Capítulo 32
«Duelo»
E ra tarde, Viktor caminaba hacía la casa, los pies arrastraban su cuerpo como si no le perteneciera, como si fuera un enorme bulto que estaba cargando.
Decir que estaba exhausto no era descripción suficiente para lo que sentía.
Le había tomado parte de la tarde y la noche completar todo eso de lo que necesitaba ocuparse.
La policía se presentó y se llevaron tanto a Ramón como el cadáver de Cirilo.
Había pagado para que dejaran a Miguel, las mujeres preparaban su cuerpo para el velatorio que sería todo el día de mañana.
Finalmente sería enterrado al amanecer del día siguiente.
Después de hablar con Medrano, seguía enojado.
Aunque entendió en parte sus explicaciones, no perdonaría la mentira.
Le dio el contacto de Bernard para que el muchacho llenara los huecos faltantes en su historia y luego lo había despachado en una embarcación rumbo a Posadas.
Le prohibió volver o incluso acercarse a Santa Teresa.
Supuso que Erika lo agradecería. Su hermana estaba muy afectada por el engaño del joven.
Lo peor fue hablar con Carmen. Decirle a la mujer que su marido estaba muerto había sido lo más duro del día.
La reacción de la joven viuda lo conmovió profundamente.
Nadie quería ser portador de malas noticias y mucho menos comunicar la pérdida de un ser querido.
Miguel no era un empleado más, era su amigo.
Aprendieron juntos a manejar una estancia importante, él como propietario y Benítez como capataz.
Se quedó con la mujer hasta que trajeron el cuerpo y la consoló cuando la vista de su amado muerto casi la destroza.
Después la dejó con las mujeres que llegaron para ayudar.
De cada rancho alguien llegaba y traía algo. Desde comida y flores hasta sillas para el velatorio. Los habitantes de la estancia eran gente sencilla pero generosa. Mañana a primera hora volvería para acompañar a Carmen y a Abel, su pequeño hijo.
El sentimiento de fracaso y pena que lo escoltaba era tan grande que lo sufría como si llevara rocas en su espalda.
«¿Qué pensaría su padre?», el peso de la decepción lo llenaba de desazón y tristeza.
«¿Cómo podía un hombre que dio la vida por los suyos estar orgulloso de él?
», toda su vida había tratado de actuar como su vati lo hubiera hecho, él era su norte, la brújula que lo había guiado siempre. Ahora solo sentía vergüenza.
Su energía estaba drenada por completo, se sentía agotado más allá de lo humanamente posible. Necesitaba acostarse, ver a Helena, asegurarse que estuviera bien, que todos estuvieran bien. Su cuerpo necesitaba dormir, pero su cabeza bullía.
Aceleró el paso, delante ya se veía la casa, detrás dejaba las viviendas de los empleados, donde las velas se veían en las ventanas y los cantos de las lloronas y plañideras lamentando la pérdida de Miguel Benítez rompían el silencio de la noche.
Costumbres paraguayas que esta zona de frontera no reconocía como ajenas.
El luto respetaba los rituales guaraníes, mezclados con las tradiciones europeas.
Todo sumaba realidad al duelo haciéndolo más encarnado y tangible.
Recorrió el pasillo hasta su habitación, todo estaba en silencio.
Helena dormía acurrucada en la cama que compartían.
Una necesidad imperiosa de tocarla lo invadió, después de tanta muerte quería aferrarse a la vida que simbolizaba la unión de un hombre y una mujer.
No quería imponerse con ella dormida, así que se desnudó y se acostó a su lado, la abrazó y cayó en un sueño intranquilo pero profundo.
Al amanecer del otro día, los sucesos y los ánimos se alinearon para mostrar la tristeza y el dolor de cada habitante de Santa Teresa.
La actividad de la estancia fue reducida a lo indispensable, mientras cada persona pasaba a presentar sus respetos en el velatorio del capataz muerto.
Las expresiones de apoyo y empatía hacia la viuda iban acompañadas con ayuda para la familia doliente.
Hasta el más humilde compartió lo que tenía con la mujer que quedaba sola con un niño pequeño.
Viktor no se movió del lugar. Pasó toda la mañana y la tarde junto al féretro de su amigo, solo regresó a la casa para la cena.
Por la noche regresó para la vigilia nocturna.
No quería atosigar a Carmen, quería darle seguridad sobre su futuro en la estancia.
―Quiero que sepas que siempre habrá un lugar para ti y para Abel aquí ―dijo mientras sostenía al niño en su regazo.
―Gracias Patrón ―respondió ella. Tenía los ojos secos de tanto llorar, a Viktor se le estrujó el alma de solo verla. El niño era tan pequeño que no entendía lo que sucedía. Le dolió saber que Abel no conocería a su padre, no crecería junto al buen hombre que había sido Miguel.
―Sabes que no lo digo como patrón. Yo consideraba a Miguel un amigo y no tengo forma de pagar lo que hizo por mi esposa.
―Así era él. ―Carmen suspiró. El dolor por la injusticia no le impedía ver la integridad y los valores morales de su esposo. Si bien lamentó profundamente que esos mismos valores lo hubieran arrancado de su lado .
―Si ―afirmó Viktor―. Así era él, integro de la cabeza a los pies.
Sus hermanas llegaron a la humilde casita para dar su pésame, se acercaron al ataúd que presidía la sala y dejaron unas flores sobre la blanca tela que cubría el cuerpo de Miguel. Las dos lloraban en silencio, conocían al hombre desde hacía mucho tiempo y les dolía la pérdida tanto como a él.
Su esposa había llegado al amanecer acompañada de su madre.
Desde temprano ellas, junto a otras mujeres, ayudaban a Carmen.
Aunque tenía la vista en el suelo, pudo ver que sus ojos se veían hinchados y las ojeras profundas oscurecían su rostro mientras iba y venía ofreciendo bebidas y comida a todos los presentes.
Se veía agotada, no había dormido mucho, cuando Viktor se despertó ella ya no estaba.
Helena batallaba con la pena que le producía ver a la viuda llorar junto al cajón con su hijo en brazos.
La culpa la carcomía. Aunque la lógica le decía una y otra vez que no podría haber hecho nada para evitar el desenlace, quería hacer lo que fuese para aliviar a la familia en ese momento de tanto dolor.
Seguía en movimiento pese al cansancio, había acompañado a Aurelia a primera hora para ayudar, había cuidado al pequeño niño para que su madre pudiera despedir a su esposo, había limpiado, barrido y servido.
Todo para no pensar en el sacrificio que Miguel había hecho por ella y que pagaría la familia del hombre cada día con su ausencia.
El día del entierro amaneció tan gris como los ánimos de los habitantes de la estancia.
La fría llovizna acompañó al cortejo fúnebre hasta el cementerio.
Junto a la pequeña capilla de piedras, la tumba recién abierta esperaba cubierta de flores, el agua de la lluvia acentuaba el color rojo sangre de la tierra rota y brindaba un filtro color ceniza a la triste mañana.
El sacerdote que Viktor había llamado dio un sermón de responso por el alma del capataz. Los gritos de Carmen cuando los hombres comenzaron a cubrir con tierra la tumba, todavía resonaban en su cabeza, y el olor de las flores persistiría, aferrado a su nariz, durante varios días.