Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

«La calma»

V iktor recorría a caballo las hectáreas llenas de yerba mate y supervisaba la cosecha.

Los días pasaban tranquilos y quedaban pocos para el fin del invierno.

Lautaro Medrano iba y venía, entre Posadas, sus tierras río arriba y Santa Teresa.

A Viktor empezaba a caerle mejor el joven, agradecía un poco de intervención masculina en el mundo de mujeres en el que vivía.

Le daba muchos consejos para gestionar sus tierras, a cambio Lautaro mostró sus puntos de vista en inversiones y en la instalación de las oficinas de la naviera.

Había sido muy provechoso para ambos. Incluso ya no veía tan mal una posible relación familiar.

Erika se mostraba mucho más distante, Viktor conjeturaba que su hermana ya no estaba encaprichada.

«¡Justo ahora que el muchacho le gustaba! »

Unas semanas atrás, las oficinas habían comenzado a funcionar.

Los pasajes y los derechos de carga se empezaban a vender tímidamente.

Quedaba mucho por hacer, algunos ajustes en los precios lograron que los viajes fueran competitivos y los resultados mejoraron un poco.

Aún tenían el gran desafío de darse a conocer entre el público; eran una empresa nueva y mucha gente ni siquiera sabía que existían.

Pese a todo, Viktor estaba inquieto. La tranquilidad era excesiva, como una siesta que se extendía a través del día.

No hubo ningún ataque desde el episodio de las veinte reses sacrificadas y el intento de incendiar los galpones.

El martillero seguía sin tener datos sobre los antiguos propietarios o algún otro comprador que pudiera haber querido los terrenos.

No había siquiera encontrado registros sobre las tumbas del cementerio.

Quince años atrás una crecida del rio inundó el pueblo.

Muchos archivos y papeles importantes quedaron arruinados por el agua.

La iglesia tampoco tenía bautismos registrados en las fechas que buscaban.

En definitiva, seguía sin tener una sola pista sobre quién quería hacerles daño y por qué.

Con tanta calma y tan poca información, esperaba que ocurriera alguna cosa de golpe y sin aviso, como suelen llegar las tragedias.

Por eso estaba atento. Había tanto para lo que aún no encontraba explicación que no se sentía cómodo al ignorar y dejar tantos cabos sueltos.

Algo se estaba gestando. Se sentía observado en su propia casa.

Había redoblado la guardia de peones, él mismo revisaba cada día los límites de su estancia.

No encontraron nada. Quién hubiera atacado conocía bien el terreno, se escondía a plena vista, y eso lo enloquecía.

Lautaro se acercó al galope sobre un alazán, al parecer venía desde el secadero.

―Buenas tardes ―saludó.

―Medrano ―correspondió Viktor tocándose el sombrero a modo de saludo―. Espero que haya podido ver el proceso de secado como quería.

―Así es. De allí vengo. Sus empleados han sido muy amables, me han mostrado todo. Deseo poder en algún momento realizar todo el proceso en mi estancia. Pero al principio solo haré la cosecha.

―Podría usar mis instalaciones. Una vez que se asiente podremos hablar de alquileres y precios. Nosotros no usamos los hornos todo el tiempo. Mi consejo es que lo primero que edifique sean galpones de acopio.

―Sí pienso seguir su consejo. Primero tengo que arreglar las viviendas para los peones, los galpones serán lo segundo en lo que invierta. Quería agradecerle por toda su ayuda y sus consejos.

―No dé las gracias. A mí me favorece que a usted le vaya bien.

Lautaro asintió en silencio. Que diferente era este hombre de la idea que tenía de él antes de su primer encuentro.

Llegó a Santa Teresa para buscar respuestas, respuestas que todavía no encontraba.

En cambio, había encontrado mucha información para sus campos y a Erika.

La muchacha que lo intrigaba con sus reacciones.

Por momentos se detestaban, pero después la atracción surgía entre ellos con fuerza, tentándolos como la miel a las moscas.

Ella era brillante, intuía que él mentía.

Casi lo descubre aquella mañana en la biblioteca, por suerte la oyó llegar.

Eso le había dado tiempo para inventar una excusa verosímil.

Después de ese error fue muy cuidadoso. Sabía que debía alejarse de la joven.

En lo que a ella se refería, él era una polilla y Erika la luz.

Saldría quemado, no lo podría evitar. Que ironía que ella fuera hermana de Viktor.

Ya nada podía hacer al respecto, tenía un plan trazado y no iba a apartarse de ese camino después de todo el trabajo que había hecho. Se lo debía a su padre.

Pocos días después Lautaro los invitó a conocer su estancia.

Irían en uno de los barcos que llegaron semanas antes de Buenos Aires para hacer la ruta Iguazú - Posadas.

Tardarían más de una hora de navegación río arriba, aunque el regreso sería más rápido.

Existía una ruta por tierra, pero los caminos no eran buenos.

Un carro podría tardar hasta tres horas en llegar, un caballo mucho menos.

Llevarían todo almorzar al aire libre y pasar la tarde.

Viktor acompañaría a Medrano para ver los avances en las obras y recorrer las zonas de cultivo .

