Capítulo 33
«Volver al principio»
P asaron los días. Poco a poco Santa Teresa volvió a las actividades. Tito asumió las tareas de Miguel, todos lo ayudaron. Aunque sabían que el antiguo capataz era insustituible, deseaban lo mejor para su sucesor.
A Carmen todos querían ayudarla. Viktor le ofreció un puesto fijo en la casa al que se incorporaría una vez que estuviera lista.
La instó a tomarse todo el tiempo que necesitara, ya fueran algunas semanas o meses si hacía falta.
Erika estaba recluida, salía poco de sus habitaciones y cuando lo hacía parecía estar ausente.
Hanna acompañaba a su hermana en silencio, sin romper la frágil estabilidad que ésta parecía tener.
Viktor pasaba más tiempo con Bruno. Con mucho cuidado, debido a su brazo enyesado, lo llevó a recorrer los campos.
Le enseñaba los asuntos de la estancia y el niño se veía entusiasmado, aunque la felicidad inocente que mostraba antes se había esfumado dejando en su lugar una seriedad y una madurez precoz que a Viktor le dolía en el alma.
Estaba empeñado, más que nunca, en ser el tío que el niño merecía y necesitaba.
Incorporar al niño a su vida cotidiana había resultado provechoso para ambos.
Después de buscarlo por toda la casa, Hanna encontró a su sobrino sentado en las escaleras de la entrada.
―¿Bruno, quieres que organicemos un picnic?, podemos ir con los otros niños al estanque y comer allí. ―Ya no sabía que más hacer para sacar a su sobrino del estado de alerta en el que se hallaba desde el incidente. Todavía llevaba el cabestrillo que le había dado el doctor al enyesar su brazo.
―No me apetece tía Hanna. Pero gracias ―respondió con sobriedad.
―¿Tal vez mañana?
―Tal vez.
A Hanna le partía el corazón ver a su sobrino así. Esperaba que con el tiempo volviera a ser el niño alegre e inquieto de siempre.
«Su esposo había cambiado», pensó Helena mientras bordaba en la galería.
No solo con el niño a quién parecía ver por primera vez, sino con ella.
Era tan atento como siempre, apasionado por las noches, amable durante el día, pero la sobreprotegía; estaba tan pendiente de ella como nunca lo había estado.
No la perdía de vista, se preocupaba por su bienestar todo el tiempo, se sentía cómo…
Las alarmas sonaron en su cabeza, «me cuida de la misma forma en que me cuidaba mamá», descubrió con horror.
«No por favor, eso no». Había buscado escapar de los cuidados que la anulaban, no caería en lo mismo con Viktor.
Estaba resuelto, nadie volvería a decidir por ella.
Mirando las puntadas desparejas en la tela, Helena suspiró; el bordado le había salido horrible.
Como un reflejo de sus pensamientos el hilo seguía un patrón atormentado.
Para colmo de males se había pichado un dedo, como una bella durmiente que, en vez de caer bajo el hechizo soporífero, hubiese despertado al fin.
―Helena, ¿quieres salir a dar un paseo conmigo? ―Otra vez, le hablaba con esa amabilidad practicada que la asqueaba.
―Tal vez más tarde, Viktor .
Él no insistió. Nunca lo hacía. Ella veía la culpa en su rostro, la reconocía porque también se sentía culpable cada vez que veía a Carmen y a su hijo.
Se le partía el corazón por la muerte de Miguel.
Viktor creía haberla puesto en peligro, pero nadie fue capaz de anticipar o prevenir las acciones de un loco como Cirilo Ramírez.
Eso la irritaba, no era suficiente que el hombre estuviera decidido a no amarla, sino que ni siquiera le dejaba tomar la responsabilidad por lo que le pasaba.
¿La iba a relegar al lugar de niña que había tenido en su casa en Buenos Aires?
¿Después de haber probado la independencia?
No lo iba a tolerar. No volvería atrás, logró mucho en poco tiempo y no soportaría volver a sentirse limitada por los demás.
Era muy poco lo que podía decidir por sí misma siendo una mujer, pero no renunciaría a la libertad más básica.
Porque así se sentía, una renuncia a su autonomía recién adquirida.
Su secuestro no era culpa de nadie. En el peor caso había sido culpa suya por haberse alejado de la casa, claro que tampoco existían motivos para no alejarse, lo cual dejaba la conclusión de que nadie era responsable de la situación más que Ramírez.
