Capítulo 17
«Un viaje a la capital»
H elena, ya casi llegamos ―indicó su esposo.
Ella estaba apoyada en la baranda del barco que abordaron en Santa Teresa unas horas antes.
Pequeños barcos como este subían y bajaban por el Paraná de Posadas a Iguazú en ambos sentidos.
Realizaban paradas según los requerimientos del pasaje o las señales que recibían de los diminutos embarcaderos ubicados a lo largo de toda la costa.
El viaje fue corto, más que al llegar de la ciudad casi un mes atrás; claro que en aquella ocasión subían por el río y ahora la corriente a favor los había ayudado a llegar más de prisa.
―Oh, no me di cuenta, no veo la ciudad.
―Es que Posadas casi no se ve desde el río, hay algunos ranchos en las costas y el cerro Pelón impide ver el centro. Ya lo verás cuando bajemos y estemos camino al hotel.
El puerto al que arribaron no anunciaba una gran ciudad.
El movimiento era intenso. Cerca de la costa decenas de canoas con pescadores esperaban el pique que asegurara su sustento y en las orillas las sábanas de las lavanderas eran manchas blancas que contrastaban con el verde de los árboles y el rojo del suelo.
Unos tablones facilitaban el descenso de las embarcaciones y el caserío les dio la bienvenida a la Bajada Vieja, el acceso para llegar del puerto a la ciudad.
Los carros se movían llevando gente y productos de lo más diversos.
Con unas monedas, Viktor consiguió que uno de los gurises , que pululaban en el puerto haciendo mandados llamara a un carruaje tirado por caballos para llevarlos al hotel.
Le explicó que gurí significaba niño y venía del idioma guaraní que muchas personas hablaban en la zona de Misiones y Corrientes.
El chiquillo ayudó con el equipaje que no era mucho; solo estarían tres días.
Calle arriba se sucedían los galpones de ladrillos o madera con techo de zinc.
Se utilizaban como depósitos para yerba, madera o cualquier cosa que luego sería embarcada río abajo.
Al salir de la zona portuaria, la ciudad incipiente se vislumbraba en las construcciones más modernas.
Las grandes casonas y los negocios se concentraban en los alrededores de la plaza 9 de Julio, epicentro de la vida citadina.
Se alojaron en el Hotel América, frente a la misma plaza.
A solo unas cuadras, el terrateniente francés Domingo Barthe, construía el Palace Hotel, del que se decía sería el más moderno de la ciudad.
Ya se adivinaba el gran tamaño y lujo que tendrían sus tres niveles.
El América era un hotel de dos plantas, los ubicaron en un pequeño departamento situado en el primer piso, que poseía una habitación, cuarto de baño privado y sala de estar.
El balcón daba a la plaza. Se veía la casa de gobierno pintada en color rosa y la iglesia de San José con su reloj.
En la planta baja se hallaba el salón comedor y el bar, agua corriente y luz eléctrica completaban las comodidades ofrecidas; todo el conjunto hablaba de la modernidad del establecimiento.
Después de instalarse en el hotel, Viktor la llevó a conocer la pequeña ciudad.
Recorrieron la plaza que concentraba a su alrededor la mayoría de los negocios y la vida cívica de la comunidad.
A un lado se hallaba la impresionante casa de gobierno construida por Rudecindo Roca como residencia particular y cedida al territorio.
En la calle contraria estaba la iglesia; el banco de la Nación ocupaba otra esquina.
Las cuadras se completaban con los comercios importantes que se extendían también en las calles aledañas.
―Podemos tomar el té en alguna confitería ―dijo Viktor cuando el cansancio y el calor por el paseo se hacían evidentes en ella.
―Amo eso de ti ―soltó ella―. Siempre puedes ver lo que necesito antes de que yo misma lo sepa.
Se calló de inmediato, ¿había dicho eso? Bajó la mirada para no enfrentar la intensidad en los ojos de su esposo.
Él la tomó del brazo en silencio, sin dar acuse de recibo sobre sus palabras.
Se dirigieron a la confitería Las Familias donde tomaron una mesa en el salón.
El lugar era amplio, luminoso. Las mesas guardaban distancia entre sí, lo que brindaba cierta intimidad.
Del techo colgaban ventiladores eléctricos que mantenían el calor a raya.
Viktor estudiaba el rostro de su mujer, quería encontrar alguna evidencia de que sus sentimientos respondían a algo más allá del agradecimiento por su cuidado y atención.
«¿Ella dijo que lo amaba?», caviló. Bueno no específicamente a él, dijo que amaba una cosa que él hacía.
¿Eso sería lo mismo que quererlo?, no estaba seguro.
No quería profundizar en lo que eso le provocaba.
Por eso no dijo nada, temía entrar en el derrotero de los sentimientos y las declaraciones de amor; eso no iba con él.
Y no estaba seguro de querer recibir ese amor sabiendo que no sería capaz de retribuirlo, no sería justo para Helena.
