Capítulo 23
«Alianza entre mujeres»
O tra semana transcurría sin novedades, era como si quién los quería dañar desapareciera después de sus fechorías. Los dejaba en vilo, sin saber cuándo volvería. Por eso Viktor no dejaba de buscar, necesitaba encontrarlo para que todo se termine. Le urgía tener paz y seguridad para su familia.
Además, si se enfocaba en el problema de las agresiones, no tendría que ocuparse de los sentimientos que le despertaba su esposa.
Y ese era un tema al que temía más que a mil bandas de maleantes.
¿Por qué las mujeres siempre lo complicarían todo?
Helena lo miraba de una forma que lo hacía sentir fuera de lugar; ella quería hablar de lo que sentía, lo sabía y esquivó la charla durante días.
Veía todos esos sentimientos incomprensibles derramarse de los ojos de su mujer.
Y él no sabía corresponderlos. Por eso pasaba sus días trabajando los cultivos más alejados y volvía tarde por la noche.
Viktor la evitaba. Estaba claro. Su marido estaba escondiéndose tras una montaña de trabajo y preocupación para no hablar con ella y no sabía cómo sentirse al respecto.
Por un lado, estaba indignada, necesitaba hablar con él de lo que le pasaba.
Pero por otro lado era tierno ver a un hombre de la apostura de Viktor escapar de una mujer pequeñita como ella, era cómico observar las tretas que urdía para evitar la conversación.
Lo que no entendía era como Viktor sabía que ella quería hablar sobre sentimientos, ¿acaso ella era tan transparente?
Con esos pensamientos en su cabeza llegó a las cocinas. Su suegra y su cuñada Erika junto a una de las criadas amasaban pan sobre una larga mesa de madera.
―Helena ―la llamó―, ven a amasar con nosotras. No existe nada mejor para alejar la preocupación que descargar toda tu fuerza sobre una masa de pan ―agregó jocosa.
―Mamá tiene razón ―aseguró Erika―, solo imagina que se trata de eso que te molesta ―dijo dando un golpe por demás enérgico a la mezcla de harina y agua.
Helena se acercó hasta donde las mujeres trabajaban. En su casa jamás había llegado a entrar en las cocinas. Su madre por cierto no cocinaba jamás, solo decidía y planificaba los menús que se servirían.
―Yo no sé cómo hacerlo ―confesó con vergüenza.
―Olga, deja el lugar a Helena y ve a ayudar a Josefa en los fogones ―ordenó Aurelia.
La muchacha se alejó y Helena ocupó su lugar obedeciendo a la indicación de su suegra.
―Toma, ponte este delantal para no ensuciarte la ropa ―dijo Erika, mientras le tendía la prenda.
―Gracias.
―Esto es muy simple, solo tienes que apretar la masa y luego la deslizas hacia adelante con las manos así ―enseñó su cuñada mostrándole el movimiento―, después la levantas y la dejas caer para que golpee contra la mesa.
Helena la imitó con suavidad, tenía miedo de arruinar la comida .
―No, suave no, con fuerza ―indicó su suegra―. Solo imagina algo, o alguien a quien desees golpear. ¿Tal vez a mi hijo? ―añadió entre risas.
―Oh. No, por supuesto que no ―Helena se apresuró en decir avergonzada.
―No te preocupes, quiero a mi hijo y sé que es testarudo como una mula. No me sorprendería que te saque de tus casillas. Aunque como madre preferiría que te desquites con la masa.
Helena sonrió. ¿Cómo esa mujer tan sencilla lo veía y entendía todo?
―Es mi trabajo ¿sabes?, observar a mis hijos ―aclaró como si le leyera la mente.
Erika giró los ojos, como cada vez que su madre se jactaba de saberlo todo, la joven se había vuelto mucho más reservada en las últimas semanas y eso tenía que ver con Lautaro, Helena estaba segura.
Al margen de lo que pensaran sus cuñadas, ella entendía a su suegra, Aurelia velaba por todos ellos en silencio y observaba lo que ocurría sin entrometerse.
¿Sería así cuando tuviera un hijo? ¿Tendría ese sexto sentido de madre ella también?
La maternidad la fascinaba y aterraba al mismo tiempo.
Las tres mujeres amasaron y hornearon el pan.
Entre risas y mate, aunque Helena no era una amante de la bebida.
Después de probar la infusión reconoció que no estaba hecha para el sabor amargo y agreste.
