Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

«Santa Ana»

E l traslado hasta la estancia de Lautaro, les tomó más de una hora de navegación por el Paraná.

Helena había descubierto que amaba el río, que ironía, la hija de un naviero que descubrió sus raíces marineras tierra adentro recorriendo un río interior.

El barco de carga se deslizaba impulsado por el vapor.

Su única chimenea escupía el humo negro producido en el horno que alimentaba la caldera.

Como había hecho cada vez que subía a un barco, siempre que el tiempo lo permitía claro, estaba apoyada en la baranda de la cubierta de proa.

Desde allí veía tanto las costas como el curso de la nave.

El río se iba angostando a medida que lo remontaban.

En Posadas y hasta Candelaria era más ancho, pero aquí se veían las dos orillas, a un lado Argentina y al otro el Paraguay, casi sin esfuerzo.

Viktor se acercó y puso sus manos en la baranda a cada lado de las suyas, atrapándola entre sus brazos. Tenía el pecho pegado a su espalda y el deseo la recorrió de inmediato. Su aliento le acariciaba el cuello, muy cerca de su oreja izquierda.

―¿Te gusta? ―ronroneó junto a su cuello, luego rozó con los labios la delicada piel.

―Mucho ―aseveró ella embriagada por su cercanía, sin saber bien cuál era la pregunta a la que estaba respondiendo.

―Me refería al paisaje ―bromeó .

―¡Oh!

―Al llegar el paisaje será aún más bonito ―agregó él, despertándola de un golpe de la ensoñación sensual en la que estaba inmersa. Su mente volvía a funcionar.

―Eso fue malvado, Señor Böhm ―protestó Helena, luego empujó su cuerpo contra el de él para restregarse como un gato.

Dos podrían jugar este juego. Y ella ya no era una señorita mojigata, no después de haber tomado helado directamente del cuerpo de su esposo.

Se ruborizaba algunas veces recordándolo, «solo algunas», pensó con picardía.

Viktor tragó en seco. Se había acercado porque la anhelaba. Oyó su respiración agitada cuando la encerró entre sus brazos y eso lo llevó a querer jugar con ella, solo para terminar seducido. Ahora el excitado era él y la evidencia no sería fácil de ocultar.

Despegó el pecho de su espalda en un intento por calmarse. Ella soltó una carcajada de triunfo.

―La victoria es suya madame ―cedió murmurando en su oído―, por ahora ―agregó travieso―. Ya veré de tomar mi ventaja en otro momento más adecuado ―prometió.

Helena se derretía cada vez que él decía esas cosas. La seducían las palabras más que cualquier toque o caricia.

―Espero que encuentres pronto ese momento.

Se dio la vuelta para enfrentarlo. Sus miradas se encontraron.

El rozó un beso en sus labios. Después le ofreció el brazo y juntos caminaron por la cubierta hasta donde se ubicaba el resto d la familia.

Hanna y Bruno no dejaban de cuchichear sobre todo lo que veían; un poco más lejos Erika observaba pensativa las costas del río.

Al llegar, cuatro carros con bueyes los esperaban para trasladarlos. El nuevo embarcadero de madera les permitió llegar a la costa sin contratiempos. Medrano los esperaba junto a los conductores de los vehículos .

―¡Bienvenidos! ―Lautaro los recibió, estrechó las manos de Viktor y de un encantado Bruno.

El niño explotaba de felicidad ante esos pequeños gestos que señalaban un trato de adulto.

Besó las manos de las damas. Cuando llegó el turno de saludas a Erika se demoró unos segundos.

La miró a los ojos mientras posaba sus labios sobre los finos guantes.

―Bienvenida.

Ella quitó la mano, que sentía arder bajo esos labios, sin responder.

―Por favor, acomódense en los carros mientras mi personal carga las cosas. Tenemos aún media hora de camino para llegar al casco de la estancia.

Los bueyes cargados iban a paso de hombre, incluso más lento, aunque el paisaje era tan bonito que el paseo se hizo corto.

La selva rodeaba el camino y al fondo el imponente cerro Santa Ana enmarcaba la vista como una postal.

La futura vivienda del establecimiento estaba mucho más cerca del río que Santa Teresa, pero debido a que el terreno tenía más altura que la costa; las inundaciones por una crecida del Paraná no serían probables, observó Viktor.

Medrano había elegido bien donde edificar su casa.

Lautaro les mostró los edificios que estaban en construcción.

