Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

«La paz alterada»

V iktor la arrastró fuera del agua, le arrojó sus prendas encima mientras se ponía el pantalón y la camisa.

―Solo la falda y la blusa, deja las enaguas y el resto ―le ordenó mientras se ponía los pantalones sobre la ropa interior mojada.

Helena se puso la ropa apresuradamente e hizo un bulto con las enaguas y el corsé. Cuando estuvieron más o menos vestidos, mientras se ponía las botas, Viktor llamó a sus hermanas.

―¡Erika! ¡Hanna!, ¡aquí, en el estanque!

―¡Viktor! ―gritó Hanna quién apareció montada entre los árboles que daban privacidad al estanque, Erika apareció solo unos segundos después.

Ambas montaban a horcajadas, no de costado como lo hacían las damas en Buenos Aires.

Helena notó que llevaban una especie de pantalones anchos qué al desmontar, por su amplitud y caída, los hacían parecer faldas.

―Te buscamos por toda la estancia. Hay ganado muerto cerca de la casa ―informó Hanna resoplando por la carrera. Era notoria la preocupación y la pena en su rostro.

―Los peones han contado cerca de veinte vacas degolladas en el potrero norte ―agregó afligida Erika.

Viktor lanzó una maldición. Entendía el robo de ganado, era una práctica común, una o dos reses cada tanto no era algo que lo preocupara.

Pero, ¿degollar vacas para dejarlas tiradas en el campo?

, semejante desperdicio no lo entendía. Era un daño deliberado, no se le ocurría quién podría perpetrarlo ni por qué.

No tenía enemigos ni rivales de ese tipo, no que él supiera.

―Ya es la tercera vez este año ―señaló Hanna.

«En realidad, es la quinta», Viktor no quería que lo supieran, las dos primeras fueron lejos en el monte.

Al comienzo solo fueron dos vacas, así que lo había ocultado de su familia; solo su capataz lo sabía.

Y existió otro hecho similar unos cinco o seis años atrás; un animal herido por cuchillo, como si alguien lo hubiese querido sacrificar y luego se hubiese arrepentido dejándolo con esa estocada poco profunda.

Entonces creyó que era un intento de robo.

Ahora, luego de pasar tanto tiempo sin incidentes, al volver a encontrar reses muertas en su campo ya no estaba tan seguro.

―Erika, déjame tu caballo y lleva a Helena en el carro; está a unos metros, bajo la arboleda camino al arroyo. Ve con ella ―le ordenó―. Yo iré desde aquí a los potreros. Te veré en la casa.

Dicho eso se aupó a la montura que dejaba su hermana y salió galopando. Helena no entendía por qué alguien atacaría intencionadamente al ganado de Santa Teresa. Le parecía triste matar animales porque sí, sin necesidad.

―Vamos ―apremió su cuñada. Luego tomó el camino hasta la parte del arroyo donde estaba el carro. Helena la siguió con la mitad de su ropa en la mano y cayó en cuenta de su aspecto desaliñado y mojado.

―¿Qué ha pasado? ―preguntó Helena―. Entiendo que ha aparecido ganado muerto, pero, ¿cómo es eso de que no es la primera vez?

―Así es, ha sucedido otras veces. Hace unos meses encontramos tres vacas sacrificadas cerca de los potreros. En esa ocasión, Viktor pensó que trataron de robarlas, pero tuvieron que escapar sin poder llevárselas. Volvió a ocurrir; y esta vez eran cinco vacas con sus terneros .

―¿Por qué alguien mataría los animales sin aprovecharlos?

―No lo sabemos, no tiene sentido. Viktor no ha podido encontrar al culpable, no tenemos disputas con ningún vecino, ni enemigos… al menos no que sepamos.

―Si es así, que extraño suena todo.

―Sí. ―Estuvo de acuerdo Erika―. Muy extraño, Además no llevamos viviendo aquí tanto tiempo, apenas van a cumplirse siete años desde que Viktor compró la estancia.

Antes vivíamos en una chacra rio arriba, cerca de Puerto Piray.

Viktor todavía mantiene esa propiedad, claro que nada comparado a Santa Teresa.

―Oh. No sabía que habían vivido antes en otro lado ―dijo Helena avergonzada porque no sabía mucho sobre el pasado de su marido.