Todos estaban exaltados con la visita, hacían planes y organizaban todo para el paseo.

Bruno estaba feliz ya que le permitía pasar más tiempo con los hombres.

Era comprensible que el niño criado entre mujeres añorara la compañía masculina.

La única que se mostraba retraída y taciturna era Erika.

Helena extrañaba la personalidad extrovertida de la muchacha.

No sabía que le ocurría. Decidió tratar de hablar con ella.

Helena invitó a su cuñada a dar un paseo alrededor de la casa después de comer. La joven aceptó, aunque sin el entusiasmo habitual. Incluso Hanna, que siempre era la sombra de su hermana, se retiró temprano a dormir la siesta y ni una sola vez pidió acompañarlas.

Tomaron sus sombreros, salieron a la galería y comenzaron a andar por el césped que rodeaba la vivienda. Caminaban tomadas del brazo. La actitud taciturna de Erika la preocupó.

―¿Estás nerviosa por la visita de mañana? ―preguntó Helena.

―No.

―¿Pero tampoco te entusiasma como al resto de la familia?

Erika sonrió.

―No entiendo porque tanta conmoción.

―Tal vez porque Lautaro ha pasado mucho tiempo aquí. Todos queremos ver por fin el lugar en el que tanto ha estado trabajando ―dijo Helena―. ¿No quieres conocer sus tierras?

―No lo sé.

―Yo pensé que él te gustaba. ¿Tanto me equivoque?

―Es… es complicado. ¿Te ha pasado alguna vez que alguien te gusta mucho y también te hace enojar en la misma medida? No claro que no ―se contestó Erika―. Mi hermano bebe los vientos por ti, no creo que te haga enojar nunca, te ama. ¿Y tú lo amas a él verdad ?

Helena se puso rígida ante el comentario de su cuñada. No quería romper su ilusión en el amor con una confesión de que Viktor no la quería. No al menos como ella lo quería a él.

―Yo aprecio mucho a Viktor. Aún no siento deseos de matarlo ―añadió la broma entre risas, para desviar la conversación del tema de su relación y volver a centrarse en Erika y Lautaro.

―Están completamente enamorados, por eso no discuten ―insistió su cuñada.

―Amar no significa nunca discutir, al contrario. Cuando amas sientes confianza y eso te lleva a poder decir cualquier cosa, incluso cosas que llevan a discusiones ―aclaró―. Ahora puedes contarme que pasa en realidad con Lautaro.

Erika suspiró y dijo―: Yo no lo sé. Me gusta, en realidad me gusta mucho. Pero al rato lo detesto, porque se burla de mí. Y después hace o dice algo maravilloso.

―Ya veo.

―¿Es contradictorio?, ¿no? No lo comprendo, pasa de actuar como si le gustara a pelear conmigo. Nunca sé que esperar.

―Tal vez él tampoco sepa bien que siente por ti ―dijo Helena.

―Yo no creo gustarle.

―En cambio yo estoy segura de que le gustas.

―No sientes, no sé, ¿cómo que hay cosas que oculta?

―¿A qué te refieres?, no se me ocurre que podría ser. Siempre lo vi muy directo y transparente. Nunca escondió lo que buscaba en Santa Teresa, los consejos y contactos de Viktor.

―No lo sé, tal vez sea solo una sensación mía.

Erika no pudo traicionarlo ni confesar que lo había encontrado buscando entre los papeles de su hermano.

Oh, él creía que la pudo engañar con esa pobre excusa de buscar un libro, pero ella no era tan tonta.

Aunque no entendía porque no lo acusaba y dejaba todo en manos de su hermano.

«Porque no quieres que se vaya», se retó en silencio.

―Parece ser un buen hombre ―dijo Helena―. Y vivirá muy cerca de aquí. No voy a negar que sería un buen partido para ti o para Hanna.

La idea de Lautaro casándose con su hermana le revolvió las tripas; no lo podría soportar.

―Yo, no lo sé. Como te he dicho, mis sentimientos hacia él son contradictorios.

Helena apretó su brazo en señal de comprensión y apoyo.

―Por ahora mi consejo es que no dejes de buscar lo que tu corazón desea. Solo ten cuidado Erika. El que estemos en el campo no significa que no te puedas arruinar si te encuentras a solas con él.

Erika quedó rígida, ¿cómo lo supo su cuñada? Recuperó la compostura rápidamente.

―No te preocupes Helena. No voy a hacer nada de lo que más adelante pueda arrepentirme ―prometió.

―Sé que sí. Eres una muchacha sensata, lo sé. Volvamos, todavía queda la tarde para terminar de preparar todo.

Al no tener Lautaro su casa habitada, o terminada, tenían mucho por preparar.

Emprendieron el regreso a la casa. Helena no lograba quitar de su cabeza las palabras de su cuñada.

¿Sería la imaginación de una jovencita que quería ver amor en todas partes o realmente su esposo la quería?

¿La querría tanto como para que los demás lo noten?

Ella escondía su amor con todas sus fuerzas, pero sabía que los demás lo verían tarde o temprano.

No quería quedar en evidencia ante un sentimiento no correspondido, eso era demasiado doloroso.