Capítulo 16 #3
Esa semana, Viktor fue el anfitrión perfecto acompañó a Medrano y respondió todas sus preguntas.
Cuando hablaban de trabajo el joven le caía bien, hacía preguntas pertinentes y sus observaciones demostraban inteligencia.
Poseía varios proyectos para las tierras que había adquirido rio arriba.
Era bueno que más productores se asentaran en la zona, generaban más trabajo, hacían crecer los pueblos; y, particularmente a él y a su suegro les convenía que un mayor número de mercancías necesitaran barcos para moverse dentro y fuera del territorio.
Eso le recordó que le urgía encontrar el tiempo para abrir esa oficina en Posadas.
En unos meses Otto enviaría los barcos pequeños que harían el recorrido de Posadas al alto Paraná y todo debía estar listo para ese entonces.
Sabía que se había demorado por los ataques recibidos y la visita inoportuna de Medrano.
Ambos sucesos atentaban contra la paz a la que estaba acostumbrado.
Ese día cabalgaban por los yerbales, mientras Viktor daba indicaciones a sus empleados, Lautaro observaba y tomaba nota de todo.
―¿Cree que debo construir más galpones? ―pregunto el muchacho.
―Yo lo haría ―respondió escueto. Había aconsejado al joven con todo lo que pudo, ignorando la molestia por su presencia impuesta.
Ahora el hombre dirigía sus atenciones a Erika, lo cual no sabía si lo tranquilizaba o lo inquietaba más.
Su hermana era una joven soltera y su mayor temor era que las intenciones de Medrano no fueran honestas; después de todo no lo conocía bien.
Su rebelde hermana bien podría quedar encandilada por el apuesto muchacho; los vigilaría de cerca y le advertiría a su madre que estuviera pendiente.
―Gracias. Todos sus consejos han sido de gran ayuda.
Viktor lo miró sintiéndose culpable. Lautaro había expresado su agradecimiento en varias oportunidades y él solo pensaba mal del joven; ya sea porque estaba celoso de Helena o preocupado por su hermana. El chico no le había dado motivos para desconfiar .
―Ya le dije que a todos nos favorece que más hombres se instalen en la zona. Cada estancia es un pedazo de tierra ganado a la explotación clandestina y al robo de yerba. Además de clientes potenciales ―agregó al recordar a la empresa naviera.
―Tiene razón, no lo había pensado así. Pero de todos modos le agradezco.
Para Viktor, la semana giró en torno del visitante y de las tareas de rutina.
En la casa las mujeres estaban revolucionadas, las comidas eran más elegantes y formales.
«¿Tenían vajilla nueva?», no reconocía los platos que usaban.
Seguramente eran regalos de boda traídos por Helena; en Buenos Aires él no les prestó atención.
Había pasado los días previos a la boda firmando contratos con su suegro y nunca miró los presentes que recibieron.
Sus hermanas se esforzaban por ser educadas, amables y simpáticas; al menos Hanna lo hacía.
Erika parecía querer fulminar al hombre con la mirada, lo que era un alivio para Viktor.
Si su hermana lo detestaba no tendría que preocuparse por que el joven quisiera brindar atenciones no debidas a la muchacha.
Más allá de la animadversión de Erika, él había visto como Lautaro la miraba a ella: como él mismo miraba a Helena, con esa mezcla de hambre y fascinación.
Notó que sus hermanas miraban a su esposa e imitaban sus modales.
Sabía que habían pasado los días previos a la visita con la práctica de etiqueta y demás cosas por el estilo.
Si bien para él eran totalmente estúpidas, eran importantes para la sociedad educada.
Y Posadas como ciudad nueva y pequeña, daba más importancia a esos detalles incluso que Buenos Aires o Corrientes, que eran ciudades viejas y consolidadas.
Diez días después por fin Medrano partió rumbo a la capital.
En un descuido, nuevamente consiguió ser invitado para instalarse en Santa Teresa mientras comenzaban las obras en su propia estancia.
O mejor dicho si sabía cómo; se compenetraba tanto cuando hablaba de trabajo, que la euforia lo embargaba.
Hacía causa común con quién fuera como él; y el chico era tan apasionado como el propio Viktor, lo que lograba que éste se olvidara de que el hombre le caía mal.
Él y Helena viajarían a la ciudad en dos días con el fin de iniciar los trámites para abrir las oficinas.
Quería pasar por el registro catastral y obtener toda la información posible sobre la estancia.
Tal vez hasta podría hablar con el martillero que dirigió la subasta.
Al igual que su familia, él también se sentía atrapado por la historia de Santa Teresa.
Esas tumbas eran toda una incógnita, ¿serían esos los antiguos ocupantes?
El incendio tal vez acabó con las vidas de todos.
Antes no le había preocupado averiguar nada, pero ahora necesitaba saber quién vivió allí.
Además, deseaba llevar a su esposa a conocer Posadas.
Pasar una o dos noches en alguno de los nuevos hoteles que buscaban alojar al turismo que iba camino a Iguazú y que, según había oído, brindaban un excelente servicio.
Helena podría pasear y hacer algunas compras mientras él ponía todo en marcha.