Capítulo 16
«El visitante»
E sa mañana los despertó la lluvia y el agua continuó cayendo sin pausa por los siguientes tres días.
Helena jamás había visto llover así. Con las primeras gotas, el olor a tierra mojada se elevó y creó una atmosfera efervescente.
El aire fresco llenó todo el espacio y cruzó por la casa entre las ventanas y las puertas abiertas.
Todo empezó con la caída de gordas gotas solitarias.
En pocos minutos se transformó en un aguacero que repiqueteaba en las chapas del techo e inundaba el espacio con ese sonido metálico que invitaba a acurrucarse en un sillón con una taza de té y un libro en las manos.
La tormenta no cesaba, el ruido de los truenos era ensordecedor, se sentía como si los cielos se abrieran para soltar sobre la tierra toda su furia.
El agua corría alrededor de la casa formando pequeños riachos que atravesaban el jardín y arrastraban barro, hojas y algunas ramas; únicamente la altura en la que estaba construida impedía que entrara e inundara a la vivienda.
Tuvieron que esperar otros dos días más para que los caminos se sequen y vuelvan a ser transitables. El barro lo cubría todo; rojo y denso se adhería a las botas de hule cubriendo las suelas con una capa gruesa que, una vez seca, era imposible de quitar.
La rutina en la estancia era muy diferente en los días lluviosos, salvo atender a los animales, la mayoría de las tareas se hacían puertas adentro.
Viktor revisaba y ponía al día sus libros y papeles, Aurelia dedicaba esos días de mal tiempo a la costura acompañada por Helena que había descubierto el gusto por el bordado desde su viaje en barco.
Hanna daba clases a Bruno, mientras enseñaba a otros niños a leer, escribir y un poco de matemáticas.
Eran hijos de las mujeres que trabajaban en las cocinas y que hacían la limpieza de la casa.
Su sueño era montar un aula para enseñar a todos los niños que vivían en Santa Teresa y no solo a los hijos del personal doméstico.
Helena quería contribuir al sueño de su cuñada, estaba decidida a ayudar todo lo que pudiera.
Erika era la más inquieta en esos días, acostumbrada al trabajo duro del campo no sabía bien como ocupar su tiempo dentro.
Así que rondaba a todos aburrida y de mal humor por el exceso de energía acumulado.
Si la lluvia, momentánea y caprichosamente, cesaba por un momento, salía a trabajar en la huerta y volvía embarrada de pies a cabeza para tortura de su pobre madre.
Pasó casi una semana completa hasta que pudieron volver a la rutina habitual.
Cuando los caminos se tornaron transitables, regresaron al cementerio.
Viktor y Bruno montaban mientras las muchachas llevaban el coche.
El vehículo liviano y de altas ruedas les permitía recorrer los caminos fangosos tirado por un par de percherones.
Erika enseño lo básico para conducir a Helena y dejó que llevara las riendas.
―¿Qué sabes sobre los antiguos dueños de Santa Teresa? ―preguntó Hanna a Viktor una vez que llegaron a destino.
―No mucho ―respondió este―. La compré en una subasta, directamente al banco. El propietario anterior la perdió por deudas.
―¿Y antes? Esa capilla es antigua .
―Una familia francesa fue la que construyó la capilla y la primera en ocupar las tierras.
―¡Es verdad! ―gritó Bruno señalando las lápidas―. Esas tumbas dicen Dumont, ¿ese es un apellido francés no es así?
―Muy bien Bruno. ―Hanna lo felicitó con orgullo― Veo que pones atención a mis lecciones después de todo.
El niño se ruborizó. Los elogios de Hanna le daban alegría y lo avergonzaban por igual.
―Entonces ―resumió Helena―. La familia Dumont fue la primera dueña y luego pasó al Banco.
―No. Hubo alguien en medio ―explicó Erika―. La última tumba que dice Dumont es de 1854, pero nuestras tumbas misteriosas son de 1895. Deben ser los propietarios que las perdieron.
―Tal vez pueda confirmar eso en Posadas ―prometió Viktor―. Pero, no podrá ser pronto. El barco de la mañana trajo cartas, recibiremos visitas pasado mañana.
―Debe ser el Señor Medrano ―dijo Hanna―, el joven que conocieron en el barco, ¿verdad?
―¿Cómo sabes eso? ―cuestionó Viktor.
―Helena nos contó todo sobre el viaje desde Buenos Aires.
Viktor contempló a Helena, que seguía ruborizándose cada vez que la miraba. Recordó complacido cada noche que pasaron juntos; para él la tormenta había resultado inspiradora y oportuna.
―Sí, en efecto. Medrano llegará de Posadas el jueves en el barco que pasa por la tarde. Pasará unos días recorriendo Santa Teresa para ver su funcionamiento.
La visita no lo entusiasmaba en lo más mínimo; Helena había charlado tan a sus anchas con él durante la travesía que se sentía celoso. Envidiaba la facilidad de palabras del joven, Viktor no era un hombre de muchas palabras, no tenía el don para la conversación o el coqueteo social.
