Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

«La maldad observa»

V iktor no le había contestado».

Helena lo acorraló para poder hablar, algo que buscaba sin lograrlo desde el día en que aprendió a amasar pan, cuando la sedujo con éxito cerca de las cocinas.

Viktor resultaba muy convincente arrastrándola al dormitorio a plena luz del día, en cualquier momento.

Llegar tarde a almorzar era un poco vergonzoso, pero valía la pena.

Su esposo escapaba de la conversación como de la peste, poniendo cualquier excusa.

Ver el ahínco que ponía para evitarla, la impulsó a empeñarse más en lograr una respuesta.

Había decidido preguntarle lo que sentía por ella, sin mediar ningún tipo de anticipación o introducción. Ya estaba cansada de andar en círculos.

―Quería preguntarte una cosa ―dijo ella y él lo percibió como un ataque. Se quedó mudo. Miraba para todos lados y trataba de escapar. Uno de los empleados llegó e interrumpió la posible respuesta.

―Patrón ―dijo Tito―, Miguel lo está buscando. Necesita su opinión sobre una cerca.

―Claro Tito. Si me disculpas Helena ―dijo dirigiéndose a ella.

―Claro. Debes ir ―contestó frustrada, pero sin otra opción más que dejarlo pasar, «por ahora», pensó con convicción .

Entonces escapó. Durante el día se mantenía ocupado y como todas las otras; esa noche volvió tarde.

Aurelia entró al despacho de su hijo y cerró la puerta tras sí.

«Que extraño» pensó Viktor y alzó la vista de los papeles que revisaba, su madre no era propensa a los secretos.

Estaba escondido porque quería evitar una charla con su esposa.

Las cosas iban bien, por su culpa. No podía manejar las palabras para no herirla.

¿Qué diría si le preguntaba que sentía por ella?

No podía responder. Ella sabía que él la evitaba y la tristeza que veía en sus ojos lo atravesaba como un rayo.

Quitó esos pensamientos de su mente y se concentró en su madre que, sentada frente a él, lo miraba con curiosidad y preocupación.

―Hoy estuve en Candelaria ―dijo la mujer lo que sorprendió a Viktor. Un poco esperaba que lo buscara para hablar de Helena.

―No lo sabía ―respondió aliviado.

―Saludé a algunas amigas, ya sabes, un poco de chisme aquí y allí. Vi al comisario Estévez porque su esposa es mi amiga y la he visitado.

―Si, lo recuerdo.

―Me dijo que pasaste por la estación de policía después de la matanza de ganado. Ya lo sabía, claro. Me dio un mensaje para ti.

―¿El comisario?, ¿qué descubrió?

―Por desgracia no mucho. Pero, me dijo que te avise que vieron a Ramírez en el pueblo. Al parecer estuvo bebiendo en la cantina del puerto.

Cirilo Ramírez, su viejo capataz. Viktor despidió al hombre unos años atrás, lo descubrió cuando humillaba y maltrataba a un peón.

Viktor no soportaba el abuso y verlo pegar con el rebenque al joven muchacho fue demasiado.

Lo peor era que Erika, que en aquel momento tenía catorce años, fue quién presenció todo.

Asustada corrió a buscarlo y así, fue como se encontró con la escena.

Al parecer también era desagradable con las esposas e hijas del personal. No dudó, lo echó de inmediato.

―Lo último que supe de él, fue que se embarcó para trabajar en el alto Paraná, como mensú .

«Mensú» . La palabra más temida por la peonada quedó repicando en el aire.

Era sabido que, en las plantaciones alejadas de los pueblos, el trabajo esclavo era la norma.

Los prostíbulos y bares de los puertos eran el lugar donde el alcohol y las mujeres endeudaban a los hombres que desesperados firmaban la contrata para seguir de fiesta.

Al otro día eran arrastrados rio arriba por los reclutadores para trabajar en los yerbales. Solo unos pocos regresaban.

Aurelia se puso seria.

―No lo habrá pasado bien en el obraje, eso puede explicar que quiera hacernos daño.