―No crecimos con dinero. Cuando éramos niñas no teníamos casi nada. Viktor trabajó duro para construir todo esto ―contó orgullosa―, le debemos tanto. Él es un gran hermano, siempre se preocupa por todos.

―Él ama mucho a su familia, noté el cariño que les tiene con cada cosa que me contaba sobre ustedes.

Erika la miró con extrañeza. Su hermano era el mejor hombre que podía existir, pero no era cariñoso o demostrativo y mucho menos hablador.

―¿Quién poseía Santa Teresa antes de que Viktor la comprara? ¿Qué saben sobre ellos?

―No lo sé. La estancia llevaba mucho tiempo vacía cuando llegamos; la casa se había incendiado años atrás. Todo estaba abandonado y en mal estado. Casi todo lo que has visto lo hizo mi hermano, las tierras pasaron de banco en banco por unas deudas, hasta que Viktor las compró en un remate judicial.

Llegaron al claro donde estaba el carruaje. Subieron y marcharon hacia la casa en silencio .

―¿Qué tipo de prenda es la que llevan tú y tu hermana? ―preguntó Helena al cabo de un rato al observar las faldas con una hilera de botones a cada lado que las muchachas habían soltado para montar.

―Oh, son faldas pantalón. ¿No son estupendas?

, Mamá las hizo, es muy buena con la aguja.

Era costurera, ¿sabes? Al llegar a Misiones nuestra madre cosía para mantenernos a todos.

Tendremos que hacer unas para ti. Hasta entonces puedo prestarte unas mías si quieres, aunque habrá que acortarlas un poco ―dijo, en clara alusión a la corta estatura de su cuñada.

―Se ven cómodas.

―Lo son, es imposible cabalgar con vestidos.

Solíamos usar unos bombachos debajo de las faldas, pero esto es mucho más cómodo.

Viktor nos enseñó a montar así, no hubo forma de que lo hiciéramos de lado ―dijo con una carcajada―.

No teníamos silla de dama, solo la montura de mi hermano.

Así que aquí estamos; totalmente salvajes.

―No me parecen salvajes. ―Helena sonrió―. Son prácticas. Me irrita la cantidad de cosas que hacemos las mujeres por propiedad sin comodidad alguna.

―Estas prendas mantienen la propiedad sin sacrificar el movimiento ―dijo Erika, pasando las manos por la prenda―, abrochamos los botones y vuelven a ser faldas respetables y nadie puede adivinar que debajo lucen como un pantalón.

Quince minutos después llegaban a la casa. Aurelia salió a la galería para recibirlas. Descendieron del carruaje para entrar a la casa mientras un peón se hacía cargo del transporte.

―Tu hermano fue a ver ese asunto del ganado, ¿verdad? ―trató de confirmar Aurelia.

―Sí mãe , corrió hacia allí ni bien le avisamos. ¿Llegó Hanna?, salió antes que nosotras hacia la casa.

―Sí, tu hermana está en la biblioteca.

Se giró para mirar a Helena.

―Estuvieron nadando ―afirmó―. Pasa a cambiarte. Aunque haga calor no es bueno estar con la ropa húmeda.

En la habitación, Helena siguió las indicaciones de su suegra, obvió las enaguas y el corsé, y se puso una blusa liviana y unas faldas después de cambiar su ropa interior.

Aprovecho el tiempo para revisar sus baúles.

Tendría que hablar con Aurelia sobre dónde ubicar la vajilla de porcelana Rosenthal que había traído; también la cristalería y la platería.

Todos regalos de su boda. Tenía que acomodar sus libros, dos de los baúles estaban repletos con sus obras preferidas.

En otro encontró el ajuar, bordado en parte por su hermana y completado por ella en el viaje en barco.

Estaban terminadas las fundas de las almohadas y un par de toallas, así que cambió las fundas y colocó las toallas sobre la mesa de mármol junto a la palangana y la jarra.

A un lado estaban los productos de afeitado de su esposo, abrió la lata con el jabón y aspiró su aroma, «el olor de Viktor», recordó cerrando los ojos.

«Él la había besado». Desde el día de la boda, cuando la besó en el carruaje que los llevó a la recepción, no lo había repetido.

Le daba besos castos en la mejilla y en la frente, pero no había vuelto a devorarla con su boca como el día de su casamiento.

