Capítulo 28
«Marcha forzosa»
R amón se alejaba apurado de la casa, cumplir las órdenes de Ramírez se había complicado cada vez más, hasta que todo fue cuesta abajo; el hombre era malo, mucho más de lo que una persona simple como él podía justificar.
Después de realizar el primer encargo ya estaba arrepentido de la alianza con el antiguo capataz.
Un día de enojo lo puso del lado incorrecto y ahora no sabía cómo salir.
Al principio los encargos eran sencillos, como dejar el corral abierto, robar alguna vaca.
Pero últimamente estaba fuera de sí. El intento de incendiar los galpones había sido malo, pero la matanza de reses previa lo dejó asqueado.
Y su último plan…, no quería ni pensar en el último plan del hombre.
Ramón cayó en la red de Cirilo Ramírez como una mosca cae en la tela de una araña.
Estaba tan enojado con Miguel, ya ni recordaba porqué.
En el bar del pueblo bebió hasta la inconciencia y allí fue donde su viejo jefe lo encontró.
El hombre le prestó la oreja, sin dejar nunca de echar leña al fuego.
Diciendo lo que quería oír, lo convenció de la injusticia y la necesidad de cobrarse.
Medio aturdido accedió a ayudarlo y, para cuando se quiso alejar, el malandra lo tenía agarrado de sus acciones pasadas.
Ahora estaba atado a Cirilo y caería con él.
Ramón era los ojos del excapataz en la estancia y le informaba todos los movimientos de la familia.
Le había ordenado vigilar a la esposa de don Viktor.
Esa misma mañana la vio salir y corrió a informar a Cirilo que acechaba en el monte.
Ramírez le dio una carta para entregar a la familia y se marchó a seguirla.
Le ordenó esperar dos horas antes de entregarla, pero Ramón sintió que le debía a la familia una pequeña lealtad, tal vez esa pequeña desobediencia marcaría la diferencia para doña Helena.
Él ni siquiera sabía leer, ¿cómo iba saber lo que decía?
, vio que se armaba revuelo y después de avisar a Miguel, tal como el patrón le pidió, se alejó rumbo al monte.
Tal vez si encontraba a Cirilo pudiera impedir que le hiciera daño a la señora.
No conocía sus planes, aunque la última vez que lo vio la locura le nublaba los ojos; el rostro desencajado y lunático le dio terror.
Ya no solo temía a la ley, sino a que su equivocación llevara a un desenlace tan definitivo, que su conciencia no pudiera sopórtalo.
Él no era un hombre malo, solo era rencoroso y tenía un problema con el alcohol que se había apoderado de todo su ser.
Esperaba no llegar tarde para lo que sea que Ramírez hubiera planeado.
Miguel Benítez llegó apresurado y vio a Viktor atravesar la galería y dar órdenes a los gritos, en la mano sujetaba un pedazo de papel.
―¡Miguel, Tito!, rápido, ¡llamen a los peones!, ¡traigan mi caballo! ―gritaba desesperado sin soltar la nota―. Tienen a mi esposa, ¡de prisa!, no podemos perder tiempo. ¡Vamos! ¡No demoren!
Viktor estaba asustado. La nota que recibió no tenía remitente y decía “tengo a su esposa”.
Dadas las recientes revelaciones sobre Medrano, estaba seguro de que el joven era responsable del rapto.
«Por Dios, solo haz que ella esté a salvo», rogó aterrado.
No sabía que pensar de Lautaro, los engañó.
Mintió sobre lo que buscaba, se aprovechó de su amabilidad.
Si era el hijo del anterior dueño de la estancia, quizás buscaba vengarse o recuperarla.
No sabía que pensar; podría lastimar a Helena.
El terror recorrió su cuerpo y dejó su piel erizada, un sudor frio goteó por su cuello ante la idea de que ella resultase dañada de alguna forma.
Decidido a hacer lo que fuera para encontrarla, se giró hacia la puerta de la casa y vio como Erika salía y cargaba su wínchester.
―¿Dónde crees que vas? ―preguntó a su hermana.
―Voy con ustedes a buscar a Helena. ¿Qué crees? ―respondió ella con firmeza.
―No es seguro, será mejor que te quedes.
―Tengo más puntería que cualquiera de los peones, incluso más que tú. No vas a prohibirme participar de la búsqueda, Viktor.
Erika se preparó para resistir la negativa de su hermano, pero esta nunca llegó. Viktor debía estar muy desesperado si le permitía ir con los hombres.
―Prometo quedarme atrás ―añadió frente al silencio de su hermano.
Viktor solo asintió con un movimiento brusco de cabeza.
Los peones llegaron al frente de la casa con los caballos.
Cuando Erika tomó una montura, su hermano ya salía del camino que llevaba a la casa.
Lo hombres se separaron en varios grupos para barrer los alrededores de la casa.
Ella salió tras su hermano. No dejaba de pensar que alguien tendría muchas explicaciones que darle.
«Maldito Lautaro». Secuestrar a su cuñada superaba cualquier cosa que hubiera pensado de él.