―Puede ser ―dijo Viktor. Ramírez poseía motivos para odiarlo, solo que su presencia en el pueblo no explicaba el primer ataque, ese que ocurrió seis años atrás, cuando aún era su empleado. Tal vez solo era lo que creyó en ese momento, un intento de robo de ganado que salió mal.

―Al menos volvió, solo Dios sabe los sufrimientos que pasa un hombre en esas plantaciones.

Viktor lo sabía y si no era en carne propia era gracias a la mujer que tenía enfrente.

Su madre lo salvó la vez en que él mismo casi cae en las redes de los embaucadores que captaban a los distraídos.

Apenas era un adolescente, enojado y furioso por la muerte de su hermana mayor.

Llegó junto a otros muchachos a uno de esos establecimientos, bebieron y apostaron hasta quedar sin dinero.

Ese era el momento en que, a cambio de crédito para continuar con las apuestas y la bebida, los hombres firmaban su sentencia.

Tuvo suerte, alguien alertó a Aurelia que fue a buscarlos a la cantina, les hizo pasar la peor vergüenza de sus vidas, pero salvó a los tres jóvenes. Le debía mucho a su madre, aunque nunca hablaran de aquel episodio.

Viktor aprendió la lección, no volvió a beber y se prometió salir de la pobreza.

Fue así como empezó su largo camino de superación.

Otro de sus amigos no tuvo tanta suerte, había vuelto a beber y apostar, terminó embarcado río arriba.

No lo volvieron a ver. Por eso empleaba a muchos peones que venían de las plantaciones, los mensú , como se les nombraba por el carácter mensual de las contrataciones.

Firmaban por un mes y ya no volvían. En las plantaciones todo era de la compañía, incluso la poca comida que podían comprar a precios altísimos.

Eso hacía que volvieran a firmar contratos, vivían endeudados y ya no lograban escapar.

La selva y las enfermedades terminaban con sus vidas.

Los que sobrevivían, regresaban con el alma rota y no era raro que fuesen víctimas nuevamente.

―Voy a decir a Benítez que esté atento, que redoble la vigilancia ―prometió.

Las novedades preocuparon a Viktor, Ramírez era una mala persona y alguien así con resentimiento era peligroso. Mucho temía que la próxima vez no se limitaría al ganado.

Días después el hombre miraba con recelo a la familia que disfrutaba de la tarde bajo la arboleda junto al arroyo.

De lejos veía la alegría que compartían.

Su expatrón se había casado, una cosita bonita era su esposa, pequeñita, rubia y delicada.

No como sus hermanas, esos dos marimachos que usaban pantalones y andaban muy sueltas haciendo cosas de varones.

¡Cómo lo irritaban con esas costumbres! Le molestaba que las mujeres no fueran sumisas, a él le gustaban sometidas.

Disfrutaba el placer de atormentarlas antes de tomar lo que quería de ellas.

Quizá disfrutaría de la delicada mujercita que su anterior jefe había traído a la estancia. Sería una venganza justa, pensó.

Ser capataz le dio poder, los peones lo respetaban y le temían, las mujeres no se negaban a sus deseos.

Todo se lo habían quitado al echarlo como a un perro.

Perder su trabajo y los beneficios adicionales que le reportaba lo sumió en la desesperación y el odio.

Fue imprudente con la bebida y terminó en un obraje en el alto Paraná.

Logró escapar gracias a su falta de escrúpulos.

Cirilo Ramírez no era un hombre que tuviera consideración por nadie que no fuese él mismo; y el que le debía, le pagaría.

No siempre fue así, pensó con tristeza. Hubo un tiempo en que supo ser amable y hasta sentir afecto. Todo se lo arrebataron a golpes, primero su padrastro y después la vida. En el mundo existían hombres afortunados y otros sin suerte; él era uno de estos últimos.

El resentimiento lo carcomía. La sensación de injusticia se apoderaba de su razón cada vez que veía a su viejo patrón feliz, obteniendo todo lo bueno que la vida ofrecía y que a él le era negado una y otra vez. Pero, la hora de su revancha estaba cerca, lo supo al volver al pueblo.

―Jefe, ya hice lo que me pidió. ―La voz llegó desde atrás. Girándose recibió a su secuaz, el muchacho era lento de entendederas, pero útil a sus propósitos.

