Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Pensó en las diferencias que existían entre su infancia o la de sus hermanos, ella no era parámetro para compararse con nadie, con la infancia de Viktor y las gemelas.

Imaginó a su esposo y sus hermanas siendo niños, ocupados con las tareas del campo, incluso las peligrosas para un niño.

La visión la estremeció. No le gustaba la idea de que los niños trabajaran.

No era ingenua, sabía que era una realidad común.

Una verdad a la que la alta sociedad le daba la espalda y simulaba no ver o, en el mejor caso, que solo veía en determinadas situaciones.

Los grandes bailes y tés de caridad que las mujeres hacían más para entretenerse que para ayudar y que sus maridos financiaban para quitar a sus esposas de en medio, calmaban conciencias sin que nada cambie en realidad.

―Yo no soy una dama con gran experiencia en la sociedad ―confesó Helena―. Puedo ayudar con los aspectos básicos de la etiqueta y buenas costumbres; sin embargo, no podría ayudarlas con mucho más.

Grandes sonrisas se instalaron en los rostros de las chicas .

―Estamos felices de que Viktor se haya casado contigo ―proclamó Hanna dándole un inesperado abrazo―. Muy felices.

Helena estaba perpleja. Les acababa de decir que no era la dama experimentada que esperaban y las jóvenes la abrazaban y le expresaban su alegría.

No tenía sentido para ella, pero la emocionó el impulso de la muchacha.

Lo esperaba de su hermana, la impetuosa Erika sin embargo no lo anticipó de la tímida Hanna.

Que gran fiasco que su esposo la hubiera elegido por una supuesta e inexistente experiencia entre la alta sociedad.

Dio gracias por haber sido una ávida lectora.

Todo lo que sabía venía de los libros que había leído, nada procedía de las vivencias.

Primero la lectura le abrió las puertas del mundo y, más tarde, los periódicos la pusieron al día con la realidad.

Leer siempre fue su ventana al exterior, su forma de espiar aquello que no tenía permitido experimentar directamente.

Poseía conocimiento teórico, aunque no práctico, de casi todos los aspectos de la vida. Esperaba que fuera suficiente.

Programaron las clases, si es que se las podía llamar así, para la hora de la siesta. Helena trató de recordar sus lecciones y hasta encontró un librito de etiqueta y protocolo en sus baúles; quién sabe cómo llegó allí. Alguna sirvienta lo habría empacado junto a sus otros libros.

Por la tarde, pasadas las horas más calurosas, se trasladaron con las chicas y Bruno hasta la capilla.

Fueron en el coche, llevaban unos pasteles hechos por Aurelia y limonada para la merienda.

Al acercarse, Helena constató que se trataba de una edificación antigua, tal vez de unos setenta años, quizá más. Estaba construida con piedras rojizas .

―Que curiosas estas piedras ―dijo examinando una de cerca―, en algunas puedo ver restos de tallas, pero no llegan a formar una figura.

―Eso es porque son piedras de las misiones ―informó Hanna.

―¿De las misiones? Sí, había entendido que eran del territorio de Misiones.

―Claro, me refiero puntualmente a las misiones jesuitas. Ya sabes, los pueblos fundados por la Compañía de Jesús en estas tierras.

―Oh, qué tonta. No había relacionado el nombre del territorio con la misión de los sacerdotes jesuitas.

Hanna era una fuente de conocimiento y le encantaba compartir lo que sabía.

Las piedras eran extraídas de las ruinas cercanas.

Candelaria fue una de las reducciones que los sacerdotes Jesuitas levantaron en Misiones como también en Brasil y en el Paraguay.

Allí vivieron en el pasado junto a los guaraníes que evangelizaron.

Al irse los curas, los pueblos quedaron abandonados, los habitantes se fueron de regreso al monte o incluso a las ciudades del Virreinato.

Las nuevas poblaciones que crecieron cerca de esas antiguas reducciones se habían servido de las piedras y materiales que quedaban en pie para construir sus propias casas.

Como esta capilla que estaba hecha con las lajas talladas hacía más de doscientos años por artesanos guaraníes bajo la dirección de los padres Jesuitas.

Era una Iglesia de reducidas dimensiones.

Un pequeño atrio daba acceso a la nave circular.

El piso de lajas era también de ese color naranja rojizo que tenían las paredes.

Al frente un simple altar de piedra sobre el que colgaba una rústica cruz de madera que presidia el espacio frontal con más solemnidad que cualquier retablo revestido en oro o plata.

Las ventanas se hallaban a una altura de unos dos metros desde el suelo y llegaban casi hasta el techo de madera y tejas.

A un lado de la capilla, se encontraba el pequeño cementerio.

Rejas de hierro oxidado protegían el eterno descanso de los difuntos allí enterrados.

Dentro de los límites del camposanto, serpentearon entre todo tipo de lápidas y tumbas.

Se podían contar unas veinticinco, quizá treinta; algunas con sus inscripciones gastadas por el tiempo, otras parecían más recientes.

Ninguna tendría menos de quince o veinte años salvo una.