Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

«Una victoria agridulce»

V iktor corrió hacia su esposa, mientras los empleados corrían hacia Miguel y Cirilo que estaban caídos en el suelo apenas a unos metros el uno del otro.

―Helena ―susurró, posando la mano en sus hombros―. Ya pasó, ya está todo bien. Ella se incorporó, arrojándose en los brazos abiertos de Viktor. Encogida sobre su regazo, se largó a llorar.

La envolvió con sus fuertes brazos, toda la tensión escurriéndosele del cuerpo.

El alivió que le daba su abrazo impidió que mirase lo que sucedía junto a ellos.

Hasta asegurarse de que ella estaba bien no dejó de abrazarla e ignoró las voces y movimientos que ocurrían entre los peones.

Pasaron varios minutos hasta que abrió los ojos y observó la escena desplegada a su alrededor.

Alzo a Helena y la alejó del caos que se desarrollaba en el pequeño claro rodeado de árboles y selva. La subió a su propia montura, dejándola a horcajadas sobre el caballo, sin importarle que sus faldas se hubieran subido hasta las rodillas.

―Espérame. Pronto te llevaré a casa ―prometió.

Ella asintió moviendo la cabeza y después sujetó las riendas con sus manos.

Había tenido unas pocas clases de equitación, pero se sintió segura sobre el potro.

No dirigió la vista al sitio donde había estado minutos antes.

No quería ver, sabía que los disparos significaban que alguien se había hecho daño .

―Patrón ―llamó uno de los peones―. Es Miguel.

Viktor se acercó a su hombre de confianza, Miguel Benítez estaba tirado en el suelo delante del lugar que su mujer había ocupado unos segundos antes.

En su pecho, la mancha carmesí de la sangre que manaba de su herida teñía la camisa blanca en una flor de bordes dentados que se hacía cada vez más grande.

«Su cuerpo interceptó la bala de Ramírez dirigida a ella», comprendió ante la escena.

A unos metros estaba el asesino muerto. Más allá los empleados sujetaban a Ramón que lloraba como un niño mientras confesaba entre sollozos su participación en el secuestro.

Le había disparado a su cómplice en un tardío acto de arrepentimiento.

Viktor se agachó junto al cuerpo y cerró los ojos de su amigo, la pena por la pérdida lo consumió. Una buena persona pagó con su vida por el odio que Cirilo le había guardado; tanto rencor solo para morir también.

El sonido de los cascos de los caballos se hizo cada vez más fuerte a medida que los jinetes se acercaban al lugar. La nube de polvo reveló a Violeta junto a un grupo de sus hombres. Con ellos venía Tito, el empleado al que Viktor había enviado por ayuda.

―Vengo con refuerzos, aunque veo que tienes todo bajo control.

Helena alzo la vista para seguir la voz que se sumaba a los murmullos de los hombres.

Una mujer impresionante había llegado montada junto a un grupo de peones.

De cabello oscuro y rasgos finos, vestida con pantalones ajustados y botas altas.

La amazona era una belleza, debía tener la edad de Viktor, quizás unos años más.

Todo en ella gritaba poder y autosuficiencia.

Helena no podía evitar mirarla, entre su atuendo y el aura de poder que emitía, era imposible que pasara desapercibida

―Violeta. ―Escuchó decir a su esposo a modo de saludo―.

Gracias por venir. Tuvimos que seguir a un criminal a través de tu propiedad.

Pero como ves, ya todo ha terminado. Envié a uno de los muchachos a buscar al comisario.

Íbamos a quitar los cuerpos de tus tierras para evitarte la incomodidad de la investigación policial.

―Que considerado de tu parte ―respondió la mujer―. No es necesario, El comisario Estévez ama investigar cosas en mi estancia ―añadió con cinismo.

Viktor sonrió.

―Justamente por eso.

Girándose tomó la mano de Helena y volvió a mirar a la recién llegada.

―A pesar de que la ocasión no es la mejor, te presento a Helena, mi esposa.

Si la mujer se sorprendió por la noticia, no mostró ninguna señal. Pese a mirar a Viktor con notorio interés femenino, no la miró a ella con desprecio, al contrario, había amabilidad en el tono de su voz.

―Encantada de conocerla, al fin. Soy Violeta Aguirre y vivo aquí en El Tormento ―explicó mirando a Helena y tocándose el sombrero tal como lo haría un hombre―.

