Helena se estaba girando para hacerlo, cuando Viktor la sorprendió tomándola de la cintura y besándola con fuerza frente a todos.

―Cuídate ―insistió―. No soportaría que algo te pasara. Y promete volver a mí.

Helena lo miró estupefacta, era toda una declaración viniendo de su esposo y no sabía cómo tomarlo. De hecho, no estaba preparada siquiera para pensar lo que sus palabras significaban. El color subió a sus mejillas y el corazón le latió con fuerza .

―Será por poco tiempo ―aseguró.

Sin saber que más decir, corrió los últimos metros y abordó.

Parada en la popa del barco vio a Viktor hacerse cada vez más pequeño hasta que ya no lo pudo distinguir. En todo ese tiempo él no se movió del muelle.

Llevaban una semana en la ciudad. Helena trataba todos los días de hablar con Erika sobre lo sucedido con Lautaro, pero la joven era hermética, no soltaba prenda.

Su cuñada rehuía cualquier intento de conversación al respecto.

Además, el ritmo más agitado de la ciudad tampoco dejaba espacio para confesiones o, en su caso, para pensar en el futuro.

Había hecho un montón de cosas desde su arribo a Posadas.

Pasó por las oficinas de la empresa, dejó mudos a los dos empleados cuando pidió los libros y pregunto por la venta de pasajes y por el volumen de carga contratado.

Descubrió al estudiar los registros que no se vendían tantos pasajes como su padre esperaba y no se debía nada más a la competencia de las otras empresas que prestaban el servicio.

Muchas personas seguían haciendo el camino en carreta hasta Ituzaingó para recién allí abordar un barco.

En el alto Paraná la situación era peor, pues no existían caminos.

Helena se percató de que faltaba que el público se enterara del servicio que ofrecían a Iguazú y a Corrientes que luego se combinaba con los barcos más grandes para llegar a Buenos aires o a Asunción.

Decidió escribir al director del periódico La Tarde, el señor Leiva, a quien conoció en su viaje hacia Misiones y contratar una serie de anuncios publicitarios.

Solo habían salido publicados por tres días y, tímidamente, los clientes comenzaban a llegar a las oficinas .

También reanudó su incipiente amistad con las dos mujeres recién casadas que conoció en el barco. La invitaron a tomar el té y aprovechó para presentar a Erika.

Habían pasado una tarde agradable hasta que una de las mujeres mencionó a Lautaro.

―Hemos cenado con el señor Medrano ―contó Susana Bermúdez―. Álvaro lo encontró en el banco y lo invitó.

Helena miró a la joven que había perdido el color, aunque no dijo una sola palabra. Forzó una sonrisa y sorbió su té.

―También nos ha visitado en Santa Teresa ―reveló Helena, más para conversar que por otra cosa. Además, sería estúpido ocultarlo.

―Nos comentó al respecto. Habló muy bien de la estancia y todas las mejoras hechas por su esposo. Se nota que lo admira mucho ―intervino Victoria Tonelli―. Nos explicó que está construyendo en sus tierras de Santa Ana, en pocos meses terminará su casa allí.

―Prometió invitarnos a conocer su estancia cuando terminen las obras, ¡su casa tendrá dos plantas! Vimos los planos y se ve todo increíble ―dijo Susana emocionada―. Tendríamos que organizarnos para hacer una visita todos juntos, sería agradable. ¿No lo creen?

―Agradable, por supuesto ―respondió Helena sin entusiasmo.

―¡Está decidido!; ¡iremos todos! ―festejó Victoria con aplausos.

Erika seguía callada. Helena no anticipó que esta salida trajera al joven Lautaro como tema de conversación. Estaba claro que todos se habían conocido en el barco y tendría que haberlo pensado antes de llevarla allí.

La visita continuó agradablemente, la charla giró a temas más femeninos como la moda y algún chisme de personas que ellas no conocían. Salvo por el incidente de Medrano, había sido una tarde entretenida. Las mujeres eran cálidas y amables, Helena se alegró de contar con su amistad.

Más tarde en el hotel. Helena volvió a sacar el tema con Erika. Presentía que su cuñada necesitaba soltar lo que sea que retenía.

―Siento mucho que en la visita haya salido el tema de Lautaro ―soltó Helena a su cuñada, incitándola a hablar―. No pensé que lo podrían haber visto aquí. Aunque no me sorprende que lo hayan invitado ya que todos coincidimos en el viaje en barco.

