Capítulo 11
«Santa Teresa»
E l sol caía al llegar a la casa, tiñendo todo el cielo de diferentes tonalidades de naranja.
El trayecto desde el embarcadero a la casa principal les tomó más de media hora.
Iban en un pequeño coche descubierto tirado por caballos que Viktor conducía con destreza, las altas ruedas lograban sortear las irregularidades del camino sin sacrificar la velocidad.
Los baúles, en cambio, viajaban al paso lento y pesado de los bueyes que tiraban los dos carros conducidos por los empleados de la estancia.
Lo primero que notó Helena, fue el color del suelo; un rojo tan intenso que no se parecía a nada que hubiera visto antes.
El color sangre de la tierra contrastaba con el verde de la vegetación espesa que los rodeaba y que únicamente parecía haber sido domada en el angosto camino que unía el río con la casa y las instalaciones del establecimiento.
El cielo del atardecer añadía un halo mágico al entorno de por sí exuberante.
Iban callados excepto cuando Viktor le señalaba alguna cosa; allí las plantaciones de yerba, más acá una vertiente natural de agua, del otro lado un potrero con ganado.
Los galpones de secado y almacenamiento, las casas de los peones con familia, las barracas de los solteros.
Ella absorbía todo y trataba de ubicarse en el terreno sin mucho éxito; la extensión de tierra y elementos era enorme.
La residencia de Viktor era otra prueba de que en cualquier lugar la voluntad del hombre se imponía.
Rodeada de un gran parque que limitaba con la selva más cerrada, la casa se alzaba imponente contra el paisaje subtropical.
El césped corto, los setos podados y los canteros con flores que rodeaban la vivienda le daban un aire citadino.
Elevada a casi un metro del suelo, la circundaban galerías cercadas por barandas de madera, con escaleras de ladrillos a cada lado para acceder a las mismas.
Los techos altos a dos aguas hechos de chapas de zinc, terminaban en cenefas de latón con forma de flores de lis invertidas.
Al frente, seis escalones de mármol llevaban a la entrada principal donde la familia de Viktor esperaba.
Más atrás, se veían a algunos sirvientes que observaban sin disimulo a la nueva esposa del patrón.
Viktor saltó del coche, lo rodeó y la tomó de la cintura para ayudarla a bajar. Tomándola del brazo encaró las marmóreas escaleras.
―Viktor ―gritó su madre bajando los escalones antes de que pudieran poner un pie en ellos. El soltó a Helena para abrazar a su madre. Después tomándola de la mano se giró para presentarla.
― M amãe , ella es Helena…, mi esposa.
La mujer tomó a Helena de las manos y después la abrazó con fuerza.
La muestra de afecto la dejo confundida, su familia no solía abrazarla mucho.
Siempre mantenían la distancia por temor a contagiarle alguna enfermedad.
Su madre era un poco más demostrativa, pero siempre la trataba con cuidado, como si fuera una cosa frágil.
Aurelia no había escatimado fuerza en su abrazo. Eso la hizo sonreír.
―Bienvenida Helena. ¡Qué alegría tenerte en Santa Teresa! ―Su suegra habló en español con un acento portugués muy marcado.
―Estoy feliz de estar aquí ―aseguró Helena mientras recibía el abrazo de la mujer. En ese momento las dos muchachas y el niño bajaron y saludaron a Viktor con efusividad .
―Ustedes deben ser Hanna y Erika, tenía muchas ganas de conocerlas. Viktor me habló tanto de ustedes ―dijo Helena acercándose―. Y tú, eres Bruno. ―Ella le habló directamente al niño―, también quería conocerte.
Viktor fue testigo de su esposa ganándose a toda la familia en apenas unos minutos, la sonrisa sincera y la atención que ponía en cada persona con la que hablaba la hacían irresistible.
No era condescendiente con nadie y parecía recordar lo que le decían, lo absorbía todo como un niño en la escuela.
Después de presentarla a los empleados, llegó el turno de ingresar a la casa.
Era aún más extraordinaria por dentro. Construida en una planta con paredes de ladrillo y pisos de mosaico en damero blanco y negro, era mucho más grande de lo que Helena esperaba; los techos altos para evitar el calor.
