Helena: Un territorio de secretos y promesas (Entre dos mundos 1) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

Durante la cena de la noche anterior se despidieron de los pasajeros que seguían viaje por el río Paraguay; esos pocos días los convirtieron casi en amigos.

Los intercambios de direcciones y promesas de correspondencia estaban a la orden del día, así como los abrazos y las manos estrechadas.

Helena iba a extrañar en especial a la pareja de ancianos, Alberto y Ethel Recalde.

Se habían convertido en una especie de abuelos para todo el grupo.

Más de una lágrima fue derramada en la despedida.

El viaje los había hermanado, surgiendo amistades impensables en otro ámbito fuera de los estrechos límites del vapor.

Después de desayunar, terminaba de empacar su pequeño bolso de mano cuando Viktor entró en el camarote .

―Me acaban de informar que el Vapor Virgen del Rosario recién saldrá para Posadas por la tarde. Pensé que quizá te gustaría dar un paseo por la ciudad.

―Me encantaría..., pero el equipaje…

―No te preocupes, ya está etiquetado y el personal de la naviera hará el traslado.

―En ese caso, vamos ―respondió con efusividad―, muero de ganas de pisar tierra firme y conocer un poco del pueblo. ―Tomó su bolso y salió del camarote. Viktor la siguió por las cubiertas hasta llegar al pequeño puente que se colocó para descender.

Al paseo se sumó una de las parejitas de recién casados, Julio y Victoria Tonelli y como no, Lautaro Medrano, quién era el alma del paseo, conversaba con todos, hasta con Viktor.

Era sorprendente como conocía la zona de Misiones, los cultivos, el clima, incluso había estado en uno o dos pueblos del territorio.

Encontraron muchos temas en común, sobre todo de agricultura.

A Viktor le caía mal pero no podía negar que era un hombre culto, informado y versado en el arte de la conversación, con opiniones parecidas a las suyas.

El recorrido por la ciudad les llevó toda la mañana.

Visitaron iglesias, la catedral y varias plazas.

Corrientes era una ciudad antigua, con muchas construcciones coloniales todavía en pie.

Almorzaron en el comedor de un hotel familiar ubicado en un edificio de estilo neoclásico italiano.

Este tipo de arquitectura, junto al estilo francés, reemplazaba poco a poco las construcciones más antiguas en casi todas las ciudades del país.

Las viejas casonas coloniales donde todas las habitaciones daban a un patio interior con aljibe o pozo de agua, eran demolidas para dar paso a los petit hotel , o a las casas tipo media villa a la romana.

Y el estilo de las fachadas era más ornamentado, con molduras y adornos, gracias al acceso a materiales más finos.

Las viejas casas de adobe y tejas, pintadas con cal, ya no eran las que más abundaban en las ciudades argentinas .

En la capital se hablaba de la próxima inauguración de la ciudad de invierno, un desarrollo vacacional de lujo que varios millonarios correntinos comenzaron a construir unos años atrás a unos sesenta kilómetros de la ciudad, en el pueblo de Empedrado.

El periódico traía un montón de publicidad sobre el hotel y el casino que comenzarían a funcionar durante el próximo invierno.

Helena estaba sorprendida, cuanto desconocimiento sobre el país tenían ella y mucha de la gente que vivía en Buenos Aires.

Era extraordinario todo lo que estaba aprendiendo en este viaje en solo unos pocos días.

―Es increíble pensar en una obra tan grandiosa en estos lares ―observó Victoria Tonelli luego de mirar la ilustración que les entregaron en el Hotel donde podía verse la obra faraónica que se levantaba en el pequeño pueblo ribereño.

―Es todo un mérito haber logrado traer todos esos materiales. Y desde Europa nada menos. ―reconoció Lautaro.

―Creo que en todo el país ocurren cosas de las que en Buenos Aires no nos enteramos ―manifestó Helena―. Que pequeño se vuelve nuestro mundo si solo miramos hacia el Río de la Plata ―añadió.

―Opino ―dijo Viktor―, que el país crece mucho más rápido de lo que pensamos y en todos lados hay personas que contribuyen a este progreso.

Helena admiró la forma en que Viktor explicó lo que ella misma había pensado.

Después de comer regresaron al puerto y abordaron el nuevo barco.

Al ser más pequeño carecía de algunas de las comodidades de las que disfrutaron en el Ciudad de Salzburgo, aunque no dejaba de ser un barco moderno y confortable.

El camarote contaba con una sola habitación, la cama doble ocupaba casi todo el espacio.

Pero tenía lugar suficiente para una pequeña mesa y un par de sillas, además del lavabo con agua corriente y espacio para sus dos baúles.

Solo ofrecía un comedor y un salón con sofás y pequeñas mesas donde los pasajeros podían leer, las damas bordar y los caballeros tomar una copa.

Para fumar se reservaba un espacio de cubierta provisto de ceniceros de pie y bancos.

Casi al atardecer retomaron el viaje, Viktor le explicó que habían tenido suerte en que el segundo vapor que debían abordar hubiese salido el mismo día.

Lo habitual era esperar en Corrientes hasta tres días a que saliera un barco río arriba.

En esta nueva embarcación llegarían hasta la estancia de Viktor.

La nave hacía todo el recorrido desde Corrientes a Iguazú y paraba en los diversos puertos del camino; uno de ellos era Santa Teresa.

Casi no existían rutas en buen estado en la mayor parte del país.

Por ello allí, donde había un curso de agua todo el traslado se hacía en embarcaciones de diferente tipo, ya fueran simples canoas y balsas o lujosos barcos de pasajeros.

Viktor le explicó que no era raro que los establecimientos agrícolas más grandes tuvieran pequeños embarcaderos; era más fácil mover todo por el rio que aventurarse en los caminos.

Le contó que las excesivas lluvias de la zona hacían que fuera difícil mantener los senderos en buen estado.

Las carretas y los coches, que muchas veces quedaban varados en el barro, necesitaban la fuerza conjunta de varios bueyes para poder salir.

Las chacras que no estaban sobre la margen del rio hacían recorridos cortos hasta el pueblo más cercano para acceder al curso de agua y a los barcos.

El trayecto que seguía les tomaría hasta dos días, según como estuviese el cauce del río en la zona de los rápidos, que era el gran obstáculo para acceder al alto Paraná y a todo el territorio de Misiones.

Estos barcos más pequeños, con mayor potencia, hicieron posible la navegación.

Décadas atrás, los barcos llegaban al pueblo de Ituzaingó en Corrientes y luego se seguía por tierra lo cual tomaba mucho más tiempo.

Helena estaba admirada del conocimiento que Viktor mostraba en los temas más diversos y la paciencia que ponía en explicarle cada cosa. Desde que lo conoció, todo había sido aprendizaje para ella. En pocas semanas supo más cosas del mundo que en todos sus veintiún años de vida.

Casi dos días después desembarcaban en Santa Teresa.

La mayoría de los pasajeros dejaron el barco en Posadas, incluido Lautaro Medrano.

El joven a fuerza de simpatía, y de fastidio, si le preguntaban a Viktor, logró una invitación para pasar unos días en su estancia unas semanas más tarde.

El vapor seguía camino hasta Iguazú, donde el incipiente turismo de las cataratas atraía a aventureros y ricachones aburridos por igual.

«En casa, por fin», eso era todo lo que Viktor podía pensar.

Helena miró con ansiedad el pequeño embarcadero de su nuevo hogar.

―Llegamos ―anunció Viktor.

―Llegamos ―repitió ella emocionada.