Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 12 #2
37%

Capítulo 12 #2

―Por eso te fuiste a beber esa noche en el Hotel. ―No era una pregunta.

―Si, lo siento yo… no supe cómo manejar la información que recibí ese día. Lamento haber actuado como un imbécil.

―Lo que te contó mi madre no es correcto.

Ningún doctor lo sugirió. Bueno, nunca he visitado a uno con esa pregunta ―dijo cubriéndose de rubor―.

Como te dije, hace años que mi salud es casi normal.

―Lo que no había sido normal era su vida.

¿Cómo dejó que los temores de su madre la definieran por tanto tiempo?

, «porque es lo que hacen las mujeres», pensó.

Dejar que otros se ocupen de ellas, dejar que el mundo decida lo que debían hacer, pensar, vestir.

Una sorprendente sensación de rebeldía le broto de adentro, al pensar en todas las cosas que no podía elegir solo por ser mujer.

―Podrías haber confiado en mí.

―Ahora lo sé.

Viktor la abrazó y la puso en su regazo.

Sentados en el suelo a pocos metros del arroyo, estuvieron varios minutos en silencio.

Viktor cavilaba sobre los dichos de Helena, todavía no estaba tan tranquilo.

La advertencia de su suegra sobre estar aislados y lejos de la atención médica de calidad, se había materializado al verla caer desmayada.

Aunque eso no era del todo cierto, en Posadas estaría en manos de buenos doctores.

Ella había dicho que padecía asma, conocía esa enfermedad y la falta de aire que el trastorno provocaba.

Helena insistió en que hacía mucho tiempo no tenía episodios, él estaba seguro de que ella no le mentía.

Confiaba en ella, no sabía a ciencia cierta por qué, pero confiaba en su esposa.

Siempre fue directa y sincera con él. «Al menos parcialmente», se corrigió recordando la forma en que ocultó parte de sus motivos para casarse con él.

―Creo que ahora lo puedo entender ―le soltó de repente―.

Sospecho que tu madre exageró la situación por temor a que algo te pase.

No habrá sido fácil para ella darse cuenta de que ya no cuidaría de ti, que debía dejar de preocuparse.

Cuando me lo contó, mi cabeza daba vueltas al pensar por qué no había notado nada.

La verdad es que nunca me pareciste débil, quizá un poco pálida ―añadió con una sonrisa.

―Lo sé ―reconoció ella―. Sé que todo lo que hizo fue por cariño hacía mí, es que ya no podía vivir escondida detrás de sus miedos .

―Mi valiente esposa. ―exclamó Viktor.

Helena sonrió complacida. Que bien se sentía ser llamada así.

―Y hoy, ¿tuviste un ataque? ―preguntó de repente Viktor poniéndose serio.

―No. Hace mucho calor, sentí que me mareaba, no fue una falta de aire. Siento que tengo demasiada ropa encima. Honestamente, esta falda de lana no fue una elección inteligente, es solo que por la mañana estaba tan fresco que pensé que seguiría así.

―Debe ser un golpe de calor, es bastante común que pase al mediodía.

Debemos revisar tu ropa, creo que lo que has traído de Buenos Aires no será apto para el otoño en Misiones.

Aquí el calor está presente todo el año, salvo algunos pocos días, la ropa pesada solo volverá a hacerte desmayar.

Voy a pedir a mis hermanas que te ayuden, si eso te parece bien.

―Eso sería perfecto. Gracias.

―Tenemos que conseguir unos pantalones para las lecciones de equitación. Pienso que te verías muy bien con ellos puestos ―auguró con picardía lo que hizo que Helena se ruborizara.

―Ahora estamos a pocos metros del arroyo, podríamos ir hasta allí para refrescarte.

―Eso suena estupendo.

Tomados de la mano siguieron el sendero hasta el arroyo que fluía entre los árboles y generaba un espacio fresco de sombra en su orilla pedregosa.

Se quitaron las botas y metieron los pies en el agua fresca.

Era el paraíso escapar del calor del mediodía.

Viktor volvió al carro y trajo algunas provisiones para comer allí mismo; se sentaron sobre las raíces de un enorme árbol y dieron cuenta del pan, el queso y las frutas.

Viktor le enseñó a hacer una copa con sus manos para beber agua directamente del arroyo.

Después de varios intentos y de mojarse la ropa, ella lo logró .

Era maravilloso observar a Viktor, pensó Helena.

Estaba en su elemento y se notaba en el conocimiento de cada planta, cada pájaro, ninguna de sus preguntas quedaba sin respuesta.

Había comprobado eso, que su esposo era feliz allí.

Tenía buen trato con todos los trabajadores y sus familias.

Bajó del carro para ayudar todas las veces que vio a algún empleado haciendo un trabajo difícil.

Era evidente que no temía al trabajo rudo, lo que explicaba lo fuerte y musculoso que se veía.

Bueno ella tampoco había visto mucho de él, pero lo sentía al tomar su brazo o cuando la abrazaba, como lo hizo un rato antes.

Viktor fue comprensivo con sus motivos para no contarle sobre su infancia, era un alivio no tener más eso entre ellos.

