Capítulo 15
«Las tumbas sin nombre»
V iktor despertó al amanecer, más por costumbre que por haber descansado lo suficiente.
Helena yacía acurrucada a su lado, abrazada a él bajo las mantas.
No quería despertarla, tampoco dejarla sola justamente esta mañana.
La miró con dulzura, era tan bonita. Y lo que pasó anoche, fue perfecto.
Le causaba gran pesar el sufrimiento que le había provocado, entendía que era inevitable, pero de todas formas le molestaba.
Las mujeres sentían dolor en su primera vez, eso era un hecho.
Se consolaba al saber que ella también disfrutó del acto y que las siguientes veces ya no sentiría molestias.
Sonrió ante la idea de volver a hacerlo y se puso serio al saber que no sería hoy; no solo no era prudente imponer sus atenciones tan pronto, sino que los problemas que tenía en la estancia estaban lejos de resolverse.
El deber le impedía pasarse el día haciendo el amor con ella, por más que la idea lo tentaba mucho.
Se consintió con unos minutos más en la cama mientras salía el sol.
Con las primeras luces del día vio los pequeños cambios en la habitación que anoche había pasado por alto.
Las fundas de las almohadas con sus iniciales entrelazadas pusieron una sonrisa en su rostro, intuía que ese era el bordado que su esposa le ocultaba en el viaje.
Algunos baúles estaban apoyados contra una pared y pequeños objetos femeninos adornaban los muebles, «y su olor», se dijo con una sonrisa; el perfume de Helena ahora era parte de la recámara.
Helena abrió los ojos y vio a Viktor observándola apoyado en un codo. El rubor y la vergüenza la cubrieron de la cabeza a los pies; tanto por los recuerdos de la noche como por la certeza de que bajo las sábanas estaban los dos desnudos.
―Buenos días ―saludó él―. Siento si te desperté al moverme, aún es temprano.
―Buenos días, no me despertaste ―dijo ocultando la cara.
―No te escondas por favor. Espero que no te sientas muy dolorida. Lamento haberme quedado dormido anoche.
Más rubor y vergüenza, definitivamente Helena iba a morir esa mañana.
―Estoy bien ―respondió―. Gracias por preguntar. Y no lo sientas, yo también me quedé dormida enseguida ―mintió.
―Hoy iré al pueblo de Candelaria para hablar con el comisario. Lo siento, quería pasar el día contigo.
―Lo entiendo, no te preocupes. Deseo que encuentres alguna pista pronto.
―Y yo. Necesito resolver esto de una vez ―dijo. «Sobre todo ahora que tenía alguien más por quien preocuparse», pensó mirando a su mujer mientras un sentimiento de propiedad lo alcanzaba.
Se levantaron, lavaron y vistieron. Helena puso el grito en el cielo cuando él intentó lavarla; lo echó de la habitación para ocuparse ella misma de su aseo.
Para su mayor mortificación, las blancas sábanas mostraban pequeñas manchas de sangre, fruto de sus actividades nocturnas.
Cambió ella misma la ropa de cama y se dirigió al comedor.
Viktor la esperaba para desayunar, nadie más de la familia estaba allí; solo una joven que traía comida de las cocinas.
―¿Cuándo volverás del pueblo? ―preguntó mientras tomaba la silla que su esposo había apartado para ella .
―Por la tarde, antes de que anochezca, estaré aquí para cenar. Dile a Bruno o a alguna de las chicas que te lleve a conocer la capilla, no está lejos de la casa. Así no te aburres en mi ausencia.
―Eso haré ―asintió con una sonrisa―. No sabía que hubiese una capilla.
―La hay y un pequeño cementerio. No contamos con sacerdote ni pastor, solo es un espacio para orar.
Seguramente en el pasado algún clérigo pasaba cada tanto tiempo para realizar celebraciones; pero al estar todo abandonado dejaron de venir.
En algún momento tendré que hablar con el cura de Candelaria para ver si se puede reanudar ese servicio.
La mayoría de los empleados son católicos, tal vez se verían beneficiados si se pudieran celebrar bautismos o bodas nuevamente.
―Eso sería muy amable de tu parte, Viktor.
Apuesto que los empleados estarán agradecidos ―dijo al recordar lo religiosa que era la gente de la estancia.
Había visto velas y cruces en las ventanas de los ranchos; también los rosarios colgaban de sus paredes con estampas de santos enganchadas entre las gordas cuentas de madera―.
Pediré a Erika que me lleve a conocer esa capilla.
―No olvides las botas y elige ropa fresca, no queremos que colapses por el calor ―dijo serio. Aunque se sentía como un reto, Helena se dio cuenta de que se preocupaba por ella. Eso la hizo sonreír.
Con esa última advertencia, se despidió con un beso y salió de la casa.
La distancia hasta el pueblo no era mucha, apenas unos quince kilómetros.
