Capítulo 29
«Retrasar lo inevitable»
H elena se daba cuenta de que no podía pasar más tiempo detrás de los matorrales sin que Ramírez la llamara, o peor, la fuese a buscar.
Según sus cálculos demoró sus buenos diez minutos mientras fingía desatar su ropa y agacharse.
Pero una vez que volviera a estar cara a cara con el hombre, la subiría nuevamente al caballo para seguir viaje donde sea que los llevara.
La resignación la embargó, pero logró reponerse.
No iba a perder la esperanza, no con la suerte del niño atada a la suya.
Con lentitud se acomodó la ropa, se incorporó y se puso a la vista mientras ataba su cinto.
―¡Apúrate, mujer! ―ladró Cirilo―. Déjate de demoras inútiles, nada de lo que haga traerá ayuda para ustedes. Pasaran las horas antes de que tu marido se entere siquiera de que están en peligro. ¡No ponga a prueba mi paciencia, señora! ―escupió.
―Solo un minuto más ―gritó Helena desde donde estaba.
―¡Dije que vuelva ahora!
El sonido del arma preparándose para el disparo, la hizo saltar. Sin demorar más, inició el retorno, mientras ideaba que más podía hacer para demorarlos.
Lautaro se había acercado lo suficiente como para aprovechar cualquier cosa que moviera la balanza contra Ramírez, tenía el revólver amartillado con la mira puesta en el maleante, solo necesitaba un tiro limpio.
Vio como Helena se acercó despacio con elegancia, como si no la hubiese apurado a los gritos.
Observó como tropezó con una piedra casi cuando llegaba al hombre y al niño que la esperaban.
Eso le dio una oportunidad, pues Cirilo bajó el arma para agarrarla del brazo.
Lautaro aprovechó para apuntar directamente al hombre.
―Suelte a la señora ―ordenó saliendo del monte.
El excapataz lo miró con odio en el rostro.
―Debió alejarse de Santa Teresa ―escupió mirando a Lautaro fijamente―. Ahora todos sabrán que espiaba al patrón.
Helena dirigió su vista a Medrano y sintió un gran alivio al ver el arma, pero las palabras de Cirilo la confundieron, ¿espiaba a Viktor?, ¿por qué? ¿Cómo se conocían ambos hombres? Eran demasiadas preguntas sin respuestas, pero ella conocía a Lautaro, era un amigo de la familia ¿No?
―Pero no lo hice ―lo desafió Lautaro―. Ahora deje el arma y suelte a Helena ―volvió a ordenar.
Todo ocurrió tan rápido que ninguno tuvo tiempo de vaticinar lo que ocurriría.
Ramírez agarró a Bruno y lo arrojó sobre Lautaro lo que hizo que ambos cayeran al suelo.
En un movimiento fluido, saltó sobre el caballo y tomó las riendas con una mano mientras con la otra agarraba a Helena de la cintura y la izaba hasta su regazo. Luego salió disparado al galope.
Lautaro soltó una maldición mientras tomaba el arma que estaba caída en el suelo y disparaba dos veces al aire, esperaba que alguien pudiera oír los disparos. Sentado en la tierra abrazó al niño que tomaba su bracito entre lágrimas. Lo quiso tocar para verlo, pero Bruno gritó.
―Creo que puede estar roto ―dijo suavemente mientras se sacaba la chaqueta―.
Tenemos que hacer que no se mueva hasta que el doctor te pueda curar ―agregó, mientras improvisaba un cabestrillo para el niño con la prenda.
Su tobillo latía dolorosamente, la caída lo había torcido, aunque no creía que estuviera quebrado.
Bruno se dejó hacer, acurrucado en el regazo de Lautaro quién cerró los ojos, agradecido al escuchar los cascos de los caballos acercarse. No llegó a abrirlos antes de escuchar una voz conocida dirigirse a él.
―¡Suelta a Bruno! ―gritó Erika desde su montura y apuntó a Lautaro con su escopeta.
Levantó la mirada y vio el arma empuñada por la mujer que no lo dejaba dormir. Su ceño fruncido y la mirada rígida revelaban que el motivo de su presencia en Santa Teresa había sido descubierto.
―Erika…
―¿Dónde está mi esposa? ―bramó otra voz que llegaba desde más atrás.
―No pierdan tiempo conmigo ―pidió Lautaro dirigiéndose a Viktor con firmeza―. El hombre se la llevó hacia aquella dirección ―mostró señalando el monte que se extendía ante ellos―. Intenté detenerlo y solo logré que el bastardo lastimara a Bruno.
―Él dijo que teníamos que llegar al rio ―agregó el pequeño con timidez.
―Va a atravesar la estancia de la viuda Aguirre ―adivinó Viktor―. ¡Tito!, ve hasta la casa de doña Violeta y avisa que vamos a buscar a Ramírez en su estancia y que nos envíe toda la ayuda que pueda.
El peón salió al galope a cumplir las órdenes de su patrón.
Viktor se preparó para salir disparado hacia donde Lautaro indicó, pero antes ordenó―: Erika, vuelve con Lautaro y Bruno a la casa, el chico necesita un médico.
¡Gabriel! ―llamó a los gritos a un joven empleado―, acompáñalos y vigila a Medrano hasta mi regreso.
―Luego azuzó al caballo para correr tras su esposa .
Erika desmontó y dejó el arma en las alforjas del semental. Acercándose se agachó junto a ellos para hablar con el niño.
―Ven Bruno, te llevaré a la casa.
El niño se aferró al cuello de Lautaro. El impacto de lo ocurrido no había pasado aún y el joven era para él su ancla.
―Yo lo llevo. Mi caballo está allí atrás entre los árboles. ¿Podrías traerlo?, creo que puedo montar, pero no soy capaz de dar un solo paso con este tobillo lastimado.
Erika desvió la mirada hacía sus pies con preocupación, aunque rápidamente se recompuso y volvió a mirarlo con malestar.
De todos modos, se dirigió a buscar su montura sin protestar.
Lautaro pensó que prefería a la Erika aguerrida antes que ver la tristeza con que lo miró solo un momento atrás.
Ya vería la forma de arreglar las cosas con ella.
Se explicaría, daría sus motivos y le diría cuanto le importaba.
―Eri… ―comenzó a decir antes de ser interrumpido. ―Ni una palabra Lautaro, ni una palabra ―Y girándose hacía él agregó―: Y no me llames así…, nunca más.
En silencio logró levantarse y con su ayuda subió a Bruno al caballo para después montar él mismo con torpeza.
La marcha hacia la casa era silenciosa. Erika pasaba de odiar a Lautaro a maldecir a su hermano por dejarla con él.
¿Por qué era tan débil? Una sola mirada y volvía a sentir el calor y la fascinación que siempre habían caracterizado sus encuentros.
Y él, trataba de explicarse. Estaba tan dolida por su engaño que se negaba a escucharlo, sabía el poder que tenía sobre ella.
Que le diera las explicaciones a su hermano, ella no pensaba darle la oportunidad de volver a engañarla.