Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Lautaro miró su atuendo, él no era un engreído o un pomposo.

Le gustaba verse bien, pero hacía mucho que no estaba en el campo; tal vez había exagerado en elegancia.

Moría por oír la opinión de la beligerante muchacha, pero escuchó pasos acercándose.

Interrumpió la charla y, sin conocer la respuesta de Erika, entró a la biblioteca.

―Espero que haya podido acomodarse ―dijo Helena rompiendo el silencio que se había instalado en el salón cuando entró.

―Sí, muchas gracias de nuevo por hospedarme con tanta amabilidad ―expresó mirando a Erika quién bajó la vista.

―Mañana visitaremos todas las instalaciones ―prometió Viktor en un intento de cortar la tensión―. Hoy podemos dar un corto paseo por los alrededores de la casa, las plantaciones están más alejadas. Mucho de lo que aquí hacemos podría aplicarlo en sus tierras.

―¿Qué tierras? ―preguntó Erika con sorpresa.

―El señor Medrano ha adquirido tierras en Santa Ana ―la ilustró su hermano.

―Oh, eso está cerca ―señaló Hanna―, Lo visitaremos después de que se instale.

―Por supuesto, me encantaría recibir visitas de la familia Böhm ―aseguró con la vista clavada nuevamente en Erika―. Deseo poder edificar una casa pronto.

―Puedo ponerlo en contacto con mis proveedores si lo desea ―dijo Viktor―. Con ellos construí esta residencia. Trabajan rápido y bien. Traen todo el material desde Posadas y de Candelaria.

―Eso sería muy generoso de su parte ―contestó Lautaro.

Después de tomar el té, Viktor llevó a Lautaro a visitar las instalaciones donde procesaban la yerba. Volvieron justo para la cena.

Más tarde esa noche, Viktor y Helena estaban abrazados en la cama.

Él le hacía el amor casi todas las noches y después la abrazaba para dormir.

No hablaban, ninguna charla sobre sentimientos llegaba después del sexo.

A Helena se le salía el corazón por hablar, ¿cómo después de una experiencia tan intensa no tenían nada que decirse?

Bueno era Viktor quién no expresaba nada, a ella se le atragantaban las palabras, aunque se moriría antes de hablar.

Tenía sentimientos hacia su esposo, anhelaba su compañía, sus caricias, o simplemente estar con él.

Pero, la reserva de Viktor le impedía confesar nada.

La conveniencia de ambos los había llevado a casarse y no quería hacer el ridículo al plantear sus afectos por él.

Como la lámpara seguía encendida y ninguno daba señales de dormirse pronto, Helena probó conversar un poco con su marido. Quería conocerlo mejor.

―Así que Lautaro ha comprado tierras en la zona. Seremos vecinos.

―¿Lautaro?, ¿Desde cuándo lo tuteas? ―cuestionó Viktor secamente.

―Oh, él lo sugirió. Ha sido amable, ¿no lo crees?

―Sí ―replicó él con sorna―. Muy amable.

―¿Es sarcasmo lo que detecto en tu voz?

―Claro que no, solo me asombra tanta confianza entre tú y él ―agregó con sequedad.

«¿Estaba Viktor enojado con ella?», era extraño.

No creía haber tratado a Lautaro mejor o peor que a cualquier otra persona que hubiera conocido desde que estaba con él, o sin él; trataba a todos por igual siempre.

Le parecía alguien simpático y atento, nada más.

Helena ya no dijo nada, nunca hablaban por la noche.

No iba a discutir el único día que sí lo hacían.

«Era un imbécil», se amonestó Viktor. Nunca había sentido celos y no sabía cómo controlarlos.

Aún sin desconfiar de su esposa, no podía quitar de su cabeza como Lautaro conversaba con Helena en el viaje en barco.

Era un hombre culto, buen conversador, sabía coquetear; todo lo que Viktor no era.

Su sentimiento de inferioridad se acrecentaba cuando Medrano hechizaba a todos los presentes con sus modales perfectos y su encanto natural.

El resto del mundo no le importaba, pero se sentía territorial en lo que a su esposa se refería.

Prometiéndose ser más amable y racional de aquí en más, al fin se durmió.

Erika se levantaba temprano, muy temprano.

Era su momento preferido del día, antes que la casa se pusiera en movimiento.

Con el sol que apenas empezaba a asomar y los pájaros que todavía no cantaban.

Disfrutaba de la soledad que le brindaba la mañana en una morada siempre activa y llena de gente.

Se dirigió a la cocina, que era el único lugar de la vivienda donde encontraría a alguien despierto; las tareas comenzaban antes del alba.

Recorría el pasillo y oyó ruidos en la biblioteca.

¿Quién estaría levantado a estas horas impías aparte de ella?

