Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

«El rescate»

V iktor no se permitió bajar el ritmo ni un segundo desde que salió a las carreras en la dirección indicada por Lautaro.

Atravesar las tierras de Violeta era fácil para alguien que conocía el terreno y el hombre que raptó a su mujer lo conocía, al igual que él.

Eso los empataba, solo se necesitaba una ventaja mínima para inclinar la balanza hacía uno u otro lado.

Benítez cabalgaba firme a su lado y un poco más atrás venían otros empleados de la estancia, todos leales a él.

Tenía que llegar a tiempo, no se perdonaría jamás si perdiera a Helena; la trajo a Misiones y la puso en peligro.

Si Ramírez la lastimaba para dañarlo a él no podría vivir con ese peso sobre sí mismo.

Clavó los talones en los flancos del caballo para hacerlo ir más rápido, cada minuto contaba, no podía darse el lujo de fallar.

Miguel seguía a su jefe de cerca, exigiendo a su montura tanto como el patrón reclamaba de la suya.

Seguía sin entender como el antiguo capataz había logrado hacer todo lo que hizo en Santa Teresa.

Viktor estaba cegado por la preocupación por su esposa como para detenerse a atar cabos, pero él no.

Ramírez tuvo ayuda de alguien de la estancia, era un hecho.

No podría haber hecho tanto de otro modo pensó con tristeza.

Tenían un traidor entre los empleados y era penoso, creía sinceramente que los peones eran todos de confianza.

La ausencia de Ramón le decía que por ahí venía el asunto.

El joven estaba siempre cerca tanto del jefe como de él mismo y conocía todo lo que ocurría en la estancia.

La falta del muchacho en la búsqueda confirmaba sus sospechas.

La pena lo embargó, había llamado la atención del empleado unos meses atrás por una falta menor.

Lo regañó delante de los demás trabajadores, un error que no solía cometer como líder.

¿Y sí eso puso a Ramón en su contra? Sabía que no había manejado bien la situación, ¿fue eso suficiente para conspirar contra el patrón?

Ramón no era un mal chico, un poco holgazán tal vez, pero se negaba a creer que fuera malo.

Una que otra represalia contra el ganado o las instalaciones eran una cosa, lastimar a la mujer del jefe eran palabras mayores.

Aunque todo indicaba que el traidor era él, rezaba por equivocarse.

Helena sintió como el estómago le daba mil vueltas.

Estaba boca abajo cruzada sobre la montura y los rebotes contra el caballo hacían que las náuseas subieran del estómago a su garganta.

El matón la había sorprendido cuando la tomó con solo un brazo y la extendió con tanta facilidad sobre lomo de la bestia, haciendo que aterrizara sobre la montura con un golpe seco que la dejó sin aire.

Ahora que pasaron unos minutos y se pudo recomponer comenzó a gritar.

―¡Auxilio! ¡Suélteme!, ¡desgraciado!, ¿adónde me lleva?, ¡ayuda!

―¡Cállese, maldita! ―exigió Cirilo furioso―. Cállese de inmediato o va a ver de lo que soy capaz ―amenazó tirando de sus cabellos con una mano mientras sujetaba las riendas con la otra.

El dolor envolvió su cabeza, pero no dejó de gritar.

¿Qué eran unos cabellos arrancados frente a su vida?

, se sujetó a la silla con las manos para no caer y no renunció a emitir gritos y maldiciones mientras Ramírez se debatía entre golpearla o sujetar las riendas para no perder velocidad.

Al final lo irritó tanto que frenó al caballo para sacudirla .

Helena se cubrió la cabeza con los brazos mientras Cirilo intentaba pegarle.

―¡Cállese, le dije! ―gritó frustrado―. ¡Cállese de inmediato!

Helena tuvo un miedo real y profundo por primera vez.

Hasta ese momento pensaba que el hombre la llevaba para pedir una recompensa, ahora vio la capacidad de hacerle daño que tenía y cuán a su merced estaba.

Cirilo bajo de la montura arrastrando a Helena con él con la intención de darle una lección.

Los dedos le picaban de las ganas que tenía de dar una paliza a la irritante mujer.

Una vez en el suelo alzó su brazo mientras la sujetaba del cuello.

Ella se encogió para recibir el golpe. Pero una voz frenó a Ramírez.

―Ni se le ocurra golpearla.

Cuando Helena alzó la mirada vio a su esposo que apuntaba al secuestrador rodeado por Miguel y algunos peones, todos estaban armados.

El alivio envolvió su cuerpo y aflojó la tensión.

Su sola presencia la hacía sentir a salvo, pese a que Cirilo la traía agarrada del cuello y su pistola estaba apoyada en su cabeza.

―¡Aléjese, Böhm! ―bramó Cirilo―. ¡Ordene a sus empleados que bajen las armas o la mato ahora mismo! ―amenazó. Presionó los dedos en el cuello de Helena y la pistola en su sien, mientras la sujetaba sobre su pecho, poniéndola de escudo entre él y los hombres que lo apuntaban con sus rifles.

―Suéltela y lo dejaremos ir ―ofreció Viktor.

El miedo lo consumía. Nunca se sintió tan desesperado, pero se obligó a guardar la calma, si vacilaba la vida de su esposa se esfumaría en un segundo.

Debía mantenerse firme. De ninguna manera dejaría que Cirilo volviera a montar con ella.

Sabía que si se volvían a subir a ese caballo sería imposible alcanzarlos.

También entendía que no podía presionarlo mucho, la vida de Helena estaba en manos del desgraciado.

Bajó del caballo y tiró su arma al suelo. Avanzó unos pasos con las manos en alto .

―¡¿Qué hace?! ―chilló el excapataz―. Le dije que no se acerque ―Dicho esto clavó los dedos con fuerza en la delicada garganta; la iba a estrangular. Helena sentía que el aire apenas lograba pasar hacia los pulmones―. ¡Diga a sus hombres que bajen las armas! ―volvió a ordenar a los gritos.

―Muchachos, bajen los rifles ―pidió Viktor, los peones dejaron de apuntar a Cirilo, pero no soltaron las armas. Ya no estaba en la mira de los empleados armados, aunque le podrían disparar en segundos si llegaba a hacer algún movimiento extraño.

Miguel había desmontado y se acercaba por un costado, el arma del patrón estaba en el suelo, a menos de un metro de donde Ramírez tenía agarrada a la señora.

Sin soltarla, separó el arma de su cabeza solo unos segundos para intentar arrastrarla hacia la montura.

En ese momento ella mordió el brazo que la sujetaba y el hombre soltó el arma, mientras maldecía y la empujaba hacia el frente.

―¡Helena abajo! ―gritó su esposo.

Helena cayó de rodillas y se tiró al suelo justo cuando Viktor dio la orden.

Ramírez recuperó el arma que se le había caído y le apuntó a ella. El disparo rompió el silencio y retumbó en sus oídos. El segundo disparo llegó solo un latido después del primero.

El olor a pólvora, invadía sus fosas nasales, Helena no quería levantarse, no quería ver. Cerró los ojos con fuerza y se acurrucó hecha un ovillo en el suelo.