Las barracas para los peones solteros ya se hallaban terminadas y también uno de los galpones para almacenar yerba.

Las obras de la casa principal recién estaban en la etapa inicial, solo se veían los cimientos de lo que sería la futura planta.

―Quiero hacer una casa de dos pisos, según me han dicho eso llevará mucho más tiempo. Pero creo que valdrá la pena ―explicó Lautaro mientras recorrían los pilares de lo que sería la vivienda.

―Cuanta elegancia para el medio de la nada ―dijo Erika con ironía, para después tropezar con el bajo de su falda. Se habría caído de no ser por un brazo que la sujetó con firmeza de la cintura.

―¿Está bien? ―preguntó Lautaro manteniendo el agarre .

―Sí. Gracias ―respondió a regañadientes soltándose como si la quemara.

―Sin duda desde la altura tendrá unas vistas magnificas del cerro ―intervino Helena que trataba de salir de la incómoda situación. Todos se habían quedado callados mirando el intercambio entre su cuñada y el anfitrión.

―El paisaje es impresionante, Medrano ―Viktor acompañó a su mujer en su intento de relajar la tensión.

El recorrido continuó sin otros incidentes.

El lugar poseía una tupida arboleda bajo la cual se instalaron.

Una docena de árboles, entre cañafístulas y lapachos, formaban un dosel frondoso que los protegía de los rayos implacables del sol.

En primavera estos últimos se llenarían de flores rosadas; sería un espectáculo digno de ver.

Extendieron mantas y manteles sobre los que distribuyeron la abundante comida que traían envuelta en papeles y servilletas de lino.

Todo había viajado dentro de canastos y cajas de madera desde Santa Teresa.

Después de acomodar las cosas para el picnic, Lautaro llevó a Viktor a recorrer las plantaciones. Era, después de todo, el motivo por el cual lo había invitado; pedir al hombre con más experiencia su opinión y consejo. Buscaba que le indicara si estaba haciendo bien las cosas.

―Las obras se ven bien encaminadas ―dijo el visitante, al ver el yerbal limpio de malezas y con evidentes signos de cuidado―; no tardará mucho en ver los frutos.

―Gracias ―respondió―, pensaba en plantar tabaco justo en el descampado que está al sur de la casa.

―Buena idea, solo asegúrese de tener listos los galpones antes. En época de cosecha el rocío nocturno humedece las hojas si se dejan secar sin un techo que las proteja .

De hecho, era una forma común de engañar al comprador: dejar que las hojas se humedecieran para que, al ser más pesadas, cobrar un poco más.

―Lo tendré en cuenta.

Los hombres continuaron el recorrido por el campo y vieron las obras. Lautaro agradecía los consejos y observaciones de Viktor.

Entre tanto, en el lugar elegido para comer, Hanna y Helena improvisaron un juego de escondidas con Bruno, mientras Aurelia se sentaba con Erika bajo los árboles.

―Has estado muy callada ―apuntó su madre―. No eres del todo tú ¿Hay algo que te moleste hija? ¿No te cae bien el señor Medrano? Yo pensaba que sí. Pero luego de ver como lo trataste antes, ya no lo sé.

Erika se ruborizó, había reaccionado como una chiquilla malcriada. ―Me gusta. Es decir, puede ser agradable si quiere.

―¿Pero?

―No lo sé. No confío en él.

―Solo tú puedes develar ese misterio, hija ―la aconsejó Aurelia―. No te precipites.

― M amãe …

―Te conozco, Erika ―La interrumpió Aurelia―. Eres impetuosa ―señaló―. Pero algunas veces hay que ser paciente y actuar con calma. Eso te aconsejo que hagas ahora, ya sea que decidas que el muchacho te gusta o no.

Aurelia abrazó a su hija. Amaba su forma se ser, aunque temía que le pudiera traer mucho dolor si no aprendía a contenerse.

El almuerzo fue copioso, grandes rebanadas de pan se repartieron para poner sobre ellas, pollo frío, queso o conservas.

También tenían frutas y pasteles. Para beber habían traído vino y los arroyos que cruzaban por toda la zona proporcionaban agua fresca.

Después de comer, se dispersaron para caminar un poco o buscar una sombra para sentarse.

Hanna y Aurelia se sentaron en las mantas con Bruno que se había dormido, agotado por la actividad de la mañana.

Erika se alejó caminando bajo los árboles, Lautaro no estaba a la vista.