Se asomó a esa habitación y encontró a Lautaro quien miraba los libros.

―¿Qué hace aquí? ―preguntó con brusquedad.

―Buenos días para usted también, señorita Erika ―replicó él, descolocándola―. Como verá trato de elegir que leer. Quizá podría recomendarme usted algún libro.

―No leo mucho ―mintió ella―. Puede preguntarle a mi hermana, Hanna. Es la intelectual de la familia.

―Usted me intriga más ―reveló mirándola a los ojos.

Erika se ruborizó; odiaba al hombre por inquietarla así, ella no se ruborizaba, ¡por Dios!

Él era apuesto, tal como señaló ayer su hermana.

El cabello oscuro le caía sobre la frente con gracia, tenía una nariz patricia que destacaba sobre su piel dorada, pero conservaba una bella forma, la mandíbula fuerte con un hoyuelo en el mentón, sus ojos a primera vista marrones, dejaban ver destellos de verde y miel en una segunda mirada.

Era bien parecido, aunque se veía un poco arrogante y presuntuoso.

Todo en él la hacía sentir rústica de la misma forma en que la atraía.

Además, presentía que él ocultaba algo. Sexto sentido o alguna bobada por el estilo sobre las que hablaba su hermana .

―No sabía que se levantara tan temprano ―dijo cambiando de tema―. Pensé que era la única en madrugar. Si quiere acompáñeme a la cocina a ver que encontramos para desayunar.

―Eso sería un placer ―expresó tendiéndole su brazo con una sonrisa que debería estar prohibida.

Erika tomó el brazo que le ofrecía con cierta reticencia, la ponía nerviosa estar tan cerca de él.

A través de la tela de su chaqueta sentía el calor que emanaba de su cuerpo.

Preguntándose como sería tocar esa piel sin ropa de por medio ¿De dónde venían esos pensamientos tan impropios?

Este hombre era peligroso para su cordura.

No encontraba lógica en sentirse tan atraída por alguien a quien rechazaba tanto.

El día pasó rápido con actividad febril.

Pese al visitante, la estancia tenía sus rutinas; tareas que debían hacerse para que todo funcionara a la perfección.

El día arrancaba antes del amanecer. Viktor recorría la plantación y verificaba que cada cosa se hiciera en tiempo y de la forma requerida.

Limpiar el yerbal de malezas llevaba mucho tiempo y tenían innumerables personas dedicándose a ello.

La tarefa , como se llamaba a la cosecha, se realizaba de abril a octubre y en algunas plantas se hacía hasta dos veces en el año.

Las ramas eran cortadas con serrucho. Luego las hojas y ramas más delgadas eran separadas y se ponían en enormes lonas llamadas ponchadas; así eran trasladadas a los secaderos donde se realizaba el sapecado .

Este consistía en exponer las hojas al fuego por unos minutos con el objeto de mantener el color verde y las propiedades de la planta.

El secado se terminaba en el barbacuá , unos hornos donde la yerba se secaba muy despacio, bajo el constante movimiento del urú y los guaiños .

Esas hojas secas se canchaban ; es decir, se molían groseramente y se estacionaban embolsadas para terminar con el proceso.

El secado se realizaba de noche para evitar el calor; debido a ello había varios turnos de trabajadores en los secaderos.

Erika se ocupaba de los animales. Recorría los potreros, establos y corrales, ayudaba con los partos, vigilaba la marcación del ganado y la recolección de huevos.

Amaba su trabajo y no había mucho que no se animara a hacer.

Aunque su familia pusiera el grito en el cielo no dejaría sus obligaciones, suficiente tenía con acceder a esas lecciones con Helena.

¿De qué le servirían en la chacra? Su hermana gemela, Hanna, prefería las labores más domésticas; ayudaba a su madre con la huerta y durante la siesta tenía sus clases con Bruno y los otros niños.

Después de esos primeros días, Helena decidió seguir a Aurelia en sus tareas y aprender lo que pudiera de ella.

La mujer era amable y paciente, la alentaba a hacer cosas nuevas explicándole todo con mucho detalle.

Los quehaceres de la casa no eran menores que los del campo.

Era más que mantener todo limpio y reluciente.

En las cocinas adosadas se preparaba la comida de los peones y eso llevaba mucho tiempo de planificación.

Había que mantener las despensas llenas; organizar las compras de provisiones, ordenar y catalogar cada cosa que entraba o salía.

Además, se elaboraban quesos, mantequilla, conservas y muchas otras cosas para abastecer la casa y alimentar a la peonada.

Helena no creía ser capaz algún día de dirigir todo como su suegra lo hacía; pero la mujer desechaba sus dudas y la reconfortaba, dándole aliento y asegurando que sería perfectamente capaz de ocuparse de todo.