Helena contemplaba el agua que corría entre piedras y musgo, pensaba en que había experimentado más cosas nuevas en éstas últimas semanas que en toda su vida. La voz de Viktor la trajo de regreso al presente.

―Más abajo hay un estanque con la profundidad suficiente para bañarse, si quieres podemos ir hasta allí caminando por el agua.

―Me gustaría mucho, solo que no traigo traje de baño.

―Yo tampoco ―dijo él con un susurro de esa voz profunda que la intrigaba y acaloraba a la vez.

Ahora Helena estaba nerviosa, pero las ganas de bañarse y, especialmente de ver a Viktor, eran más fuertes. Así que lo siguió. Vadearon el arroyo con los pies descalzos y ella con la falda recogida para no mojarla.

No sabía muy bien con que esperaba encontrarse, sin duda no con esto que tenía frente a sus ojos.

Era un sector del arroyo mucho más ancho y profundo por la intervención del hombre.

Un muro de piedras rodeaba la zona y el agua fluía por una zona más baja del muro cayendo en cascada hacía donde el arroyo seguía su curso.

―¿Te gusta? ―dijo Viktor con ansiedad―. Hemos aprovechado este sitio para represar el agua y formar la piscina. El agua aquí es más tranquila y el fondo no tiene piedras, fue limpiado y ensanchado al hacer el muro.

―¿Cómo lo hicieron? ―preguntó Helena sorprendida.

―Primero desviamos el recorrido del agua para poder trabajar, luego lo volvimos a su cauce natural; pero ahora la presa retiene el agua antes de continuar su caída. Créeme, en verano todos agradecemos el esfuerzo que tomó hacerla.

Al costado construyeron unas mesas y bancos de madera, Helena se imaginaba que se podía traer comida y pasar la tarde allí, los grandes árboles daban sombra a toda la zona.

―Es hermoso. Todo el lugar, es increíble lo que has hecho aquí, Viktor ―afirmó mirándolo.

Viktor estaba complacido. Todas las mejoras hechas en la estancia, después de comprarla en una subasta casi siete años atrás, habían tomado esfuerzo y tiempo.

Ahora se alegraba que esas mejoras incluyeran aspectos recreativos y no solo estuvieran enfocadas en la producción y el negocio.

El ocio también era importante; para él, para su familia y para cada trabajador y habitante del establecimiento.

―Los domingos lo pueden usar los empleados con sus familias, el resto de los días es nuestro en exclusividad ―explicó―. Está alejado de la zona de trabajo, lo que lo hace muy íntimo.

―Los niños deben disfrutar mucho de este lugar ―afirmó Helena.

―Así es. Mis hermanas hacen fiestas para los hijos de los trabajadores de la estancia, los traen aquí en verano y reparten pasteles y golosinas.

Hanna quiere hacer una especie de escuela, quiere enseñarles a leer y escribir.

La escuela más cercana está en Candelaria y los caminos no son fáciles si llueve, pocos niños de aquí asisten.

―Eso es loable. Podría ayudar. Siempre fue Josefina la más estudiosa, pero yo creo que podría intentarlo con las primeras letras .

El pecho de Viktor se sacudió. Cayó en la cuenta de que pensaba en ella como una visita, hasta ahora.

De acuerdo era su esposa y sabía que lo sería siempre, pero hasta que ella manifestó el deseo de participar en los planes de Hanna para enseñar a todos los niños de la estancia, no había asimilado en realidad que Helena ya era parte de Santa Teresa.

Ella buscaba su lugar allí y eso lo complacía.

―Eso sería bueno ―dijo satisfecho―, espero que pronto logremos construir un espacio adecuado para eso. Por el momento mi hermana enseña a Bruno junto a los hijos de los empleados de la casa, pero hay muchos más niños en la estancia.

―Entonces deberíamos hacer de esa escuela una prioridad.

―Si, así lo haremos. Ahora ven, vamos a nadar ―ordenó.

Viktor se sacó la camisa y los pantalones.

Dejó todo junto a las botas que traía en la mano en uno de los bancos de madera.

Se quedó solo con su ropa interior, una camiseta sin mangas y unos calzoncillos que llegaba hasta sus rodillas.

Finalmente desnudó su torso dejándose solo los calzones puestos, una deferencia para no matar de un susto a su mujer; si estuviese solo, nadaría desnudo.

Al ver que Helena no se movía, fue hasta ella.

―Ven, te ayudaré ―ofreció. Y sin más explicación procedió a desabrochar la falda y la camisa.

Helena estaba congelada, no por vergüenza sino por asombro.

Jamás había visto un pecho masculino desnudo.

En realidad, ninguna parte de ningún hombre, y su esposo estaba bien formado.

En el barco Viktor usaba pijama. Y obviamente en casa de sus padres nadie andaba con el pecho descubierto.

Era raro para ella incluso ver manos desnudas, dado que en Buenos Aires todo el mundo usaba guantes, incluso los sirvientes.

La falda de Helena cayó al suelo, Viktor le tomo la mano, ayudándola a salir de ellas. Las recogió y las colocó en el banco junto a su ropa; la blusa y el cubre corsé siguieron el mismo camino.