Viktor invitó a Helena a dar un paseo, se separaron del resto al seguir por un sendero que llevaba a los establos.

Lautaro encontró a la muchacha sentada bajo una higuera centenaria, debía haber sido plantada allí por los jesuitas doscientos años atrás.

Las gordas raíces salían como ríos del ancho tronco, entre dos de ellas estaba el objeto de todos sus pensamientos, tanto de los buenos como de los malos.

Para él era una contradicción andante, en un momento quería besarla y al siguiente la odiaba por hacerlo sentir así.

Erika ocupaba cada vez más pensamientos de su mente y no era una cosa que lo hiciera feliz.

―Espero que hayas estado a gusto ―aventuró, sin atreverse a exponer lo que quería decir: que su opinión sobre lo que estaba haciendo allí le importaba. Se sentía como un niño que mostraba los primeros garabatos a sus padres.

―Si ―respondió ella lacónicamente―. El lugar es hermoso.

―Oh ―suspiró él decepcionado.

―Y lo que has hecho en tan poco tiempo es increíble, Lau.

Ella lo miró a los ojos con admiración. Había usado esa forma de su nombre que solo ella empleaba y que cada vez que la escuchaba lo hacía añorar todo con ella; todo lo que no sería posible.

―Erika ―dijo él acercándose. Era increíble como las dudas y los motivos desaparecían si el deseo se hacía presente.

Cerca de allí, Helena iba del brazo de Viktor, ambos contemplaban el lugar que no era tan diferente del suyo. Le faltaban instalaciones y comodidades, pero incluso con su escaso conocimiento del tema, le parecía que la propiedad de Medrano tenía la posibilidad de equipararse a su estancia.

―¿Qué te ha parecido lo que ha hecho Lautaro en sus terrenos? ―preguntó a su esposo.

―Creo que Medrano va bien encaminado ―aceptó resignado―. Está haciendo un buen trabajo aquí.

―Aconsejado por ti.

―Yo no puedo atribuirme el mérito de todo esto ―reconoció él extendiendo los brazos para señalar el lugar―. Medrano ha trabajado mucho. Yo siempre aprecio el esfuerzo ajeno. Admiro a quién trabaja duro.

―Como tú.

―Yo…

―Tú debes aceptar mis cumplidos, esposo ―exigió ella―. Lo que hiciste por tu familia es digno de admiración. Incluso te casaste conmigo por ellos, eso muestra cuanto los quieres.

―Helena…

―Oh vamos, no es tan terrible Viktor. Al principio pensé que todo era por ser socio de mi padre, por dinero, pero aquí vi que lo hiciste por ellos. Por tus hermanas, por Bruno. Y, yo lo admiro, créeme.

¿Por qué tenía que existir eso entre ellos?

, se preguntó Viktor. Se sentía mezquino y humillado por los motivos que lo llevaron al matrimonio, parecía ruin que en una unión por conveniencia el haya ganado tanto.

Quería poder decirle que la quiso ni bien la vio, sería una vil mentira.

Todo lo que ella dijo era cierto y no era nada admirable.

Se sentía horrible, porque ahora ella le importaba.

No podía decirlo, no ahora cuando ella acababa de exponer su desapego y falta de emociones al elegirla, emociones que ahora no entendía.

En vez de una declaración optó por una salida hacia adelante, hacia lo que si conocía; la atracción que brotaba entre ellos siempre que estaban cerca.

―He recordado algo terrible, usted me desafió esta mañana, señora Böhm ―ronroneo en su oído, para después depositar breves besos en su cuello―. Me retó a encontrar cierto momento adecuado.

Ah, comprendió Helena. Viktor escapaba a un sitio seguro; sexo, atracción y deseo.

Nada de hablar sobre lo que sentía. Por un segundo pensó en negarse, en obligarlo a tener esa conversación.

Pero no era el lugar ni el momento. Bueno, tampoco era exactamente el lugar adecuado para la seducción.

Su esposo no intentaría nada incorrecto aquí, al aire libre, tan cerca de cualquiera que los pudiera ver.

«No solo lo intentó, lo logro, dos veces», recordó Helena con las mejillas rojas mientras volvían en barco a la estancia.

El muy descarado le había hecho el amor allí, a plena luz del día bajo unos árboles apenas alejados de las actividades del campo de Lautaro.

Solo recordarlo le calentaba el cuerpo y subía los colores a su rostro.

Al llegar a Santa Teresa, su capataz Benítez los esperaba con malas noticias.