―Bien. Espera mis instrucciones, pronto todo estará hecho.

―Si señor.

―No olvides mantenerme informado, ya sabes; quiero saber todo sobre la familia.

―Voy a vigilar para usted, señor, le diré todo lo que sepa .

―Cuento con ello. Ahora vete, no queremos que nadie sospeche.

El joven se alejó para seguir con sus tareas. Él se quedó observando a aquellos a los que Böhm quería.

La familia entera se veía tan feliz, les duraría poco.

Él había sido el capataz de la estancia, tenía poder, era respetado.

Tras solo un año de disfrutar su posición, lo echaron.

Todo por ejecutar su trabajo, por disciplinar a los que no hacían las cosas bien.

Después su vida fue cuesta abajo, hizo diferentes encargos, aunque ninguno traía los beneficios de estar al mando.

Terminó, resentido, refugiado en el alcohol y así cayó en la contrata.

Se estremecía solo al escuchar esa palabra que ataba a los hombres al infierno.

Si cerraba los ojos, todavía podía ver el obraje.

La picada se abría como una serpiente zigzagueante en el monte. La fila de hombres que cargaba enormes ponchadas llenas de yerba sobre sus hombros manchaba el paisaje con el color de sus prendas, donde el blanco sucio de sudor y tierra roja predominaba.

―¡Néike! ―gritaban los capangas regalando latigazos a los rezagados.

Cirilo sintió la quemazón en la espalda y apuró el paso.

Delante de él un hombre cayó de rodillas, aplastado por el peso de la carga.

Los encargados corrieron hasta el mensú extenuado, le quitaron el atado y lo apartaron del camino para que la columna de condenados continuara.

Al mirar atrás vio al hombre caído, a un lado del trecho.

Allí lo dejaron, como un animal que agonizaba.

Tenía que salir de allí. Esa noche comenzó a planificar su huida.

Pasó tres meses en aquel infierno del que casi no sale vivo. Engañó y mató para escapar. Y lo logró, fue como volver de la muerte.

Hacía un año y medio que estaba de vuelta.

Sediento de venganza y odio. Ahora era más inteligente.

Los incidentes del ganado muerto años atrás le dieron la idea.

Desde que regresó cada tanto, sin que pase un tiempo en concreto, atacaba la estancia.

Mató ganado, desangro terneros, pintó cruces y hasta intentó quemar los galpones.

Desgraciadamente lo descubrieron antes de hacer un daño real.

Había encontrado un cómplice tan pusilánime que ni siquiera fue capaz de hacer las cosas bien.

Ahora tenía que hacer todo por sí mismo. No pensaba fallar.

Durante meses estuvo atento, vigilando. Grande fue su sorpresa cuando vio al joven invitado que merodeaba por el cementerio.

Pensó que odiaba a la familia al igual que él y se acercó para proponerle una alianza.

El hombre no quiso saber nada con sus planes, al parecer solo buscaba una información, eso dijo.

Intentó chantajearlo, pero el maldito muchacho se negó y amenazó con denunciarlo.

Como develar que el chico andaba curioseando no era algo que le redituara ningún beneficio, ni económico ni a efectos de su venganza, lo dejó estar.

Actuó para molestar, cada vez con más osadía.

Conocía el terreno como la palma de su mano, no sería descubierto.

Buscaba generar miedo, que la familia de su enemigo no tuviera paz y que quién lo despreció no durmiera tranquilo.

Estuvo meses escondido. Una vez se mostró por el pueblo, solo para volver a desaparecer.

Los espiaba desde las sombras, observaba sus pasos. Vigiló a la joven esposa de Viktor, a sus hermanas y a su sobrino; incluso al visitante, que seguía como un perro en celo a la hermana de Viktor, la más escandalosa de las dos gemelas.

Cirilo detestaba a Erika, era la culpable de todo.

Siendo una adolescente, había ido a su hermano con el cuento de los castigos que infligía a los peones; el jefe le creyó a la mocosa de catorce años y fue despojado de todo.

Tomaría su venganza de ella si podía, pero su principal objetivo era hacer muy desgraciado al patrón.