El servicio de té fue impecable, nada tenía que envidiar a lo que se ofrecía en Buenos Aires. En parte agradecía que Helena no haya frecuentado mucho de la gran ciudad. Eso hacía más fácil sorprenderla con las pequeñas distracciones que podía proporcionarle en su pequeño y alejado lugar del mundo.
―Es una maravilla ―festejó ella al cabo de un rato―. Creo que nunca comí tantos dulces juntos, todo es delicioso.
―Me alegro que te guste ―dijo complacido―. Temía que lo que pudiera mostrarte no estuviera a la altura de tus expectativas ―añadió.
―¿Qué no estuviese a la altura? Viktor ―dijo mirándolo seriamente―, estas semanas contigo han sido las más excitantes de mi vida.
Viktor se sintió cohibido, no sabía cómo responder a esa declaración. Así que brindándole una sonrisa alegre cambió de tema.
―Mañana tenemos que pasar por el banco y tengo varias reuniones; por la tarde podríamos ir a tomar un helado.
―Eso sería estupendo. Yo nunca probé el helado, mi madre… ya sabes.
―No creía que fuera bueno para tu salud ―completó él serio. Ya entendía mejor el pensamiento de su suegra y como actuaba siempre para proteger a su hija. No la juzgaba, pero le entristecía pensar en una pequeña Lelé aislada y sola, sin disfrutar de casi nada.
―Si, nada muy frío estaba autorizado para mí. ―«O muy caliente, o muy excitante, o muy divertido», pensó con tristeza y un poco de nostalgia porque, pese a todo, su familia la quería.
―Entonces lo haremos. Temo que mañana después de firmar los papeles del banco no podré acompañarte hasta el mediodía. Puedes ir a visitar alguna tienda, te dejaré una lista con los negocios donde tengo crédito y una autorización para que puedas comprar.
―Gracias, eso es considerado de tu parte, no necesito nada.
―Puedo dejarte en la librería, tal vez allí si encuentres algo de tu interés .
La sonrisa que le dedicó lo deslumbró. Le gustaba empezar a conocer las preferencias de su esposa. Con un sombrero no la tentaba; un libro sí.
Por la mañana, el trámite en el banco fue rápido.
Viktor abrió una cuenta a nombre de Helena para los fondos que su padre destinó como su parte de la empresa.
Le parecía tan injusto que una mujer casada no pudiera disponer de sus bienes.
Así era la ley; las mujeres heredaban, trabajaban y dinero, pero todo pasaba al marido al casarse.
Una mujer soltera que alcanzara la mayoría de edad podía disponer de lo suyo, con supervisión de algún pariente masculino en la mayoría de los casos, una mujer casada era considerada incapaz para la ley, sin importar su edad.
Se había casado por esas acciones, pero no se sentía bien despojando a Helena de todo.
Al menos le daría libertad para usar los fondos y crédito en las tiendas de la ciudad.
Después de todo las acciones de la naviera eran su herencia.
Mas tarde Viktor la acompañó al hotel para que se refrescara.
Ya no estaba en la habitación cuando Helena terminó.
En la mesita de luz estaba el periódico del día.
Lo tomó con una sonrisa, volvió a vestirse y salió.
Después recorrió algunas de las tiendas que su marido le había indicado, compró unas cuantas chucherías para sus cuñadas y su suegra.
No pudo evitar adquirir también unos pañuelos para Viktor.
Se dirigió a la librería donde eligió un bonito libro para Bruno y otros para sí misma.
Halló también algunos para Hanna; incluso se animó a comprar uno para Aurelia, un hermoso libro de recetas, que traduciría al alemán si su suegra no era capaz de leerlas en castellano.
Tal como lo había prometido, por la tarde Viktor la llevo a tomar un helado.
¡Qué experiencia!, no se parecía a nada que ella hubiera saboreado antes.
Era dulce, muy dulce, se deshacía en la boca y el frío la refrescaba por dentro; una persona podría desarrollar una adicción a este postre.
Era ideal para el clima caluroso de Misiones.
Viktor se deleitaba en los gestos de Helena al probar el postre.
La satisfacción y la alegría que dejaba traslucir el brillo de sus ojos lo llenaban a él mismo de una felicidad nueva.
Quería tenerla desnuda en la cama y alimentarla con helados cada noche.
Ese pensamiento extravagante le arrancó una carcajada que hizo que ella lo mirara con extrañeza.
―¿Qué sucede? ―indagó.
―Nada. Me gusta verte mientras tomas tu helado.
―Estoy fascinada, ¡es tan delicioso! Nunca había probado uno. He oído que también es muy popular en Buenos Aires. Tenemos que traer a Bruno y a las gemelas.
―Ellos ya han tomado helados. Bruno termina con dolor de panza cada vez que lo traemos, no hace distinción en cuanto al sabor; le encantan todos.
―Oh, entonces soy la única que nunca comió este postre ―murmuró con un poco de tristeza.
―No es habitual para toda la gente, Helena, es un dulce caro.