Contaba con un comedor, un salón, una biblioteca y un despacho que daban a la parte delantera; además de ocho habitaciones y dos cuartos de baño modernos.
Cada ambiente poseía su salida a la galería y por dentro un pasillo central los unía.
En el sector trasero de la casa se localizaba la cocina, que tenía una parte dentro y a continuación otra, donde estaban los hornos y más espacio de trabajo solo con un techo de reparo.
Allí se preparaban las comidas de los peones.
Luego seguía la lavandería, con grandes fogones que soportaban las enormes ollas donde la ropa se hervía para lavarla y piletones de fregado con grifos de agua que llegaba por tuberías desde u pozo.
Una bomba con motor extraía el líquido de las profundidades para distribuirla dentro de la casa.
Otras dos bombas manuales permitían subir el agua allí mismo con un poco más de esfuerzo.
Dentro de la casa, el mobiliario era de buena calidad, muebles de roble y mármol con tapizados sencillos y resistentes.
Las ventanas de vidrio vestían cortinas de colores claros.
Los cuartos de baño tenían agua corriente, un verdadero lujo; y aunque la casa no contaba con luz eléctrica, las lámparas de alcohol y los candelabros estaban distribuidas de manera que la iluminación no faltara por las noches.
Viktor llevó a Helena hasta la espaciosa habitación que compartirían gran cama.
Lo primero que atrajo su vista fue una gran cama de bronce pulido que brillaba tras las sábanas blancas con la cabecera inundada de almohadones de encaje y diferentes bordados.
Delante había un ropero inmenso de cuatro puertas; a los lados estaban las mesitas de roble con tapa de mármol blanco.
En un lateral del cuarto se ubicaba una cómoda con espejo de bordes biselados sobre la que descansaban una palangana y jarra de porcelana y en el otro, un alto espejo de pie con el marco de madera tallado en un diseño de flores y volutas en estilo art noveau , completaba el juego de dormitorio.
Contaba con una puerta de doble hoja a la galería lateral donde un juego de sillas de teca con una pequeña mesa ofrecía un lugar para leer o escribir cartas mientras se disfrutaba del aire fresco.
Viktor le advirtió que nunca debía dejar la puerta abierta, los mosquitos eran implacables y olvidarlo implicaba despertar llenos de picaduras.
Todas las ventanas de la casa poseían malla mosquitera de un alambre muy fino, aunque las puertas no contaban con esta barrera antimosquitos.
Luego de cambiarse la ropa del viaje todos se unieron en el comedor para cenar.
La comida era simple y sabrosa: verduras hervidas y estofado de carne con mandioca frita, un tubérculo que Helena jamás había visto ni probado pero que encontró delicioso.
Le dieron a beber vino y limonada y de postre su suegra hizo un delicioso apfelstrudel .
Cuando el día terminó Helena estaba tan agotada que no podía pensar en nada.
Mucho menos en cómo seguiría su matrimonio, específicamente la consumación del mismo, ahora que por fin estaban en Misiones.
Al terminar la cena, Viktor dejó a su esposa en la habitación y salió a la galería para fumar. Frente a la puerta principal, un juego de sillones de mimbre, invitaba a disfrutar del fresco de la noche. Allí se sentó a cavilar sobre su matrimonio mientras se fumaba un cigarro.
Aurelia nunca tuvo una vida fácil. Después de una dura infancia en Brasil, había conocido brevemente la dicha en su matrimonio con Viktor Böhm padre.
Esa burbuja de felicidad explotó con la pérdida de su esposo durante las revueltas de la revolución federalista de Rio Grande do Sul.
Ya viuda emigró a Argentina con sus dos niños mayores y embarazada.
El pillaje y las embestidas de ambos bandos tornaron imposible seguir viviendo en sus campos.
En su juventud solo conoció el esfuerzo, el trabajo y las pérdidas.
Todavía se culpaba por la muerte de Sofía.
Por ello acostumbraba observar a sus hijos, no volvería a pasar por alto las señales de que las cosas andaban mal.
Y sabía cómo madre que no todo estaba bien con Viktor sin necesitar que su hijo dijera una sola palabra.
Así que, al ver a su hijo salir a fumar, Aurelia fue detrás.
