Capítulo 14
«Apasionados»
V iktor estaba agotado. Había recorrido toda la estancia, desde el lugar del hecho, hacia cada dirección posible, pasando por cada rincón y espacio que sirviera de escondrijo para los malandras que hicieron esto.
No encontraba explicación, los ataques parecían excesivos.
La visión de las reses ensangrentadas era espeluznante, el responsable sabía que no afectaban a la economía de Santa Teresa.
Allí el ganado era para consumo, a lo sumo para trueque con los vecinos; este era un establecimiento yerbatero, así como sus otras tierras rio arriba eran para extracción de maderas.
La ganadería no contaba como fuente de ingresos en su explotación agropecuaria.
Quemar el yerbal, eso sí que sería un daño económico irreparable, aunque no fácil de llevar a cabo.
Sentía que todo el asunto era para generar miedo, tanto entre los trabajadores como en su familia.
Y, ciertamente, él temía por las mujeres de su casa y por su sobrino.
Volvía con una sensación de fracaso, cuando uno de los peones se acercó corriendo.
―¡Patrón, patrón! ―gritaba.
―¿Qué pasa, Ramón? ―preguntó.
―Venga a ver lo que encontramos.
Se dirigieron al potrero donde los peones removían los cadáveres de los animales; uno de ellos yacía de lado con el cuello cortado.
Benítez, su capataz, estaba parado junto al bovino con un farol de kerosene en alto para iluminar el flanco del animal.
Viktor se paralizó; escrito con la misma sangre de la bestia se veía sobre su costado una letra equis enorme, lo mismo en el ternero a su lado.
Era la primera vez que el atacante dejaba una especie de mensaje, aunque solo fuera un símbolo que no tenía ningún sentido para Viktor de momento.
Mañana iría hasta Candelaria y averiguaría si la policía había avanzado con la investigación; por ahora, para él, la situación era un misterio.
Tal vez podría hablar con el martillero que remató los campos e indagar si había algún vecino que los deseara ahora; sería extraño, no se presentaron muchos compradores para pujar por las tierras en su momento.
En realidad, las había adquirido por un precio más bien bajo.
―Quemen esos animales ―indicó Viktor―. No queremos que las mujeres o los niños vean eso.
―Si, señor ―respondió Benítez, ahora mismo lo haremos.
En la oscuridad del monte, un par de ojos oscuros observaban la escena con desprecio. «Siempre llegaba la hora de pagar por las ofensas cometidas», pensó el espía riendo.
Viktor emprendió el regreso a la casa pasada la medianoche; estaba frustrado y agotado, todavía tenía el hedor de los animales muertos que colgaba de sus fosas nasales.
ingresó por la cocina después de lavarse en el pozo de la lavandería.
Sobre la mesa quedaba un plato tapado con otro junto a una botella y una copa.
Era su madre quién le dejaba comida, al igual que hacía cuando volvía tarde de trabajar, antes de que todo empezara a ir bien.
Se sentó y comenzó a comer. Oyó unos pasos en el pasillo y una luz que se acercaba.
Helena entró a la cocina con un candelabro en la mano, tenía puesta una bata sobre su camisón blanco, una prenda de seda roja con coloridos bordados que se veía oriental y el pelo le caía suelto por la espalda .
―Has vuelto ―exclamó dejando la luminaria en la mesa―. ¿Lograron descubrir que pasó?
Viktor deseó decir una mentira, pero no pudo. No sabía bien por qué, tal vez la sinceridad y cercanía que compartieron por la tarde habían calado más hondo en él de lo que pensaba.
―No del todo.
Helena esperó en silencio que él continuara.
―Una vaca con su ternero. Traían un mensaje, unas letras pintadas en el lomo ―contó, sin aclarar con qué fueron hechas esas pintadas.
―¿Y que decían esas letras?
―Nada. Solo eran unas equis. No le encuentro significado, así que no pude sacar nada en claro del mensaje. No sé ni que querrá decir o a quién va dirigido; supongo que es para mí, solo que no encuentro la razón por la que alguien haría algo así.
Se veía tan abatido y preocupado que a Helena se le estrujo el corazón.
En el tiempo que tenía conociéndolo sabía que era un hombre que se ocupaba de todo lo que lo rodeaba y que no soportaba bien la incertidumbre.
Se acercó y posó la mano en su hombro, era una caricia que solo pretendía ser reconfortante.
Él tiró de ella hasta sentarla en su regazo, por segunda vez en ese día estaban tan cerca que sus alientos se mezclaban.
Tomó su barbilla con una mano, mirándola a los ojos en una pregunta silenciosa; se acercó hasta rozarle los labios con los suyos.
Un suspiro surgió de la garganta de Helena dando permiso al beso.
Sin esperar un segundo Viktor tomó su boca posesivamente, sin espacio para las dudas.