El ritual misionero heredado de los guaraníes no era para ella.
La cocinera le preparo un té y compartió por primera vez una mañana llena de tareas femeninas emocionada con la charla.
Su suegra le regalo innumerables anécdotas de la infancia de su marido, desde travesuras a recuerdos tiernos.
Le contó más detalles sobre su llegada al país y la muerte de su esposo, no sin derramar algunas lágrimas.
La emocionó al ver como lo añoraba aún, ¿así sería entre ella y Viktor ?
―Viktor sigue muy preocupado por el incendio de la otra semana ―soltó Helena de repente. Las mujeres se quedaron quietas por un momento; esa era la preocupación de todos en la estancia últimamente.
Aurelia suspiró. Ella también estaba preocupada. Alguien acosaba a su familia y jugaba con la preocupación de todos.
―Lo sé ―dijo al fin―. Mi hijo no va a descansar hasta resolverlo.
―Tendríamos que ayudar. ¿No lo creen?
―¿Cómo podríamos, Erika? ―respondió Hanna al entrar a la cocina. Su hermana siempre tenía planes descabellados―, sabes que Viktor no va a permitir que nos involucremos.
―Lo sé, lo sé. Me refería a hacer averiguaciones, no a salir a patrullar la estancia ―contestó ofendida.
―Erika tiene razón ―Todas miraron a Aurelia. La mujer era tan sensata que era extraño oírla apoyar las ideas locas de su hija.
―Ven ―dijo ésta con jactancia―, hasta mamá cree que tengo razón.
―Ustedes no van a hacer nada.
―¡Oh! ―las tres jóvenes exclamaron al unísono ante las palabras de la mujer mayor.
―Soy amiga de la esposa de Estévez, el comisario. Creo que es tiempo de hacerle una visita.
―Después la charla cambió de rumbo y ya no hablaron del asunto.
La mañana transcurrida entre las mujeres en las cocinas, dio a Helena otra dimensión de la soledad en la que había vivido hasta entonces.
Nunca tuvo amigas. Conversaba con sus padres y con su hermana mayor, pero este tipo de compañía femenina era nuevo.
La hizo sentir parte, no solo como la familia que eran, sino un vínculo diferente, arcaico, una comunión antigua que las mujeres compartían sin importar la edad o los lazos.
Eufórica por su primera hogaza de pan lograda, salió a buscar a Viktor.
Aurelia tenía razón, después de descargar la ira en la masa estaba lista para acorralar a su marido y conseguir la conversación que deseaba tener con él.
Recorrió la casa y los alrededores, sin suerte.
Casi al punto de la resignación, lo encontró mientras entraba furtivamente por las cocinas.
Era la hora del almuerzo así que debía tender su trampa con cuidado.
Su esposo llevaba varios días escapando después de comer y regresaba tarde por la noche; en otras palabras, la evitaba.
Era doloroso. Helena entendía que a Viktor le costaba hablar de ciertos temas y eso era dulce, en parte. La sacaba de quicio, pero era tierno.
―Viktor ―saludó ella. Él dio un respingo por la sorpresa. Era notorio que no esperaba encontrarla allí, lo que se evidenciaba por su entrada sigilosa por el área de servicio.
―Helena ―respondió él sobresaltado. Viktor entendió, con solo mirar a Helena, que sus días de escapismo se terminaban en ese mismo instante.
No estaba preparado para una charla, tenía sentimientos que no entendía y que negaba.
No creía en el amor, ¿qué iba a decir si ella le preguntaba?
, no quería mentirle ni causarle dolor. Y ella tenía esa mirada ilusionada, esperanzada.
No podía romper su corazón, así que hizo lo que mejor sabía para distraer a su esposa, seducirla.
Viktor había escapado de la charla que ella necesitaba desesperadamente.
La distraía con besos y caricias que la hacían olvidar de todo, al menos por un rato.
Pero cuando la neblina mental que le producía el deseo pasaba, la inquietud seguía allí, esa sensación de que todo estaba atado con un hilo tan fino que se rompería al menor tirón; ella era como un globo a punto de explotar porque escondía tantos sentimientos sin poder expresarlos.
Una vez había bajado a las cocinas y vio una tetera que la cocinera olvidó sobre la llama y cuya tapa, una vez que la presión del agua al hervir se hizo insoportable, voló y golpeó el techo.
Así se sentía, como un recipiente con agua hirviendo a punto de saltar por los aires.