Durante el viaje en barco y también esa primera noche en la estancia, durmieron juntos, aunque él solo ofrecía su brazo para que Helena lo usara de almohada.

No la abrazaba ni tocaba. Era vergonzoso admitirlo, deseaba eso, los besos apasionados, las tiernas caricias.

Quería probar más de lo que había experimentado en el carruaje o recientemente en el estanque .

Quitó esos pensamientos de su cabeza, dejó el jabón sobre la cómoda y ubicó en el espacio libre sus cepillos, su espejo y los pocos cosméticos que tenía: una lata de crema Nivea traída por sus padres de un viaje a Hamburgo, su talco y el agua de colonia que usaba.

Salió de la habitación y se dirigió a la sala, siguiendo las voces de sus cuñadas.

―Helena ―la llamó Hanna―, ven a tomar un poco de té.

―¿Viktor ha vuelto? ―preguntó.

―No. Conociéndolo va a patrullar toda la propiedad con el capataz y los peones hasta bien entrada la noche. No espero que siquiera llegue para cenar con nosotros —dijo Hanna mientras le tendía una taza.

―¿No podría dejar que los empleados hicieran la búsqueda? ―Helena revolvió su té y dejó la cuchara sobre el plato. Estaba preocupada.

―Mi hermano no es de los que se deslindan de sus responsabilidades y dejan el trabajo a otros ―aseguró Erika.

―No, claro que no ―confirmó ella contrita.

Mientras tomaban el té y se preocupaban por Viktor, sin reconocerlo ni mencionarlo, Helena se dedicó a observar a sus cuñadas, quería, sobre todo, conocerlas.

Erika era la más extrovertida de las dos gemelas cuyo parecido era impactante, más no eran exactamente iguales.

Ambas eran altas y los rasgos eran, en teoría, los mismos: nariz pequeña, ojos azules como los de Viktor.

El pelo rubio claro, mucho más el de Erika, quién también poseía una picardía de la que Hanna carecía.

Los ojos eran más agudos en ésta última, mientras que una chispa de humor saltaba en los de su hermana.

Además, llevaba el pelo más corto, la piel bronceada y había una vena rebelde en sus gestos.

Por el contrario, su hermana tenía cierta testarudez que la mostraba como alguien con ideas firmes y uno terminaba por ignorar esa aparente timidez .

Erika parloteaba sin cesar, contaba cosas de la infancia, hablaba sobre los vecinos, de la estancia, de la familia... Casi no dejaba espacio para que alguien más metiera un bocado en la conversación.

―¿Otra vez estás acaparando toda la charla, hija? ―la reprendió Aurelia al entrar al salón―. Deja hablar a Helena y a tu hermana.

―Sí Erika, por favor. Deja que Helena nos cuente cosas sobre la capital ―rogó Hanna mirándola―. Cuéntanos cosas sobre la sociedad de Buenos Aires, Helena. Queremos saberlo todo sobre bailes, fiestas y paseos.

Helena se puso pálida, aquí era donde las hermanas esperarían grandes descripciones de eventos y lugares que ella no conocía.

―Bueno, la verdad es que no conozco mucho de la alta sociedad, yo…, debo confesar que no asistía a bailes.

La decepción en los rostros de sus cuñadas era evidente. Helena se sintió horrible por no poder saciar esa curiosidad.

―Pero… puedo contarles todo sobre nuestra boda; apuesto que Viktor no les contó los detalles, la decoración, el menú, los vestidos de las damas ―prometió.

La alegría en sus caras la animó, así como la sonrisa de su suegra que se acercó para escuchar su relato.

―Veamos ―comenzó―, la recepción fue en el Grand Hotel, antes fue el servicio religioso en la Iglesia Luterana de la ciudad.

Los bancos estaban decorados con rosas y lirios blancos...

―Y así procedió a contar con lujo de detalles el día más sorprendente de su vida.

Bueno, parte de ese día, obviamente evitó contar que su esposo se emborrachó y la dejó sola en la noche de bodas.

Más tarde, mientras cenaba con su familia política, sin que Viktor hubiese regresado aún, se preguntó si esa noche volverían solo a dormir juntos o si por fin la reclamaría. Rogó que lo hiciera. La tensión acumulada que sentía desde el beso en el agua amenazaba su cordura.