Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

«Una confesión bajo el sol»

H elena estaba tan cansada que ni siquiera notó que Viktor se unió a ella en la cama.

Tal vez ya estaba acostumbrada a su presencia, por eso no lo sentía como algo extraño que alterara su sueño.

Ahora el sol se filtraba por las cortinas y su esposo ya se había levantado y desaparecido.

Había dormido allí, la cama estaba deshecha de su lado, pero no encontró rastros de él en la habitación.

Se levantó, se lavó y se vistió. Tendió la cama y salió del cuarto rumbo al comedor donde encontró a Viktor y su madre como únicos ocupantes de la mesa.

―Buenos días ―saludó mientras se acercaba. Su marido se paró y apartó una silla para ella besándola en la mejilla.

―Buenos días ―Su suegra correspondió al saludo abrazándola. Nuevamente sintió el desconcierto como el día anterior. Creció escuchando a su madre advertir a sus hermanos sobre no tocar a la pequeña y frágil Lelé.

―Espero que hayas dormido bien ―dijo Viktor―. No quise despertarte, parecías cansada ayer por la noche.

―Lo estaba, gracias.

Una muchacha salió de las cocinas y trajo una tetera, después de servir una taza a Helena, se marchó en silencio. Sobre la mesa había pan recién horneado, crema, manteca y miel. También una fuente con huevos revueltos. Helena se sirvió un poco de pan con manteca, ambas cosas estaban deliciosas.

―La manteca se hace aquí en la estancia ―explicó Aurelia―. Bueno como casi todas las cosas. No quiero pecar de orgullosa, me da felicidad que seamos así de autosuficientes.

―Todo está exquisito.

―Luego del desayuno me gustaría mostrarte el lugar ―señaló Viktor―. Tengo que supervisar algunas cosas, podríamos montar para que veas el establecimiento y tal vez conocer a algunas de las familias que trabajan aquí. Podemos llevar comida para almorzar durante el paseo.

Helena se ruborizó, esta sería otra de las muchas cosas que no podría hacer con Viktor porque no sabía cómo.

―Yo…, no sé montar ―indicó avergonzada. Sus hermanas por supuesto que lo hacían, como casi todas las señoritas de sociedad.

Su familia se retiraba al campo durante el verano y todos tomaron lecciones de equitación, todos salvo Helena, por supuesto.

Su madre hubiese enloquecido solo con la sugerencia.

―Podemos ir en el coche esta vez ―concedió Viktor―, más tarde podré enseñarte a montar si lo deseas, o a conducir.

El rostro de Helena se iluminó. Alguien pensaba que ella era capaz de hacer algo arriesgado, la sensación era…, nueva. Estaba eufórica; Viktor la alentaba a hacer cosas que su familia jamás habría permitido.

―Me encantaría aprender ―confesó.

―Entonces lo harás.

Terminó su desayuno y corrió a cambiarse, se puso la ropa más sencilla que tenía: una blusa celeste de cuello alto con botones al frente y una falda azul oscuro de lanilla.

Llevaba varias capas de ropa entre el corsé, su ropa interior y las enaguas.

Terminaba de ponerse los botines cuando Viktor entró a la habitación.

Tendiéndole un par de botas de hule señaló―: Estas son para ti, los botines no son adecuados para el monte.

Helena tomó las botas mirándolas con sorpresa, jamás había usado nada parecido. Eran negras, pesadas y altas, sin ningún tipo de abotonadura.

―Son para mantener los pies lejos del barro y de las serpientes ―explicó Viktor como si nada.

―¿Serpientes?

―Sí, serpientes. Hay muchas en la zona, salvo en los pocos días de frio, entonces es menos habitual encontrarse con una. Nunca te alejes de la casa sin las botas de hule puestas ―agregó con seriedad.

―¿Pretende asustarme señor Böhm? ―sugirió tomándole el pelo.

Viktor rio. Cada vez que reía su rostro se suavizaba, parecía más joven y despreocupado. Poniéndose serio de repente y mirándola fijo continuó:

―Créame señora Böhm hay cosas más peligrosas que las serpientes por aquí.

Helena tragó en seco, lo único a lo que temía en este momento era a su esposo, él se veía peligroso y en ese instante fue consciente de su masculinidad, de su fuerza.

―Yo…, no sé qué cosa puede ser más temible que una serpiente ―declaró al fin.

―Tigres ―advirtió y le mostró el arma que colgaba de su brazo. Ella no la había visto―. En realidad, se llaman yaguaretés y se parecen a los tigres y leopardos. Salir al monte implica tomar muchas precauciones, mucho más que recordar llevar una sombrilla.

―¿Te estás burlando de mí?

―Nunca. Solo te advierto que no será nada parecido a recorrer algún parque en Palermo. Tenemos un montón de normas aquí, ya las aprenderás. Ahora ponte esas botas y salgamos. Por la tarde veré si te consigo ropa adecuada para las clases de equitación.

Pasaron por la cocina para tomar una canasta que les ofreció la cocinera, subieron al coche y partieron.

Viktor le mostraba cada cosa con orgullo: el secadero, los hornos barbacuá, los galpones y depósitos, las casas para los empleados, la pequeña proveeduría.