Me he enterado de las buenas nuevas, pero solo hace uno pocos días que he regresado de viaje y no he tenido la oportunidad de pasar a saludarla.

―Es un placer ―saludó Helena con timidez ―. Lamento conocerla en estos trágicos momentos. Espero verla pronto en mejores condiciones ―continuó tratando de mostrar una fuerza que no sentía.

Viktor la miró con orgullo, llevándose la mano que aún sostenía entre las suyas a los labios.

―Si nos disculpas, Violeta, tengo que llevar a Helena a la casa ―dijo sin quitar la vista de sus ojos. Girándose para mirar a la mujer agregó―: Los muchachos se ocuparán de todo hasta mi regreso, no te preocupes .

Dicho esto, montó detrás de su pequeña esposa y ordenó al caballo ponerse en marcha rumbo a su hogar.

Violeta los miró partir con una sonrisa en sus labios.

Se alegraba por Viktor, al parecer había encontrado alguien importante para él.

Eso la ponía feliz después de todo, eran amigos hacía tiempo.

Supo inmediatamente que la amistad con beneficios mutuos de la que disfrutaron algunas veces en el pasado llegaba a su fin.

Mejor así, pensó con cierta melancolía. No era mujer para encariñarse, ni para casarse otra vez.

―Raúl ―ordenó a uno de sus muchachos―. Quédate por si los empleados de Viktor necesitan ayuda.

Dicho esto, giró su montura y se puso en camino hacía sus dominios, hacia la tierra donde ningún hombre decidía sobre ella.

Hasta ahora, su aprecio por la libertad era más fuerte que la necesidad de compañía permanente.

Esperaba que siguiera siendo así. No le importaba pagar con su soledad aquello que le había costado sangre, sudor y lágrimas.

Helena y su esposo cabalgaban en un silencio que solo sus suaves sollozos rompían.

Las lágrimas le recorrían el rostro por el joven capataz muerto.

No había sido cercana a ningún trabajador de la estancia en estos meses que llevaba viviendo allí, pero sabía que su esposo lo consideraba un amigo.

No porque lo hubiera dicho, Viktor no hablaba con ella de esas cosas, pero había visto el trato entre los dos hombres y sufría por su pérdida.

La situación vivida esa tarde había sido tan intensa que los dejo agotados.

No podía siquiera imaginar en mover la boca para hablar, solo quería acostarse y dormir una semana, tal era el cansancio físico y mental que sentía.

Su marido llevaba las riendas con firmeza, así que se acomodó en su pecho y cerró los ojos, sintiéndose totalmente a salvo por primera vez ese día.

Él apreció el silencio. Se recreó en el calor que emanaba de su pequeño cuerpo.

Hasta en el peor momento él la deseaba y se reconfortaba con su cercanía.

Su cabeza no paró un solo segundo desde que emprendieron el regreso.

Lo primero sería dejar a Helena con su madre y sus hermanas.

Regresaría para hacerse cargo del cuerpo de Miguel.

Tendría que hablar con Carmen, se lo debía, aunque darle la noticia lo atormentaba.

También quedaba todo el asunto de la policía y encargarse de Medrano.

«Medrano», pensó. El muchacho les había mentido abusando de su confianza.

Aunque no era culpable de lo que hizo Ramírez; al menos eso creía.

De igual forma necesitaba interrogarlo para entender porque no dijo que su familia había vivido allí antes.

Los empleados de la estancia lo vigilarían hasta que pudiera encargarse de él.

En este momento Lautaro Medrano era el menor de sus problemas, su propia culpa por poner a su esposa en peligro y por la muerte de Miguel ocupaban todos sus pensamientos.

No había disparado, pero debió haber actuado antes de llegar a este final tan trágico.

En un galpón de la estancia, vigilado por tres empleados, Lautaro aguardaba para hablar con Böhm.

Se sentía como un delincuente esperando ser juzgado y en el fondo lo era.

Había escuchado decir a los peones que Helena estaba a salvo; eso al menos lo reconfortaba y aliviaba un poco su culpa.

«Si tan solo hubiese hablado», le angustiaba ser en parte responsable de la situación. Debería haber dicho que vio a Ramírez.

―Le conviene tener una excelente explicación, Medrano. ―La voz fuerte de Viktor retumbó entre las paredes de madera y las chapas del techo. El hombre se veía cansado.

―Yo creo que la tengo.

―Entonces, empiece a hablar.