Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Él quería que Helena perdiera la razón, no hallaba otra explicación para lo que le estaba haciendo.

Ella no podía pensar con claridad, le faltaba el aire, su piel ardía y se estaba formando en su interior un anhelo enorme e incomprensible.

Su cuerpo demandaba algo y no sabía que.

No emitió ninguna palabra desde que su marido comenzó a seducirla, tampoco sabía que decir sin morir de vergüenza.

Se sentía húmeda en lugares innombrables y eso la avergonzaba.

¿Cómo ocurría eso cuando él no la había tocado allí?

Cerca sí, nunca ahí. Para su horror, tomó conciencia de que era donde más quería ser tocada.

Estaba desnuda bajo su camisón, él lo sabía y solo pensarlo lo volvía loco. Decidido a ir un paso más allá en su avance, levantó un poco más la prenda que lo separaba de la piel de Helena y la tocó con suavidad; sus dedos hacían círculos sobre el brote que provocaba la culminación en las mujeres.

―¿Qué me estás haciendo? ―gimió ella en un susurro desesperado.

―Te preparo para mí ―informó él contra su boca. Volviendo a los besos abrumadores, siguió atormentándola con la mano, hasta que la necesidad se hizo tan grande que Helena se retorcía entre sus brazos .

Su agitación se hizo tan evidente que Viktor la notó y siguió con la tortura para que llegara al clímax; sabía que eso ayudaría a la consumación.

―Déjalo ocurrir Lelé. No luches.

¿Qué dejara que pase qué? Helena ni siquiera entendía lo que le estaba pasando, mucho menos qué hacer para que eso, sea lo que fuera, terminara de suceder.

―No sé cómo ―suplicó.

―Solo déjate ir.

―Es como si estuviera por llegar a un lugar que se aleja cuando me acerco ―dijo frustrada.

Estar tan cerca de una cosa que no entendía era desesperante; se relajó y se rindió a lo que su esposo le hacía.

Él incrementó sus caricias en un ritmo frenético de roces y suaves golpes.

Hasta que ese dejarse ir tuvo significado para ella y algo se rompió que la hizo estallar en mil partes dispersas, como si ya no pudiera recomponer su cuerpo de nuevo.

―Eso fue…

―Eso fue hermoso ―interrumpió con una sonrisa, la mirada oscurecida por el deseo postergado. Ver a su esposa sucumbir a la pasión por primera vez lo hizo sentirse agradecido.

Sin espacio para más palabras o explicaciones, Viktor le quitó el camisón por completo, se quitó los calzoncillos —aunque para su frustración no pudo ver nada— y se ubicó sobre ella, entre sus piernas sostenido por sus antebrazos.

Mirándola a los ojos la tocó nuevamente allí, donde segundos antes se había desintegrado.

Esta vez el roce era más audaz, los dedos jugaban con sus pliegues y arrastraban la humedad por toda la zona.

Entró en ella con un dedo sin dejar de mirarla; la vergüenza se apoderó de Helena, quién giró el rostro sobre la almohada.

―Mírame ―dijo él―, mírame para que pueda ver lo que mis manos provocan en ti y para que veas lo que tocarte me hace .

Ella alzó el rostro y lo miró. Vio el deseo en su rostro: los ojos entrecerrados, la respiración irregular al igual que la de ella; él era hermoso en la pasión. Sus dedos se retiraron y sintió como acomodaba su erección sobre su entrada.

―No sé cómo hacer que esto no duela ―confesó con pesar―, prometo tratar de ser amable.

Dicho esto, se hundió en ella hasta el fondo.

El dolor fue sorpresivo e intenso, mucho más de lo que esperaba, para que negarlo. Mordió sus labios para evitar el grito que se formaba en su garganta.

―Lo siento ―suplicó quedándose muy quieto en su interior, mientras apoyaba la frente en la suya―. No había forma de evitarlo, juro que lo compensaré, solo espera.

―Dolió ―lloró ella.

―Lo siento. ―Volvió a decir besando la única lágrima que rodaba por su mejilla―. Ya no va a doler, lo prometo. Confía en mí.

Sin retirarse, metió la mano entre sus cuerpos y trazó círculos y roces sobre el botón que la encendía.

Le beso el rostro, los labios, los pechos.

Mordió sus pezones con delicadeza, mientras la magia volvía a comenzar.

Cuando ella al fin se relajó bajo su cuerpo, se movió sin dejar de tocarla.

Sintió su clímax crecer nuevamente, lo alentó con toques firmes hasta lograr que ella llegara una vez más.

Apoyado en los antebrazos, dejó que su intrusión tomara un ritmo cada vez más rápido hasta derrumbarse sobre ella en su culminación.

Rodó a un costado para no aplastarla y la abrazó. Respiraba agitadamente. Necesitaba unos minutos para recobrarse, para ayudarla a limpiarse, para…, no sabía para qué. Agotado como estaba, el sueño se apoderó de él. Solo atinó a levantar las sábanas sobre ambos para cubrirlos antes de caer dormido.

Helena no podía dormir. En solo unos minutos su marido se acomodó con ella en la cama y se quedó dormido abrazándola.

Ella estaba encendida, más despierta que nunca, como si consumar el matrimonio la hubiese llenado de energía.

No quería moverse para no despertarlo, aunque sospechaba que no sería tan fácil sacar a Viktor del sueño en el que había caído.

Nunca lo había visto dormir así, pero no se animaba a despertarlo.

La vela estaba casi consumida del todo, en poco tiempo se apagaría.

Quizá, sabiendo esto, estudió las facciones de su rostro en reposo; era tan guapo que mirarlo la sacudía.

No lograba quitar de su cabeza lo que hicieron en esa cama.

Ignoraba qué esperar de las relaciones maritales; no esto sin duda, fue extraordinario.

Salvo por el dolor, intenso pero efímero, era la experiencia más increíble que había vivido en su corta vida.

La vela se apagó y Helena por fin logró dormirse.