Capítulo 18
«Una comprensión inesperada»
U n par de noches después, mientras fumaba su cigarrillo, su madre volvió a reunirse con él en la galería.
Aurelia se sentó en un sillón de mimbre a un lado del que ocupaba su hijo y observó su expresión relajada y tranquila. Tan diferente a la tensión y preocupación que mostraba la última vez que había hablado con él.
―Parece que les fue bien en Posadas ―dijo Aurelia―. Tu esposa sonríe más a menudo desde que volvieron. Tú también te ves más alegre.
―No pude averiguar mucho ―lamentó Viktor en un intento por cambiar de tema. No se sentiría cómodo si hablaba con su madre sobre su matrimonio y mucho menos cuando recordaba lo que había pasado en ese viaje.
―Igualmente fue provechoso, al menos para tu matrimonio; lo veo en ambos.
Viktor sonrió. Las imágenes más escandalosas de su viaje pasaron de manera fugaz por su mente. No quería avergonzarse frente a su madre, así que quitó los recuerdos y se concentró en la charla.
―Fue bueno tener unos días solos los dos ―aceptó.
―Puedo verlo. ¿Qué opinó Helena de la ciudad? Entre tanto repartir regalos no pude preguntarle casi nada .
―Oh, ella quedó encantada con Posadas, sin ninguna duda ―dijo Viktor con una sonrisa. Después se levantó y entró a la casa. Necesitaba escapar de todas esas preguntas.
Aurelia sonrió. La pequeña muchachita que su hijo trajo de Buenos aires, tal vez fuera exactamente lo que necesitaba para soltar los fantasmas del pasado.
La debilidad aparente y la supuesta enfermedad de su nuera no harían más que enfrentar a Viktor con sus miedos más profundos, como madre lo sabía.
Solo esperaba que su hijo aprovechara esta oportunidad para superarlo y no para escapar de los sentimientos como siempre hacía.
A Aurelia le gustaba su nuera, la joven la seguía todo el día mientras su esposo estaba en la plantación.
Aprendía rápido y era diligente para las tareas que le encargaba.
Pronto podría ocuparse de todo, como la señora de la casa.
Aurelia suspiró, se sentía un poco agridulce dejar en manos de otro lo que durante tanto tiempo había sido su responsabilidad, pero estaba más que feliz de ceder el lugar de autoridad a Helena.
No era una mujer ambiciosa o que se aferrara al poder, hacía lo que debía hacer.
Se alegraba de que su hijo por fin hubiera encontrado a una mujer a la altura de todo el trabajo que había hecho.
Aurelia no veía la hora de ser solo una abuela amorosa y dejar todo lo demás en manos de su nuera.
Además, todavía tenía dos hijas a las que casar y no descansaría hasta ver a todos sus retoños asentados y felices.
Con esa convicción que le habían dado los años de esfuerzo, se retiró a su dormitorio.
Viktor regresó a la habitación muy tarde.
Helena estaba dormida, la rutina de la casa la había agotado, como también él lo estaba.
La contemplo mientras se desvestía. La luz de la luna entraba por las ventanas e iluminaba su pálido rostro, era tan bonita que le hacía doler el pecho.
Los días pasaban y todavía le era difícil creer que esa mujer era suya.
Tenía sentimientos por ella, cosa que no quería nombrar o analizar; los sentimientos no eran lo suyo, se repetía una y otra vez.
Él cuidaba y protegía, no mucho más. No tenía una coraza ni nada por el estilo; no tenía el corazón roto, ni había sufrido por amor.
Era solo que no entendía el sentimiento, no sabía expresarlo y por eso directamente le rehuía.
Además, asociaba el amor con el dolor y la perdida, por ello siempre trató de proteger su corazón de cualquier tipo de emoción.
Él quería a su familia, pero el sentimiento de responsabilidad era más grande en él que los afectos.
Querer y proteger eran sinónimos en su vida, cuidar era su forma de mostrar cariño.
El ruido que hizo sin querer al quitarse las botas, despertó a Helena.
―Perdona ―dijo en un susurro―, me quedé dormida.
―Perdóname tú por despertarte, no quise ser tan ruidoso y desconsiderado.
―No lo fuiste, no quería dormirme del todo. Supongo que fue inevitable al recostarme.
