Capítulo 15 #3
Tres de ellas estaban juntas, eran de mármol blanco con una cruz de idéntico material y la fecha de muerte era la misma; 19 de enero de 1895.
La del medio era más grande que las otras dos; tal vez era una madre o padre y dos niños.
Era solo una conjetura, los nombres estaban raspados, como si alguien hubiese hecho presión con algún objeto afilado hasta borrar las letras y no se alcanzaban a leer.
―Mira, Erika ―llamó Helena a su cuñada que estaba más cerca, Hanna estaba con Bruno próxima al carro acariciando a los caballos porque el niño se aburría―. ¿No te parece extraño?, estas tres tumbas tienen la misma fecha de muerte y lamentablemente los nombres no se pueden leer.
―¿Se habrá desgastado la piedra? ―preguntó su cuñada―, eso sucede algunas veces.
―No son tan antiguas como para que el desgaste natural haga eso, más bien parece que alguien borró los nombres con un cuchillo, o alguna herramienta, no lo sé ―insistió Helena―. La fecha no está dañada como los nombres.
―Nunca lo había notado, están así desde que vinimos a vivir aquí.
No es que visitemos el cementerio frecuentemente, después de todo no tenemos ningún ser querido a quién visitar.
Hace unos años enterraron aquí a uno de los peones, ¿ves?
―explicó y señaló una cruz de hierro sobre una lápida de lajas rojizas―: ahí está la tumba. Es la más reciente.
Helena miró lo que Erika mostraba, pero seguía intrigada por las tres tumbas juntas .
―En esta se puede leer que el nombre comienza con una jota y en aquella otra parece ser parte de una letra pe o una de, no sé, es muy confuso ―escudriñó Helena con los ojos entrecerrados.
―¿Por qué habrán hecho eso? ―Erika miraba las lápidas arruinadas con tristeza, pensar que fuera intencional era casi siniestro.
Por qué ocultar los nombres si las lápidas eran para honrar la memoria de los difuntos.
Algo la conmovía de la situación. Al costado de la entrada crecían caléndulas, hizo tres ramitos y dejo las flores amarillas sobre las tumbas anónimas. Helena la miró desconcertada.
―Me dio pena que hayan dañado las tumbas ―dijo con vergüenza―. Solo quise mostrar respeto dejando unas flores en memoria de quienes están aquí enterrados.
―No se me había ocurrido ―dijo Helena―. Me alegra que lo hayas hecho. Alguien agradecerá que honres a sus seres queridos. ¿Volvemos?
―Si, será lo mejor. Hanna ya debe haber agotado todas las formas de entretener a Bruno.
Riendo al imaginar a la gemela más tranquila con el inquieto niño salieron del camposanto. Una vez todos en el carro emprendieron el regreso; ya no quedaban pasteles, ahora entendían como Hanna había mantenido al niño animado.
Desde el monte, oculto por los árboles, un hombre alto con el rostro escondido por su sombrero miraba a la reducida comitiva salir del cementerio y subir al coche.
Una lágrima cayó por su mejilla cuando miró las tumbas con los ramos amarillos encima.
Dio la vuelta y regresó al camino que separaba Santa Teresa de los terrenos vecinos.
Llegaron a la casa cuando el sol comenzaba a ocultarse.
Viktor regresó para la cena, tal como prometió.
Narró lo ocurrido en la policía y las sospechas del comisario sobre algún antiguo empleado enojado o resentido.
No contaban con otra explicación, por el momento se centrarían en esa hipótesis de investigación.
Hablaron de la visita hecha esa tarde a la capilla y el viejo cementerio.
―Es todo un enigma, ¿no lo creen? ―observó Erika. No lograba quitarse de la cabeza el pequeño cementerio con las tres tumbas sin nombre.
―Lo es ―afirmó Helena―. Las otras tumbas no arrojaron ningún indicio, son demasiado antiguas comparadas con éstas tres.
―Tendremos que ir otra vez al cementerio a buscar más pistas ―dijo Bruno excitado.
Todos miraron al pequeño. ―Esa es una muy buena idea, Bruno ―aprobó Hanna―. Podremos ir por la mañana. Ahora es tarde, deberíamos ir a dormir.
El niño aceptó con una sonrisa, todo el misterio era una gran aventura; además le daba la excusa para saltearse sus lecciones, aunque su tía Hanna era implacable.
Por cada lección que se perdía le añadía otras dos.
Algunas le gustaban muchísimo, especialmente si leían cuentos o su tía le hablaba de historia.
Hanna tenía una forma de enseñar las cosas que él y los demás niños amaban, hacía que todo fuera interesante.
«Menos matemáticas», pensó al recordar lo mucho que le costaban los números, incluso con una maestra tan buena como su tía.
―Sí ―dijo Viktor―, es tarde. Mañana hay que levantarse temprano ―agregó mirando a su sobrino. Todos sabían que al chico le costaba mucho madrugar.
De a poco se fueron despidiendo para ir a sus habitaciones.
Viktor miró a Helena de una forma que le calentó la sangre.
No sabía que esperar, «¿volvería a hacerle el amor esta noche?
», se preguntó. Ella lo deseaba, pero él no la buscó con sus atenciones, solo le preguntó cómo estaba y se durmió abrazándola.