―No te preocupes Helena ―respondió Erika―. Ya sabía que oiría de él en algún lugar, tampoco es que lo estuviese evitando ―mintió.

―¿Quieres hablar sobre lo que pasó?, sé que no quisiste oír las explicaciones que le dio a tu hermano.

―No lo sé, aún no decido si quiero saberlo. Me siento tan tonta ―sollozó.

―¡Oh Erika! ―exclamó Helena tomando una de sus manos―. No debes sentirte así. No es culpa tuya y en todo caso todos fuimos tontos. No sospechamos nada.

―Eso es lo que me agobia, yo sí sospeché. Siempre sentí que ocultaba cosas, pero rechacé mis presunciones porque…, ¡porque él me gustaba!

Helena la abrazó sabiendo que la muchacha estaba enamorada y por eso había justificado todo lo que de otro modo la habría hecho sospechar.

La entendía, ella pasaba por lo mismo. El amor no le dejó ver que era imposible que su esposo también la quisiera.

No vio lo roto que estaba Viktor y ahora el dolor era solo suyo .

―Conocerás a otros jóvenes ―prometió―. Aquí en la ciudad tenemos la posibilidad de asistir a muchos eventos, ya verás cómo pronto lo olvidarás.

―Yo…, yo quiero volver ―suplicó Erika―. Créeme, agradezco mucho todo lo que has hecho por mí. Y sé que voy a sonar desagradecida, pero no me atraen ninguno de esos eventos y no quiero conocer a nadie.

―Me gustaría que no te encierres por lo que ha sucedido, aunque lo entiendo. No eres desagradecida. Los que te queremos solo buscamos formas de hacerte sentir bien, incluso si equivocamos la manera.

―Gracias Helena ―dijo con voz suave―. Gracias por todo lo que haces, que afortunados somos de tenerte, que afortunado mi hermano de haberse casado contigo. Espero que pronto se dé cuenta ―agregó.

Las mejillas de Helena se tiñeron de rojo, hasta sus cuñadas sabían que su marido no la quería. El dolor ya no era tan punzante como las primeras veces, pero no había desaparecido. Estaba allí, latente, se había convertido en un compañero constante; un dolor sordo y habitual.

―Te propongo un trato ―dijo, apartando los pensamientos dolorosos de su mente―, quédate una semana más.

―Pero… ―protestó Erika.

―Deja que te explique. Una semana, me acompañas a las oficinas, al periódico, a hacer compras. Después vuelves a la estancia. Prometo evitar visitas a personas que conozcan a Lautaro.

―Yo, no lo sé.

―Hazlo por mí ―pidió Helena.

―Está bien, una semana ―aceptó su cuñada―, pero por favor, sin tantas charlas de moda y chismes―suplicó.

―De acuerdo ―respondió Helena entre risas―, entonces tienes que decirme tú que te gustaría hacer en estos días .

Erika, sonrió por primera vez desde que habían llegado a la ciudad.

―Me gustaría hacer una visita a la escuela de agronomía, quiero buscar información para mejorar la ganadería en la estancia. Y si puedo hablar con un veterinario, tengo algunas preguntas también sobre la salud de los animales.

―Lo haremos, mañana mismo te acompañaré.

―Gracias Helena.

Para Erika los nuevos planes significaban la posibilidad de aprender sobre lo que le interesaba. Para Helena, acompañar a su cuñada era otra distracción más.

Una semana después Erika volvía a Santa Teresa, contenta de haber usado en su educación el tiempo en la ciudad y con miles de planes para aplicar lo aprendido.

Al momento de comprar los pasajes había cuestionado a su cuñada por no regresar juntas:

―¿Solo un pasaje? ―preguntó Erika―. ¿Vas a quedarte aquí?, ¿sola?

―Voy a quedarme solo un poco más ―contestó―. Solo para ver que tal funcionan los anuncios.

―Claro ―aseguró su cuñada incrédula. Era evidente que quería evitar a su hermano.

Dos semanas habían pasado desde que se separaron, no creía que en tan poco tiempo pudiera haber reunido la fortaleza para volver a su matrimonio apasionado, pero sin amor.

¿Quizá si se quedara un mes?, ¿a quién quería engañar?

No juntaría coraje ni en un año. Con un suspiro comenzó a doblar la ropa de Erika para ubicarla en los baúles.

Ya pensaría mejor como volver a enfrentar a Viktor.