Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 27
80%

Capítulo 27

«Un secuestro»

L a sombra de un hombre montado se alzó sobre la mujer y el niño que con su inocencia trataba de consolarla.

Seguían arrodillados en el suelo, entonces un inmenso caballo casi los pisó.

Al alzar la vista, Helena vio al jinete.

Era enorme, de bigote y barba tupida; los miraba intensamente, sus duros ojos oscuros parecían querer traspasarlos.

―Que encuentro tan afortunado ―dijo el extraño―, un regalo así no puede dejarse pasar: la esposa y el sobrino de Böhm ―finalizó y levantó su sombrero en una clara burla.

―¿Quién es usted? ―exigió Helena, mientras se ponía de pie y colocaba a Bruno detrás de ella.

―Un amigo ―respondió el hombre mientras sacaba una pistola de su montura y los apuntaba―, y ahora ustedes vendrán con este buen amigo. ―Una carcajada reverberó en su pecho y salió burlona de su boca―. Ahora soy su mejor amigo. Sí, ustedes dos vendrán conmigo ―decretó.

Lautaro había salido temprano de la casa.

Tomó una montura de los establos de Viktor y recorrió los alrededores de la casa.

Trataba de ordenar sus pensamientos. Su cabeza era un lío.

Los nuevos sentimientos se oponían a los viejos, las lealtades se cruzaban y embotaban su mente.

Cada idea que llegó con él a Santa Teresa se había disuelto como azúcar en agua caliente.

Lo que un día pensó que estaba claro como el cristal ahora se volvía turbio.

Nada era lo que parecía y ahora no sabía qué camino seguir.

Cabalgó más de una hora hasta que, decidido a dejar descansar al animal, lo ató a un árbol cerca del arroyo mientras él se sentaba bajo las ramas a pensar.

Todo lo que pensaba lo confundía aún más.

Sin que lo esperara, un sonido extraño lo puso alerta.

Desde su lugar entre los árboles vio a un hombre montado a caballo, abajo estaba Helena con Bruno, no veía bien por la distancia en la que se encontraba.

Creyó reconocer a quién meses atrás lo había querido chantajear cuando lo vio espiar a la familia en el cementerio, ahora se arrepentía de no haberlo delatado.

Calló para no exponer que él mismo era una espía.

Estaba casi seguro de que era el culpable del incendio del que Viktor le habló hacía unos pocos días.

Palpó el revólver que llevaba prendido al cinto, cerca de su cadera derecha, y se acercó despacio para poder ver la situación sin perder la ventaja de permanecer oculto.

El intercambio parecía vehemente, lo que decía el hombre hizo que la dama pusiera al niño tras ella.

El forajido desmontó, lo que vio a continuación lo horrorizó, apuntaba a Helena con una pistola.

La discusión continuaba, aunque no llegaba a oír nada.

No sabía cómo proceder, temía darse a conocer y que lastimara a Helena o a Bruno.

«¡Qué hombre más horrible!», pensó Helena. Además de la falta de respeto y actitud burlona con que le hablaba, ante su negativa a seguirlo había sacado un arma, ¡El muy desgraciado les apuntaba! El día no podía empeorar más. Toda la tristeza dio paso a la indignación, ¡era tan injusto!

―¿Qué cree que está haciendo? ―preguntó enojada .

―Ustedes vienen conmigo ―contestó burlón.

―¡No haremos tal cosa! ―gritó Helena indignada―, ¿quién se cree usted para darnos órdenes?, el niño y yo aquí nos quedamos ―aseguró. Para demostrarlo, clavó los pies en el piso y colocó a Bruno tras ella.

Sin dejar de apuntar, tomó a Helena del brazo, hundiendo sus dedos con crueldad.

―¡Vamos! ―ordenó―. Suba al caballo ahora señora. Haga lo que le digo o dispararé al niño. No me haga enojar.

Helena estaba espantada, pero no quería asustar más a Bruno.

Estaban alejados de la casa, nadie sabía que estaban allí, nadie podía oírlos.

Observó al agresor y se le puso la piel de gallina.

Algo malvado lo rodeaba y era evidente que no se detendría en lo incorrecto que sería dañar a mujeres o niños.

―¡Suba le dije! ―se impacientó el villano.

No sabía cómo hacer para montar. Tampoco la estatura le daba para alcanzar el lomo de la bestia.

―¿Cómo se supone que suba?, ¿no ve que está muy alto para mí?

Cirilo se percató que la mujer tenía razón, era bajita y el potro era enorme. Cambió la dirección del arma para apuntarla pegada a su costado.

―No me dé problemas o voy a dispararle.

Dicho esto, la alzó y puso sobre la montura. Helena se agarró a la silla para no caer, también izó a Bruno delante de ella y monto detrás. El robusto caballo podía soportar el peso de llevarlos a los tres, pero no podría hacerlo galopar a menos que quisiera que alguno cayera.

Emprendieron una marcha lenta pero constante. Quería salir cuanto antes de las tierras de Böhm; una vez en la costa, nada lo detendría .

―¿A dónde nos lleva?

―Pronto lo verán.

―¿Quién es usted?

―Solía trabajar aquí. Toda esta peonada me respondía, yo era el capataz de estos campos hasta que su esposo me echó.

Helena se estremeció, así que este era el hombre del que había hablado su suegra con Viktor, sobre quién el comisario la había alertado.

―¿Qué quiere de nosotros?

Las preguntas no cesaban, así que dejó de responderlas.

Sobre el corcel, Cirilo protestó con un gruñido ininteligible, la mujer era insoportable, no había dejado de quejarse desde que la encontró.

Le producía dolor de cabeza ese chillido constante, pero apretados como estaban sobre la montura no podía sacudirla o abofetearla para que se callara sin riesgo de caer.

Gracias a su cómplice, Ramón, había podido atrapar a la mujer.

El joven peón, le avisó que la muchacha salía de la casa sola.

El niño era una complicación, pero no iba a dejarlo.

Sería aún más duro para Böhm perder a su esposa y a su sobrino juntos.

Un doble golpe para quién tanto le debía.

Haber enviado una nota al hombre le daba una sensación de triunfo extraordinaria, pasarían horas antes que la recibiera.

Cuando su antiguo jefe saliera a buscarlos, ellos ya estarían muy lejos.

A cierta distancia, oculto por el follaje, un par de ojos no perdían de vista al trío montado.