Viktor terminó de desvestirse y entró a la cama.
Otra diferencia desde que consumaron su matrimonio, él no volvió a dormir vestido.
Helena lo envidiaba, aunque el recato y años de costumbres hacían que cada noche cambiara su ropa por un camisón para dormir, que por cierto no le duraba mucho tiempo puesto, pero que igualmente cada noche vestía.
Tal vez en el verano que todos le aseguraban era insoportable, ella se animaría a dormir tan desnuda como su marido.
Lo sintió pegarse a su lado y levantar su camisón por el ruedo. Así cualquier rastro de sueño que quedara, fue borrado por el calor de su piel y la irreverencia de sus manos que vagaban por todo su cuerpo.
Semanas más tarde, Helena miraba a su nueva familia disfrutar de los juegos al aire libre, mientras pensaba en lo perfecto que había sido ese día.
Disfrutaban de una semana de tiempo fresco.
La desconcertaba un poco como los cambios climáticos se sucedían con tanta rapidez.
Después del calor agobiante llegó el frío.
En misiones todo era mucho: el calor excesivo, la lluvia torrencial, la vegetación exuberante, los insectos enormes.
Y hasta el frío se sentía calar los huesos cuando al fin llegaba.
Se debía a la humedad que potenciaba tanto el frío como el calor, eso le habían explicado.
Hoy el sol los acompañaba, el frío empezaba a disminuir y ya se vislumbraba la calidez que volvería a abrazar la tierra colorada.
Aprovecharon para hacer un picnic. Ella no había estado nunca en uno y sus cuñadas decidieron que tenían que poner remedio a eso.
Por la mañana, mientras Viktor supervisaba las tareas en el campo, ellas organizaron todo.
Apuraron el almuerzo y después jugaron a arrojarse una pelota con Bruno, a las escondidas y al gallito ciego. El niño disfrutaba tanto de la atención recibida, buscaba a Viktor todo el tiempo, su tío era su héroe, su referente masculino. Le dolía la poca atención que Viktor le brindaba al pequeño.
―Le recuerda a Sofía, ¿sabes? ―dijo Hanna que la observaba con atención. Esta muchacha tenía la capacidad de ver mucho más de lo que la gente mostraba o decía.
―Oh. Yo solo…
―Lo sé, piensas que Bruno adora a Viktor y mi hermano no le presta la atención suficiente. Todas lo notamos. Pero para Viktor es muy difícil.
―No lo había pensado. Solo veía como Bruno lo mira, lo admira. Me da pena ver que no le hace mucho caso .
―Si. El pequeño admira a mi hermano y necesita de su influencia en su vida. El dolor impide a Viktor acercarse. Tal vez…
Helena miró a su cuñada, incitándola a contar lo que se reservaba.
―Tal vez cuando tenga un hijo eso cambie.
Un hijo. La idea ni siquiera había pasado por la cabeza de Helena aún. Era una posibilidad, no sabría mucho del mundo, pero entendía que lo que hacían en el lecho matrimonial llevaba tarde o temprano a tener niños.
―Tal vez ―susurró. No quería que Hanna viera la inquietud que sus palabras traían.
―¡Mira! ―gritó su cuñada, salvándola de tener que decir más―. Erika y mamá traen los pasteles que hicimos con la cocinera esta mañana. Vamos a probarlos.
Y así sin más, se cambió de tema, aunque no en la mente de Helena. No dejaba de pensar en si su marido aceptaría y querría a un hijo suyo o sería indiferente como lo era con su sobrino.
Después de comer, los juegos siguieron en beneficio del niño que corría por todo el parque.
―¡Lelé! ―gritó Bruno, para llamar su atención―, ¡mira como lanzo la pelota!, mira como supero a la tía Erika.
La aludida sonrió con complicidad. Por todos era sabido que nadie ganaba a Erika en destreza física, la joven tenía un don para cualquier juego o prueba deportiva. Por lo tanto, era obvio que dejaba ganar al niño.
―¡Vamos Bruno!, ¡quiero verte ganar! ―vocifero para alegría del chico.
―Ven a jugar con nosotros, tía Lelé.
Los sentimientos se removieron dentro de ella al escuchar como la llamaba tía.