Ella estaba tan cautivada por la cantidad de sensaciones nuevas que Viktor le provocaba, que no podía pensar más allá de los labios que se unían, de la lengua que irrumpía en su boca, del sabor a vino que impregnaba sus sentidos y la adormecía.
Era un hecho, los besos le gustaban. Mientras su boca encendía su cuello, sus manos se deslizaban de la espalda a la cintura y viceversa, en una caricia constante y ardiente.
En un instante sus pechos estaban fuera del camisón; no supo bien cómo, él había logrado desprender los minúsculos botones que cerraban el escote y ahora amasaba y acariciaba sus senos.
Viktor necesitaba esto como el aire para vivir; toda la suavidad de su mujer presentada en bandeja para su disfrute, el camisón y la bata eran una barrera ineficaz para el hambre que traía.
Si seguía ese camino terminarían haciendo el amor en la cocina.
Sin dejar de besarla, Viktor los puso de pie.
Tomó el candelabro mientras la sujetaba con su otro brazo para dirigirlos a la habitación.
Después de recorrer el largo pasillo hasta allí, Viktor cerró la puerta y colocó la vela sobre la cómoda para ello dejó a Helena sola unos segundos junto a la cama. Luego se acercó, tomó el kimono que aferraba con sus manos y lo arrojó sobre una silla. Después empezó a desvestirse frente a ella.
Agradecida por estar vestida mientras su esposo se desnudaba, Helena se deleitó al observar el cuerpo trabajado y musculoso de Viktor. Solo con los calzoncillos puestos, él se le acercó.
―Ven ―dijo extendiendo su mano.
Ella la tomó y se miraron a los ojos unos segundos.
Entonces él la abrazo y la apoyó con delicadeza en la enorme cama; la siguió recostándose a un lado.
Los botones abiertos de su camisón dejaban el escote expuesto.
Sin dejar de mirarla, bajó la cabeza para besar sus pechos con suavidad, evitaba tocarle los pezones.
No existían las palabras ni las preguntas, solo miradas previas que pedían permiso en silencio.
Porque él no hizo nada sin consultar primero; siempre la miraba antes de avanzar un solo paso en la seducción con la que atormentaba su cuerpo .
Viktor se mantenía cerca sin imponerse. Su mano subía y bajaba por su costado acariciándola desde el nacimiento de los senos hasta las caderas, mientras su boca seguía depositando breves besos en su cuello y escote sin tocar nunca el lugar donde ella quería ser besada.
Era una tortura dulce pero efectiva. En pocos minutos Helena estaba desesperada por su toque; quería que se volviera más audaz o serlo ella para pedirlo.
Volvió a besarla en la boca, mientras le acariciaba las piernas y arrugaba su camisón por encima de las rodillas; su tacto subía y bajaba encendiendo su piel con cada roce.
Ella estaba quieta, con los brazos a los lados del cuerpo.
Él tomó una de sus manos y la apoyó sobre su ancho pecho; la piel se sentía caliente bajo sus dedos, el escaso vello bajaba hacia su cintura y se perdía en la cinturilla de los calzones.
Helena tocó sus pezones planos y vio como esto lo afectaba.
La boca de Viktor se posó por fin sobre los de ella; como si con su caricia le hubiese enviado un mensaje silencioso sobre lo que quería.
Viktor iba a enloquecer, ella era tan suave, tan receptiva a sus caricias.
Estaba negando su necesidad hasta lo imposible para no asustarla.
Quería ser sumamente paciente y cuidadoso, aunque eso lo matara.
Tenía experiencia con mujeres, claro que ninguna con mujeres inocentes, de buena cuna e inexpertas.
Conocía la ignorancia en que las clases altas criaban a sus hijas, el sexo no era un tema del que las madres hablaran a sus niñas.
Era diferente en el campo, donde la naturaleza era la escuela que en la ciudad no existía.
Estaba seguro de que sus hermanas no estaban tan perdidas en este aspecto; no es que sospechara que hubieran intimado, pero sabía que al menos conocían los procedimientos básicos de las relaciones entre hombres y mujeres.
En la chacra, solo con ver lo que pasaba entre el ganado, los niños eran sacados de la ignorancia.
Seguía acariciándola y besándola lentamente.
Despertaba su excitación con paciencia y amabilidad, esperando las señales de su esposa.
Su respiración llevaba un ritmo que le decía todo lo que necesitaba saber, aunque ella no hablara.
No quería tocarla íntimamente hasta que la humedad se hiciera presente en el vértice de sus piernas; la tentaba sin rozar esa zona particular de su cuerpo.
Besó sus senos mientras acariciaba sus muslos casi hasta el punto donde se unían, sin llegar allí.
Su perfume lo embriagaba, era cítrico y fresco por la combinación del agua de colonia que usaba, con el jabón de lavanda con el que se había bañado.
Quería comprar toneladas de ambos productos para que siempre oliera así.