Capítulo 19
«El amor está en el aire»
S emanas más tarde, Lautaro volvía a Santa Teresa.
Las obras estaban iniciadas en su estancia.
La casa se empezaba a construir y los arreglos de las dependencias para los peones avanzaban con rapidez.
En poco menos de un mes podría tener personal fijo y comenzar a construir las instalaciones para procesar la yerba mate.
Había trabajado tantos años para lograrlo, para continuar el proyecto que había llevado a su padre a estas tierras.
Solo debía hacer un último esfuerzo y podría sentir, al fin, que su familia descansaba en paz.
Recostado en una de las barandas de la cubierta de estribor, el vaivén del barco lo acunaba.
Lautaro cerró los ojos y se permitió soñar.
Deseaba ver a la hermana de Viktor, para que negarlo.
El ida y vuelta verbal entre ellos era de lo más estimulante, lo hacía sentir vivo en medio de tanta confusión.
Le gustaba mucho la muchacha, aunque lo mirara con desconfianza y no le perdiera la pista, era inteligente.
Erika era la única que sospechaba de él.
La seducción había comenzado como una forma de distraerla, pero se había convertido en algo más.
Lautaro no era tonto, sabía que ella no podía ser para él; pero eso no hacía que le gustara menos.
Cuando casi lo descubrió por estar husmeando entre los papeles de su hermano, pensó que lo delataría.
Ella intuía que él le ocultaba cosas. La había distraído a fuerza de encanto.
Pero ahora, conociendo su reacción a ella, la única opción segura era mantenerse alejado de la chica, costara lo que costara.
La bocina de la embarcación, aulló con estridencia lo que indicaba la llegada a destino.
―Señor Medrano, hemos llegado ―informó uno de los marineros―, ¿quiere que lo ayudemos con su equipaje?
―No será necesario. Muchas gracias, señor Kowalski ―respondió al recordar el nombre del joven que lo había ayudado cuando abordó.
Descendió al muelle, donde Viktor lo esperaba con dos monturas y un carro. El hombre siempre se mostraba amable y eso lo hacía sentir culpable.
―Bienvenido nuevamente.
―Gracias por recibirme ―contestó―, siento abusar de su hospitalidad.
―Ah… la hospitalidad misionera es una leyenda, somos tan pocos, estamos tan aislados que siempre nos ayudamos y contamos con que algún día nos devuelvan los favores.
Lautaro se sonrojo, había disfrutado de la cortesía del hombre y no se sentiría bien si abusaba de su amabilidad.
―Tenga ―dijo y le alcanzó un paquete―, recordé que a su esposa le gusta estar informada y le traje los periódicos que llegaron hoy mismo a Posadas, también los últimos tres ejemplares de La Tarde.
―Gracias, Helena se sentirá halagada por su gesto ―respondió Viktor mientras guardaba el bulto en la alforja de su montura. Lautaro pudo sentir un dejo de celos en su tono. Esperaba que el hombre no pensara que estaba interesado en su mujer, porque nada más alejado de la realidad.
Con el equipaje ubicado en el carro, los dos hombres emprendieron el camino a la casa al galope.
Lautaro disfrutó el trayecto, el viento en el rostro se sentía tan bien después de pasar varios días en la ciudad, bajo una montaña de papeles y trámites.
Gestionar los permisos para la explotación yerbatera y para la construcción lo había agotado.
Apremió a su montura para que fuera más rápido, estaba ansioso por llegar y ver a la señorita Böhm.
Cuando se trataba de Erika, sus propósitos y convicciones caían en saco roto.
Él había regresado. Pese a saber de antemano que eso ocurriría, a Erika le bailaba el estómago de anticipación.
No es que le gustara, al contrario, lo detestaba.
Él ni siquiera era amable con ella; no como lo era con Hanna o Helena, sobre las que derramaba su encanto y un coqueteo perfectamente aceptable, incluso con su madre actuaba así.
A ella, en cambio, la miraba con ojos burlones y contradecía todo lo que decía.
De todos modos, la atraía como una mosca a la miel. Y eso la inquietaba.
Esa noche su hermana que, con sus formas tranquilas, veía lo que para los demás era invisible, la abordó al entrar a su cuarto antes de cenar.
―Te gusta Lautaro ―La acusó sin ningún tipo de amortiguación.
―¿Qué dices? ¡No! Claro que no me gusta ―gritó―, ¿cómo se te ocurre pensarlo siquiera? ―agregó bajando la voz mientras miraba hacia los costados. Solo le faltaba que el muy petulante la escuchara y sacara conclusiones erróneas.
―Están todos en la biblioteca ―La calmó Hanna―. Nadie puede escucharnos.
―No me preocupa que alguien escuche algo que es totalmente falso.
―Tal ve z
―Además me detesta, nos caemos mal. Eso es; ambos nos detestamos.
―No estoy tan segura. Él te mira de esa manera… como quién mira los dulces en una vitrina.
