Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Viktor se recordó de niño, no consumía helados ni dulces en abundancia. Eso llegó después, junto al éxito que trajeron los años de trabajo duro. Agradecía que su sobrino pudiera tener una niñez mejor que la suya, se lo debía a Sofía.

― Lo sé, perdón. Que tonta te debo parecer. Una niña rica que llora porque no le dieron un dulce.

―Nunca me pareces tonta ―declaró él con dulzura―. Me encanta ver como reaccionas frente a cada cosa nueva que conoces. Y estoy muy feliz de acompañarte en tantas primeras experiencias ―añadió con picardía.

Esa noche después de cenar, Helena apenas terminaba de cambiarse, cuando su esposo entró con una actitud sospechosa a la habitación. Traía algo en las manos, oculto tras blancas servilletas de tela. La miró con deseo, dejó el bulto en una mesita y comenzó a desvestirse.

―Espero que tengas ganas de comer postre ―dijo en voz baja―. Por cierto, yo muero por probarlo.

Se acercó a ella ya totalmente desnudo. Pese a haberlo visto sin ropa en numerosas ocasiones desde aquella primera vez en que hicieron el amor, Helena no lograba vencer su pudor y bajó la vista.

―Quítate el camisón ―ordenó. Ella lo hizo lentamente―.

Acuéstate en la cama y cierra tus ojos ―Otra orden que reverberó en su cuerpo y dejó su piel caliente por la expectativa.

La excitaba esa faceta autoritaria de Viktor.

Se subió a la cama y recostó con la cabeza apoyada en las almohadas.

El impulso de taparse el cuerpo desnudo con las manos era inmenso, resistió solo por el placer que le provocaba ser observada por él.

Intuyó que él se acercaba y sintió el frío de una cuchara sobre los labios.

―Abre la boca ―mandó él.

El frío dulce le produjo escalofríos, luego él la besó, probando el helado de sus propios labios.

―Exquisito ―susurró mientras le daba otra cucharada y volvía a besarla.

La encendía con esos besos dulces y fríos por el postre.

De repente, la helada crema estaba en sus pezones que, minuciosamente, él limpió con su lengua.

Lamió y mordisqueó la piel de sus pechos.

Repitió la operación incontables veces, alternaba cada seno con besos alimentados de dulce helado.

La combinación del frío con la calidez de su boca la enloquecía, él era implacable atormentándola .

―Yo quiero hacerlo ―pidió ella frenética por la estimulación que recibía de su boca―. Quiero tomar helado de ti.

Las imágenes eróticas pasaron por la cabeza lujuriosa de Viktor en un desfile provocativo y caliente, Imaginar a Helena lamer alguna parte de su cuerpo lo dejaba endurecido y excitado al límite del dolor.

Ella se sentó en la cama, abriendo los ojos lo miró fijamente y exigió:

―Ahora.

Viktor le entregó el tazón de helado y se recostó. Le cedió el mando a ella y tomó un rol pasivo.

―Ojos cerrados ―exigió, imitando el tono imperativo que él había usado para ordenarle lo mismo unos minutos antes. Ella lo alimentó con helado y besos, al comienzo con timidez, luego con el hambre que crecía entre ellos.

El frío quemó su miembro cuando su osada esposa cubrió la punta con el helado.

La audacia le hizo abrir los ojos y clavarlos desorbitados en el techo por un segundo.

Con rapidez los cerró, no quería desobedecer a su esposa.

Ella procedió a lamerlo pausadamente y llevó su excitación al límite de la desesperación.

―Te gusta esto ―afirmó ella lamiendo más de él ya sin la excusa del postre.

―No solo me gusta ―dijo él con la voz quebrada―, me vuelve loco.

Helena se sintió poderosa, era adictivo pasar de la sumisión a la acción. Una mujer podría acostumbrarse fácilmente a llevar las riendas en la cama de su hombre. Él tiró de ella hasta que sus bocas volvieron a quedar enfrentadas.

―Siéntate sobre mi ―pidió.

Ella quedó a horcajadas sobre él, sus sexos alineados. Tomándola por las caderas la alzó para penetrarla y empujó hacia arriba mostrándole el movimiento .

Apoyó las manos en el pecho de Viktor y lo cabalgó con fuerza, él buscó su montículo con los dedos rozándola hasta que los dos llegaron al orgasmo al mismo tiempo.

Fue vertiginoso y desesperado, en nada parecido al sexo lento y suave que venían disfrutado antes, se habían incendiado juntos. Y, cómo una cerilla de madera, igual de rápido se consumieron.

Ahora estaban saciados y pegajosos; demasiado agotados para moverse.

―Dame unos minutos y te llevaré a la bañera ―dijo él―. Ahora mismo no me podría mover, aunque mi vida dependiera de ello.

Helena sonrió somnolienta, con el cuerpo laxo y relajado, no podía creer que la mujer que había cabalgado a su esposo con tanta pasión fuera ella.

La misma que entró al matrimonio, sin siquiera una palabra de advertencia por parte de su madre, sobre que esperar en el lecho nupcial.

La experiencia fue abrumadora; un ataque a sus sentidos seguida de la sensación de poder y comunión más absoluta.

Todavía viajaba en el letargo cuando Viktor la alzó para llevarla al cuarto de baño donde volvieron a hacer el amor.

Más tarde se acostaron abrazados y desnudos, él no había dejado que se pusiera el camisón.

Ella se durmió de inmediato, agotada como estaba no pudo resistir más que unos minutos despierta.

Viktor no podía dormir. Tras el sopor inicial, que siempre llegaba después del sexo, los pensamientos atormentaban su mente.

Nunca había esperado vivir esa pasión con su esposa.

Algo agradable, sí. Incluso esperaba que alguna vez el acto fuese un poco más intenso, pero lo que compartieron esta noche fue magnífico.

La idea del helado estuvo en su mente toda la tarde, ni bien la vio degustar la primera cucharada.

Había pensado en compartir algunos besos después de alimentarla con el dulce, pero al ver su rostro embelesado por la experiencia, quiso probar más.

Todo condujo a la unión más perfecta e intensa que hubiera vivido nunca.

La mañana siguiente regresaron. No había podido averiguar mucho sobre los antiguos dueños de la estancia.

El martillero se mostró interesado por el caso y prometió investigar y enviar los resultados de su pesquisa por carta en cuanto tuviera novedades.

Mucho mejor resulto la gestión para abrir oficinas de la Nueva Esperanza en Posadas.

Ya tenía un local en vista para alquilar y el periódico publicaría un aviso para buscar empleados.

Se sentía satisfecho por este logro, pese a no haber obtenido la información que buscaba sobre el otro tema que lo llevó a la ciudad.

Al mediodía llegaron a la estancia. Helena traía regalos para todos.

La tarde pasó entre la entrega de los presentes y el relato de sus días en la ciudad.

Viktor esperaba poder abrir pronto las oficinas de la naviera en Posadas y contratar el personal para el puerto y la venta de pasajes.

A todos sorprendió que no hubiera conseguido ningún dato sobre los propietarios anteriores de la estancia, especialmente a Erika que estaba intrigada por ese tema.

Su hermana adoraba los misterios, no era una sorpresa para él que ella fuera la más interesada por descubrir a quienes pertenecieron las tumbas sin nombre, como las llamaban.