― Mãe ―la saludó Viktor. Siempre hablaba con su madre en portugués o en alemán, el castellano no era un idioma en el que ella se desenvolviera muy bien.
―Helena es preciosa hijo ―dijo Aurelia―. Ha sido encantadora con todos, tus hermanas ya la adoran.
―Sí ―confirmó él lacónicamente.
―Si, pero… Ella no es la hermana que fuiste a buscar y de la que nos hablaste antes del viaje, ¿verdad?
―Las cosas cambiaron en Buenos Aires ―reveló Viktor y procedió a contarle a su madre cómo había terminado casado con Helena, incluso las revelaciones de la madre de ésta el día de la boda.
Escuchó a su hijo mientras relataba los hechos que lo llevaron a volver casado con esa muchacha.
Veía la preocupación de Viktor por los dichos de su suegra y lo entendía.
No había criado cuatro hijos sin saber cuándo los temores más profundos de alguno de ellos estaban obligándolos a actuar de forma contraria a sus expectativas y deseos.
Ella conocía los miedos y las culpas de su hijo y, pese a no querer inmiscuirse en su vida, decidió hablar.
―Ella no es Sofía.
Viktor la miró serio ante el énfasis puesto en esas palabras.
Sin dejar espacio para que su hijo volviera a interrumpir, continuó―: Sé lo que piensas y cuáles son tus temores, Helena no está en la misma situación que tu hermana.
― Mãe … ―replicó Viktor―. Ella es tan menuda, la veo tan frágil.
―Lo sé. Lo que le pasó a Sofía no tuvo nada que ver con su tamaño o su estado, o tal vez un poco sí, pero eso no fue todo. Sofía sufrió malos tratos por parte de su marido. ―Aurelia se retorció las manos, mientras la voz le salía como un delgado hilo.
―Yo…, no lo sabía con certeza, aunque lo sospechaba. ―La furia ardía en sus ojos.
―Sofía regresó a casa después de casi un año de vivir con ese hombre ―agregó Aurelia con pesar. Nunca nombraban al esposo de Sofía―. Su estado de salud era precario, y no porque estuviese enferma o embarazada, sino a raíz de los golpes y maltratos que sufrió en todo ese tiempo.
Aurelia recordó con dolor como había vuelto su hija con un embarazo avanzado.
La falta de comida sumada a los malos tratos, se veían en su cuerpo.
Apenas unas semanas después se puso de parto y todavía no se había recuperado de la última paliza dada por su esposo, maldita sea su alma.
No iba a decir eso a Viktor, una verdad parcial era suficiente para su hijo, tan protector como era con sus hermanas.
El sufrimiento de Sofía fue demasiado y era la carga que llevaba como madre.
Sus hijos podían vivir sin saberlo todo.
―Deberías hablar con ella. Preguntarle exactamente que tiene…. o que no tiene. No se ve como una persona enferma, sino como alguien que estuvo recluido mucho tiempo. A esa muchacha le falta sol y ejercicio ―observó.
―Si, eso pensé al conocerla.
—Dale la oportunidad de explicarse y, sobre todo, no decidas por ella.
―Gracias m amãe ―dijo su hijo―. Siempre encuentras las respuestas correctas y la forma de seguir adelante en cualquier situación. No sé si te lo digo lo suficiente, pero debes saber que te admiro mucho y que estoy agradecido por todo lo que haces por nosotros.
Aurelia tenía las lágrimas a punto de escapar de sus ojos, así que sonrió a Viktor e hizo un gran esfuerzo por no derramarlas.
Estaba muy orgullosa de todos sus hijos; el recuerdo de su hija y sus primeros años en este país la ponían triste.
Rememorar como siendo una mujer sola, sin hablar más que unas pocas palabras en español, se abrió camino junto a sus pequeños, le dejaba una mezcla agridulce de nostalgia y orgullo.
Nunca olvidaba que, hasta que Viktor comenzó a tener éxito en la chacra, la familia se mantuvo con lo que Aurelia obtenía de coser ropa para otros.
Recordar los orígenes le daba a uno humildad y lo mantenía alejado de la soberbia; eso había sido inculcado a cada uno de sus hijos.
Las cosas no habían salido tan mal, «salvo por la pérdida de Sofía», pensó con tristeza.