Tardaría una hora y media sin forzar a su montura, puesto que el camino no era parejo y en algunas zonas debería ir al paso.
Al llegar se dirigió directamente a la estación de policía.
El destacamento no era grande y el personal no pasaba de la media docena para atender al pueblo y a todas las localidades vecinas.
El crimen no abundaba por esta zona; todo era robo de ganado, disputas vecinales y contrabando.
Cada tanto algún hecho truculento sacudía la tranquilidad pueblerina.
Varios años atrás un hombre disparó a otro por una mujer; y los accidentes de caza que terminaban con algún muerto no eran escasos.
En una población donde el número de armas era mayor que el de habitantes, esas cosas pasaban.
Como suponía, el comisario Estévez, no tenía ni idea sobre quién podría ser el atacante.
Para colmo, lo interrogó casi por una hora para ver si Viktor tenía enemigos o estaba disgustado con alguien; casi se sintió él un delincuente ante semejante interrogatorio.
Cuando preguntó por algún empleado despedido, que pudiera haber quedado resentido, Viktor hizo memoria.
Recordó que tuvo al principio, durante casi un año, tuvo un capataz al que echó por maltratar a los peones.
Según supo después, firmó una contrata como mensú en el alto Paraná, después de pasar algunos meses de hacer trabajos temporarios.
Al ser despedido, el hombre se la pasaba borracho en el pueblo y despotricaba contra Viktor.
Ya habían pasado más de cinco años de eso, no tenía sentido que decidiera vengarse tanto tiempo después.
Además, ni siquiera estaba en la zona. Debía ser alguien más.
El policía prometió investigar los datos que le dejó.
No recordaba a otra persona que pudiera tenerle inquina, pero en siete años al frente de su estancia despidió a más de un peón, aunque nunca en tan malos términos como al exencargado.
Al salir de allí se dirigió a la parroquia para procurar que algún religioso pasara por la capilla al menos una vez al mes. Aprovecharía para hacer algunas compras y regresaría a casa.
Una vez que concluyó su desayuno, Helena pasó por la habitación para responder unas cartas.
Había intercambiado direcciones con algunos pasajeros del barco y, como era de esperar, llegaron varias misivas; lo correcto era responder sin demora.
Estaba interesada en entablar relaciones con aquellos que vivían en Posadas, en especial con Victoria y Susana, a las que consideraba futuras amigas.
Luego de pasar gran parte de la mañana ocupada con la correspondencia, se sentó a bordar en la galería y pronto sus cuñadas se unieron a ella.
Se sentía tan diferente después de lo sucedido la noche anterior que todo el tiempo temía que se notara en su rostro.
Pasaba de sonreír tontamente a ruborizarse al recordar ciertas partes.
Las gemelas eran tan alegres y conversadoras que pronto se encontró relatando el viaje en barco, los paisajes que había visto y las personas a las que conoció.
Les contó que pronto recibirían visitas.
Uno de los pasajeros se había mostrado interesado en los procesos de producción de yerba mate y Viktor lo invitó a pasar unos días en la estancia.
Esto revolucionó a las muchachas, que no dejaban de preguntar por Lautaro Medrano: cómo era, cuál era su edad o si era guapo. Helena contestó como pudo todos sus interrogantes y pensó que tal vez podrían emparejar a alguna de las chicas con el muchacho.
―¿Qué es lo que bordas? ―preguntó Hanna, mirando de cerca su trabajo.
―Oh, es una sábana del ajuar. ¿Ves estas letras? ―señaló mostrándole el bastidor―, son mis iniciales y las del apellido de Viktor; es decir, el apellido familiar de ustedes ―aclaró.
―Qué bonito. Yo no sería capaz de hacer algo tan bello. Bueno ninguna de nosotras tuvo nunca la paciencia para el bordado.
―O el tiempo para ello ―continuó Erika por su hermana―. Desde niñas ayudamos en la chacra.
―Sí ―explicó Hanna―, digamos sin equívocos que sabemos mucho sobre el campo y casi nada sobre cómo ser señoritas adecuadas .
Helena estaba admirada de esa capacidad de las gemelas de terminar las frases que la otra iniciaba. Se las veía tan unidas. Eso hizo que añorara a sus propias hermanas, sobre todo a Josefina.
―¿Por eso estás aquí?, ¿no? Para ayudarnos a ser damas ―preguntó Erika, sacándola de sus pensamientos.
―O al menos a no ser tan torpes ―añadió su hermana entre risas.
La realidad de las causas de su boda la abofeteó; así que eso era lo que Viktor no había dicho.
Sabía del trato comercial, ahora entendía los otros motivos existentes para su enlace.
Ser consciente de eso le dolió un poco; quizá las intimidades recientemente compartidas hacían aflorar su sensibilidad.
No se trataba de que estuviese enamorada de Viktor, no lo estaba por ahora, pero sentía que no sería difícil hacerlo.
Si ella caía no quería hacerlo sola; sería humillante y doloroso.