Ese jueves Viktor fue a recibir a su invitado, no tan deseado, junto a Bruno.
Las chicas naturalmente quisieron ir, pero Helena les aconsejó que mejor sería esperar en la casa para tomar el té.
De ese modo se hallarían bien arregladas, sin el polvo y el sudor del camino.
Viktor notó que Helena instruía a sus hermanas en asuntos sociales.
La culpa lo embargó. Nunca le había confesado lo que esperaba de ella, cómo deseaba que preparara a sus hermanas para alternar socialmente.
Apreciaba que ella lo hiciera, sobre todo porque no se lo había pedido.
Conociendo a las gemelas la acosarían hasta obtener todo el conocimiento posible.
Quería que las gemelas hicieran buenos matrimonios, con esposos que las trataran bien y que no les hicieran faltar nada.
No podía asegurar su felicidad, aunque podía tratar que estuvieran bien provistas.
Tras una espera de media hora, el barco llegó al embarcadero. Medrano bajó con una pequeña maleta. Eso lo tranquilizó; si consideraba su equipaje, la estadía no sería tan larga.
Después de estrechar manos, subieron al coche para emprender el camino a la casa. El hombre estaba callado. Viktor se esforzó por entablar una charla.
―Espero que en estos días pueda obtener la información que busca. Siéntase libre de preguntar y ver todo lo que quiera.
―Gracias. Ese es mi mayor deseo: poder ver de cerca todo el proceso de la yerba. Verá, he comprado unas tierras.
―Oh ―exclamó Viktor ―¿Aquí en el territorio?
―Sí. Río arriba cerca del poblado de Santa Ana.
―Buen lugar ―dijo Viktor. Conocía la zona y estaba en pleno crecimiento, además quedaba cerca y serían vecinos―. Hay yerbales en esa zona .
―Así es, son unas doce hectáreas de yerbales. De la época jesuita, creo. Y tiene salida al río, así que podré armar un puerto como tiene usted aquí.
―Eso será bueno para su negocio. No hay forma de sacar la producción que no sea por agua. Los caminos son desastrosos, pronto lo podrá ver.
―Si, eso me han dicho ―confirmó Lautaro y se sumió en un silencio incómodo. Viktor no sacó más temas de conversación, por él mejor si no hablaban en absoluto.
Llegaron a la casa, el ruido de la llegada hizo que la familia saliera a la galería a recibirlos. Helena bajo las escaleras y saludó a Lautaro.
―Señor Medrano, bienvenido a Santa Teresa.
―Gracias por recibirme, señora Böhm ―agradeció con una sonrisa a su anfitriona.
Detrás de ella, Lautaro divisó a dos muchachas.
Una de ellas lo miraba con curiosidad y un poco de desconfianza; sus ojos azules confesaban todo lo que no decía: no estaba emocionada con su visita.
Apartó la vista y la centró en la otra chica presente.
Eran gemelas, si bien no es que pudiera confundirse entre la joven que lo acuchillaba con la mirada y su tranquila hermana.
Viktor presentó a sus hermanas y a su madre que habían salido de la casa.
Ya había conocido a su sobrino, a un niño de unos nueve o diez años, que lo había acompañado a recibirlo.
Supo entonces el nombre de la joven de mirada inquisidora, Erika.
Le gustaba como sonaba, le recordaba a una guerrera vikinga, una valquiria sobre las que había leído en la escuela.
Y hasta parecía una, con todo ese cabello rubio claro.
Tendría que cuidarse de ella, parecía ver a través de él y eso no era nada bueno para sus planes.
Helena lo tomó del brazo para entrar a la casa.
―Venga, le mostraré su habitación para que después podamos tomar el té en la biblioteca .
Viktor hervía de celos. Sabía que su mujer estaba siendo una buena anfitriona y nada más; solo que todo el coqueteo de Medrano en el barco era un recuerdo reciente.
Confiaba en ella; aunque no la conocía tanto, no creía de ser innoble.
Pero había estado con suficientes mujeres casadas como para saber que la lealtad no se aseguraba con el matrimonio.
Luego de quitar esos pensamientos de su cabeza, entró a la casa para el té, «vaya forma de perder el tiempo», gruñó para sí mismo.
Lautaro dejó su equipaje en el cuarto que le asignaron, admiraba la casa de Viktor, era sólida y elegante.
Él mejor que nadie sabía que no era simple construir aquí, todo debía ser traído de Posadas.
Era de tamaño medio, una puerta y una ventana daban a la galería trasera.
Estaba en un lado de la casa, lejos de las habitaciones de la familia, supuso.
«Lejos de las jovencitas», pensó con una sonrisa al recordar a la hermana de Böhm.
Dejó su maleta sobre una silla y salió a buscar la biblioteca siguiendo las voces de la familia allí reunida.
―No me gusta ―decía Erika―. ¿Han visto su ropa?, se parece a esos engreídos de la capital; seguro cree que somos unos palurdos.
―¡Erika! ―La reprendió su madre―. No seas maleducada, es un invitado.
―Un invitado muy guapo, ¿No lo crees? ―subrayó la otra hermana.