«¿Por qué?», la pregunta no dejaba de girar en su cabeza.
Sabía que él no era todo lo que decía, «¿pero un secuestro?
, ¿tanto se había equivocado?, ¿Podría perdonarse si algo le pasaba a Lelé?
» Ella había visto a Lautaro revisar los papeles de Viktor y no había dicho nada, ahora se arrepentía de esa decisión.
Sin dejar de torturarse con estos pensamientos, cabalgó hasta alcanzar a su hermano.
Ajeno a los pensamientos de Erika, Lautaro seguía el camino del secuestrador y sus víctimas.
Cabalgaba a cierta distancia para no ser visto, iba detrás de Ramírez y sus cautivos sin perderles el rastro.
Ya llevaba unos quince minutos, no mucho más, siguiendo al trío.
Por suerte el monte le ofrecía el escondite perfecto y la distancia ocultaba cualquier sonido.
Vigilaba y esperaba la oportunidad para enfrentar al malandra y rescatar a Helena y a Bruno.
No sería fácil estando solo, pero no tenía tiempo ni forma de avisar a nadie.
Si se daba a conocer antes de tiempo podría empeorarlo todo.
Desde su posición encubierta, oía como Helena no paraba de parlotear y Bruno de quejarse. Era evidente que le estaban haciendo la vida imposible para demorar la marcha. Aunque era una actitud inteligente de parte de ellos, esperaba que eso no causara que el hombre se enojara y tomara represalias.
―¡Eres una mujer imposible! ―gritó Cirilo―. Si no dejas de quejarte y molestar le dispararé al niño ―amenazó con maldad mirándola a los ojos.
Callándose de inmediato, Helena se estremeció. hacía todo lo posible para retrasarlos y entorpecer la marcha, pero si el hombre decidiera lastimar a Bruno no habría nada que ella pudiera hacer para impedirlo.
―Necesito un momento de privacidad ―rogó ella, recurriendo a lo último que se le ocurrió―, tengo una urgencia que no puedo aliviar aquí.
―¡Aguanta! ―ordenó.
―Es lo que vengo haciendo, ya no puedo aguantar más.
El tipo la miró con enojo. Desmontó y la bajó del caballo sin soltar las riendas ni dejar que el niño descendiera.
―Hazlo aquí ―gruñó .
Helena se ruborizó con vergüenza, no tenía intenciones de hacer nada, pero, solo pensar en que pretendiera verla en un momento así la horrorizó.
―No puedo hacerlo si me está viendo, no es correcto.
―Aquí no hay nada correcto más que lo que yo digo, mujer ―juró en un tono bajo y amenazante.
―Lo…, lo siento, no puedo ―suplicó ella.
Cirilo estaba decidido a exigir que hiciera lo que necesitara allí, a su vista, pero ante la posibilidad de seguir discutiendo eternamente con la mujer cedió. Ya le estaba haciendo perder el tiempo de una manera inaudita, nunca llegarían al rio si seguía así.
―Allí, detrás de esos matorrales. Sin tretas ni demoras señora Böhm ―rugió apuntando a Bruno con el arma―. Un paso en falso y le disparo. Yo que usted no intentaría nada, salvo que el pequeño no le importe, claro. Pagarían bien por él en algunos burdeles ―amenazó.
Helena lo miró con miedo y asco. El hombre era capaz de cualquier cosa, lo veía en sus ojos fríos y sin vida, arrebatados por la locura.
Pensar en Bruno en un lugar así le produjo nauseas.
También podría llevarlos a ambos a uno de esos establecimientos ilegales.
No sabría mucho del mundo, pero era consciente que en un lugar como Misiones sobrevivían fácilmente muchos negocios al margen de la ley, incluso esos que revolvían el estómago de solo pensarlos.
Se alejó unos pocos metros para ocultarse detrás de unas plantas.
Se agachó y fingió aliviar el llamado de la naturaleza mientras pensaba en otras maneras de ganar tiempo hasta que los rescataran.
De algo estaba totalmente segura, si lograba sacarlos de las tierras de Viktor, no habría esperanzas para ellos; debía demorar la marcha todo lo que pudiera.
Lautaro vio de lejos que se detenían y se acercó sigilosamente.
Dejó su montura y continuó a pie hasta ubicarse a una corta distancia.
Seguía oculto, pero desde aquí podía ver y oír todo.
Esta era una oportunidad que debía aprovechar, quién sabía si Helena sería capaz de convencer nuevamente al desgraciado de parar.
Debía actuar ahora. No habría una oportunidad mejor.
Pero tenía que ser en el momento exacto, para que Ramírez no pudiera lastimar a Helena ni a Bruno, a quién apuntaba con su arma para coaccionar a la mujer.
Solo unos minutos después Viktor y Erika escucharon un disparo.
El sonido que brotó de la selva espantó a los pájaros que pintaron el cielo de manchas oscuras al abandonar con urgencia las ramas en las que estaban posados.
Sin decir nada salieron al galope hacia el lugar de donde provenía el sonido.