Capítulo 12 #3
Le quitó una fina enagua solo para descubrir debajo otra más; con razón el calor la había enfermado.
Faltaban aún los pantaloncillos, la camisa y el corsé.
Esta última prenda era una monstruosidad rígida, que iba desde la zona debajo de los pechos hasta las caderas, y daba forma a esa figura de cintura imposible que tanto se usaba.
Desató los cordones y le advirtió―: No deberías usarlo aquí, es ajustado y solo va a provocarte más calor.
Además, tu figura no lo necesita ―afirmó apreciando las suaves curvas que se vislumbraban bajo la fina ropa interior.
Helena ya estaba más que acalorada y no era culpa del clima.
Su esposo le quitó la ropa con suavidad y gentileza; el acto era tan íntimo y cercano que la mezcla de vergüenza, curiosidad y expectativa hacía estragos en su paz mental.
Gracias a Dios, después del corsé no le quitó más prendas.
La tomó de la mano y la llevó hasta el estanque.
―¿Sabes nadar? ―preguntó mientras entraban al agua por el lado poco profundo, siendo inconsciente de la inquietud que nublaba su mente.
―No, nunca me metí al mar o a ningún lugar con agua que no fuera una bañera en casa ―reconoció entre risas―. Mi madre se hubiese muerto del susto solo de pensarlo.
―Vamos a tener que solucionar eso, ahora mismo.
Ya dentro de la piscina, Viktor le explico que la mayor profundidad era de un metro y medio en el centro.
―Creo que alcanzaría para ahogarme ―bromeó ella, en clara alusión a su escasa estatura.
―No dejaría que nada te pase ―prometió Viktor, ofreciéndole su mano―, no voy a soltarte.
Ella la tomó y así avanzaron unos pasos hasta que el agua les llegó a la cintura.
Era fresca y relajante. Se escuchaba el ruido de la caída al otro lado del muro de contención donde el arroyo seguía su curso serpenteando para perderse entre los árboles.
Miró hacia la bóveda verde que los protegía del sol y pensó que el olor del monte era curioso.
El aroma de las flores silvestres se mezclaba con el de las hojas y frutas podridas que caían al suelo y continuaban el ciclo volviendo a la tierra como abono.
También se percibía una fragancia animal que lo envolvía todo, como una presencia invisible pero constante.
Olfateó el musgo que se aferraba a las piedras y raíces cercanas al agua, el olor a savia de las plantas, el humo que llegaba de los secaderos.
Todo se mezclaba para formar un perfume único.
Viktor le enseño a mantenerse a flote, a contener la respiración y recalcó la importancia de conservar la calma en el agua.
El calor pasado el mediodía resultaba agobiante; era la hora de la siesta.
Toda la actividad cesaba en la estancia para retomar al atardecer.
Viktor le explicó qué, para hacer frente a las altas temperaturas, sobre todo las estivales, el día empezaba temprano por la mañana.
Así, tras el almuerzo, se suspendía todo para resguardarse del sol hasta la media tarde, cuando se retomaba y concluía la jornada laboral.
―No puedo creer que yo esté flotando, siempre temí al agua ―exclamó Helena maravillada porque las lecciones dieran fruto tan pronto.
―Eres una buena alumna. Lo más importante es no tener miedo.
Uno tiende a temer lo que no conoce. Me preocupa que los niños aprendan a nadar, que sepan como distinguir los peligros del monte y todo lo que pueda mantenerlos a salvo.
Este lugar sirve para eso, para que los padres puedan enseñar a sus hijos.
―Eso es maravilloso. Todo esto. ―Helena estiró los brazos para abarcarlo todo, mientras miraba fascinada un pequeño colibrí que pasaba sobre ellos batiendo sus minúsculas alas tan rápido que no se veían.
Por eso le decían el pájaro mosca, ya que el tamaño de sus alas lo obligaba a batirlas muy rápido para mantenerse en el aire.
La distracción la hizo tropezar hundiéndose en el agua, un brazo la tomó de la cintura para sacarla e instintivamente colgó sus manos en el cuello de su salvador.
―Ten cuidado ―murmuró Viktor. El agua le chorreaba por la cara y el pelo, lo miró tras la húmeda cortina, todo su cuerpo pegado al suyo.
Él bajó su rostro hasta dejar sus labios a un suspiro de los de ella, las respiraciones de ambos mezcladas en una pausa que se sentía enorme, hasta que Viktor acortó esa distancia para besarla.
Comenzó con un suave roce de su boca sobre la de Helena, que paulatinamente se volvió mucho más intenso cuando coló la lengua entre sus labios.
Sus bocas encajaban a la perfección, la tanteó con su lengua hasta que pasaron de besarse a devorarse.
Helena estaba subyugada, sus sentidos avasallados por las sensaciones que el beso de su esposo creaba en ella.
Viktor no tenía pensado besarla así, mucho menos allí, donde cualquiera podía pasar y verlos.
Pero después de rozar los labios de su mujer no pudo detenerse; habían sido muchos días de tortura y contención en el barco, durmiendo en la misma cama sin poder hacer nada.
Así que, al ver que ella respondía a su toque, simplemente se dejó llevar.
Él había comenzado a besar su cuello, entonces unos gritos los interrumpieron. De lejos oían a Erika y a Hanna llamando junto a los cascos de los caballos acercándose.
―¡Viktor! ¡Helena!