―¿Lo hace? ―preguntó Erika, la esperanza filtrada en su tono de voz.
―Y, me dices que no te gusta ―Su hermana suspiró―. Lo hace siempre que no lo miras, te hecha esas ojeadas furtivas. Pero ya sabes que siempre veo todo ―se jactó.
Erika puso los ojos en blanco, algunas veces su hermana se pasaba de engreída con sus dotes de observación.
Si no fuera tan buena en notar detalles, ni siquiera lo tomaría en cuenta.
―No me gusta. Él es arrogante. Y presumido.
Discute conmigo todo el tiempo. ¿No tendríamos que ir a la biblioteca? ―Erika ya no quería seguir hablando.
―¡No cambies de tema! ―La regañó―. Es verdad ―reconoció su hermana―. Discute contigo. Pero te mira con cara tonta.
―Son ideas tuyas Hanna, eres una romántica y crees que todo el mundo también lo es.
―Él es un hombre atractivo.
―Lo es.
Hanna la miró, arqueó una ceja, la empujó dentro del cuarto y cerró la puerta.
―¿Así que lo encuentras guapo?
― Yo… Bueno… lo, lo es ―Erika tartamudeó―. Supongo que es bien parecido… y elegante… y tiene esos ojos...
―Y te gusta.
―Y me gusta.
―¡Oh, lo sabía! ―chilló Hanna con tono triunfal.
―Ni se te ocurra decir una sola palabra a nadie ―amenazó tras esa capitulación .
―¿Cómo puedes creer que lo haría? ―dijo su hermana con una expresión triste, que rápidamente cambio por una sonrisa cómplice―, solo quería verificar mis supuestos. Te conozco Erika, eres mi gemela.
―Lo sé ―afirmó Erika con dulzura. Así era la relación entre ellas, no podía ocultarle nada por mucho tiempo, ni siquiera los sentimientos contradictorios que Lautaro Medrano despertaba en ella―. Ahora vayamos a la biblioteca. Cómo llegues a echarme una de tus miradas en público, Hanna…
―No te preocupes. No voy siquiera a mirarte para que no se note. Lo prometo.
Salieron del cuarto. La cena iba a ser muy larga con su gemela echándole miraditas. La conocía y entendía cuáles promesas su hermana podía cumplir y cuáles no. La curiosidad de Hanna era tan implacable como la suya y Erika lo sabía.
La cena transcurrió sin que Hanna la pusiera en evidencia; «bendita sea su hermana». Lautaro no dejaba de mirarla, la ponía incómoda; y a la vez, deseaba con toda su alma que la mire, ¿cómo se explicaba eso? Ella no lo entendía. Por primera vez en sus veinte años no se reconocía a sí misma.
―Erika y Lautaro se gustan ―lanzó Helena mientras se acomodaba en la cama a su lado.
Viktor, pese a no sorprenderse con la noticia, se sintió incómodo al hablar de eso con ella. Lo acercaba mucho a sus propios sentimientos confusos y no estaba preparado para ninguna charla al respecto .
―Erika lo detesta, se pasó toda la noche discutiendo con él y contradiciéndolo. No sé de dónde sacas que se gustan si no pueden hablar sin pelear.
―Es verdad, discuten mucho. Pero ella lo mira de una forma especial. No sé, pueden ser ideas mías, opino que le gusta. Y a él también le gusta ella.
Viktor ya había notado eso en la anterior visita y al ver como su hermana lo trataba no se preocupó. Lo único que le faltaba, terminar emparentado con Medrano
―Los vigilaré más de cerca, ninguna de mis hermanas mostró interés hasta el momento por ningún muchacho ―dijo Viktor.
Eso lo había tranquilizado en el pasado, pero las chicas habían crecido, tenían casi la misma edad que su esposa.
Se agarró la cabeza. Le dolía de solo pensar en sus hermanas con algún hombre.
―Si lo deseas trataré de hablar con ella ―Helena siempre notaba si estaba tenso y, por muy increíble que le resultara, lograba calmarlo.
―Te lo agradecería. Voy a decirle a mamá que también la observe.
―Eso sería inteligente, las chicas confían en Aurelia, eso está a la vista.
―Si, mamá siempre sabe cómo tratar con todos nosotros.
La conversación terminó, él apagó la lampara y ella se acurrucó a su lado.
Ahora conversaban casi todas las noches, sobre la estancia, sobre los empleados o sus hermanas.
Nunca hablaban sobre ellos y por supuesto jamás se mencionaban los sentimientos.
Helena solo se sentía realmente cerca de su marido al hacer el amor; el resto del tiempo era distante, amable y atento, pero desconectado.
Le dolía, era como una espina clavada en su costado; no la mataría, pero dolía.
Meses atrás pensó que salir de su casa sería suficiente, que vivir como mujer casada, viajar y experimentar cosas nuevas también lo sería.
Ahora entendía que ya no alcanzaba. Quería ser amada.