En cada lugar por el que pasaban los saludaban con amabilidad y respeto; los felicitaban por su casamiento.

El conocía a todos y a cada uno hizo alguna pregunta personal, ya sea sobre la familia, sobre alguna dolencia o preocupación.

Cada persona mostró su afecto hacía el patrón; al terminar la recorrida el coche estaba lleno de dulces, licores caseros, huevos, tabaco liado y muchos otros presentes por su boda.

―Ven, caminaremos hasta el arroyo ―dijo Viktor y frenó el coche bajo unos árboles―. Son varios metros, pero vale la pena.

El calor había ido en aumento durante la mañana, pese a que ya estaban a fines de abril.

A esta altura del año en Buenos Aires los días eran más frescos que cálidos, pero aquí hacía tanto calor como en el verano.

Helena soñaba con refrescarse con el agua; el sudor le corría por el cuello y se sentía un poco aturdida.

En la mayor parte del recorrido el pasto era alto y tupido, agradeció llevar las botas puestas.

Más allá estaba la selva, en constante lucha con el hombre, negándose a ceder terreno.

En cada hectárea ganada a machetazos la vegetación acechaba desde las orillas, atenta al día en que los peones se descuidaran y sus raíces invasoras lograran recuperar lo perdido cubriendo todo de verde nuevamente.

La tierra era tan fértil y llovía tanto que solo faltaba un poco de abandono para perder el espacio ganado.

Todo era tan exuberante que no encontraba palabras para describirlo. Bajo el cielo celeste y el sol implacable, el trinar de pájaros que jamás había oído junto con el sonido del agua que corría era un fondo acústico que los envolvía .

El calor y la cantidad de ropa que llevaba puesta la sofocaban. Apenas unos minutos después de iniciada la caminata supo que se iba a desmayar, pero, antes de desvanecerse, tropezó con una rama y se perdió entre la maleza.

―¡Viktor! ―gritó antes de caer.

Él corrió hacia ella con la preocupación marcada en la cara.

―¡Helena! ―llamó a los gritos corriendo hacia ella. Al llegar, sujetándola contra su pecho se lamentó―: No debí sacarte de la casa con este calor.

Mostraba tanto arrepentimiento y culpa en su rostro que Helena supo inmediatamente que el secreto de su infancia los había acompañado hasta Misiones.

―Tú, lo sabes ―musitó―. ¿Quién?...

―Tu madre. ―La interrumpió él.

Helena se soltó de sus brazos, sentándose en el suelo.

No soportaba que él la viera así, con pena y esa aversión que todos sienten ante los enfermos; esa mirada que había recibido tantas veces que había dejado de contarlas.

Ahí se iban sus ilusiones de vivir una vida normal, todo por el calor, un vestuario inadecuado y su estúpido corsé.

―¿Por qué no me lo cuentas? ―pidió Viktor al recordar la conversación con su madre y siguiendo su consejo de escuchar su versión―.

Pero no aquí, busquemos primero una sombra y agua para beber.

―La cargó en sus brazos hasta un árbol cercano.

Allí se sentó con ella en el suelo mientras le ofrecía su cantimplora para saciar la sed.

Mientras le aflojaba los botones del cuello, su silencio dejó el espacio para que ella hablara.

―Yo fui una niña delicada ―confesó Helena con un suspiro, sus cejas se juntaron y no lo miraba―, nací antes de tiempo y mis pulmones no eran fuertes como los de los otros niños.

Mamá sufrió mucha angustia por mi culpa, no sabía si iba a sobrevivir.

Pero lo hice, ella me llama su pequeña guerrera, su milagro.

No crecí fuerte y sana, tuve muchos ataques, me faltaba el aire, no podía respirar.

También enfermaba mucho, sobre todo durante el invierno, pasé en cama gran parte de mi infancia.

―¿Y luego? ―preguntó él.

―Todo cambió a medida que crecía, ya no tuve tantos episodios.

Actualmente solo los tengo en muy raras ocasiones.

No sé cuál es la causa que los desencadena, no son tan fuertes ni tan frecuentes.

Pero…, mi familia ya estaba acostumbrada a cuidarme, a evitar todo lo que pudiera alterarme.

Sabes… ―confesó y alzó el rostro para mirarlo a los ojos―.

Yo nunca bailé hasta el día de nuestra boda.

Su expresión era tan triste que Viktor tenía ganas de bailar con ella todos los valses que no había podido bailar en su vida.

―¿Por qué no me lo contaste?

―Porque temía que no quisieras casarte conmigo ―reveló―.

Es una cosa del pasado; cómo te dije ya casi no tengo episodios de asma.

No quise que pensaras que era débil ―agregó bajando la vista al suelo―.

Ni ver las miradas de lástima o la ayuda extra que siempre recibí.

Quería empezar de nuevo sin ser la niña enferma.

Era…, era mi oportunidad de ser alguien más ―completó.

―Tu madre… ―No encontraba la forma correcta de decirlo―. Bueno, ella insinuó que los médicos dijeron que... ―Viktor suspiró―, que podría ser complicado para ti tener hijos.

El color subió a la cara de Helena, ¿cómo pudo su madre hacerlo? Debió estar desesperada, ¿qué esperaba ganar con eso?