No iba a permitir que un hecho trágico e imposible de prevenir pusiera su vida nuevamente en una caja de cristal.
«Todo era igual y nada lo era», pensó Helena mientras apoyada en una ventana miraba a los perros jugar.
Otra semana pasaba y ella no era la misma.
Este tiempo en Misiones la había cambiado en todo sentido.
Poco más de tres meses separaban a la mujer que fue de la que ahora surgía, nacida del coraje y el amor.
Descubrió un mundo nuevo, diferente a todo lo que conocía.
La Helena enfermiza y débil que había llegado en un barco absorbiendo todo con inocencia y agradecimiento ya no existía.
Ahora entendía que era su derecho querer más y no solo eso: que ella podía.
La sensación de impotencia que siempre la acompañaba se esfumó con ese pensamiento.
Enfrentó una situación imposible y sobrevivió.
No volvería a ser nunca más la pequeña mujer dependiente, lo entendió de golpe con esa certeza que llega en los momentos trascendentales de la vida de una persona; este era su instante de iluminación comprendió.
Una vida a medias ya no era suficiente y no se trataba solamente de que su marido la quisiera, también necesitaba hacer algo por sí misma.
Viktor, era responsable en parte de la nueva Helena.
Una enorme necesidad de tomar distancia la llenó.
Quería hacer más que pasar los días bordando o dirigiendo la casa.
La naviera era su herencia, ¿Por qué dejar todo en manos de su esposo?
El plan se gestó en su cabeza pensamiento a pensamiento, «sería perfecto».
Viktor entraba a la casa cuando Helena lo interceptó en el comedor.
―Me voy a Posadas ―soltó sin respirar.
―Ahora no puedo llevarte, Lelé. Podemos viajar la semana siguiente.
―No me has entendido. He dicho que voy a ir, no que necesitaba que me lleves.
Viktor parpadeó confundido.
―¿Sola? ―preguntó.
―Pensé que Erika me podría acompañar, le vendría bien la distracción, ¿no lo crees?
―¿Las dos solas? ―Volvió a insistir Viktor. Esto se estaba volviendo cómico, su esposo había perdido la capacidad de hilvanar frases más largas.
―Sí. Las dos solas, Viktor ―dijo Helena con paciencia, como si le explicara a un niño algo muy obvio―.
Soy una mujer casada, así que la reputación de tu hermana no correrá peligro, puedo ser una acompañante perfecta para ella.
Nos hospedaremos en el hotel América por supuesto.
Aprovechare para aceptar algunas invitaciones de las personas que conocimos en el barco.
―¿Invitaciones? ―preguntó.
―He recibido mucha correspondencia desde que estoy aquí ―contó ella―. También he escrito respuestas a todas esas cartas. ¿No sería bueno presentar a Erika a algunas personalidades de la ciudad? Después de todo por eso te casaste conmigo ―agregó.
―Helena.
―No te preocupes esposo ―pidió interrumpiendo cualquier explicación o pedido de disculpas antes de sucumbir a la necesidad de quedarse―. Lograré que tu hermana se adapte a la sociedad posadeña, lo prometo.
Dicho esto, se giró y desapareció por los pasillos de la casa.
Viktor se quedó congelado en el lugar. Después de todo ese despliegue de independencia no sabía muy bien que decir o pensar.
¿Se iba? ¿Por cuánto tiempo?, todavía estaba en shock.
Tendría que enviar algunos hombres con ellas para su seguridad.
¿Sería el momento de adquirir una propiedad en la capital?
¿Necesitaría personal fijo que pudiera atender las necesidades de la familia cada vez que viajaran?
Nunca lo había pensado antes, pero nunca antes había tenido una esposa que deseara viajar sola.
Maldita mujer , cuanta más distancia deseaba poner, más ponía su vida patas para arriba.
Mientras doblaba la ropa que pensaba llevar, Helena se sentía satisfecha con su decisión.
Estaba contenta de que Erika hubiese aceptado.
El viaje podría ayudarla a olvidar y de paso, al ocuparse de su cuñada, evitaría la tortura de pensar en su matrimonio.
No había tardado mucho en tomar su decisión; debía irse.
No sabía por cuanto tiempo, pero lo necesitaba.
Precisaba imperiosamente estar lejos de su esposo para repensar toda su vida.
Ver si podría continuar así o si se cerraría por completo para preservar su corazón.