Un sentido de pertenencia que no estuvo presente al firmar los papeles que la ligaban a Viktor.
Pero que ahora, conviviendo con su familia, en su lugar, con su gente…
irrumpía y lo llenaba todo. Ahora, ella estaba atada a ese lugar.
Para Helena el día había sido perfecto, salvo por las dudas que la inquietaban.
¿Podría vivir con la indiferencia de Viktor?
, o ¿podría soportar que él no se involucrara con sus hijos si los tenían?
Ella lo quería, deseaba con su alma que él la amara también.
La comprensión llegó como llegaban las tormentas tropicales, de golpe, sin aviso y arrasó todo a su paso sin dejar espacio para la duda.
Helena amaba a su esposo. Se había enamorado del tipo de hombre que era, de su amabilidad, de su consideración, de su lado protector, del deseo que le provocaba.
Su corazón, que estuvo guardado y protegido por su familia durante tanto tiempo, se escapó y ahora le pertenecía a él.
La alegría la inundó. Ella, que nunca imaginó siquiera tener una vida normal, estaba enamorada. Era hermoso y terrorífico a la vez.
―Lelé. ―Viktor entró al cuarto esa noche y se acercó con suavidad mientras la tomaba de la cintura.
Levantó la vista para mirarlo, el amor era tan fuerte en ella que temía no poder esconderlo.
―Viktor ―susurró mientras él depositaba besos en su cuello.
Se quitaron la ropa el uno al otro, desesperados en la necesidad de sentirse piel a piel. En solo unos pocos segundos estaban en la cama. Viktor se ubicó sobre ella y la besó, la tocó, la acarició y la mordió. Ella enloqueció con cada gesto.
Helena lo acunaba entre sus muslos y devolvía con creces la pasión recibida.
―Lelé ―volvió a nombrarla―. Te deseo tanto.
El tono de necesidad en su voz traspasaba la piel de Helena y le llegaba hasta el alma; ella también lo necesitaba así, con desesperación.
Quería sentir esa cercanía física para tapar los sentimientos desmedidos que la desbordaban.
El sexo y el amor eran lo mismo para ella, no veía un límite donde terminara uno y comenzara el otro.
Su cuerpo y su corazón amaban a Viktor, no podía separar ambas partes.
Los hombres lo hacían, ella lo sabía. Incluso algunas mujeres lograban ir a la cama solo por placer, aunque después sintieran culpa, obligación o pertenencia. Además, la sociedad marcaba a esas mujeres, las juzgaba y las convertía en parias.
Algún día eso ya no sería así, eso esperaba.
Pero hoy, ella en esta cama no podía separar a la mujer enamorada de la mujer apasionada, deseosa de estar con el hombre que la encendía en cuerpo y alma.
No poder decirlo a la larga iba a apagarla, él la consumiría si no compartía sus sentimientos por ella… si no se sentía igualmente amada.
Viktor, recostado, abrazaba a su esposa mientras dormía.
La felicidad lo embargaba; se sentía tan pleno, tan conectado a Helena.
No era nada más el sexo; tan maravilloso como era.
La unión casi mágica de los dos en la cama lo dejaba saciado y con una sensación de paz que nunca antes había vivido.
Además de preocuparse y sentirse protector, estimaba a su esposa.
Seguía sin poder determinar si era amor.
Su corazón estaba resguardado. Hacía tanto tiempo que no se involucraba con nadie, que no dejaba entrar a su mundo a los demás.
Ahora se sentía más cercano a ella de lo que hubiera estado de otra persona, incluso su familia.
Por primera vez pensaba más allá del deber.
Cada día juntos se sentía en la cúspide del mundo, ella experimentaba cada cosa con una energía casi infantil, tenía esa mezcla de ingenuidad y sorpresa que solo se tiene en la infancia.
Viktor entendía que todo era fruto del tiempo que pasó recluida por su enfermedad.
En su infancia casi no había pasado por experiencias sociales agradables y por primera vez las estaba viviendo junto a las de la vida marital.
Ella todo lo abordaba con igual intensidad.
Él amaba estar junto a ella en esos momentos.
Se contagiaba de la euforia que Helena sentía; compartía su alegría y su sorpresa ante el mundo.