Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

«Malos entendidos»

E rika estaba intranquila, había hecho algo de lo que no estaba segura y ahora la ansiedad la embargaba.

Pese a los momentos compartidos y a los sentimientos que Lautaro le generaba, la sensación de duda no se iba.

Se había despertado feliz. Rememoraba cada palabra y gesto compartido.

Pero, con el correr de la mañana, las barreras que caían por la atracción volvían a erigirse entre ellos y entonces toda la inquietud y el remordimiento regresaban con fuerza.

Él había llegado a Santa Teresa unos días atrás, invitado por su hermano.

Había renunciado a evitarlo y conversaron varias veces.

La noche anterior, como cada vez que se encontraba con él a escondidas, todas esas sospechas volaron lejos y la imprudencia se adueñó de ella.

Entró a la biblioteca, buscaba un momento para pensar. Creyéndose sola suspiró y quitó de su rostro la máscara de alegría que siempre llevaba frente a su familia, cambiándola por una de preocupación. ¿Qué había hecho? Se acercaba a las estanterías cuando su hermano la llamó.

―Erika, ¿Buscas a alguien?

Sobresaltada miró tras el escritorio, allí su hermano estaba sentado. El alto sillón orejero lo había mantenido oculto de su vista al entrar.

―No, claro que no buscaba a nadie. ¿A quién buscaría? No sabes lo que dices ―se apresuró a responder .

―Te pones nerviosa con solo una pregunta. ¿Qué te sucede?

Viktor miró a su hermana con preocupación. No era propio de ella ese andar cauteloso y abatido. Tampoco era común ver la preocupación en su rostro, al contrario. Era naturalmente alegre, impetuosa, la energía entraba con ella a cada habitación por la que pasaba. Por eso era tan raro verla así.

Ella lo miró a los ojos. ¿Podía confiar en su hermano?, las dudas duraron un segundo, este era Viktor después de todo, no existía nadie más confiable que él.

―No lo sé, tal vez solo sean cosas mías, siento que hay algo extraño con Lautaro.

―¿Lautaro? ―preguntó Viktor―. Esa es mucha confianza para con el joven Medrano, ¿no lo crees?

El rostro de su hermana se volvió rojo, lo que levantó las sospechas de Viktor que arqueó una ceja arrogante.

―El señor Medrano es raro ―insistió ella. Lo había pensado mucho la noche anterior, después de verlo a escondidas. Y esa mañana, aunque despertó feliz, enormes dudas la acosaban.

―¿Por qué lo dices Erika?, ¿ha hecho o dicho algo malo?, ¿te ha importunado de alguna manera? ―preguntó Viktor con cautela, aunque decidido a saberlo todo.

―No ―contestó rápidamente antes de que su sagaz hermano adivinara lo que ella no quería contar―. No es nada concreto ni tengo pruebas, pero… ¿No notas nada extraño en sus visitas?

―No lo he pensado, es un muchacho nuevo en el campo que busca consejos, al menos eso veo yo.

―No lo sé, tengo mis dudas.

―Erika, ¿no será que has puesto los ojos en el muchacho y estas ofendida porque él no siente lo mismo?

Erika volvió a enrojecer. Si su hermano supiera.

―Claro que no. ¿cómo crees que podría confundirme así ?

―Quizá no sepas interpretar su interés ―dijo Viktor, después de todo su hermana era impetuosa pero un poco inocente.

―No lo creo. No confundí nada porque no hay nada ―mintió―. Que lo que ocurre entre tú y Helena sea visible para todos no quiere decir que todo el mundo sienta lo mismo.

―¿Lo que ocurre entre Helena y yo? ¿Qué quieres decir con eso?

―Vamos Viktor, que están enamorados, que más querría decir. Eso es evidente.

―No estoy enamorado de Helena ―protestó Viktor, porque no lo estaba, ¿no?

―No te enojes, solo pensé…

―Es un matrimonio práctico, claro que no la amo, Erika. Ella lo sabe, yo lo sé. No hay mucho más que decir.

Su hermana lo miró incrédula, Viktor desvió la mirada y sintió el peso de la mentira sobre sus hombros. Pero, ¿a quién mentía?, ¿a los demás o a sí mismo?

Helena estaba en el pasillo, casi llegaba a la biblioteca cuando escuchó a su esposo.

Venía corriendo a contarle que en la carta que recibió esta mañana, su madre le contaba que Josefina estaba de regreso.

Eso la puso feliz, la preocupación por su hermana nunca había dejado de estar presente; era una constante para ella en los últimos meses.

«claro que no la amo», el dolor se hundió como un puñal en medio de su pecho y ya no escuchó más.

Así como el humo de una fogata se esfuma con el viento, la breve felicidad que había probado se desvaneció ante sus ojos.

Una tristeza espesa y venenosa se disparó por todo su ser, quemándole el alma y desgarrando su corazón en miles de fragmentos diminutos que, como pequeños cristales, brincaban a su alrededor.

Desde el principio de su trato con Viktor supo cómo serían las cosas entre ellos, pero eso no impidió que su corazón hubiera albergado un atisbo de esperanza.

No concebía que todo lo que sentía fuera tan unilateral.

Fue una tonta por esperar un cariño que no llegaría nunca.

La desesperación empezó a corroerla y la necesidad de escapar se tornó imperiosa y fundamental.

Así que corrió. Corrió tras pasar el umbral de la casa y la galería, siguió acelerando el paso después de llegar a los corrales y continuó su loca carrera para atravesar la plantación de yerba, hasta perderse entre los árboles.

Con cada pisada, la angustia crecía en ella y la sensación de desesperanza la absorbía y amenazaba con tragarla hasta no dejar nada.

Bruno haraganeaba en los establos cuando vio a Helena trotar apresurada. Con la curiosidad propia de un niño, la siguió a través de los árboles de yerba mate para encontrarla arrodillada en el suelo, estaba llorando.

―Helena ―llamó el niño―. ¿Helena que te sucede?, ¿qué pasó?, ¿están todos bien en la casa? ―preguntó asustado. Habiendo perdido a su madre sin siquiera conocerla, a Bruno lo aterraba que algo horrible les pasara a sus tíos o a su oma . El niño había crecido en ausencias.

―Bruno ―contestó ella entre sollozos―. No ocurre nada, no te preocupes ―. Trató de sonreír para tranquilizar al pequeño, no quería espantarlo o que pensara lo peor.

―No llores ―pidió el niño y la abrazó.

El alma rota de Helena recibió el abrazo del pequeño como un bálsamo dispuesto para reparar su herido corazón.

Mientras los sollozos se hacían cada vez más débiles, devolvió el abrazo y se dejó envolver por la ternura y la inocencia de Bruno.

Una enorme determinación creció entonces en ella, podía derramar su afecto en ese niño y si bien su vida no sería completa tampoco sería un desperdicio.

Mientras derramaba sus sentimientos en ese abrazo, una sombra oscura se acercó hasta ellos.

Ni la mujer ni el niño escucharon llegar al intruso hasta que fue demasiado tarde.