Capítulo 22
«Desorientados»
L as carretas esperaban en la costa para llevarlos nuevamente a la casa.
Mientras el barco se acercaba al puerto, Viktor vio a su Capataz entre la comitiva.
«Extraño», pensó tensándose inmediatamente.
Su mano derecha no estaría allí salvo que algo grave hubiese ocurrido.
Sintió la migraña formarse en sus sienes, el dolor de cabeza era inminente.
Sin esperar a que el barco estuviese amarrado del todo, saltó a los tablones de madera para hablar con Miguel.
―¿Qué ha pasado?
―Patrón ―saludó el hombre―, han intentado prender fuego uno de los galpones. Encontramos una lata de kerosene tirada cerca de la pared que ardía. Por suerte se pudo apagar rápido.
―¡Desgraciados! ―explotó Viktor―. ¿Algún empleado fue herido?
―Andrés se quemó el brazo mientras trataba de apagarlo, pero ya lo atendió la curandera y va a estar bien.
―¿Vieron quién lo hizo? ¿Alguien escapando o sospechoso?
―No patrón ―respondió apenado―. Tito fue el que llegó primero y no pudo ver nada por el humo. El que lo hizo debió salir corriendo cuando la peonada apareció para apagar el fuego.
―Gracias ―dijo Viktor―. Busca un par de hombres para que me acompañen. Voy a salir a buscar.
―Si patrón .
―El resto que se vaya a descansar. Redoblaremos la guardia nocturna. Recuerda a los muchachos que serán recompensados por el trabajo extra. Y si alguien sabe algo, sabré premiar la información que puedan darme.
―Yo mismo voy a tomar el primer turno ―respondió el capataz.
Girándose hacia las mujeres y Bruno que lo miraban con intriga, Viktor busco la forma de explicar lo sucedido sin alarmarlas.
―¿Que sucedió? ―Su madre fue la primera en preguntar.
―Nada para preocuparse, M ãe , Al parecer hubo fuego en un depósito.
―¡¿Fuego?! ―gritaron todas a la vez.
―¿Cómo que fuego? ―Helena tomó la palabra―. ¿Un incendio aquí? ¿Fue un descuido? ¿Cómo ocurrió?
«¿Su esposa pretendía que tuviera respuestas para todas esas preguntas?»
―Todavía no lo sabemos. Iré a ver el lugar y voy a hacer una recorrida por el campo. No se preocupen.
Las mujeres lo miraron con recelo. Solo un hombre podía creer que decir a alguien; «no te preocupes», lograba algún efecto diferente a generar una mayor preocupación.
―Bueno, lo mejor será entonces que regresemos a la casa ―dijo Aurelia. Las gemelas y Bruno siguieron a su madre que ubicaba las cosas en los carros. Helena en cambio se giró hacia él.
―¿Esto tiene relación con las provocaciones anteriores no? ¿Con todas esas reses muertas y marcadas con cruces? ―preguntó en voz baja para que no la escucharan.
―Eso creo ―confesó abatido―, pero no debes preocuparte, tengo muchos hombres para que vigilen.
Ella lo miró con tanta fe y tranquilidad, que él sintió todo el peso de ser responsable de su seguridad y la de su familia. No podía fallar en mantenerlos a todos a salvo .
―Volveré una vez que termine de organizar a los muchachos.
Le dejó un beso en la frente y subió al caballo que un peón sujetaba para él. Helena lo vio alejarse al galope, magnifico sobre su montura. Ella se unió a su suegra, sus cuñadas y a Bruno para emprender la vuelta a la casa.
Benítez se dirigió a las barracas de los peones para cumplir las órdenes de Viktor.
Se sentía responsable por no poder encontrar al culpable.
Miguel Benítez estaba agradecido a su jefe por confiar en él para el puesto de capataz.
En ese momento no tenía la experiencia. Era más joven de lo que el trabajo requería, bien podría haber traído alguien de afuera, de otro campo.
Pero, cuando el antiguo capataz fue despedido, el patrón había decidido darle la oportunidad a él y por eso Miguel lo servía con fervor.
Hizo la ronda él mismo, dos veces; luego dejó la guardia a otros tres peones de confianza. No hallaron nada. Cansado volvió a su rancho. Su esposa lo esperaba despierta como siempre desde que se casaron.
―No encontraron nada, ¿verdad? ―No era pregunta, Carmen sabía que Miguel se ponía mal por no poder resolver pronto el tema de los incidentes.
―Como cada noche, recorremos todo el campo y nada. Quién está orquestando este sabotaje en Santa Teresa es el diablo ―juró―, no sé cómo lo logra. Llega, hace su maldad y desaparece.
―Debe conocer muy bien el lugar si con toda la peonada vigilando logra pasar desapercibido.
―Si, es como un fantasma. Se esfuma frente a nuestros ojos. Temo que la próxima vez no podamos evitar una desgracia.
―No digas eso.
―Es que me siento frustrado. Tengo guardias por todo el campo y no logró encontrar nada.
―Ya cometerá algún error. Entonces lo podrán atrapar. Ahora ven a comer que el guiso se enfría.
Y él hizo lo que ella ordenaba. Carmen era una buena mujer, era afortunado por tenerla.
Después de cenar se acostaron abrazados, siempre era bueno volver a su casa cada noche.
Su esposa y su pequeño hijo, Abel, eran la causa de su empeño en el trabajo, el motivo que lo llevaba a ser mejor cada día.
Después de que los problemas deambularan por su mente sin pausa, por fin se durmió casi a la medianoche.
«Las cosas se tornaban cada vez más complicadas», pensó Viktor, más tarde esa noche. ¿Cómo era posible que fueran molestados una y otra vez sin una sola pista? Sin que nadie descubriese o viese nada. Estaban desorientados, era buscar una aguja en un pajar.
Salvo que..., «salvo que el atacante tuviese ayuda de adentro», el solo pensamiento lo perturbaba.
Aunque eso podría explicar muchas cosas, no soportaba siquiera pensarlo.
Que alguno de los muchachos que trabajaban para él fuera un traidor sería terrible.
Confiaba en esos hombres, a muchos los conocía hacía años.
Entró a la habitación y trató de no hacer ruido.
Se había perdido la cena por estar dando vueltas como un loco por todo el perímetro de la estancia.
Había agotado a su caballo y a los pobres peones que lo acompañaron.
Todo para nada. La sensación de fracaso y frustración lo ocupaba todo, rondaba su cabeza como un pájaro de mal agüero.
Trató de alejar esos pensamientos mientras se acostaba, necesitaba dormir.
Miro a su esposa dormida, ella también lo desorientaba.
Su belleza lo aturdía y su amabilidad era balsámica frente a la carga de sus problemas.
Disfrutaba verla descubrir el mundo, casi tanto como le complacía compartir la cama con ella.
Verla tomar lo que quería; sonrojarse y atreverse con la misma frecuencia e intensidad, era tierno… Y excitante.